Creta, la perla ancestral del Mediterráneo

A principios de nuestro siglo, el profesor y arqueólogo Sir Arthur Evans devolvió a la luz las extraordinarias ruinas de Cnossos, la capital de una de las civilizaciones más enigmáticas de la Antigüedad. La titánica obra de restauración efectuada por el arqueólogo nos permite admirar las maravillas de su arte y de su técnica, teniendo que suplir su interpretación a su misterioso leguaje, que hoy por hoy permanece silencioso.

    Rodeada por las azules aguas del Mediterráneo, con una orilla mirando a Egipto y la otra saludando a Grecia, se encuentra una isla bañada por el misterio y la leyenda: Creta, la isla de Minos, hija de la noche y residencia de la gran Madre del mundo.

    Con una superficie de 8.330 km2, con 60 kilómetros de ancho y 260 de largo en sus puntos más alejados, Creta goza del agradable clima mediterráneo: inviernos suaves y veranos cálidos. El suave murmullo de ese viento que acaricia sus milenarias ruinas, canturrea los secretos de un paraíso perdido y olvidado por el común de los hombres. Y es que Creta guarda celosamente sus secretos; ya desde el tardío descubrimiento de los restos de su urbe principal (Cnossos) por el afamado arqueólogo Sir Arthur Evans a principios de nuestro siglo, se mostró envuelta en un velo casi impenetrable, escurridizo y tal vez sólo accesible para los más intuitivos y sagaces investigadores. Su lenguaje se niega aún en nuestros días a revelarnos su clave de lectura de forma completa, pues de los tres sistemas detectados (Jeroglífico, Lineal A y Lineal B) nada más que uno, el más tardío (Lineal B) nos ha concedido el don del desciframiento. Los demás permanecen mudos y silenciosos, como negándose a mostrar al mundo un secreto profundo, íntimo y maravilloso, como si deseasen mantener sobre sus ruinas esa niebla espesa y ancestral que protege a la noche de los tiempos.

   Resignados a acatar su misterioso sino, nos vemos reducidos a explotar la única fuente que nos queda: el arte cretense. Sus delicadas y bellísimas pinturas, sus sellos, sus palacios, sus útiles domésticos y sagrados, son para nosotros el hilo de Ariadna que nos permite penetrar, aunque sea levemente, en la historia de una isla que mantuvo su hegemonía sobre el Mediterráneo durante unos dos mil años.

   Sir Arthur Evans descubrió Cnossos como quien dice “por casualidad”, pues él buscaba herramientas para descifrar la escritura de unos diminutos sellos hallados en Micenas por Schliemann, a fin de poder dar un sentido al origen de la cultura griega. Y efectivamente se lo dio, aunque no como él pensaba, pues lo cierto es que nunca llegó a leer el lenguaje cretense y, sin embargo, ¡cuántas cosas leyó para nosotros en las viejas piedras y murales de Minos!

   Además de toda su labor arqueológica, Evans fue capaz de reunir todo lo que era posible saber sobre la civilización minoica en una obra monumental, de la que destaca The Palace of Minos. Estructuró la historia de Creta en tres grandes períodos: Minoico Antiguo, Medio y Reciente ¿Pero en qué se basó careciendo de documentos escritos originales? La ayuda vino de Egipto, o más concretamente de la multitud de estatuillas, sellos y cerámicas de origen egipcio encontradas en la isla. Dado que la historia egipcia es, básicamente, muy conocida, sabiendo a qué época correspondía el objeto y en qué estrato del palacio cretense se había encontrado, pudo establecer una analogía temporal ente ambos pueblos.

   Por todo lo dicho podemos remontar el origen de la civilización cretense a migraciones venidas de Oriente, muy especialmente de Egipto. Los rasgos comunes que encontramos entre una cultura y otra, señalan un poderoso lazo de unión entre ellos. Tanto en la roja tierra de Egipto como en las hondas entrañas de la isla, se han hallado restos de unos y otros. Los más recientes hallazgos encontrados en el país de los faraones han desconcertado a los arqueólogos; desenterrando la viejísima ciudad de Avaris (tercer milenio a.C.) se han topado, nada más y nada menos, que con un mural inconfundiblemente cretense: el salto del toro de los más valerosos acróbatas que ha habido en el Mediterráneo. Pero aún hay más. Se han encontrado multitud de muestras que relatan la convivencia, entre los egipcios, de aprendices cretenses a quienes se les permitía aprender de sus artesanos, arquitectos y sacerdotes, aquellas artes que desarrollan la civilización de un pueblo. Numerosos papiros citan a “los isleños del norte” en distintas circunstancias y nos hablan de un  estrecho contacto entre sus gobernantes, quienes se comunicaban directamente de palacio a palacio, es decir de rey a rey.

