La Inspiración, el misterio del Arte

«No hay nada más elevado que acercarse a la Divinidad hasta donde otros no llegan y, desde allí, irradiar los efluvios divinos sobre el género humano».

L. van Beethoven

   En el mágico seno del mundo intuitivo, donde la imaginación todo lo crea y una realidad sutil toma forma, habita serena e inmaculada una hija privilegiada de los dioses: la Inspiración. Con su inconfundible perfume y nívea mirada, derrama los dones más preciados sobre aquellos que saben entonar su invocación. Rodeada por sus nueve mensajeras, las Musas, embriaga las mentes de poetas, músicos, pintores y escultores para que, arrobados por un frenesí báquico, logren contemplar con verdadero entusiasmo la fuente misma del Arte y la plasmen en el reino de los hombres a través de creaciones sublimes.

   ¿Cuántas horas no hemos pasado frente a un papel vacío tratando de capturar una idea? ¿Cuál es ese «poder mágico» que ha hecho inmortales ciertas obras de arte, mientras que otras, simplemente, han caído en el olvido?

   Desde la antigüedad, poetas y artistas han sentido la necesidad de encomendarse al poder inspirador de las Musas. Considerándose tan solo humildes instrumentos de lo divino, iniciaban sus cantos con una invocación:

«Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo (…) ¡Oh diosa, hija de Zeus!, cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas».  

(Homero, La Odisea I)

 «¡Salud hijas de Zeus! Otorgadme el hechizo de vuestro canto».

(Hesíodo, Teogonía)

«Cuéntame, Musa, las causas; ofendido qué numen o dolida por qué la reina de los dioses a sufrir tantas penas empujó a un hombre de insigne piedad, a hacer frente a tanta fatiga. ¿Tan grande es la ira del corazón de los dioses?»

(Virgilio, La Eneida I)

«¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!»

(Dante, La Divina Comedia, Infierno II)

   Y no se trataba sólo de una fórmula literaria o de una simple costumbre; por el contrario, representaba para ellos la puerta de entrada al sagrado recinto del mundo creativo, donde los hechos mitológicos y las gestas heroicas, revestidas de sublimes versos e incantables melodías, yacían en su esencia más pura.

 LAS MUSAS

    Según la mitología griega, las nueve Musas descienden de Mnemosina, la diosa de la memoria. Por ese misterioso y simbólico parentesco, actuando como mediadoras entre los mortales y los dioses, entre el mundo divino y el terrestre, otorgan a los hombres el acceso a esa memoria celeste, a ese gran «archivo» donde –al decir de Platón- habita el mundo de las Ideas puras o Arquetipos, origen de toda creación artística. En otras palabras, es como si ellas tuvieran la capacidad de hacer «recordar» a los artistas, para que «cuenten» al mundo algo que éste todavía no conoce, algo que existe en estado latente,  pero debe primero  ser expresado en  nuestro  mundo material para poder hacerse perceptible a los sentidos físicos. Si reflexionamos acerca de esto, recordaremos que hubo un día que no existía la Quinta Sinfonía de Beethoven, ni el Romeo y Julieta de Shakespeare… y, sin embargo, vinieron en algún momento a la existencia y, lo más importante de todo: vencieron la prueba del tiempo para dar a sucesivas generaciones un mensaje único y atemporal.

   Así pues, en este largo camino que recorre la obra maestra desde sus invisibles orígenes hasta nuestros sentidos físicos, es donde se gesta el mágico proceso del genio creador. En él no solo intervienen el artista y su idea; más allá de estos dos factores, existe una larga cadena de eventos que son imprescindibles para que una obra llegue realmente a tener el «soplo divino».

   El célebre filósofo griego Platón describió magistralmente este hecho en su diálogo sobre la poesía titulado Ion. Empleando una metáfora, nos cuenta que la Inspiración es una virtud que, representada de forma simbólica por una piedra magnética llamada «heraclea», tiene la capacidad de «magnetizar» todo aquello que entra en contacto con ella. A manera de anillos de hierro, se van uniendo a esta fuerza los diferentes seres que intervienen en el devenir creativo: en primer lugar las Musas, luego el poeta -en este caso, hace alusión al artista en general- y, por último, el público. Al estar todos unidos por ese magnetismo divino, participan de la «fuente primaria» que, a su vez, proviene del dios Apolo, aquel que rige las artes y, en especial, la música. También explica que «no es mediante el arte, sino por el entusiasmo y la inspiración, que los buenos poetas épicos componen sus bellos poemas». Con la palabra «arte», se refiere a los medios técnicos de que dispone un artista que, como bien sabemos, no constituyen la finalidad sino tan sólo una herramienta; y aquel «entusiasmo» del que habla no es otro que el enthousiasmos griego, cuyo significado asociamos a la inspiración o la presencia de lo divino en el ser humano.

   Pero para que esa fuerza primigenia pueda llegar completamente pura al último eslabón -el público- es necesario que los anillos intermedios -en este caso el compositor o poeta y el músico intérprete o rapsoda- sean un verdadero medio o «canal» para que lo sagrado se manifieste a través de ellos, como el diamante, a través del cual se trasluce de forma pura la luz solar.

EL FUROR DIVINO

  Otro aspecto importante, a través del cual podemos comprender la esencia de la inspiración, es el llamado «furor divino». Según los antiguos griegos, había diferentes maneras de «entrar en contacto» con el mundo celeste, con aquellos planos superiores donde se daba origen a todos los aspectos de la creación. Pero como se trataba de un mundo invisible y no accesible a través de los sentidos físicos, aquel que quería penetrar debía ser «arrebatado» por una fuerza superior a él. Este impulso inspirador que se ha dado en llamar furor divino, se manifiesta entre los hombres -como nos sugiere Marsilio Ficino en sus escritos- a través de cuatro aspectos: el amor (regido por Venus), la adivinación (bajo la protección de Apolo), la poesía (presidida por las Musas) y los Misterios (regidos por Dionisos). Es a través de estas cuatro formas de furor que actúa la ola creadora entre los hombres, aquella fuerza que llamamos inspiración. Debemos recordar que la palabra furor, que para el hombre moderno tiene una connotación diferente, para los antiguos era sinónimo de delirio o posesión divina.

