Gudea de Lagash

La ciudad de Lagash bajo el gobierno del rey Gudea ha sido equiparada por algunos historiadores con la Atenas de Pericles o la Florencia de los Médici, debido al importante impulso que recibieron las artes y las letras. Junto con el Imperio de la dinastía III de Ur, estos dos últimos siglos del tercer milenio constituyeron el canto del cisne de los sumerios, de cuya cultura beberían todos los pueblos mesopotámicos…

    Cuando el tercer milenio antes de Cristo se acercaba a su fin, en el corazón de la antigua Sumeria, en la antiquísima ciudad de Lagash, su segunda dinastía impulsó una época de esplendor, riqueza y desarrollo, que fue el preludio de la posterior dinastía III de Ur; a los escasos dos siglos que abarcan ambas dinastías se les ha llamado Renacimiento sumerio, época que verá aparecer los grandes zigurats, emblemas de la cultura mesopotámica.

   Tras la disolución del imperio acadio por la invasión de los guti (o gutu), Sumeria había retornado a su antigua configuración de ciudades-estado. Ur, Uruk, Nippur, Lagash… volvían a constituirse en ciudades independientes, muy amenazadas por los gutu, que sembraban el caos y la destrucción con sus pillajes y correrías. El comercio se veía privado de sus imprescindibles comunicaciones por este peligro constante, y la agricultura, igualmente, veía amenazada continuamente sus cosechas. La imposibilidad de unirse frente a este enemigo común hacía que cada ciudad estuviese librada a su suerte, situación que perdurará hasta que Utu-Hegal, gobernante de Uruk, emprenda sus campañas de reconquista y expulse a los gutu de la región.

   En este marco de franco declive, y justo antes de dicha expulsión o quizás durante la misma, destaca la figura de un soberano que, según todo lo que conocemos, representa la más sublime sencillez, nobleza y sincera espiritualidad de los príncipes sumerios. Gudea de Lagash, aunque realizó alguna campaña militar, no fue un rey guerrero; sus obras, sus textos, sus estatuas, nos hablan de un gran constructor, de un artista, de un poeta, de un patesi cuyo ideal de gobierno reflejan armonía y justicia. Su prosperidad sigue siendo aún un enigma, pues sus expediciones en busca de materias primas hacia el norte parecen desarrollarse sin ningún temor al peligro imperante. Algunos historiadores han apuntado la posibilidad de que él mismo perteneciese a los gutu, pero esta teoría no cuenta con el apoyo del marco cultural de su reinado, con rasgos netamente sumerios.

   A pesar de todo, hay que decir que sus primeros años no fueron nada fáciles. Según el texto que hizo grabar en dos cilindros que enterró bajo el templo del dios Nin-Girsu, patrón de Lagash, una gran sequía estaba agotando la esperanza de los campesinos. Aprovechándose de su miedo y su ingenua ignorancia, había surgido una bandada de brujos y hechiceros que campaban libremente en la región. El rey nos revela que tuvo un sueño donde creyó que los Dioses le hablaban, pero que no fue capaz de comprender. Se dirigió entonces al templo de Sin -famoso por sus conocimientos en oráculos- y allí le rebelaron que el dios Nin-Girsu y su celeste esposa, Ur-Bau, le ordenaban reconstruir un nuevo templo, para el que ellos mismos le dictarían las medidas y la forma de la planta. Antes de comenzar, Gudea convocó a todo su pueblo para celebrar una gran fiesta de purificación, no sólo del espacio donde se alzaría el nuevo templo, sino de toda la ciudad. Todos los hombres y mujeres de Lagash se volcaron en lo que parecen ser una suerte de «fiestas lustrales» semejantes a las romanas, limpiando casas, calles, graneros y demás instalaciones, y que culminó al encenderse una gran pira de maderas aromáticas que purificaron el aire de la ciudad. Por supuesto, todos los feticheros fueron expulsados y sus malas artes prohibidas.

