La historiografÃa moderna, siempre presta a catalogar la historia en etapas mejores y peores, utiliza el término «Baja Época» para caracterizar el tiempo que discurre entre el primer faraón saÃta, Psamético I, y Alejandro Magno. Términos como «bajo» o «tardÃo» son incapaces de recoger el peculiar espÃritu con que Egipto entonó su canto del cisne, una melodÃa que embriagó a los griegos y despertó su respeto por el noble anciano del Mediterráneo.
            El ascenso de los prÃncipes de la ciudad de Sais a la institución faraónica tuvo lugar en el contexto de la invasión asiria que padeció Egipto en el siglo VII a.C. Los últimos miembros de la dinastÃa etÃope no pudieron repeler el avance de Assurbanipal y éste acabó por recluirles en Nubia. Sin embargo, los asirios no mostraron interés por permanecer en el paÃs y otorgaron al prÃncipe Psamético, heredero del difunto Nekao de Sais, el gobierno de algunas ciudades del Delta. Desde allÃ, con suma prudencia y pacÃfico talante, fue reunificando los nomos del Bajo, el Medio y el Alto Egipto, hasta volver a consolidar un Estado polÃticamente cohesionado. El destino quiso otorgarle un largo reinado (664-610 a.C.) en el que desarrollar con prudencia nuevas y audaces estrategias.
           El principal logro de Psamético y sus sucesores fue saber armonizar la polÃtica interna con las circunstancias internacionales. Egipto no podÃa permanecer al margen de los sucesos que acaecÃan en Oriente (auge y caÃda de Asiria frente a Babilonia y posterior ascenso persa) y en el Mediterráneo (expansión griega por medio de colonias y desarrollo de las grandes polis). Con genuina perspicacia, supo prever el papel que Grecia jugarÃa en el futuro y por ello no sólo incorporó sus mercenarios al ejército y permitió el comercio a sus mercaderes, sino que fundó la primera ciudad extranjera del valle del Nilo: Naucratis. Este pequeño núcleo fue creciendo y el acercamiento económico dio paso al cultural, cuando los titanes del mundo helénico comenzaron sus peregrinaciones a Egipto en busca de su sabidurÃa pretérita. La importancia que los saÃtas otorgaron a este fenómeno se aprecia en la creación de una escuela de intérpretes en el Bajo Egipto por orden de Nekao II (609-595). Allà aprenderÃan la lengua griega algunos escribas y sacerdotes que a su vez se encargaron de enseñarla a los cuadros administrativos. Gracias a este centro, personajes como Tales, Solón, Platón y otros muchos lograron conversar con los sabios egipcios. A otros, como Pitágoras, parece que se les concedió el privilegio de conocer personalmente los enigmas de la lengua jeroglÃfica.
           En contraste con estas concesiones a lo extranjero, poco frecuentes en la hermética tradición de estas gentes, se inició una intensa campaña de recuperación de los valores intrÃnsecos del pasado faraónico. Asà estalló un auge creativo cuyos modelos principales se hallaron en los monumentos del Imperio Antiguo, dando vida a multitud de obras maestras de excepcional belleza. De modo simultáneo, se ordenó la copia y divulgación de numerosos y variados textos, generando la renovación de bibliotecas y centros de estudio. Para ello se popularizó el demótico, un modo de escritura derivado del hierático que pronto se volvió oficial. Esto se acompañó de una especial atención regia hacia los templos, que se vieron atendidos con gran interés por la administración central. Tebas, que habÃa sufrido el saqueo más sangriento de su historia a manos de los asirios, nunca logró recuperarse por completo, pero sà pudo subsanar daños importantes bajo la dirección de las Divinas Adoratrices, a la par que seguir construyendo algunas de las maravillosas tumbas que hoy contemplamos en su necrópolis.
           Estos dos rasgos (inclusión de elementos foráneos con el auge de las tradiciones milenarias) singularizaron el siglo y medio en que Sais se irguió como capital. Desde allà la diosa Neith alumbró este afán de sabidurÃa. La antigüedad de esta divinidad se remonta a épocas predinásticas y su protagonismo varió en los distintos perÃodos sin que perdiera nunca un papel destacado. Sus distintivos son la corona roja del Bajo Egipto y un escudo con dos flechas cruzadas, con cuyas puntas adormece a los malos espÃritus. Entre sus epÃtetos figuran «la libia», «la terrorÃfica», «la que amamanta cocodrilos» o «Madre de todos los Dioses». Es una de las pocas entidades femeninas que asume el rol creador del universo, que gestó al pronunciar siete palabras: con la primera surgió la colina primordial y ella se colocó encima; con la segunda dio vida a Ra-Amón-Jnum; con la tercera se manifestó la Ogdóada de la ciudad de Hermópolis y con la cuarta el dios Thot vino a la existencia… Como inventora del arte de tejer ofrecÃa las vendas de la momia dentro del ritual funerario, en el que además intervenÃa como diosa protectora junto a Isis, Neftis y Selkis; en este ámbito custodiaba en concreto el estómago del difunto en el vaso canopo con la imagen de Duamutef, uno de los cuatro hijos de Horus.
