Gaudí, arquitecto universal

Este año 2002 se celebra el 150 aniversario del nacimiento del catalán Antoni Gaudí, arquitecto universal que no sólo revolucionó la arquitectura, sino que además fue un creador prolífico diseñando muebles, mosaicos, elementos decorativos, rejas de hierro forjado y todo lo relacionado con la arquitectura. La ciudad de Barcelona recibe a miles de turistas, curiosos e investigadores de todo el mundo, para poder disfrutar de la obra de un hombre que en vida tuvo muchos detractores. Paradojas del destino, a veces los contemporáneos no sabemos apreciar la presencia de genios y visionarios que se adelantan a su época. Gaudí murió pobre y pidió por la calle para seguir con las obras de la Sagrada Familia; hoy se mueven miles de millones en torno a la figura y obra de Gaudí.

   Antoni Gaudí Cornet nació un miércoles 25 de Junio de 1852, en la provincia de Tarragona, muy probablemente en Reus. Fue el quinto hijo del matrimonio formado por Francesc Gaudí Serra, calderero (fabricaba alambiques para la destilación) y Antonia Cornet Bertrán. La salud, como le ha ocurrido a muchos de los grandes, no le bendijo; desde su más tierna infancia y luego durante toda su vida, arrastró una enfermedad reumática que no le permitió jugar con los demás niños, le hizo desplazarse en burra y le impidió asistir a clase con asiduidad; se cuenta que sustituyó esta carencia por largas horas de observación de la Naturaleza: los animales, las plantas y las piedras.

   Ya en el colegio se empezó a manifestar su entusiasmo por la arquitectura y el dibujo, realizando las ilustraciones del semanario manuscrito y las escenografías en el teatro del colegio. A los 17 años se traslada a Barcelona para estudiar en la Universidad. Mientras estudiaba Arquitectura asistió a la vez a clases de Filosofía, Historia, Economía y Estética, para saciar su necesidad de conocimientos, y también tuvo que trabajar con algunos maestros de obra para poder pagar sus estudios.

   Durante esta época tuvo distintos domicilios, donde lo acompañaron siempre su padre (su madre murió al poco de empezar Gaudí la carrera) y su sobrina, Rosa Egea, que fueron su única familia, ya que él nunca llegó a casarse, mostrando en su vida escaso interés por el matrimonio. Por referencias de su sobrina sabemos que «no tuvo novia ni relaciones amorosas, pues ni siquiera miraba a las mujeres».

   A los 26 años obtuvo el título de arquitecto; se iniciaba una nueva etapa en la vida de Antoni Gaudí. Recién obtenido el título, intentó disfrutar de todo lo que se privó durante la carrera y se dedicó a hacer pequeños trabajos. Diseñó una vitrina para una conocida guantería, Casa Comella, para la Exposición Universal de París de 1878, de la que Eusebi Güell quedó prendado por su belleza, comenzando una relación por la que se convertiría en el principal cliente y mecenas de sus obras.

   Gaudí tenía un profundo amor por su tierra, un sentimiento «catalán» que no dudaba en incluir en sus edificios, donde se aprecian escudos con las cuatro barras o esculturas en honor a Sant Jordi, patrón de Cataluña. La religiosidad es otro rasgo propio de su personalidad, fue católico de oración diaria (y algo más que luego expondremos), siempre incluyendo en sus obras figuras y símbolos místico-religiosos. Vivía con austeridad, con lo justo para evitar que el espíritu se dejara vencer por los atractivos de la posesión y la materia. Aunque vivía rodeado de gente poderosa y rica, el arquitecto prefirió la simplicidad de un lecho de hierro en su casa del Park Güell y, en sus últimos años, la modestia de su taller en la Sagrada Familia. Gaudí aseguraba que «No hay que confundir pobreza con miseria; la pobreza lleva a la elegancia y la belleza; la riqueza, a la opulencia, y lo complicado no puede ser bello». Pero quizás una de sus cualidades más sobresalientes fue su imaginación, sobre la que él mismo dice: «La imaginación es la facultad anímica de ver formas nuevas dentro del propio cerebro y saber, gracias al oficio aprendido, convertirlas en edificios u obras de arte. La fantasía, en cambio, es la facultad onírica de inventar absurdos o imposibles. La primera facultad es consciente; la segunda, inconsciente».