   Respecto al furor poético, aquel que concierne a la creación musical en concreto, encontramos la siguiente cita de Platón en su diálogo Fedro: «Hay otra clase de delirio y de posesión, que es la inspirada por las Musas; cuando se apodera de un alma inocente y pura aún, la transporta y le inspira odas y otros poemas que sirven para la enseñanza de las generaciones nuevas, celebrando las proezas de los antiguos héroes. Pero todo el que intente aproximarse al santuario de la poesía, sin estar agitado por este delirio que viene de las Musas, o que crea que el arte solo basta para hacerle poeta, estará muy distante de la perfección; y la poesía de estos entendidos se verá siempre eclipsada por los cantos que respiran un éxtasis divino».

LA INSPIRACIÓN EN LA MÚSICA

   Habiendo vislumbrado el panorama de aquello que significaba para los antiguos griegos el proceso creativo, encontramos a lo largo de la historia diferentes ejemplos que nos cuentan cómo la inspiración se manifiesta al artista en el campo de la composición musical. Cuando se le preguntó a Mozart acerca de su modo de componer, dijo sin dudar: «Todo sucede como en un fuerte y hermoso sueño». Recordemos que el gran genio de Salzburgo concebía sus partituras como un gran todo y, a diferencia de otros compositores, las llevaba al papel sin tachas ni enmiendas.

   También el compositor alemán Johannes Brahms (1833-1897) hablaba de un estado similar que le sobrecogía en el momento de la creación, describiéndolo como una especie de «trance místico». Después de invocar a la musa, pidiendo conscientemente que le fueran inspiradas obras musicales duraderas que sirvieran para impulsar y erigir a la humanidad, veía ante sus ojos internos «no solo determinadas melodías, sino la forma, la armonía y su correcta orquestación». En ese instante empezaba a escuchar aquellas melodías y armonías que le eran vedadas al hombre común y, a través de su maestría

técnica, las podía plasmar en sublimes sinfonías. Pero también advirtió que este proceso «no sucede sólo por fuerza de voluntad aplicada al pensamiento consciente, ya que este es apenas una parte del plano físico que muere con el cuerpo. Sólo puede suceder a través de las fuerzas internas del alma, que es inmortal. Estas fuerzas habitan dormidas en el ser humano hasta que son despertadas e iluminadas por el Espíritu Divino».

  Un contemporáneo suyo, el gran poeta y compositor Richard Wagner, cuya obra significó un gran aporte al redescubrimiento de la mitología germana, cuando se encontraba escribiendo una de sus obras, tuvo una experiencia que describe en su autobiografía de la siguiente forma: «Vuelto de regreso a la tarde, muerto de cansancio me tendí en un duro sofá para aguardar el momento del sueño, largamente deseado. Éste no apareció; en cambio me sumí en una especie de estado sonámbulo, en el cual recibí de repente la sensación como si me hundiera en un agua que corría rápidamente. El murmullo de la misma se me representó pronto con el sonido musical del acorde de Mi bemol mayor, que ondulaba continuamente formando olas figurativas; estas olas se manifestaban como figuraciones melódicas de un movimiento en aumento, pero nunca se modificaba el acorde perfecto de Mi bemol mayor, que con su persistencia parecía querer dar una significación sin límites al elemento en el que yo me sumergía. Con la sensación como si las ondas bramaran por encima de mí, desperté de mi somnolencia aterrorizado. Al punto reconocí que se había abierto paso en mí, tal como lo llevaba dentro pero sin haberlo podido encontrar exactamente, el preludio orquestal para El oro del Rin».

   Ejemplos como estos encontramos a menudo en diferentes compositores y épocas. En la mayoría de los casos, se habla de las mismas fuerzas que rigen los momentos creativos.

LAS MUSAS DEL PRESENTE…

   En medio del mundo tecnológico y científico en el que vivimos, se observa el fenómeno de la inspiración como un producto de la parte creativa de la mente. A pesar de que los estudios más modernos no logran revelar de dónde provienen exactamente aquellos impulsos que impelen al ser humano a crear cosas nuevas, se tiende a centrar el origen creativo en el individuo mismo y en su capacidad mental. El arte del hombre moderno, más allá de las formas que utilice, se satisface en gran medida tan solo de ese –si bien rico- limitado potencial de la mente y lo puramente imaginativo. Sin pensarlo, hemos olvidado que el artista no es más que un instrumento de algo mucho más grande. Alejados ya de aquellas antiguas invocaciones a las Musas y, en cierta forma, alejados de aquel mundo que Platón llama «de los arquetipos», contemplamos en los albores del siglo XXI una nueva expresión artística más «moderna», más «original», más llena de «técnica», pero a su vez, menos «despersonalizada» y, por ende, menos «inspirada»… Pero como la historia suele repetirse una y otra vez, quizá estemos a las puertas de un «nuevo renacimiento», de un nuevo «retorno a los orígenes»; y entonces quizá digamos: qué suerte haber conservado el legado del mito antiguo, aquel que abre nuestro conocimiento a otra realidad, a otro modo de comprensión; aquel que con su poesía y su metáfora despierta en nosotros una cualidad intuitiva, una imagen invisible que nos cuenta algo que la razón tal vez no comprende, pero el alma sí.

 

Felipe Aguirre