Los vÃnculos con Atenea no son pocos, lo cual no deja de ser un reflejo de las relaciones con los griegos durante todo este perÃodo. El mismo Platón las identifica y parecer estar fuera de duda el origen libio de la Señora de Atenas. El prÃncipe de la filosofÃa reproduce en el diálogo Timeo la conversación entre Solón y un sacerdote de Neith en Sais. Si bien somos conscientes de que esta narración es una evocación literaria, no deja de recoger un testimonio parcial sobre las actitudes de aquellos egipcios hacia los atenienses, además de ejemplificar el intercambio cultural que se estaba produciendo. En sus lÃneas hallamos expresada la común devoción por la diosa y una hermosa explicación de la diferencia entre Grecia y el valle del Nilo: frente a la sabia y conservadora (en el sentido de saber guardar) tradición de Egipto, la griega se muestra ingenua, por las continúas pérdidas de sus conocimientos a manos de avatares históricos o naturales. Sin embargo, el sacerdote egipcio no hace de menos a los atenienses y se muestra generoso en elogios respecto a su grandeza como pueblo.
           La atención que los reyes de Sais prestaron a los dioses no se limitó a su patrona local. En esta época, y muy especialmente bajo los auspicios del faraón Amasis, se alzarán templos como el de Isis en Philae y el de Amón en Siwa, entre otras muchas construcciones y reformas relevantes.
Un renacimiento del arte
El artista saÃta estaba enamorado de su más remota tradición y buscó su inspiración en la necrópolis de Menfis y en otros monumentos de los Imperios Antiguo y Medio. Esto explica que encontremos en sus tumbas tebanas algunos relieves idénticos en forma y temática a los existentes en milenarios sepulcros de Saqqara. Como en el Renacimiento italiano, no se trata de una copia estéril, sino de una interpretación renovada de unos valores éticos y estéticos; esto nos permite distinguir a simple vista muchas obras saÃtas de las anteriores. A instancias de sus gobernantes, despertó un afán arqueológico en escultores, pintores y arquitectos, una imperiosa necesidad de conectar con la Ãntima visión que particularizaba al genio egipcio y lo distinguÃa de las demás naciones. Desde nuestra perspectiva, su historia es una trayectoria única que concluye definitivamente con el cierre del templo de Philae en el siglo VI d.C. Sin embargo, para los saÃtas las primeras dinastÃas estaban tan lejos en el tiempo como están los romanos para nosotros. La diferencia entre el Renacimiento saÃta y el europeo estriba en que durante ese lapsus que les separaba de sus modelos el paÃs habÃa conservado con lealtad incansable sus ideas, sus monumentos y sus textos, pese a las pérdidas puntuales provocadas por los vaivenes históricos. En cambio, los humanistas del Cuatrocento se enfrentaron a mil quinientos años de destrucción de un conocimiento y un sentido de la belleza considerados «paganos» y por tanto, destruidos y proscritos. Por tanto, quizá serÃa factible hablar de una revitalización y no de un renacer, pues en ningún caso es aceptable decir que al subir de Psamético al trono el paradigma egipcio hubiese muerto.
           Una vez más las necrópolis se convierten en excepcional fuente de información. Son destacables tumbas como la de Pabasa, Ibi o Sheshong en Tebas. Las de Menfis se construyen con una estructura de pozo que alcanza en ocasiones los 25 m de profundidad, lo que supone un gran ingenio técnico. Una curiosidad es que la imitación de los mausoleos se realice en base a los nombres de sus propietarios. Es decir, la tumba tebana del Ibi saÃta reproduce elementos de la de otro Ibi antiguo en Menfis, y asà en otros muchos casos. No podemos dejar de mencionar la impresionante necrópolis de esta época en Oxirrinco, que está saliendo a la luz gracias al esfuerzo de la Misión española dirigida por el profesor Padró y la Societat Catalana d’Egiptologia.
           La escultura, impregnada de un hieratismo «juvenil» que sugieren sus formas redondeadas, su pulido deslumbrante y sus expresiones vitales, ha conservado para nosotros ejemplares extraordinarios. Su perfección ha sido acusada de frialdad técnica, pero yo me pregunto si opinarÃamos lo mismo en el caso de no haber contemplado nunca las obras del Imperio Antiguo. ¿Vuelve a imponerse el tenaz afán de catalogar las cosas en buenas y mejores? Las manos que dieron vida a estas nuevas estatuas, nunca concebidas como obra de arte en el sentido frÃvolo de la noción moderna, quisieron infundirles el mismo espÃritu de heka (magia) que animó a sus predecesoras, pues tenÃan una funcionalidad religiosa antes que estética. Su genio está precisamente en los matices que a nosotros, observadores de museo, nos permiten distinguirlas.
           Termina aquà nuestro retrato de una época que quiso «ser egipcia» por encima de todo, aunque estuvo dispuesta a conocer a los nuevos protagonistas de la historia. Gracias a este esfuerzo, la cultura de Nilo se recargó con una savia renovada de la que se nutrieron los pueblos del Mediterráneo en general, y Grecia en particular. Ciudades como AlejandrÃa, con todo el carácter griego que queramos darle, construyó su aureola como foco del saber extrayendo abundantes conocimientos de su anciana anfitriona. Este binomio que unió en peculiar matrimonio a estas dos formas de concebir el mundo y que resumió la urbe de los Ptolomeos tuvo su noviazgo en el Egipto saÃta. Aún hoy nos beneficiamos de ello.
Naty Sánchez, Lic. en Historia









