Haiku-Dô, el arte de captar el instante eterno

   Vivir el aquí y el ahora; estar presente en cada acto, en cada gesto; volver al origen de las cosas y buscar el vacío para llenarse del Universo entero. Tales consignas inspiraron a los japoneses en su anhelo por desvelar los misterios del cosmos y de su propio ser. El Zen pretende llegar a una experiencia mental que se conoce como satori, un estado de conciencia en el que no se necesitan los conceptos para definir la realidad, pues, ayudados por la intuición, ésta se contempla personalmente. Se trata de una experiencia directa de lo real: «La preparación de nuestra mente para esa conciencia (satori) constituye la principal finalidad de todas las escuelas de misticismo orientales, y en muchos aspectos, en la propia forma de vida oriental… En la dicha meta». Según Daisetz T. Suzuki, esta idea «es el fundamento no sólo de la filosofía del pueblo japonés, sino que a su vez es lo que el budismo zen ha aportado para el cultivo de la sensibilidad artística… Es aquí donde se establece la relación entre el zen y la concepción japonesa del arte… Cuando un arte presenta dichos misterios de una forma realmente profunda y creativa, y remueve hasta lo más hondo de nuestro ser, se transforma en obra divina».

   Experimentar el satori era la meta más elevada para un artista, ya que el zen supo imprimir en todas las artes la idea del , del «camino», para llegar a esa experiencia. Un verdadero artista era considerado como tal cuando a través de su obra se podía percibir un destello de lo eterno en el mundo de los cambios continuos, pues implicaba que había penetrado con su visión en el misterio. Como dice Alan Watts: «Muy próximo a la sensibilidad zen se hallaba el estilo pictórico caligráfico que se practica con tinta negra sobre papel o seda y que generalmente combina la pintura con un poema» … el haiku.

   El haiku es la forma más breve de escribir poesía que se puede encontrar en la literatura universal. Son breves sentencias y frases zen escritas en lenguaje poético-simbólico, que reflejan perfectamente el carácter nipón: intuitivo, reflexivo, objetivo, sereno, de pocas palabras pero de profundo contenido, ya que sólo ellos pueden captar en 17 sílabas -métrica del haiku– un elevado sentimiento humano cargado de belleza, de fuerza y de espíritu. «Es la forma poética más natural y más apropiada, y la más vital también, para que el genio japonés dé libre curso a sus impulsos artísticos; por esta razón, quizás, hace falta tener una mente japonesa para apreciar plenamente el valor del haiku». La duración de un haiku es la de un suspiro, pues es más importante el sentimiento que las palabras, en especial si alcanza su grado máximo; en tal caso, palabras y descripciones sobran.
 

SÓLO CON SER

YA ESTOY AQUÍ,

BAJO LA NEVADA

   El verdadero valor y la genialidad del poeta residen en su habilidad para expresar lo inefable, para ayudarnos a ver más allá de las formas, para mostrarnos la inmutabilidad en el reino de los cambios, para conmover nuestro corazón y transformar algo en nosotros: nuestra visión de la realidad, nuestra manera de mirar el mundo.

   Un haiku transmite lo que realmente es, sin complicaciones ni rebuscadas descripciones; de ahí su brevedad y su magia: «El silencio lo es todo, y viene automático, natural…» Pretende volver a la sencillez de las cosas, encontrar su sentido e interpretar su lenguaje; el poeta va descubriendo que hasta lo más simple y elemental tiene un profundo significado dentro del conjunto, tiene una historia que contar, y por ello va penetrando poco a poco en su propia idiosincrasia hasta que ésta le es revelada.

LA LEY DE BUDA,

BRILLANDO

EN EL ROCÍO DE UNA HOJA

   Este estilo poético no trabaja con ideas ni se afana en describir un objeto o un ser, sino que «sugiere, entre líneas, mucho más de lo que expresa». Nos evoca imágenes, símbolos que captamos a través de la intuición; invita a participar, en vez de dejarnos mudos de admiración y que el poeta se luzca. No intenta tampoco cambiar el mundo; busca ponernos en contacto con él, nos lleva de la mano a contemplarlo. Se sirve de las palabras, pero su intención es trascenderlas e ir más allá. Utiliza un instante concreto de tiempo y narra los ciclos de la naturaleza, sus procesos y manifestaciones, su causa, su ser.

   Si logramos hacer el vacío de que nos habla el zen, si conseguimos parar nuestra mente y dar el gran salto de lo dual a lo uno, de lo que se expresa a lo que realmente es, podemos llegar a vislumbrar lo que el poeta vivió en ese momento. Si disfrutamos con plenitud toda la belleza que se esconde en su interior, entenderemos por qué el escritor no es sino un instrumento.

CAE UN PÉTALO

DE LA FLOR DEL CEREZO;

SILENCIO EN LA MONTAÑA.

   Alcanzar la maestría en el arte del haiku no es tarea fácil. Significa una larga y paciente maduración interior para hacer que de un solo trazo y sin ninguna corrección, la mano ejecute con una técnica altamente depurada las percepciones del espíritu. Es un largo proceso del despertar de los sentidos internos, aquellos que nos unen con el Universo. Es una perfecta armonía entre cuerpo, mente y espíritu, ya que el haiku debe encerrar en sí mismo una sensación, un estado de ánimo, una imagen, un despertar de la conciencia y una vivencia.

QUÉ AGRADABLE Y PURA

EL AGUA DE LA MONTAÑA

PARA EL PEREGRINO VESPERTINO.

   Tanta espontaneidad, tanta poesía desbordada emerge gracias al impulso de tres grandes religiones que confluyeron en Japón.La actitud contemplativa y la búsqueda de la armonía con el orden natural fueron estimuladas por el taoísmo. La unión de la ética con la estética, de lo simple con lo metafísico, devino del confucianismo. Tratar de liberarnos de todo tipo de límites y ataduras racionales fue la aportación del budismo. Por lo tanto, el haiku es una vía espiritual, un , un camino de perfección. Es contemplación, liberación, comprensión, identificación y unificación con la Naturaleza y con nosotros mismos.

   Resumiendo podríamos decir que estos poemas son la bella manifestación de una experiencia, la simplicidad escrita en versos. El artista -extasiado por una sensación de entusiasmo que le transporta a un instante inmóvil- deja atrás sus creencias y prejuicios personales para ser canal de luz y plasmar aquello que su alma percibe intuitivamente, lo comprenda o no la razón, porque va más allá de lo intelectual, más allá de las definiciones. En pocas palabras, es la experiencia del satori, es zen.

   Expresar nuestros sentimientos, mostrarnos tal cual somos, abrazar la Naturaleza y vivir con plenitud cada segundo, son emociones que buscan salir de nuestra cárcel interior. Mucha gente encuentra en el haiku una manera de mirar nuestro tiempo, tan material y tecnológico, de un modo más sencillo, más espiritual.


Fernando Celli