Educación y conciencia global, los tres niveles del pensamiento holístico

El paradigma orgánico y la Sabiduría tradicional

    El tema de la conciencia global es un paradigma emergente que ha ido abriéndose camino en las mentes occidentales en el transcurso de las últimas décadas del siglo XX. Términos como «aldea global», «conciencia planetaria», «pensamiento holístico» o «globalización», suenan cada vez con más fuerza en el mundo actual, unas veces asociados a la nueva física, otras a la ecología y a veces también a la biología, la sociología, la psicología transpersonal, la filosofía e incluso a la economía de ámbito mundial. Sin embargo, ni la conciencia global ni el pensamiento holístico son realmente nuevos en la historia del pensamiento humano, aunque actualmente estén cada vez más de moda, pues lo cierto es que desde que el hombre habita sobre la faz de la tierra ha buscado desvelar y comprender los grandes misterios del universo y de su propia existencia. En su búsqueda y observación de la Naturaleza, el hombre de las sociedades tradicionales y las civilizaciones antiguas ha concebido el Universo como un inmenso ser vivo, un gran «macro-bios» compuesto por infinita multitud de «micro-bios» o pequeñas vidas que integran la totalidad del conjunto.

   Desde la más remota antigüedad, mientras imperó una visión sacralizada de la vida y el hombre, el paradigma vigente fue siempre el orgánico y no el mecanicista, que es el que se impuso a partir de la revolución científica encabezada por Bacon, Descartes y Newton. El paradigma orgánico del que nos hablan los textos y tradiciones tanto de Oriente como de Occidente, concebía el Universo como un gran organismo vivo, cuyas partes integrantes, desde las más grandes hasta las más pequeñas, se hallan ligadas entre sí a través de una misteriosa red de relaciones vitales que hace que sean totalmente interdependientes. Así, al hilo sutil que marcan las notas de esa partitura invisible que es la «red cósmica», todos los seres y criaturas del Universo viven, actúan y evolucionan al compás de una misma melodía en la gran danza cósmica de la vida.

   Al igual que ocurre con el cuerpo humano, dentro de ese macro-organismo vivo que es el Cosmos todas y cada una de sus partes integrantes tienen un campo de acción específico y cumplen una función concreta, acorde a su propia naturaleza intrínseca, pero todas son mutuamente interdependientes, de forma que ninguna de ellas podría vivir aislada de las demás, ni separada del organismo del que forman parte, de la misma manera que ningún miembro, célula u órgano vital de nuestro cuerpo podría vivir ni tendría razón de ser fuera de él. Esto enmarca por otra parte un importante principio de solidaridad que se ve claramente reflejado en todos los organismos vivos, pues no cabe duda que la salud del conjunto depende de que cada una de sus partes cumplan bien con aquella función que es inherente a su propia naturaleza, ya que de no ser así basta que un solo órgano funcione mal para que sobrevenga la enfermedad; y si no se arregla a tiempo, la muerte de todo el organismo.

   Así pues, desde el punto de vista de las leyes orgánicas, orden y equilibrio equivalen a salud y bienestar, mientras que desorden, disfunción o desarreglo equivalen a malestar o enfermedad. Ahora bien, si ampliamos este mismo principio a nivel planetario, tendríamos que hablar entonces de la salud y el equilibrio vital de la Tierra, contemplada como un gran organismo vivo que es precisamente como la estudia la joven ciencia de la Ecología. Por otra parte, si estas mismas leyes orgánicas las proyectamos a la escala de lo social, veremos que toda sociedad humana, tanto a nivel local o provincial como a nivel nacional o federal, es como un gran organismo vivo en el que las instituciones públicas y las leyes orgánicas del estado cumplen la misma función que los órganos vitales del cuerpo y las leyes orgánicas que lo rigen. De esta forma, queda claro que dentro de ese macro-organismo humano que es la sociedad, los conceptos de orden, armonía y equilibrio vital se traducirían como orden jurídico, justicia y concordia social, que son precisamente los que definen si una sociedad goza de bienestar y prosperidad, o por el contrario está enferma a causa de sus propios desórdenes y desarreglos funcionales.

