El divino arte de la dialéctica

platonLa palabra dialéctica proviene del griego διαλεκτική (dialektiké) y τέχνη (téchne), que significa literalmente «técnica de la conversación», con igual significado en latín (ars) dialéctica. Se trata de un ejercicio de conversación, o de reflexión interior, en el cual se busca la solución a un problema filosófico a través del arte del diálogo. Podríamos pensar en este arte como la mística de la razón, pues une cabeza y corazón, intuición y razón.

La dialéctica es un hermoso viaje del alma donde, gracias al buen uso de la razón, sus practicantes se van asombrando y enamorando cada vez más de los misterios del Universo y de la divina arquitectura que lo sostiene. Esta sublime ciencia permite abrir nuestros jardines interiores a los demás para disfrutar del milagro de caminar juntos por el sendero de la vida, de igual a igual, rozando las ideas celestes con nuestros pensamientos. Se podría decir que la dialéctica es hija de la philia, una de las hijas de la diosa Concordia, ese sentimiento de amor fraternal tan importante para los griegos antiguos, de la mano del cual los que han participado de la conversación salen enriquecidos, dado que la dialéctica pretende elevarse al cielo para poder iluminar mejor nuestra vida cotidiana.

Históricamente debemos a Sócrates y a Platón, en la Atenas del siglo V a. C., la expansión y el máximo desarrollo de esta forma de dialogo. Llegados al final de ese siglo V la sociedad ateniense vivía una fuerte crisis de valores, donde al materialismo reinante se añadió el cinismo y escepticismo filosófico provocado por unos personajes llamados sofistas, comerciantes migrantes que en vez de vender objetos vendían sus conocimientos. Ante el auge de este grupo y de su forma de entender el conocimiento, el filósofo Sócrates empezó a desarrollar un método de conversación que permitiría encontrar la verdad con autenticidad, destruyendo así toda forma de sofismo. La dialéctica nace, pues, de la necesidad de proteger la Verdad, el Bien, la Justicia, la Belleza y todas las cualidades luminosas del alma humana que la cultura sofista ponía en peligro.

Creo que, al igual que la Atenas de finales del siglo V a.C., vivimos una época dominada por los sofistas y que, más que nunca, la dialéctica es imprescindible. Nos permite purificarnos y protegernos de los pensamientos erróneos, de las manipulaciones externas y del esclavismo interior; pero también nos permite salvaguardar esos ideales de verdad, bien, justicia y belleza, pues aquel que sabe encontrar la verdad a través de una elevación racional/vivencial está también capacitado para derrotar la mentira y la ilusión.

Como he mencionado anteriormente, el proceso dialéctico es, ante todo, un proceso interior, que con lleva el ejercicio de una serie de facultades:

  1. La auto-conciencia, pues requiere un trabajo de observación de los propios pensamientos y de las propias ideas.
  2. El discernimiento, porque requiere de un trabajo de reflexión sobre esas ideas de las que hemos tomado conciencia: si son reales, si son objetivas o una simple percepción subjetiva de la realidad nacida de nuestras pasiones, deseos, ilusiones, o por la simple falta de conocimiento. Nos permite elevar nuestra conciencia desde una mente meramente práctica, concreta, hasta verse liberada de ataduras temporales.
  3. La des-identificación con nuestras circunstancias personales, pues incluye un trabajo de distanciamiento respecto a  las propias ideas y pensamientos. Para que se alumbre un verdadero dialogo “mayéutico” el dialéctico tiene que saber reconocer cuando se equivoca. Esa des-identificación personal puede despertar lo que Platón  llamó «reminiscencia», recuerdos que pertenecen a un yo más amplio que el individual.
  4. La humildad, porque no se trata de luchar por «nuestras» ideas, como si nos pertenecieran, enfadándonos cuando alguien las refuta o intentando imponerlas a los demás; tampoco se trata de sentirse «orgulloso» de ellas cuando parecemos tener razón; de lo que se trata es de llegar a una verdad más profunda que aquella de la que partimos al iniciar el diálogo, y de reconocer que esa verdad tímidamente atisbada no nos pertenece. La dialéctica engendra más preguntas que respuestas y nos hace tomar conciencia de lo poco que sabemos.
  5. El equilibrio interior, pues nos enseña a buscar con la razón y con el corazón a la vez.
  6. Sed de saber y capacidad de descansar en el misterio, pues aunque la dialéctica nos permite encontrar respuestas, cada respuesta es una puerta abriéndose a otras muchas más preguntas, al mismo tiempo que muchas de nuestras reflexiones dialécticas se acaban con una aporia o ausencia aparente de respuesta. Lo que realmente importa es el camino recorrido y no donde llegamos.
  7. Libertad, puesto que aprendemos a pensar por nosotros mismos dejando de lado una actitud mental pasiva que muchos hemos aprendido de niños y que consiste en dejar a los demás pensar, elegir, opinar…, por nosotros.

Hagamos de la dialéctica una vía de desarrollo personal, un entrenamiento cotidiano, una actitud de vida; pero no nos olvidemos nunca de que como dice el Principito, «Conocer una verdad tal vez sea contemplarla en silencio.»

Theo Laurendon