   La tarde del 7 de junio de 1926, paseaba Gaudí tan inmerso en sus pensamientos, que no se dio cuenta del paso del tranvía que le arrolló. Nadie sabía quien era aquel anciano indocumentado, con sencilla vestimenta, con un puñado de pasas y cacahuetes en un bolsillo y en el otro una edición de los Evangelios. Las mortales heridas provocaron su fallecimiento dos días después en el hospital de los pobres. Se formaron largas colas de público para ofrecer su homenaje y último adiós al gran Gaudí, para el que «la arquitectura era inseparable de las leyes de la Naturaleza y del simbolismo religioso. Lo que hacía Gaudí era rendir veneración al Uno» (George R. Collins). Antoni Gaudí fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia, su obra cumbre.

 Influencias en su obra y en su pensamiento

   Gaudí se inspiró en multitud de fuentes: en libros medievales, en el arte gótico, en el estilo árabe y hasta en las construcciones orientales pero, sobre todo, en las formas de la Naturaleza, en las que buscó sus modelos geométricos. Observándola aprendió el modo en el que crecían las plantas, dándose cuenta de que la Naturaleza no da formas al azar, sino totalmente funcionales. Por ejemplo, el olivo retuerce su tronco para adquirir mayor rigidez y fuerza, utilizando Gaudí este modelo en sus obras para dar más rigidez y mayor fuerza a columnas y nervios aparentemente frágiles. También estudió el esqueleto de los mamíferos, extraordinariamente eficaz para la estabilidad y la movilidad. Fue una auténtica revolución el utilizar modelos geométricos más antiguos que los inventados por los arquitectos, los de la misma Naturaleza. Además, la línea estricta, la rigidez y el orden en las formas, se había roto con la llegada del Art Nouveau a principios del siglo XIX; Gaudí no fue insensible a este cambio y gestó un estilo propio, una nueva arquitectura basada en líneas curvas, experimentando estructuras y nuevas formas a escala y de aspecto corpóreo. La tridimensionalidad de sus maquetas en yeso, barro, tela metálica, o cartón mojado y moldeado, le acompañaron siempre. Sus ideas «corpóreas», en muchas ocasiones, no fueron sometidas a la limitación que obligan las dos dimensiones del dibujo en papel. Incluso después, en el momento de la ejecución de la obra, a veces la modificaba si lo creía conveniente para poder mejorarla.

   No cabe duda de que Gaudí fue católico practicante y que utilizó en su obra simbolismo cristiano. Pero también existen otros símbolos que exceden el ámbito de esta religión. Gaudí vivió una peculiar y personal vía espiritual, que sin abandonar la ortodoxia católica, iba más allá del catolicismo, como queda expresado en sus obras con una abundancia de signos y símbolos que son más bien patrimonio de determinadas sociedades secretas. La causa de ello la ven muchos biógrafos en dos etapas diferentes en la vida de Gaudí. Por una parte la de juventud, en la que se rodeó de miembros de sociedades secretas e iniciáticas (cuya compañía nunca terminó de abandonar por completo, tal y como lo demuestra la amistad con el pintor uruguayo y notorio francmasón neopitagórico Joaquim Torres García), dando pie a pensar que fue quizá en estos medios donde Gaudí contactó con una logia. Y por otra, la de madurez, que con el paso de los años fue acentuando su catolicismo, interiorizándolo cada vez más, transformándolo en un místico, al margen de cualquier obediencia, rito o disciplina. Lo cierto es que allí han quedado sus obras, con toda seguridad muestra visible de lo que por dentro se movía en su alma, y dichas obras están repletas de simbología esotérica relacionada con la masonería, la alquimia y el hermetismo.

   Algunos de sus biógrafos argumentan directamente que Gaudí fue masón y que algunas de sus obras, como la Sagrada Familia y el Park Güell, contienen múltiples símbolos de la masonería y del hermetismo. Muestra de estos son el atanor alquímico, la piedra sin devastar, la devastada y la cúbica terminada en punta; los tres grados tradicionales de las hermandades obreras medievales: aprendiz, compañero y maestro; la cruz de seis direcciones, representativa de las cuatro direcciones del espacio, la ascendente y la descendente; la X, que tiene una gran importancia en el simbolismo masónico, pues es la notación alquímica del crisol, un instrumento necesario para la obra hermética; el pelícano, que representa la chispa divina latente en el hombre; la salamandra, la serpiente y las llamas, simbología claramente hermética; simbolismo alquímico del árbol de la vida y del reino vegetal en general; el dragón, símbolo de nuestros incontrolados instintos, que la voluntad espiritual (el caballero) debe vencer; el laberinto iniciático, etc.

   Formas y símbolos, conocimiento y mística, conforman la obra de Gaudí. Fue un enamorado de la belleza, un trabajador incansable y un hombre de profunda reflexión filosófica, capaz de dar forma en la materia a las ideas que concebía en su mente y que expresó a través del rico simbolismo de la madre Naturaleza.

Antonio Marí