Marsilio Ficino, un filósofo para el renacimiento

En la Italia del Cuatrocento, donde el comercio comenzó a circular en abundancia y a generar riqueza, surgió una familia de banqueros afincada en Florencia que iba a destacar por su amor a las ciencias y las artes. Los Médicis se dedicaron a impulsar artistas con escasos medios económicos pero abundante talento, invitándoles a crear con su genio la ciudad más bella del mundo. Pero tras este impulso cultural, latía la fuerza de una escuela de filosofía y del hombre que la dirigió durante casi 40 años…

     Ostentando el poder político en la pequeña república de la Toscana, los Médicis organizan en 1439 El Concilio de Florencia para acercar a las iglesias cristianas de Oriente y Occidente. Asistió a este acto un gran cortejo de sabios acompañando al emperador Juan Paleólogo, pero uno de ellos, Gemisto Pletón, era sin duda el más especial y enigmático. Director de una academia platónica en Bizancio, era filósofo hermético, mago y alquimista, además del unificador de la Sabiduría de Hermes, Platón y Zoroastro. Se dice que él y Cosme de Médicis tuvieron una serie de conversaciones a raíz de las cuáles éste último decide volver a abrir en Occidente, después de 1.000 años, una academia para el estudio de la filosofía platónica. Pero ¿cómo hacerlo?

   Para llevar a cabo sus sueños, Cosme de Médicis necesitaba al hombre adecuado. Se cuenta que tenía un médico de mucha fama y querido por toda la gente porque se negaba a cobrar por sus servicios. Se llamaba Diotifeci Ficino. Este tenía un hijo llamado Marsilio, que fue presentado a Cosme; estuvo unos días conversando con él y luego mandó llamar al padre y le dijo: «Tú has nacido para sanar cuerpos, pero tu hijo ha sido enviado del cielo para sanar almas». Algo vio en él que le hizo decidir que ese joven de 15 años estaba destinado a abrir la Academia. Ficino pasa a estar bajo su protección y aprende a dominar el griego en poco tiempo, lee los grandes clásicos de la biblioteca medicea y estudia medicina con su padre.

   En 1462, una vez que ha recibido la más cuidada educación, Cosme de Médicis pone a su disposición la villa Careggi a las afueras de Florencia y una serie de manuscritos en griego, diciéndole que se entregue en cuerpo y alma a traducirlos y a difundir su conocimiento a través de una escuela de filosofía. De estas obras, casi todas desconocidas total o parcialmente en Europa, traduce primero los textos de Hermes Trimegistro; luego se ocupó de los Himnos Orficos, en los que se enlazan la tradición de los misterios de Apolo y de Pitágoras, y los Oráculos Caldeos, resquicios de la sabiduría de Zoroastro y los célebres mags de Oriente Medio. Dedica 5 años a traducir los Diálogos de Platón, a cuyo estudio consagrará posteriormente todos sus esfuerzos. Después tradujo a Plotino, a Porfirio, a Proclo y a Jámblico, entre otros.

   Pero Cosme de Médicis le dio una misión más a Ficino antes de morir: educar a sus nietos Lorenzo y Julio. Si bien Julio tuvo una prematura y desafortunada muerte, Lorenzo llegaría a convertirse en una de las grandes personalidades del Renacimiento. A los 19 años, muerto su padre, Pedro de Médicis, Lorenzo asciende al poder en Florencia y comienza una incomparable carrera política que le valdría ser conocido como «Lorenzo el Magnífico». Continuó con la tradición iniciada por su abuelo de proteger y mecenar a artistas y sabios. Su talento para el gobierno hizo de Florencia la ciudad más rica, bella, culta y alegre de Europa, gracias en especial a la célebre «Paz Medicea».

   Lorenzo y Ficino terminaron de impulsar la Academia con una fuerza prodigiosa. La villa Careggi se convirtió en punto de encuentro de filósofos, filólogos, traductores, médicos, abogados, artistas, arquitectos… Los temas de conversación podían ir desde lo más metafísico, como la inmortalidad del alma según Platón, hasta lo más científico y práctico, como el «número áurico» y otras leyes de la Naturaleza que posteriormente se aplicaron al arte. La Academia fue rescatando todo el saber de la Antigüedad a través del estudio y difusión de los clásicos, promoviendo así una nueva visión del hombre y de la Naturaleza. Esto llevó a una rinacista de la los valores éticos y los principios estéticos del mundo antiguo que habrían de fundamentar la corriente de pensamiento que caracterizó al Renacimiento: el Humanismo.