   Por último, si este mismo modelo orgánico lo contemplamos a escala cósmica, que es como lo concebían los sabios de la Antigüedad, aparece entonces el cosmos como un gran organismo viviente cuyos nidos de estrellas y galaxias, constelaciones, sistemas solares y planetas, hacen las veces de órganos, células, moléculas, átomos y partículas subatómicas. Un inmenso ser vivo cuyo cuerpo es el Universo mismo y cuyo espíritu es aquello que los hombres han llamado siempre Dios, aunque sea añadiéndole infinitos apellidos y sobrenombres particulares.

   Como todo ser vivo, el Cosmos nace, crece, se desarrolla, envejece y muere, y como ocurre también en nuestro propio cuerpo, cada una de sus células contiene en sí misma toda la información biológica del organismo al que pertenece. Eso significa que en cada una de sus partes, incluso en la más pequeña de ellas, se hallan contenidos todas las leyes, principios y fuerzas que rigen la totalidad del cosmos. Por eso los sabios del antiguo Egipto enseñaban que «como es arriba es abajo, y así es abajo como es arriba», mostrando con ello  que no sólo que la Tierra es «un espejo del cielo», sino que el hombre es en sí mismo un pequeño microcosmos a imagen y semejanza del gran macrocosmos, y por tanto, todas las leyes y fuerzas del Universo se hallan presentes también en cada individuo.

  Ahora bien, si aplicamos este principio no sólo al ámbito de las realidades materiales, sino también en el plano de las energías psíquicas, mentales y espirituales, la cosa se pone más interesante todavía. Desde un punto de vista psíquico sabemos perfectamente que el hombre no es el único ser capaz de experimentar «vida emocional», ya que los animales también pueden sentir, aunque de forma menos consciente, toda una rica y variada gama de instintos, sensaciones y emociones, tales como el miedo, la agresividad, el deseo, la alegría, la tristeza, el instinto posesivo, el placer o el dolor, etc. Esto significa que ellos también sienten de una u otra manera no sólo su propia existencia como seres vivos, sino también la de los demás seres con los que se relacionan y conviven, como saben muy bien todos aquellos que tienen animales domésticos y han convivido con ellos.

   Por otro lado, si del reino animal descendemos al reino de la vida vegetal, vemos que las plantas también sienten a su manera la vida que fluye a través de ellas. Los experimentos realizados aplicándoles determinados aparatos ultrasensibles de alta tecnología capaces de medir sus reacciones sensibles ante determinados estímulos externos, y su respuesta sensorial con respecto a los demás seres vivos de su entorno, especialmente con los seres humanos, han arrojado resultados verdaderamente sorprendentes al respecto. Demuestran que las plantas experimentan cierto tipo de sensaciones y emociones primarias, que podríamos traducir como agrado y desagrado, placer y dolor, alegría y tristeza, miedo y deseo, e incluso lo más parecido a lo que podríamos llamar lealtad o afecto hacia sus dueños. Por eso, todos los que están familiarizados con el cuidado de las plantas saben muy bien que reaccionan a nuestra voz, a nuestros pensamientos y nuestras emociones, «solidarizándose», por decirlo de alguna manera, con nosotros y nuestro estado de ánimo.

   Finalmente, con respecto al reino mineral, los sabios antiguos pensaban que las rocas, los metales, las montañas, los ríos, los bosques, las fuentes y los mares eran también «seres vivos» y no cosas inertes, como declaró después la ciencia moderna. Por este motivo les ponían nombres, otorgándoles así identidad, voluntad y personalidad propias, pues no cabe duda que para el hombre de las culturas tradicionales la Tierra era la «gran Madre de vida», y todas las criaturas que conviven en y con ella, son seres vivientes capaces de experimentar el latido vital de la existencia dentro y fuera de sí mismos. Por eso todos compartimos la primera ley fundamental de la Vida, que es el instinto de supervivencia.

   Sin embargo, la cosa no acaba aquí, pues siguiendo el hilo del pensamiento holístico y orgánico, que nos dice que «el todo se refleja en cada una de sus partes», vemos que al aplicar esta ley en el plano de las realidades mentales, podemos obtener conclusiones muy interesantes. Los sabios antiguos pensaban que si la mente humana es capaz de conocer, comprender y concebir el Universo, es porque es de la misma naturaleza e idéntica constitución a la mente que lo había ideado y concebido. De hecho, todas las tradiciones de Oriente y Occidente nos dicen que ese gran orden cósmico que mantiene en armonía el ritmo de las estaciones, las órbitas de los planetas y el movimiento cíclico de los soles y las galaxias, habría sido diseñado y concebido por la «gran mente cósmica», pues detrás de todo orden inteligente, decían, subyace siempre una inteligencia ordenadora, como detrás de toda ley hay siempre un legislador.