   La influencia egipcia en el arte cretense es innegable, especialmente en las obras de carácter religioso, donde se acentúan los rasgos hieráticos egipcios. Sin embargo, en las escenas más cotidianas, los cretenses desarrollaron, partiendo de la base egipcia, un estilo más alegre, con gran profusión de movimiento, que refleja su naturaleza amable, vivaz y colorista, modeladas en un relieve muy ligero.

   Se ha señalado mucho una característica del arte minoico que nos habla de un aspecto fundamental a través de una ausencia, es decir, de lo que no dice: este tema es el de la guerra, los ejércitos, las hazañas belicosas. No aparecen en lo más mínimo. En cambio son muy abundantes las escenas rituales de jóvenes portando ofrendas, alegres damas charlando, distintos elementos de la naturaleza como delfines, erizos marinos, pulpos y otros. Esto nos revela el carácter pacífico de los hijos de Minos, planteando a su vez una nueva duda ¿si no disponían de ejércitos, cómo pudieron mantener durante tanto tiempo su hegemonía en el Egeo? Al igual que tantos enigmas de este pueblo, permanece impenetrable. Se ha hablado de una poderosa flota que dominaba el mar, pero sólo son teorías sin una base firmemente fundamentada.

   Es importante, para acercarse a la civilización cretense, comprender este elemento fundamental, pues todo en la isla nos habla de una mística profunda, de un amor por la naturaleza vivido en cada minuto del día, de una capacidad singular de conectar con las energías de la tierra y del hombre. Las abundantes representaciones de la Diosa y de sus sacerdotisas, la elegancia, el porte de sus jóvenes acróbatas y sacerdotes, inspiran la existencia de un matriarcado en un sentido nuevo y diferente de aquella concepción oscura que surgió del estudio de otras culturas matriarcales. En Creta no existían luchas entre sexos, sino equilibrio. Sabemos que el culto principal cretense estaba dedicado a la Diosa Madre, sin embargo era un rey quien los gobernaba, Minos, título de tan acentuado significado que da nombre a su civilización. En las acrobacias, hombres y mujeres se enfrentaban por igual al toro. En las ofrendas, ambos portan los obsequios ante el altar. No hay diferencias, sólo un inestimable espíritu de vitalidad y alegría que leemos en sus rostros inmortales.

   Considero que aún hoy no se le ha dado la suficiente importancia a la cultura cretense, sabiendo como se sabe que es la precursora –tanto a nivel cultural como espiritual y artístico- de los griegos, padres de Occidente. En ella se hallan todas las semillas y también, probablemente, muchas respuestas. A tal fin sería pues necesario replantearse los fundamentos de nuestro pasado mediterráneo revisarlos a fondo e indagar todo lo  posible para desvelar la silenciosa escritura cretense, pues ¿quién sabe? Tal vez si ella hablara nos desvelaría una nueva visión de nuestra cultura, mostrándonos una época magnífica y sorprendente en la que tal vez confluyan los caminos de la historia de Occidente, un hermoso y privilegiado punto de encuentro en el espacio y el tiempo… Creta, la perla del Mediterráneo.

SIR ARTHUR EVANS

   El gran arqueólogo Sir Arthur Evans fue un personaje notable, uno de los pocos “gentleman” ingleses que se preocuparon más por el hombre en sí mismo que por acumular y preservar sus grandes riquezas. Desde muy joven se convirtió por propia iniciativa en corresponsal de prensa de los atroces acontecimientos que se  daban en Bosnia (que, por cierto, hoy no han variado mucho) y allí vivió muchos años entregado a un ideal. Expulsado del país por “lo eficaz de su labor” comenzó a viajar y conoció a Schliemann, el descubridor de Troya, quien le dio la primera pista sobre Creta: unos diminutos sellos con una escritura no identificada. Siguiéndole la pista a estos sellos llegó a Creta y comenzó a excavar en el montículo  de Kefala. Para su sorpresa, lo que era una búsqueda lingüística se convirtió en el hallazgo de toda una civilización, completamente desconocida (salvo alguna leyenda) y, lo que aún es más importante, de un cambio profundo en la historia conocida sobre el origen de los pueblos europeos. Arthur Evans dedicó el resto de su vida a las excavaciones del palacio de Cnossos y otros puntos de la geografía cretense, rescatando cuanto pudo de los restos encontrados. Gracias a él, hoy podemos pasear por el Palacio de Minos y contemplar los frescos, las columnas, los muros, las escalinatas y demás dependencias de forma viva y directa, accesible para todos y no sólo para unos  cuantos arqueólogos. La Historia estará siempre en deuda con este hombre fascinante, a la vez científico y poeta, que arrancó de las arenas un trozo de nuestro pasado milenario.

 Nati Sánchez