Lucio Anneo Séneca, filósofo y pedagogo

Filósofo, pedagogo, orador, abogado y senador, le tocó vivir un tiempo muy difícil de la historia de Roma. Son muchos los filósofos que han demostrando la sinceridad de sus enseñanzas con el ejemplo de sus vidas; en el caso de Séneca, las circunstancias le pusieron en numerosas ocasiones frente a frente con sus principios y siempre salió victorioso.

   En los turbulentos primeros siglos de nuestra era, el Imperio Romano abarca un inmenso territorio donde la civilización se alza en todo su esplendor. En su corazón, Roma, una serie de emperadores visten la púrpura, mientras a su alrededor el lujo y la opulencia hacen declinar los antiguos valores netamente romanos hacia una corrupción cada vez más evidente y peligrosa. Frente a esto se alza la filosofía estoica, cuyas severas enseñanzas alientan a los hombres a cultivar la virtud, la sencillez y la templanza, a fin de evitar la decadencia. Séneca, uno de sus máximos exponentes, dedicará su vida a esta tarea, no sólo en el ámbito privado, sino en los más altos estratos de la vida pública, con la firme convicción de que una verdadera educación filosófica puede conducir a los hombres hacia el buen gobierno y la prosperidad general. Si bien él no pudo ver los frutos de su trabajo, emperadores posteriores como Trajano, Adriano o Marco Aurelio sí llevarían a la práctica sus sueños, y ninguno de ellos dudaría en colocar a Séneca como uno de los grandes exponentes morales y filosóficos de la tradición romana.

   Cinco emperadores se suceden a lo largo de la vida de este filósofo. En el año 4 de nuestra era, cuando nace Lucio Anneo Séneca en Córdoba (Hispania), el gobierno de Augusto ha devuelto el orden y la concordia a la sociedad. La Pax Augusta nos habla de un imperio en el que la vida civil se desarrolla en todos los niveles. La cultura y el arte alcanzan su máxima expresión con personajes como Virgilio y Mecenas, y Roma es una auténtico foco de atracción para aquellos que buscan una sólida formación, pues todas las escuelas de filosofía y retórica tienen sede allí. Es por esto que el retórico Marco Anneo Séneca, su padre, decide marchar a los pocos años hacia la capital, donde sus hijos podrían ser formados por los mejores maestros. Tras recibir, como era tradicional, su primera enseñanza de un preceptor privado, pasó a la tutela del grammaticus, que tenía a su cargo el latín y el griego, así como el cuidado del estilo literario, que posteriormente se perfeccionaba con el rethor. Nuestro filósofo llegó a ser un magnífico escritor, mostrando en sus obras el profundo bagaje cultural adquirido en la infancia.

   Más o menos por esta época murió Augusto, y tras él aquellos que había designado como sucesores, acabando por acceder al trono Tiberio, quien no destacó sino por su crueldad; con él se inicia una de las más tristes y turbias épocas del Imperio. La corte se convirtió durante este período en sede de la extravagancia y el lujo. Helvia, la madre de Séneca, una matrona romana al estilo antiguo, trató de mantenerlo a él y a sus hermanos apartados de tales ambientes, a fin de cultivar en ellos la sencillez de las viejas costumbres. Esta figura femenina será uno de los grandes faros en la vida del filósofo. En sus numerosos escritos la cita como emblema de prudencia, templanza y virtud, preguntándose incluso si no habría sido otra la historia de Roma en aquellos tiempos de haber sido ella la madre de sus príncipes.

