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DIEGO SÁNCHEZ MECA. DOCTOR EN FILOSOFÍA Y CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN Y FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA


   Una suave mañana de marzo nos sugiere la necesidad de conversar sobre asuntos filosóficos aprovechando la estancia en Mallorca del profesor Diego Sánchez Meca. Entre su amplio currículum destaquemos tan solo que es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrático de Historia de Filosofía Contemporánea en la UNED, autor del Diccionario de Filosofía editado por Alderabán, y un largo etcétera de publicaciones y artículos.

— Usted lleva más de treinta años enseñando en las aulas universitarias de Filosofía  ¿Cree que de ahí puede surgir el núcleo de pensadores capaces de generar un nuevo círculo de pensamiento en nuestra civilización, como sucedió en otras en su momento?

— Es verdad que cuando miramos atrás en la historia siempre se ha dado, efectivamente, un grupo de personas interesadas y preocupadas por unos conocimientos sobre cuestiones esenciales que después han podido servir de guía a los demás para resolver problemas vitales. Lo que sucede es que vivimos en una época muy complicada de «estandarización» mental, de «nivelación» educativa que de alguna manera está formando «robots», «máquinas» en lugar de personas. Con la «dinámica de mercado», la propaganda, la televisión y el tipo de vida actual, apenas se produce la necesidad de tener ningún tipo de inquietud filosófica o espiritual. Al no haber demanda, los que han dedicado cinco o seis años de su vida a estudiar Filosofía tienden a replegarse en sí mismos y a guardar su conocimiento para ellos. No hay un desarrollo de cara a los demás. Esto no significa que sea algo general y absoluto. Por supuesto que hay excepciones. Hay individuos y grupos que sí tienen esas inquietudes, y son muchos, sobre todo por parte de personas que no se sienten satisfechas con esta vida tan prosaica. Una de las características de este momento histórico es que existe un vacío que antes cubría la religión. La gente no sabe por qué y para qué se vive, por qué hay que comportarse de una manera y no de otra, por qué hay que aceptar las normas de la sociedad... Y todo esto deriva en una demanda de respuestas, de luz. Ahí es donde estaría el punto de encuentro. Pero los filósofos también tienen sus circunstancias complejas, y la primera es que muchos no son tales, sino meros profesionales o técnicos de la Filosofía. Sobre todo los que consideran que dedicarse a la Filosofía es dominar un determinado lenguaje técnico, críptico y complicado que solamente entienden ellos como especialistas, dejando fuera al resto del mundo. Así, más que una búsqueda sincera de respuestas, su actitud puede aparecer como un cierto exhibicionismo intelectual sin más. Y eso, claro, a la gente le frustra. Quienes acuden con un interés sincero y se tropiezan con esa suerte de palabrería ininteligible que no les dice nada, que sólo es un muro contra el que se golpean, se produce una frustración. Pero en este caso es culpa del emisor, no del receptor. La situación ahora mismo es bastante complicada por estas dos razones.

— ¿Y ha pensado en alguna solución?

— Sí, hay momentos en que sí se establece esa comunicación. Hay profesores que son capaces de llegar a la gente, muchos. Y hay gente que realmente no se deja llevar por esta especie de inercia de la vida moderna, y busca. Pero es un grupo muy pequeño, muy minoritario. Si se consiguiera que lo minoritario creciera, ahí estaría la solución.

— ¿Hay alguna manera de abrir un camino entre ese elitismo que encontramos hoy en la filosofía y el resto de la sociedad, no necesariamente intelectual?

— Existe una posibilidad. La prueba es que esa conexión se produce, aunque sea minoritariamente y en ocasiones contadas. Ahora bien, no está exenta de dificultades. Por ejemplo, para un profesional de la filosofía, le es mucho más cómodo hablar con gente que ya tiene una preparación filosófica, que hacerlo para personas sin formación previa, porque tendrá que estar pensando en qué tiene que decir para que el público no se pierda. Esto a veces produce preocupación en el que va a hablar, pues le inquieta no saber si comunicará algo o no. De todos modos, sólo son dificultades, nada que no se pueda solucionar. La fórmula de la conferencia tiene sus limitaciones, porque es un monólogo. A mí me gustan más las exposiciones, más cortas y con mayor diálogo. Pero para que se dé, hace falta que la gente se lance a preguntar, y muchos no lo hacen por timidez. Ahora hay un movimiento que se está poniendo de moda, llamado «Asesoramiento filosófico», que trabaja para hacer la Filosofía accesible a un público amplio. En Madrid hay una asociación de este tipo y una de las actividades que promueve son los «cafés filosóficos». Se pueden hacer en cualquier ámbito, por ejemplo en una biblioteca municipal, donde se reúne un grupo bajo la dirección de un moderador y se discute en «rueda socrática» sobre algún tema que los participantes relacionan con sus preocupaciones y vivencias personales, contrastando sus ideas.