   Esta «armonía universal» a la que los egipcios llamaba «Maat», los hindúes «Dharma» y los chinos el «Tao», no era por tanto consecuencia del azar o de la casualidad, sino de la «divina inteligencia» que dimana de la «Mente cósmica». Por eso, en todas las tradiciones iniciáticas se enseñaba al discípulo de la Sabiduría que en la conciencia subyacen escondidas todas las claves que permiten al hombre desvelar y comprender los grandes misterios del Universo.

   Finalmente, la sabiduría tradicional va todavía más lejos al afirmar que el hombre es un microcosmos a imagen y semejanza del gran macrocosmos, pues eleva esta verdad al plano de las realidades espirituales y divinas, estableciendo con ello el fundamento ontológico de la esencia divina del alma humana. Para los sabios antiguos, todos los seres y criaturas de la Naturaleza, sea cual sea el reino al que pertenezcan, no son más que la manifestación visible de un espíritu o alma intangible, que se corporiza en una forma concreta para poder vivir y tomar experiencia en el mundo objetivo. Según esta visión mágica y trascendente, todos los seres caminan por la vida sedientos de perfección, ya que todos proceden de un mismo origen o fuente primordial de la existencia, por eso en el «Himno a Ra» del Libro de la Salida del Alma a la luz del día, vemos que el texto se refiere al Demiurgo creador diciendo: «¡Oh tú, sustancia divina de la que proceden todos los seres y todas las cosas!». Sin embargo, a diferencia de las demás criaturas, el hombre viene a la existencia con un extraordinario don que es la conciencia; un don que le permite conocer y comprender las leyes del Universo y descubrir cuál es su verdadera naturaleza y su inmortal destino en el océano de la eternidad. Por eso en las escuelas de Sabiduría del mundo antiguo se enseñaba que el alma humana es una pequeña chispa inextinguible de ese gran fuego que es el Alma del Universo, y por tanto su meta final no es otra que volver a la fuente de luz universal de la cual surgió.

   Es evidente que hoy estamos bastante alejados de esta visión global, mágica y sacralizada de la existencia, pero la voz de la Sabiduría intemporal todavía resuena en nuestros oídos como un eco lejano, despertando en nuestra conciencia sutiles reminiscencias de cosas que en el fondo sabemos, pero que tal vez hemos olvidado. Pues si tal y como propone la visión orgánica de la Sabiduría tradicional a la que hoy se aproxima cada vez más la moderna ciencia de vanguardia: «El todo se halla presente en todas y cada una de sus partes», es obvio que de tanto mirar hacia las cosas de fuera nos hemos olvidado un poco de mirar con atención hacia nuestro propio jardín interior, dejando crecer algunas malas hierbas. Urge pues un cambio de mentalidad que nos obligue a replantearnos cuál es nuestro papel en la gran danza cósmica de la vida, y que nos ayude a desarrollar una nueva conciencia global que nos permita sentir que todos formamos parte de ese fascinante organismo vivo y multidimensional que es el Universo.

Hacia una nueva visión holística del Cosmos

   La nueva Física de vanguardia nos describe cada vez más el Universo como un gran holograma (totalidad) compuesto de multitud de diminutos hologramas (pequeñas totalidades), donde cada una de sus partes refleja y contiene al resto del conjunto, hallándose todas ellas estrechamente relacionadas. Como dice el científico Smuts: «Cualquier mirada permitirá apreciar que el mundo está hecho de conjuntos», explicándonos que estos a su vez están contenidos dentro de otros conjuntos mayores y así sucesivamente hasta configurar el cosmos, término de origen griego cuyo significado etimológico es «gran orden», un proceso vital de despliegue constante, dinámico y creativo, que la ciencia actual llama evolución y que los sabios antiguos llamaban «emanación divina». Esto significa que en cada una de las partes del cosmos se halla contenida la información completa de todo el conjunto, como ocurre precisamente con las neuronas del cerebro. Por eso, los científicos coinciden cada vez más en que nuestra mente posee también una estructura holográfica, con lo cual es fácil deducir que el llamado «pensamiento holístico» es un proceso mental inherente a su propia naturaleza, y no algo artificial o ajeno a ella.