   Para realizar esta labor, Ficino se rodeó de grandes personajes que también han pasado a la historia. Angelo Poliziano fue uno de los mejores discípulos de Ficino y el tutor de los hijos de Lorenzo el Magnífico, además de profesor en la academia, poeta, escritor… Posteriormente irían llegando otros, a medida que la escuela se desarrollaba: Botticelli, Pico de la Mirandola, Leonardo… La relación que se dio entre los discípulos de Ficino fue excepcional, pues todos estaban tocados por alguna musa y su maestro supo conciliar los distintos talentos en un genuino y peculiar ambiente de concordia. Por saber de un ejemplo, Lorenzo escribió un poema sobre la primavera, y Botticelli, inspirado con sus versos, realizó su célebre cuadro, poniendo en imágenes los versos de Lorenzo.

   Sin lugar a dudas, Platón era para ellos la fuente filosófica esencial. En algún momento se encendió un fuego como símbolo de la Sabiduría, que ardía en una pequeña lámpara en una estancia de la villa Careggi, al lado de un busto del filósofo ateniense. Cada 7 de noviembre, día del cumpleaños de Platón, Ficino organizaba un gran banquete y realizaban una rueda socrática, además de bailes y recitales poéticos en honor del viejo maestro. Ficino ha sido considerado como uno de los mejores «discípulos» de Platón, llamado en la academia Platonicorum Maximus. Era, ante todo, filósofo, y luego médico, músico, astrónomo, alquimista, mago, sacerdote, escritor, mentor de príncipes y consejero de los más importantes hombres de estado de Europa. Como médico había heredado un profundo saber de su padre, y, como él, ejerció toda su vida al servicio personal de los Médicis. De su valía como músico tenemos una anécdota muy representativa: dicen que cuando sus discípulos estaban inquietos, discutiendo algún problema, él comenzaba a tocar la lira desde un rincón apartado de la habitación, hasta que poco a poco se iban calmando escuchando la música, dejando sus preocupaciones o incluso hallando la solución a sus inquietudes. Unió ambas disciplinas y se convirtió en uno de los impulsores de la musicoterapia, disciplina que hoy se está volviendo a investigar. Respecto a la astronomía, siguió la línea de Ramón Llull, limpiando el buen nombre de esta ciencia de aquellos que en todo tiempo se han servido de sus aspectos más burdos en beneficio propio. Se le ha calificado en varias ocasiones de alquimista, y todos los autores coinciden en que su magia era natural, pues decía que el secreto de la magia es el Amor; para personas muy concretas y especiales, llegó a confeccionar un talismán con propiedades alquímicas. En su papel de instructor de príncipes, su reputación ha quedado en un alto grado a la vista de discípulos como Lorenzo el Magnífico. Como sacerdote, las iglesias se abarrotaban cuando él daba algún discurso o arenga moral, exaltando, con una oratoria muy motivadora, a la práctica de las virtudes clásicas del humanismo. De su labor en calidad de consejero de estado, se han conservado 5 tomos de cartas que dirigía a ministros franceses e ingleses, a obispos, abogados, burgueses adinerados, médicos… En ellas les aconsejaba sobre sus problemas y les animaba a estudiar más filosofía, a ser honrados e íntegros, a ser generosos con sus riquezas… Finalmente, como escritor hay que destacar que sus obras tuvieron como objetivo ensalzar a Platón, volverlo a explicar, simplificarlo y difundirlo. En sus comentarios al Banquete, por ejemplo, introduce un concepto que aún perdura en nuestro lenguaje, el de «amor platónico», por el que se define una forma de amar que está por encima de las formas y de los cuerpos. Ficino se preocupó mucho por devolver al hombre su verdadera dignidad, tanto a nivel físico, como psicológico y espiritual. Todos sus contemporáneos bebieron de él. Si leemos primero sus obras y luego las de sus discípulos, vemos que no hicieron sino ampliar y divulgar lo que enseñaba el Platonicorum Maximus, siendo el ejemplo más famoso Pico de la Mirandola y su Discurso a la dignidad del hombre.

   En 1499, tras haber visto morir a muchos de sus discípulos, Marsilio Ficino abandona este mundo dejando tras de sí la estela de un renacimiento cultural para Europa, que a lo largo del siglo siguiente vio florecer a través del arte sus más sublimes creaciones. Pero su verdadero legado fueron su ideal humanista y su escuela de filosofía y arte, que quedaron como modelos para todos aquellos que se esfuerzan en desvelar los misterios de esa criatura fascinante, misteriosa y a menudo contradictoria que es el ser humano.

Nati Sánchez