— ¿Quizás es que no existe el espacio, el aforo, ese lugar que facilite este acercamiento de la Filosofía a la gente?

— Algo hay, y además está creciendo. Hay nuevas fórmulas, como la del «consultorio». En lugar de ser un servicio psicológico, es filosófico, en donde el que asiste expone un problema a enfocar a través de la Filosofía. No es para casos psiquiátricos, sino, por ejemplo, para gente que no le encuentra un sentido a la vida, que no es capaz de cambiar ciertas conductas autodestructivas… Esto sucede porque hay determinados valores que están mal situados en su escala de principios. La solución es hacer una revisión en la que el individuo cambie y empiece a darse cuenta de lo absurda que puede ser la situación en la que está y cómo podría cambiarla. Ahí la Filosofía cree haber encontrado un lugar nuevo. Volviendo a las conferencias, ahora se están orientando a los colegios e institutos; por ejemplo, un programa de conferencias titulado «¿Para qué sirve la filosofía?», dirigido por una alumna mía de doctorado, cuya línea de actuación es llevar la Filosofía a los institutos de enseñanza media, sobre todo para los alumnos de ciencias que no van a tener ningún otro contacto con ella en sus estudios. Los libros de texto y el programa de esta asignatura hacen difícil que los alumnos capten por qué se les hace estudiar una materia como ésta. El objetivo es que se lleven, por lo menos, la sensación de que en la filosofía hay algo que en algún momento de su vida les puede servir. Considero muy importantes estas propuestas que se vienen realizando, y es una lástima que haya esa desconexión entre la gente de a pie y la comunidad académica.

— ¿Por qué cree que hasta hace poco la sabiduría oriental no era considerada «filosofía»?

— Todavía existe bastante reserva y cautela en torno a las filosofías orientales. Yo no veo que hayan comenzado a caer los muros que separan un tipo de conocimiento del otro, porque el occidental erudito, el intelectual y científico en general, desconfía de la otra parte. En lo que se refiere a la filosofía, existe una actitud de no valorarlo como algo útil capaz de enriquecer la propia reflexión. Esta especie de abismo se produce por muchas razones, pero fundamentalmente son prejuicios. La causa: situar este tipo de sabiduría en un nivel mental inferior al nuestro, más primitivo, supersticioso, sin lógica ni rigor científico y que ya superamos en su momento. Es el prejuicio ilustrado del progreso: «nosotros somos el progreso y ellos son el atraso». En segundo lugar, como vivimos en un mundo que todo lo convierte en negocio e industria, también hace negocio de ese vacío del que hemos hablado antes dejado por la religión, y lo ha comercializado tratando de ofrecer un producto para consumo de los que buscan llenarlo. ¿Y qué se ha manufacturado? El Orientalismo, en forma de Yoga, Kung–Fu, Tai–Chi, meditación trascendental, vegetarianismo, etc. Hay un gran negocio montado en torno a todo eso, con muchos oportunistas lucrándose de su esoterismo de herbolario como ansiolítico. De este modo, el intelectual, el científico, asimila a eso todo lo oriental. Hay otra barrera añadida, y es que las sabidurías orientales no son de fácil acceso. Tienen como un mecanismo de autoprotección que deja fuera a quien no reúne determinadas condiciones. Son herméticas, en ellas no puede entrar cualquiera. Además, tenemos la desgracia de que, como el mecanismo fundamental de transmisión de estos conocimientos era directamente de boca a oído, de maestro a discípulo, quienes quieran acceder a ellos hoy día lo tienen muy difícil porque ya no se encuentran verdaderos maestros, en el caso de que aún quede alguno.

— ¿Cree que las sabidurías orientales aportarían hoy un elemento útil a Occidente?

   Yo, más que útil, diría necesario. La sabiduría oriental podría servir ahora para reflexionar sobre el impás al que ha llegado la civilización occidental y, en concreto, la filosofía occidental. En filosofía hemos llegado a una posición de agotamiento: ya no hay filósofos originales, lo que se hace es volver a las mismas doctrinas del pasado. Si uno mira hacia Europa, América o el mundo, para saber quienes son los grandes pensadores actualmente, no los encuentra, no los hay.

— ¿Cómo entonces se puede salir de este momento de parálisis?

