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ANÍBAL "¡AD PORTAS!" |
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Así reprochaba Maharbal al general púnico, tras la batalla de Cannae, su negativa de concederle toda la caballería con la promesa de que, en cuatro días, estaría cenando en el Capitolio. Apenas hacía dos años desde que atravesara los Alpes con un numeroso contingente armado. Desde su llegada al valle del Po (Noviembre del 218 a.C.) hasta el desastre romano de Cannae, Aníbal había vencido en las tres «T» a tres ejércitos: Ticinus, Trebia y Trasimeno. Sólo la dictadura pudo retener y causar algún problema al cartaginés: Quinto Fabio Máximo, el Temporizador, muy lejos de presentarle batalla, se dedicó a hostigarle hasta que el Senado, no entendiendo muy bien la postura del Cauto, retornó al tradicional sistema consular. Liberado de la pesada carga que suponía Fabio, el 2 de Agosto del 216 a.C., Aníbal obtendría su más famosa victoria. En Cannae, Roma enfrentó dos ejércitos consulares a los 46.000 soldados cartagineses; es decir, más o menos 90.000 hombres bajo la autoridad de Terencio Varrón y de Paulo Emilio. El primero, ansioso por obtener una rápida victoria, no atendió a las advertencias de su homólogo, ya curtido en la campaña de Iliria pocos años antes. Las cifras de bajas que se barajan son diversas, pero todas ellas superan los 50.000 romanos muertos (Polibio afirma que superaron los 70.000), un número más que suficiente como para convencer a Roma de que esta guerra, la segunda de las Púnicas, tenía que acabar cuanto antes. Aníbal, a pesar de haber perdido tan solo 6.000 guerreros en la más grande de sus victorias, no dudó en enviar emisarios a Roma con la intención de tratar la paz, paz que fue rechazada sin miramientos por el Senado. Si el púnico, tras vencer en tamaña batalla, proponía a un enemigo debilitado acuerdos honrosos para el fin de las hostilidades, en lugar de dirigirse a Roma y, como le insinuaba Maharbal, disfrutar de un ágape en la colina capitolina, sólo podía significar una cosa: Aníbal no deseaba la aniquilación de Roma, sino la convivencia en paz de las dos mayores potencias del Mediterráneo. No obstante, sí tuvo el cartaginés la oportunidad de acercarse a las murallas de Servio Tulio, pero lo hizo tan solo con la intención de alejar de Capua -su reciente aliada en la península itálica- a varias legiones romanas que le ponían sitio. ¡Hannibal ad portas!, se oyó por doquier en Roma, expresión que, incluso décadas después del fin de la Segunda Guerra Púnica, las matronas utilizaban para asustar a los más pequeños… Pero no fue ni tan cruel como lo pinta Tito Livio, «inhumana crudelitas», ni cargado de esa perfidia plus quam púnica que le atribuye el historiador romano (XXI,4); y lo demostró en los casi quince años en los que el sur de Italia estuvo bajo su control con los escasos refuerzos que Cartago conseguía hacerle llegar. Muy al contrario, Aníbal respetaba a su enemigo, tanto que, tras cada una de sus victorias, ordenaba rendir honores fúnebres a los cadáveres de los oficiales romanos. ¿Por qué Roma rechazaba esa paz que se le ofrecía? Política de comercio púnica heredada de sus antepasados fenicios y política expansionista romana, ambas chocaron ya durante la pugna por la isla de Sicilia en la Primera de las Púnicas, en la que el padre de Aníbal, Amílcar Barca, consiguió para Cartago unas condiciones de rendición que, si bien no eran muy favorables, permitían la supervivencia de la antigua colonia fenicia. Perdida Sicilia, los cartagineses dirigieron sus expectativas hacia la Península Ibérica. Su riqueza minera tranquilizó los ánimos del partido opositor al Bárcida, formado por grandes terratenientes encabezados por Hannón el Grande. La esfera de influencias de ambas potencias se fijó en el río Ebro, pero el equilibrio se volvió a romper cuando una pequeña ciudad, Sagunto, situada al sur del río, firmó una alianza con Roma. Para la consecución de la segunda de las Púnicas, Aníbal organizó un ejército que resaltaba por lo variopinto y al tiempo heterogéneo que llegaba a resultar. Iberos de diferentes tribus, libios, númidas, celtas y un sinfín de nacionalidades, credos y lenguas distintas que marchaban a la batalla como uno solo bajo la experta dirección del cartaginés. Todos ellos mercenarios, y todos ellos fieles y leales al estratega, al que tan solo se le puede achacar una sola deserción entre sus filas, la de Mutines, general de caballería libio-fenicio que se pasó al bando contrario en Sicilia. La guerra se dio por concluida tras la única batalla que perdió el estratega, ya en suelo púnico. En Zama se enfrentaron Aníbal y el hijo de aquel buen general romano que fuera herido en Ticinus, Publio Cornelio Escipión, llamado después el Africano. Era la primera vez que el cartaginés combatía en igualdad de condiciones, pues siempre, desde que se iniciara el conflicto, lo había hecho en inferioridad numérica. El Africano dio muestras de haber estudiado a fondo a su oponente y venció a un personaje al que, después de todo, guardaba admiración. Quizás fuera por ese sentimiento por lo que no reclamó la figura del estratega para que formara parte de su triunfo y la revancha romana se concentró en unas humillantes limitaciones fronterizas y unas exigencias económicas imposibles… En Cartago existía la triste tradición de crucificar a los estrategas que perdían una guerra, pero no ocurrió así con Aníbal, que pronto destacó en la vida política de una ciudad en la que apenas había vivido, puesto que partió de ella siendo todavía un niño. ¿Qué le debía el general púnico al pueblo cartaginés para dedicarse de pleno a combatir por él? ¿Para mayor gloria de Cartago? ¿Para su propia e inmortal gloria? Es Aníbal el estratega púnico con más dotes para ser reconocido como tal y al que más se ha olvidado a lo largo de la Historia de la Humanidad. ¿Es esa la gloria, la que conquistó en los Alpes, en Cannae y en toda Italia, lo que buscaba. Por si fuera poco, tras la derrota final en Zama, Aníbal se convierte en el Príncipe de la Paz, arropado por todo el pueblo de Cartago, quien ve la asombrosa recuperación de la ciudad gracias a nuevas leyes y a inéditas medidas administrativas. Ese resurgir del potencial económico púnico no fue bien visto por los senadores romanos, y al final acabaron exigiendo que el general les fuese entregado, so pena de volver a las hostilidades. Aníbal huye, convirtiéndose en un mercenario que alquila su espada al mejor postor, siempre y cuando la tierra que pise se halle lejos de la influencia romana. Pero ésta le sigue los pasos hasta Bitinia, donde el rey Prusias accede a los deseos de Roma. Sin embargo, Aníbal, cansado ya de huir y con sesenta y tres años, ingiere un veneno letal y muere... ¿Cómo sería ahora nuestra historia si Aníbal hubiese derrotado a Roma? Manuel Regalado |
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