   El término «holográfico» u «holístico», si bien es de moderna aplicación, no lo es en su concepto, ya que éste es muy antiguo. Proviene del griego holos, que significa entero, completo, global, íntegro, en una palabra: «total». Por lo tanto, la holística hace referencia a la forma de ver las cosas enteras, en su totalidad, apreciando simultáneamente tanto las particularidades y los procesos individuales, como las generalidades y procesos que devienen de la interacción mutua entre los distintos elementos que componen esa unidad a estudiar.

   Esta tendencia unificadora e integradora está orientada hacia la comprensión de los fenómenos que afectan tanto al individuo y a las sociedades, como a todo el planeta, desde la óptica de la unificación, la totalidad y la integración. En resumen, si aceptamos que los procesos de la conciencia humana siguen un modelo holográfico, ya que en ella se halla inmanente la información de todo el cosmos, es fácil entender entonces el verdadero sentido que los griegos daban a ese axioma de la Filosofía tradicional que permanecía inscrito en el frontispicio del templo de Delfos, que decía: «¡Oh hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses!». Visto todo lo anterior, podemos llegar a la conclusión de que la única forma que tiene el hombre para poder integrarse plena y conscientemente en ese gran Universo holográfico de cual formamos parte, es desarrollando en sí mismo los tres niveles del pensamiento holístico, que son: la conciencia individual, la conciencia social y la conciencia universal.

La conciencia individual

   Es aquella que nos pone en contacto con nuestro mundo interior y que busca respuestas a las eternas preguntas que afectan al individuo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el papel del hombre en la Naturaleza? ¿Cuál es su destino?…

   Es obvio que la vida de los animales está regida por el instinto y esto hace que su conducta sea siempre idéntica para todos los miembros de una misma especie —la ley de la manada, el apareamiento, las migraciones, etc.— Se trata de una forma de conducta global impuesta por la Naturaleza sin posibilidad de apartarse de ella, manteniendo así el equilibrio biológico de las especies y de cada una de ellas con sus ecosistemas. Sin embargo, en el hombre hay algo que le diferencia de los animales, y es que tiene conciencia y libre albedrío, con la responsabilidad que ello lleva aparejado, que es la libertad de elegir. La mente pone al hombre en una encrucijada permanente: actuar o no actuar, reconocer lo justo de lo injusto, el bien del mal, la mentira de la verdad… Si la conducta de los animales estaba gobernada por unos instintos predeterminados, la mente le concede al hombre la oportunidad de preguntarse el porqué de las cosas, la causa de la existencia, de la vida y de la muerte, del dolor y de la felicidad…, pues es precisamente su capacidad de elegir lo que le convierte en responsable de su propio destino. De ahí que la cualidad del discernimiento, llamada Viveka en la India, podríamos traducirla como inteligencia, término de origen latino, que significa «elegir entre» (intelligere). Una cualidad que ha sido siempre extraordinariamente valorada en todas las escuelas de Sabiduría de la antigüedad y que sigue siéndolo todavía hoy.

   Por su parte, en el campo de la moderna psicología, vemos que la Inteligencia Emocional se divide en dos aspectos fundamentales: el desarrollo de las habilidades intrapersonales y el de las interpersonales. La Inteligencia que llamamos «intrapersonal» es la que se ocupa de los procesos internos del hombre y de su conciencia de sí mismo, jugando un papel decisivo en la conducta emocional del individuo. Es decir: su capacidad de reconocer su propias realidades y procesos internos, de autodominarse, de automotivarse y en una palabra: «de conocerse y comprenderse a sí mismo»… es uno de los factores decisivos en el éxito o fracaso de la vida de cada individuo.

   A poco que estudiemos la historia del pensamiento, vemos que la Inteligencia Emocional es el nombre moderno que le hemos puesto a algo muy viejo. No por lo viejas que son las emociones, inherentes al hombre desde que existe, sino porque el estudio y sistematización de estas habilidades también cuenta con una larga tradición. Desde las prácticas enseñanzas de Confucio y la filosofía Zen, hasta los ricos y amplios diálogos de Platón, pasando por la refinada filosofía hindú o egipcia, encontramos en sus textos un rico desarrollo del mundo emocional, de sus leyes, sus habilidades y de cómo conquistarlas para fruto individual y colectivo. Se trata de lo que antaño se llamó la «ciencia del alma», que formaba parte indivisa de la educación de los niños y que estaba destinada a dar al hombre las herramientas necesarias para el dominio del difícil y a la vez maravilloso arte de vivir.