— Quizás mirándonos en un espejo totalmente distinto. En algo que cuando se llega a conocer se comprende como alternativa en estilos de pensamiento, en actitudes, en valores, que nosotros, o no hemos recorrido, o llegados a un determinado punto nos desviamos y no las seguimos; pero esas vías han sido exploradas y hay en ellas hallazgos que nos podrían servir. Me parece obvio que hay una serie de problemáticas en el mundo muy graves, que nadie tiene la capacidad de resolver, porque los procesos ya no son controlables. Antes había determinadas posibilidades de que por ejemplo, hombres muy poderosos, líderes de naciones importantes, tuvieran el poder de cambiar cosas, pero ya no. Ahora los procesos dominan, y hasta el hombre más poderoso está sometido a la obediencia a tales procesos que, de manera anónima, rigen el planeta. La contaminación atmosférica, el cambio climático, la superpoblación, el despegue industrial de las potencias que hasta ahora eran «tercermundistas» y que van a saturar las posibilidades de recursos y la disponibilidad de agua… Todo esto ya no se puede controlar. ¿Cómo se le dice ahora a China o a India que no se industrialicen? Se han lanzado al progreso técnico y económico como una locomotora, y tendrían que frenar la máquina pero no lo van a hacer, no pueden hacerlo. ¿Por qué se ha producido esto? Porque se han generalizado mundialmente unas actitudes de consumismo, de afán de placer, de poder, dinero, dominio, lujo y confort… Todos esos valores se han ido extendiendo y se está llegando a una situación de colapso porque el planeta no resiste. ¿Qué sucede? Que nosotros podríamos encontrar en oriente un tipo de hombre distinto que durante muchos siglos tiene actitudes diferentes frente a la Naturaleza, frente a la vida, y que concibe el sentido de su existencia y sus valores de otro o de otros modos distintos. Toda esa búsqueda interior y espiritual que aún reconocemos en Oriente tiene una riqueza de matices, de posibilidades, que la utópica posibilidad de cambiar las actitudes del hombre occidental tal vez se podría intentar si fueramos capaces de conocer y apreciar lo positivo de esas otras doctrinas. Así que yo sí creo que las sabidurías orientales tendrían un papel importante en este momento, pero otra cosa es que eso pueda tener la fuerza para cambiar algo. No se pierde nada, algo hay que intentar. Existen doctrinas con las que creo que occidente conectaría muy bien. La gente ya está dándose cuenta y busca en este sentido.

— ¿Ha llegado la filosofía moderna a la conclusión de qué es el hombre?

—  Hay distintas propuestas, unas mejores, otras peores, y algunas que son impresentables. Yo veo un proceso de búsqueda en donde no se puede hablar de conclusiones. ¿En qué estado está la búsqueda?, ¿por dónde va?, ¿qué líneas son las que se siguen?, serían las posibles preguntas. Ese proceso va cambiando al ritmo en que cambian las cosas. Nosotros, por ejemplo, no podemos tener hoy la misma concepción del hombre que se tenía, sin retroceder mucho, hace treinta años: el marxismo, el existencialismo o la filosofía positivista analítica... Hoy ninguna tiene vigencia. El Marxismo, afortunadamente, ya no se lo cree nadie; el Existencialismo estaba relacionado con el sufrimiento provocado por las dos guerras mundiales. El Positivismo analítico materialista tampoco es necesario porque su fuerza se basaba en la reacción contra el irracionalismo anterior. Como ninguna de las situaciones que los crearon existe, ya no tienen vigencia. También ha cambiado la radiografía que podemos tener del ser humano; no es tampoco muy buena ni positiva, porque se mira al hombre en función de lo que está vigente: la economía, la industrialización, la robotización de la vida. Y eso nos ha terminado engullendo; la vida de la inmensa mayoría de la gente es robótica desde que se levantan hasta que se acuestan, un mecanismo frenético que no se puede parar. Todo el aparato social de producción-consumo que condiciona un estilo de vida, unos valores, un modo de pensar, todo el trabajo político de mentalización de la gente, el brutal poder de las imágenes mediáticas que condiciona a los niños mediante la televisión, todo eso da un determinado tipo de hombre que es exclusivo de este momento, y no es precisamente positivo, más bien al contrario, es aterrador. Lo que se está haciendo en el ámbito de la filosofía es retratar el tipo de individuo que los propios procesos culturales están produciendo y que es bastante preocupante. La realidad es muy seria y quien peor lo ve es la gente joven. Los que ya tenemos cierta edad nos consolamos pensando que «ya no lo veremos», pero la gente joven sabe que esto les va a afectar. ¿Cómo va a terminar? No lo sabemos. Los problemas de escasez de recursos, del agua, la contaminación, el cambio climático, la masificación de la gente, la propia desintegración social provocada por ese individualismo de masas, fuerzas que están continuamente confrontándose y desintegrándose. Hoy a nivel político se asiste justamente a eso, a una especie de guerra ciega, absurda, donde lo único que se consigue es un debilitamiento cada vez mayor de las funciones que deberían liderar una sociedad. Es un espectáculo penoso. Cuando no haya más remedio que resolver esos problemas a base de la fuerza, estaremos ante lo que será el mayor reto del futuro. Lo que ocurre es que los problemas aún no han cobrado su verdadera magnitud.

—  Sin embargo, ¿hay esperanza?

— Como decía al principio, la esperanza podría ser que esa minoría que sí tiene inquietud y preocupación por las cosas esenciales de la vida se vaya convirtiendo en una mayoría. Tal vez así podamos empezar a cambiar el mundo.


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