Lao-Tsé, en busca de la leyenda

De entre las brumas de la historia china, encontramos un personaje fascinante y misterioso de cuya existencia muy poco se sabe, pero que fue capaz de aportar su Sabiduría para aquellos que se sumergen en la búsqueda del conocimiento del Universo y del hombre. Lao Tse, inspirador del Taoísmo, es recordado a medio camino entre la realidad y la leyenda, entre el misterio del Tao y la certeza de una enseñanza atemporal.

       China es un país milenario, cuya historia se remonta a más de cinco mil años conocidos y otros tantos miles de prehistoria. Con el correr de los siglos, los sabios y filósofos de esta tierra fueron legando a las siguientes generaciones sistemas de pensamiento acordes a la cosmovisión de sus gentes, siendo a la vez un hermoso compendio de Sabiduría atemporal que otorgaban la fundamentación mística, ética y sociopolítica con la que pudieran dirigir su conducta en la vida y emprender su camino espiritual, esa «gran búsqueda» que ha caracterizado al ser humano de todos los tiempos. El Taoísmo es una de las corrientes genuinamente chinas que destacan a lo largo de la historia por su influencia y su amplia divulgación, habiendo llegado por distintas vías hasta Occidente a lo largo del siglo XX. Tradicionalmente se considera a Lao Tse su fundador y el autor de la obra magna del Taoísmo, el Tao Te King, libro sapiencial cuyo estudio exigirá un notable esfuerzo al más avezado investigador.

   La vida de Lao Tse no supone una tarea menor, pues apenas existen documentos históricos que atestigüen su paso por el mundo. Los recuerdos de su vida se entrelazan estrechamente con la leyenda y con el lenguaje simbólico, que el tiempo y los narradores han ido adornando con el transcurso de los años. En lo que todas las versiones coinciden es en que vivió entre los siglos VI y V a.C. Su nacimiento tuvo lugar en la aldea de Kiu-Yen, en el reino de Tchu. Según la tradición, nació de una madre virgen, que le tuvo en su vientre durante más de 80 años. Un día en el que descansaba a la sombra de un ciruelo, un rayo de sol se introdujo en su boca y provocó el parto, que tuvo lugar a través de su axila izquierda y que generó a un Lao Tsé ya anciano, con los cabellos blancos, una larga barba y el rostro arrugado. La primera acción que realizó en el mundo fue sentarse y entrar en una profunda meditación. Su primer nombre fue Li-Ar (Orejas de Ciruelo), aunque parece ser que el verdadero era Po-Yang-Li. Cuando dio a conocer a los hombres su Sabiduría, pasaron a llamarle Lao Tse, que significa «Viejo Maestro».

   El siguiente pasaje que conocemos nos revela que formaba parte de la corte imperial de los Chou, donde se le atribuye la función de bibliotecario. Tal vez fue en este tiempo cuando tuvo lugar su famosa entrevista con el otro gran sabio chino, Confucio, quien fue a su encuentro para beber de su saber. Sobre la conversación que mantuvieron no se sabe nada, pero la tradición refiere que al salir de ella, Confucio dijo a sus discípulos: «Al animal que corre por la tierra se le coge con una trampa, al pez que nada en las aguas se le pesca con una red, al pájaro que vuela por los cielos se le caza con una flecha, pero al Dragón que se remonta por encima de las nubes yo no sé cómo atraparlo. Yo he visto a Lao Tse; él es como el Dragón».

   Acercándonos a los confines de lo que conocemos de este sabio, se cuenta que cansado del caos y el desorden que reinaban en el imperio, decidió emprender un largo viaje hacia Occidente, de donde nunca más volvería. Cuando se disponía a cruzar la frontera, el guardia descubrió quien era y el objetivo de su viaje, y le conminó a que se quedara un año más junto a él y vertiera su sabiduría en un libro para que no se perdiera. Así nació el Tao Te King, cuya traducción más aproximada podría ser la de Libro de la Virtud y del Tao, y que constituye el fundamento esencial del Taoísmo.