La conciencia social

   Es ese nivel de nuestra propia conciencia que nos pone en contacto con el mundo de «los otros» y que afecta a las relaciones interpersonales, buscando las claves para resolver los problemas y dificultades que conllevan. En ese nivel existe una preocupación común: ¿cuál es mi papel dentro del entorno? ¿Cómo integrarme correcta y armónicamente en la sociedad y en la Naturaleza? ¿Cómo armonizar las diferencias en pos de un bien común?

   Hoy nadie duda que el hombre es por naturaleza un ser social, pero tampoco que la convivencia es un arte muy difícil, a juzgar por la cantidad de guerras, disputas, odios y enemistades que llenan los periódicos y noticieros. Y es que si bien es de ley que los humanos convivan con los humanos, habría que preguntarse si existe una verdadera educación que forme a la persona en aquellos valores que le permitan no sólo coexistir de cualquier manera y a cualquier precio, sino también una relación de calidad, un crecimiento interno personal y colectivo, enriqueciendo su visión de las cosas en base al conocimiento y la comprensión del mundo de los «otros», en base a aplicar la ley de la «empatía», aquella que nos ayuda a penetrar en el «yo» ajeno y poder comprender sus motivaciones. Aprender a ponerse en el lugar de los demás es una lección que no parece todavía aprendida y tal vez es la única manera de poder convivir en armonía y colaboración con el entorno social, puesto que la vivencia de la empatía es el principio del altruismo, la concordia, la solidaridad y el respeto.

    Siguiendo el modelo holográfico, también en el interior del hombre encontramos un «microcosmos», una pequeña «sociedad» compuesta de diferentes elementos: una parte que piensa, otra que siente, otra que procesa y asimila la energía vital y otra que ejecuta la acción. Son un conjunto de fuerzas que interactúan en nosotros —muchas veces en auténtica contradicción— y es necesario que el director de ese pequeño estado, la conciencia, las armonice y las haga «con-cordar» haciendo de todas ellas una verdadera unidad, un organismo vivo en donde cada parte realice su labor, colaborando con el todo por un bien común.

   A la vista de los problemas psicológicos de nuestro tiempo (depresiones, estrés, ansiedad) que conducen a las personas hacia desquiciantes luchas interiores, absorbiendo su energía con esfuerzos inútiles y contrapuestos o marchas y contramarchas que boicotean sus propios sueños, se hace necesario un acuerdo del ser humano consigo mismo: pensar, sentir y actuar en una misma dirección, y así poder decir con verdadera altura lo que enseñaba un viejo filósofo: «Jamás seré un obstáculo para mí mismo».

La conciencia universal

   La conciencia universal engloba en sí misma la individual, la social, la ecológica y la histórica. Corresponde a un nivel más profundo por el que el individuo se concibe como parte integrante del Universo, protagonista y elemento activo del plan cósmico. Es ese «yo» amplio y profundo que no se siente de un lugar y un tiempo concreto, sino que se sabe eterno y sin fronteras.

   Las conclusiones de nuestra búsqueda son, pues, bastante claras. Como decíamos en la introducción de nuestro artículo, todos los seres estamos relacionados de manera interactiva y solidaria, de tal forma que lo que afecta a una parte, influye a todo el conjunto en mayor o en menor medida.

   Desde un punto de vista histórico vivimos tiempos interesantes, tiempos que auguran grandes cambios y profundas transformaciones en el seno de nuestra «aldea global», un concepto que nos sugiere un ideal de solidaridad y concordia entre culturas, pueblos y razas que deberá caracterizar a las sociedades del futuro. Para ello creemos necesario que el ser humano se reconozca protagonista en el devenir histórico, puente entre el pasado y el futuro, pues cuando la conciencia del hombre se reconoce más allá de los ropajes propios de cada época, trascendiendo las formas, se siente peregrino del tiempo y ciudadano del universo.

   Por todo lo anterior, pensamos que es fundamental que el ser humano despierte esta triple conciencia por medio de la reflexión filosófica, el diálogo intercultural y el análisis de nuestro propio pasado, abogando por una educación para el siglo XXI que contemple los tres niveles de la conciencia holística: el individual, el social y el universal, pues un hombre satisfecho consigo mismo, con los demás y con la Naturaleza que le rodea es un hombre feliz, y un hombre feliz es un ser libre que ha roto las cadenas de la ignorancia a través de la educación.

 

Francis J. Vilar y Herminia Gisbert