   Comenzaron entonces las obras de lo que el texto nos presenta como el «Templo de las siete zonas», monumento que el tiempo no ha conservado. Disponemos, no obstante, de su planta, grabada en una de las estatuas sedentes de Gudea. Estaba rodeado por una muralla de cinco puertas que se flanquearon con torres. Si se trataba de un zigurat no lo sabemos, aunque parece poco probable. El primer gran zigurat del que tenemos constancia es ligeramente posterior y se erige en la no muy lejana ciudad de Ur. Mientras una parte de la población se centraba en poner los primeros cimientos para su construcción, la otra desplegaba las velas de sus naves para remontar el Éufrates en busca de las materias primas necesarias. Gudea relata el traslado de vigas de 15 y 16 metros desde la montaña de los cedros (el monte Amanus). De las montañas de Amurru, en Siria, aparte de los bloques de piedra donde esculpió los relieves para el templo, trajo también mármol; todo ello junto a los más lujosos materiales de las distintas zonas que abarcan el comúnmente llamado «Creciente fértil». Paralelamente se realizaban las obras, como decíamos, para las que se había creado un nuevo modelo de ladrillo de 12 pulgadas; el rey en persona hizo el rito de inauguración realizando una libación sobre el molde, seguido de un ritual propiciatorio.

   Previo al día de la consagración del templo, Gudea ordenó una nueva purificación de la ciudad y de sus habitantes, en la que durante siete días de intensa limpieza y ayuno «obligó a los amos a tratar como iguales a sus esclavos: el poderoso y el humilde durmieron uno al lado del otro, no se oyó una blasfemia y se enderezaron todos los agravios»1.

   Una vez hechos los rituales de consagración, y en el marco de una gran celebración, la estatua del dios Nin-Girsu fue trasladada a su nuevo hogar. También para su consorte, Ur-Bau, erigió el rey Gudea un nuevo santuario, a cuyas estancias pertenecen varias de las estatuas del rey conservadas hasta hoy. Otros templos en Ur, Uruk y Nippur (ciudad santa para todos los sumerios) completan su labor arquitectónica, hasta un total de por lo menos quince templos, aunque en muchos de ellos lo que realizó fueron reparaciones o reconstrucciones parciales.

   Descendiendo a niveles más prácticos, el rey Gudea centró su energía en construir canales, presas para el riego o para saneamiento de los pantanos, imprescindibles para la reactivación de la agricultura. No cabe duda que la sequía fue totalmente derrotada y que el renovado ambiente de Lagash condujo a sus habitantes a una época de mayor esplendor.

   El rey Gudea fue tan querido y admirado por su pueblo que incluso quisieron divinizarlo. Sin embargo, la actitud del rey ante los Dioses, según nos muestran las esculturas y relieves tanto como los textos, era de sumo respeto y humildad. En los cilindros donde relata la construcción del templo que hemos descrito, Gudea ofrece toda la gloria al Dios Nin-Girsu y a su esposa, colocándose él como un sencillo ejecutor de sus deseos. Su reverencia queda patente en el mutilado relieve donde es conducido por dos divinidades ante la presencia de la diosa Ur-Bau, de la que sólo podemos contemplar el trono donde se sentaba. Gudea manifiesta una humildad sencilla, sin pretensiones, que contrasta con la actitud sobresaliente con que se representaron los distintos reyes de Mesopotamia, en especial los acadios y los asirios. Lo mismo podemos decir de la mística posición de las esculturas: las manos cruzadas en gesto de oración, su semblante sereno, la exquisita elegancia de sus vestidos, que rompen con las típicas enaguas con farbalanes y flecos, al ofrecernos un finísimo manto liso y ceñido al cuerpo, que se sostiene sobre el hombro izquierdo. Esculpidas con extraordinaria finura sobre la durísima diorita azul que había hecho traer, las estatuas destacan por la suavidad de los rasgos, la maestría de la ejecución -a la que se añade el brillo azulado de la piedra- y la profunda humanidad impregnada en sus rostros; todo ello las sitúa en la edad de oro de la estatuaria sumeria.

   No menos importancia alcanzaron las letras, y así vemos nacer nuevas expresiones literarias que, sublimadas por un estilo poético de gran viveza, colorido y detalle, inauguran el canto del cisne de la lengua sumeria, antes de quedar relegada al uso litúrgico poco después de la caída de la dinastía III de Ur.

   Algunos historiadores han comparado el capítulo de la época de Lagash de Gudea, con la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medicis. Lo cierto es que el recuerdo de su esplendor pervivió durante generaciones, íntimamente vinculado a los conceptos de justicia, belleza y paz.

  Nati Sánchez