   El Tao Te King es tal vez la única huella tangible que dejó Lao Tse de sí mismo. La obra se divide en 81 capítulos, distribuidos sin un orden aparente, y enuncia distintas enseñanzas sobre la naturaleza del Tao y cómo el sabio puede actuar en armonía con él. En un intento por definirlo, Sebastián Vázquez Jiménez nos dice en su prólogo a la versión de John C. H. Wu:

«En realidad, no es un libro de religión, pero late de religiosidad. Tampoco es un libro de ética, pero trasluce una sombra invisible de conducta ante la vida. No se puede afirmar que sea un libro filosófico, pero respira Sabiduría de principio a fin. Claramente, no es un libro de poesía, pero destila armonía por todos sus pasajes. No es un libro donde se advierta la estructura de un orden, pero impacta la fuerza de su coherencia. En definitiva, es el libro del Tao».

   La estrella que guía el pensamiento taoísta es el Tao, y tal vez sea éste uno de los conceptos más difíciles de aprehender sin un previo y profundo estudio de la Filosofía perenne, común a todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Ya el primer verso del Tao Te King nos dice: «Del Tao se puede hablar, pero no del Tao eterno». La traducción más certera que ha podido hacerse del concepto es «El Camino». Al hablarnos del Tao, Lao Tse menciona a menudo que es como una corriente donde todo fluye y refluye, es el Orden intrínseco que hay en el universo gracias al cual todas las cosas, en su multiplicidad, marchan unidas, perfectamente cohesionadas y danzando al son de una sola armonía que impulsa sus pasos por el misterioso sendero de la evolución. Alcanzar la comprensión del Tao es ponerse en sintonía con esas leyes universales, con esa Esencia invisible que está en todas las cosas. Los egipcios la llamaron Maat, los hindúes Dharmán, pero todos se referían a una misma Ley trascendente que está más allá de las formas: «El hombre se guía por las leyes de la Tierra. La Tierra se guía por las leyes del Cielo. El Cielo se guía por las leyes del Tao. El Tao se guía por sus propias leyes». Estar en sintonía con esa Ley Natural es estar «en el Camino», es danzar con ese Universo cuyo movimiento no cesa jamás.

   Pero sería demasiado pretencioso tratar de sintetizar en estas líneas lo que muchos ilustres pensadores han tratado de explicar durante siglos, pues en verdad la doctrina que nos legó el maestro Lao Tse es de una gran altura metafísica, que exige una gran dedicación y un estudio continuado y práctico. Precisamente a raíz de estudios superficiales, en ocasiones se han malinterpretado conceptos del Tao Te King como por ejemplo la No-Acción, a la que hace referencia en numerosos pasajes. En el Universo todo está en movimiento, todo vibra, y por tanto, la no-acción no puede estar nunca acorde a las leyes del Universo, acorde al Tao. El «viejo maestro», atentamente leído, es muy claro en sus palabras e invita al lector «no a no actuar», sino a «actuar con rectitud», buscando la virtud y la perfección de la acción en sí misma, sin buscar otra recompensa que estar en armonía con la Naturaleza, el mejor ejemplo de generosa y desinteresada entrega: «Al hablar con los demás, has de saber ser amable y bondadoso. Al hablar, has de saber medir tus palabras. Al gobernar has de saber cómo mantener el orden. Al administrar has de saber ser eficaz. Cuando actúes, has de saber escoger el momento oportuno». «El Cielo es eterno y la Tierra permanece ¿Cuál es el secreto de su eterna duración? ¿Acaso no viven eternamente porque no viven para sí mismos. Por eso el sabio prefiere permanecer detrás, mas se encuentra al frente de los demás. Se desprende de sí mismo ¿Acaso no es por ser desinteresado que se realiza su ser?».

   Tras intentar indagar sobre la vida y los hechos de este hombre legendario, tal vez podamos pensar que nuestra investigación ha sido vana porque no hemos podido acumular datos y pruebas de su existencia. Sin embargo, la lectura de sus enseñanzas son para el filósofo de hoy y de ayer, una verdadera huella de su vida. Las conclusiones de nuestro trabajo son que Lao Tse vivió según aquello que enseñó: legó a la humanidad una Sabiduría eterna y no se vanaglorió de ello; habló con quien quiso escucharle y partió hacia algún lugar misterioso, al encuentro del Tao… Por fortuna, un guardia fronterizo le salió al encuentro y recogió la flor de su saber para aquellos que continúan la Gran Búsqueda, la eterna búsqueda de la Verdad.

Nati Sánchez