   Cumplidos los 18 años, Séneca entró en contacto con la filosofía, lo que supondrá un cambio radical en su vida: «La filosofía fue para Séneca una verdadera revelación. Como quien cae al fin en el elemento que le es indispensable, se dio a ella tan ávida, completa y enteramente, que casi a un tiempo hizo suyas todas las doctrinas en auge» (J. Verruga). Aunque tradicionalmente se considera a Séneca uno de los grandes exponentes de la filosofía estoica romana, lo cierto es que estudió las distintas corrientes vigentes en aquel momento. De este modo, aprendió de Atalo las enseñanzas del estoicismo; de Soción la tradición pitagórica, con sus ideas sobre la reencarnación, y finalmente, de Fabiano, los postulados del eclecticismo. Conoció también en profundidad toda la obra de Platón y las consignas morales de Sócrates, a quien mencionará a menudo como ejemplo a imitar. Séneca se nos presenta así como un hombre de miras muy amplias que, en su búsqueda del saber, nunca despreció ninguna ciencia, y si terminó por inclinarse hacia el estoicismo, fue por considerar su filosofía moral como la más adecuada a los tiempos que le había tocado vivir. Es así que estudia las obras de sus mayores representantes, memoriza las máximas y se dedica a aplicarlas en su vida cotidiana con un rigor poco común para un joven de su edad, hasta el punto que su salud comienza a empeorar, pues era ya de por sí un tanto frágil. Efectivamente, el exceso de austeridades le hicieron enfermar y por indicación médica se traslada a un clima más favorable en Egipto, donde residían unos parientes. Comienza a escribir y redacta sus primeras obras: De situ et sacris aegiptorum y De situ Indice, hoy perdidas. Una vez recuperado retorna a Roma y da comienzo a su carrera política, a la vez que continúa escribiendo y se abre camino en el terreno de la abogacía, donde destacará por su elocuencia y por su defensa de la verdad y de la justicia. En el aspecto político, siempre se mostró firmemente de acuerdo con las ideas de Platón, defendiendo la postura de que sólo un gobernante filósofo, cuya educación hubiera sido bien canalizada desde su juventud en base a una gran solidez ética, podía llevar a buen término los designios del Imperio.

   En el transcurso de estos años Tiberio había muerto y toda Roma había aplaudido la coronación del joven Calígula, depositando en él sus esperanzas de un retorno a los brillantes tiempos anteriores. Y así fue durante los primeros meses de su gobierno, hasta que una fatal enfermedad le dejó postrado psíquicamente en manos de la locura, continuando así el triste ciclo iniciado por su predecesor. Pronto su mirada se posará en Séneca, ese filósofo y miembro del Senado de Roma que no duda en usar su elocuencia para combatir la arbitrariedad con que se gobierna. Calígula desea vengarse y hacerle callar; en un primer momento pensó en ejecutarlo, pero alguien le disuadió de que estaba tan enfermo que moriría en poco tiempo y más lentamente. Alejado de la vida pública, se entrega al estudio de la filosofía, atrayendo a su círculo más cercano a los grandes exponentes de la aristocracia romana, que en el silencio buscaba acabar con la barbarie de un joven emperador que ya no era dueño de sí mismo. De esta época data su excelente tratado Sobre la ira, donde escritor y filósofo se alían para elaborar una inmejorable descripción de este funesto vicio.

   El fin de Calígula tras tres años de demencia, llevó al poder a la persona más inesperada, precisamente por su falta de carácter y pocas dotes políticas: Claudio, sobre el que el cine de nuestro tiempo se ha cebado, llevando a extremos la realidad histórica. La figura realmente peligrosa de ese momento era la célebre Mesalina, quien pronto urdió un plan para acabar con aquel filósofo que trataba de conducir al emperador hacia el orden moral y la justicia. Buscando una acusación lo suficientemente escandalosa, trató de conducirlo al patíbulo, pero Claudio fue capaz de ver la maldad y la inquina de su esposa y logró que el Senado conmutase la pena de muerte por la de destierro. Es así como a los 37 años de edad Séneca parte de su amada Roma hacia las hurañas y toscas tierras de Córcega, una zona poco civilizada, habitada más bien por campesinos y sin el ambiente cultural al que estaba tan acostumbrado. Arropado únicamente por su rico mundo interior, Séneca escribe las reflexiones filosóficas que le dictan no ya la lectura, sino la propia experiencia vital, en la que ha constatado ante sí mismo su rigor moral y su autenticidad como filósofo. Así transcurren ocho años, al término de los cuales volverá para lo que él creyó su más anhelado triunfo y que se convertirá, sin embargo, en su más profundo desengaño.

