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NO PROBLEM, THIS IS GAMBIA |
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No siempre tenemos oportunidad de viajar a aquellos países que con un poco de ligereza denominamos «en vías de desarrollo». Cuando lo hacemos, comprendemos el amplio significado de este concepto. Mi experiencia tuvo lugar en Gambia, un país que está dentro de Senegal. Allí conocí a gentes que me mostraron otras formas de vivir. La luz es distinta en África, el color es mucho más vivo, el cielo más amplio, los olores más intensos, la humedad se te pega al cuerpo, tiene algo que ves, y hueles, y sientes... LA GENTE Mi guía se llamaba Modou. Trabajaba en la puerta del hotel y vino a ofrecerse como guía durante mi estancia. Su sueldo me llamó la atención: 10 euros por acompañarme durante dos días enteros, incluidos el chofer y la gasolina (su sueldo medio al mes es de unos 30 euros , así que estaba más que satisfecho con este trabajo). Paseando por la ciudad de Bakau, en mi primer viaje, les regalé jabón a algunos niños y mujeres; por la tarde, estando por el mercadillo, algunos artesanos me salieron al paso y me regalaron amuletos de protección... se habían enterado de lo que yo había hecho y querían corresponderme. Me chocó tanto su generosidad que me ofrecí a traer lo que quisieran de Europa. Uno me pidió que le llevara un trozo de papel de lija «porque su hoja estaba muy gastada y no le salía bien el cuenco». Al final, ellos siempre te corresponden con mucho más de lo que tú les das. De otra forma no se quedan contentos. En mi segundo viaje llevé un «cargamento» de medicinas y material didáctico, y quería que me llevaran a un hospital y a una escuela... y me llevaron a algo parecido que tienen a bien llamar «hospital»: entrabas campo a través y llegabas a un edificio con techo de uralita y cuatro paredes donde hacen todas las curas, vacunan a los niños, pasan consulta... todo en la misma sala, que por supuesto estaba llena de gente. Atrás hay otra sala donde están todos los enfermos sobre unas maderas cubiertas apenas por una manta. Yo salí llorando del hospital por la pobreza a que se ve reducida la gente. También tuve ocasión de contrastar aquel humilde hospital de pueblo con el que poseen los «blancos», una típica mansión colonial impresionante con todos los adelantos de nuestro tiempo. En el primero, se les mueren los niños por falta de antibióticos, y aún así, en su sencillez, ellos están contentos de tener un hospital, lo consideran una suerte, pues hay muchos sitios de África donde ni siquiera tienen eso. «No problem, this is Gambia»... Con esta expresión solucionan todo nuestro estrés. No conocen lo que es una depresión, son felices con lo poco que tienen y no andan locos como nosotros pensando en tener más. Su único terror es la malaria. Para ellos, intentar hablarte en tu idioma es una muestra de hospitalidad. Si vas con una mentalidad abierta, te enseñan mucho a nivel humano. La unidad familiar, la hospitalidad con el extranjero, el cómo comparten lo poco que tienen, la fe, el sentido de la amistad, el respeto a los mayores... Digan lo que digan, es una sociedad matriarcal, allí la abuela es la máxima autoridad. Cuando llegas a una casa, no puedes hablar con nadie hasta haber presentado tus respetos a la anciana. Ella me hablaba en gambiano, y Modou me traducía, pero cuando yo le daba mi respuesta él me decía en su idioma la respuesta para que fuera yo quien contestara. Sólo después de eso, te presentan al resto de la familia. EL RACISMO Por la calle, en los mercados, todo el mundo te saluda. Les extrañó que yo contestara, porque no es común que una persona blanca les conteste. Y es que el racismo es una lacra que yo he conocido de cerca en Gambia. Lo cierto es que he sentido vergüenza de ser blanca, cuando veía que en pleno siglo XXI los restaurantes de los «blancos» impiden la entrada a la gente de color. Me ha dolido mucho el racismo. Ellos se dan cuenta y les duele ¿no son acaso seres humanos? Y lamentan que se les trate así por su color de piel: «Somos así por el sol de Gambia. Si vosotros llevarais miles de años en este país seríais del mismo color». La paradoja: los turistas que van allí no hacen otra cosa que tomar el sol... para ponerse morenos. «¡Qué bonita es tu piel!» - me dijo un desconocido, y se acercó para tocar mi piel. «La tuya también» -dije yo- «¿me dejas que haga una foto con nuestras manos entrelazadas?». Cuando terminó el resplandor del flash, me dijo que esperara y desapareció tras una chabola. Volvió con un collar de cuentas blancas y negras y dijo «Toma, para que cuando lo veas te acuerdes de que entrelazaste tu mano conmigo». Juzgar a alguien por el color de su piel, es como valorar un libro por el color de sus tapas. Cuando me despedí de mi amigo me dijo: «Gracias por leer mi libro». Trabajan para una empresa de guías, pero no le pagan nada, sólo le dan un carné y la posibilidad de cobrar lo que el turista le quiera dar. Yo quise pagarle, pero me había tomado tanto cariño que no quería cobrar. Tras mucho insistir me dijo: «Si quieres hacer algo por mí, escribe una carta al hotel diciendo que yo soy bueno en mi trabajo, y tal vez así me darán un trabajo con contrato». «¿Sólo porque yo escriba un papel, tanto vale mi palabra?». «Sí, porque eres blanca». Un mes después me llamó por teléfono: estaba trabajando en el hotel como jefe de relaciones públicas. Intenté esconder mi indignación para no estropear su felicidad, y me alegré mucho por él, pero me parece increíble que el color de mi piel pueda tener tanto peso en una tierra que les pertenece a ellos por derecho. Sin embargo, lo importante es que él es feliz: tiene un contrato, un sueldo a final de mes y un teléfono móvil. A finales de noviembre tuve oportunidad de volver. Sólo pasé unas horas, madrugué para ver el amanecer y la luz seguía siendo la misma que la primera vez que fui, seguía definiendo con la misma nitidez los perfiles de las cosas... y seguía iluminando por igual a las personas, sin importar el color de su piel. El Sol sí brilla para todos. Pensé en la Naturaleza sabia, de la que aún nos queda tanto por aprender. Pilar Buades |
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