   Muerta Mesalina, ocupa su lugar junto al emperador Agripina, madre de Nerón, protagonista también de grandes producciones cinematográficas. Séneca no hubiera esperado nunca ninguna misión tan feliz después de su destierro como ser nombrado preceptor del joven príncipe. Los sueños de toda su vida veían por fin la posibilidad de realizarse, al tener ocasión de educarle según las máximas del estoicismo y de la filosofía platónica. Aunque cuando llegó a sus manos el niño ya había sido un tanto malcriado, no escatimó esfuerzos en redireccionar sus pensamientos y emociones hacia los principios de la virtud, la nobleza, la rectitud, la templanza… todas aquellas armas que son para el ser humano fundamentos de su conducta. Con él, Séneca tenía la esperanza de reestablecer las condiciones que había impuesto Augusto en su testamento para el gobierno de los emperadores, que se fundamentaba en respetar al Senado como órgano de gobierno y hacer cumplir sus leyes, no imponérselas, como habían hecho los precedentes. Pero una vez más, el destino del filósofo, así como el de Roma, vino a torcerse. Agripina, movida por la ambición, hace asesinar a Claudio para instaurar en el poder a un hijo que creía dominar. Pero no contaba con la entereza del viejo preceptor que ella misma había nombrado, dispuesto a ejercer toda su influencia sobre el muchacho para mantenerlo en el camino recto. Al principio lo logró, no sin grandes esfuerzos y riesgos personales, pero los siguientes acontecimientos fueron demasiado desmedidos, tanto para un bando como para el otro. La ira de Agripina la llevó a intentar deponer a su propio hijo frente al joven Germánico, de tan sólo 14 años. Para sorpresa de todos, Nerón lo hace asesinar a él y, poco después, a su propia madre. La influencia de Séneca se va viendo día a día más mermada por el nuevo personaje que aparece en escena, Sabina Popea, la esposa de Nerón. Era el principio del fin: intrigas, desórdenes, excesos de todo tipo… van sumiendo a Roma en el terror. Séneca se mantiene firme en sus principios, y cuando ve que no puede hacer nada más, intenta retirarse, devolviendo a Nerón todos los regalos con los que intentaba comprarle. Amenazados de muerte él y su familia, se ve obligado a seguir residiendo en palacio, aunque se negará a asistir a las desenfrenadas fiestas que se organizaban y sólo admitirá a su presencia a aquellos que considera dignos de ser llamados «romanos» según su propia conducta. En él encontraban consuelo aquellos que soñaban con liberar a Roma.

   Vivió así los últimos años de su vida, honrando las verdades que había defendido, hasta que llegó el pretexto adecuado para poner fin a su existencia. Unos cuantos ciudadanos y senadores, que ya no podían soportar por más tiempo la degradación a que había llegado Nerón, organizaron una conspiración para acabar con él. Tal acontecimiento ha pasado a la historia como la Conjura de Pisón, que en el último momento fue descubierta y abortada. Alguien situará a Séneca entre sus principales impulsores, y aunque no pudo demostrarse, Nerón dio el paso que durante varios años había evitado, tal vez porque de alguna manera, entre los fantasmas de su locura, una chispa de amor por su maestro había sobrevivido. No obstante, le faltó valor para ejecutarlo y le ordenó quitarse a sí mismo la vida al viejo estilo socrático. Séneca casi se siente feliz de terminar sus días emulando a quien siempre consideró uno de sus grandes maestros, pudiendo dar el broche final a su vida con la ejemplaridad de su muerte. Se negó, pues, a huir, y aún a la indignidad de esperar a la guardia imperial que acudía hacia su casa para dar testimonio de su muerte. Prefirió despedirse serenamente de sus seres queridos, mientras la muerte iba poco a poco penetrando sus sentidos por las venas abiertas. Intentó consolar a su fiel esposa, pero ella decidió acompañarle en su último viaje. La llegada de la guardia se lo impide, pero Séneca aún tiene tiempo de realizar un último brindis servido con cicuta: «Este licor consagro a Júpiter Librador».

   Nerón murió en el año 68 d.C. Durante los 30 años siguientes, varios emperadores se sucedieron hasta la coronación de Trajano, con el que se inició una etapa más serena y luminosa. Él y sus sucesores mostraron un claro interés por la filosofía que propugnara Séneca y lo ensalzaron varias veces como uno de los grandes hombres que Roma había dado al mundo. Al tratar de poner en práctica aquellos principios filosóficos en sí mismos, forjaron un nuevo esplendor para el Imperio Romano en cuanto a sus valores éticos y cívicos, que culminaría con el gobierno del emperador filósofo Marco Aurelio.

 Nati Sánchez