Más allá del sonido

Uno de los fenómenos más interesantes y complejos de la música, y con el cual muy poco nos confrontamos -al menos directa y conscientemente-, es el sonido: aquella vibración que habita en el Cosmos y que, traducida a este plano físico, se transforma en frecuencias ordenadas que nuestra conciencia percibe como alturas o tonos musicales definidos.

      ¿Qué sabemos del sonido? No mucho más que el hombre prehistórico, quien siguiendo un impulso interno de libertad a través de una búsqueda inspirada, lo descubrió y sin saberlo lo tomó prestado del espacio. ¿Qué es el sonido?, el sonido es movimiento, es vibración. ¿Qué se mueve?, la materia: una cuerda, una masa metálica, una columna de aire. En sí todo es movimiento, pero este movimiento que llega a nuestro tímpano a través de frecuencias vibratorias, tiene una variedad inmensa de formas, timbres y espectros vibratorios, los cuales ordenamos según la regularidad de sus oscilaciones como ruido o notas musicales con altura definida.

      Hablemos ahora un poco de la producción misma del sonido. Si tomamos dos objetos de madera y los chocamos entre sí, estamos produciendo una vibración que se transporta a través de las partículas del aire en forma de ondas sónicas que alcanzan nuestro oído. El mismo proceso sucede cuando frotamos con un arco una cuerda tensada de violín, cuando golpeamos con un objeto duro un cuero estirado de tambor o cuando la columna de aire que emerge de nuestros pulmones hace vibrar una caña de bambú, produciendo en el oboe o el clarinete un timbre y color específicos.

      Todas estas acciones que presuponen un movimiento determinado, tienen algo en común: la dualidad, la oposición, la polaridad. Es decir, para poder traer al plano físico una frecuencia vibratoria en forma de sonido, tiene que existir la interacción de dos fuerzas opuestas en movimiento y polaridad; y es esta misma dualidad aquella que rige el plano material en todas sus expresiones. Paralelos de esto hay en la música muchísimos; pensemos tan solo en la oposición que ejerce un tema «masculino» frente a uno de carácter «femenino», o en la relación de tensión Dominante-Tónica.

      Newton también plasma este fenómeno en su Tercera Ley del Movimiento:

 «La acción es siempre igual y contraria a la reacción: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos entre sí son siempre iguales y orientadas en sentido contrario»

       Otra característica del sonido en su paso por el mundo físico es la dimensión temporal. Al pulsar una cuerda de guitarra, estamos sacando esa masa de su inercia, y así, cogemos prestada del Cosmos una vibración sonora; pero ¿por cuánto tiempo? Una cuerda no puede estar en constante oscilación porque su naturaleza inerte tiende a llevarla tarde o temprano a su estado inicial de calma. Lo mismo sucede en una obra musical; allí siempre vamos a encontrar un principio, un punto culminante, donde la tensión llega a su estado máximo de expansión a través de la lucha entre dos temas de polaridad opuesta, y por último, el final. ¿No tiene una obra de teatro la misma estructura?, ¿o nuestra vida misma? ¿o el crecimiento de una flor? ¿o la duración del día? Así mismo debemos considerar el sonido; cada sonido tiene una vida propia que está limitada por las leyes espacio-temporales que también rigen nuestro paso por este planeta.

      Pero si el sonido -como todo en el plano material- tiene un «principio» y un «final», entonces debe existir, más allá de esa corta vida, una fuente eterna que no conoce las limitaciones de la dimensión que habitamos. De hecho, cualquier oyente sensible que haya escuchado una obra musical -bien sea una canción de cuna o una sinfonía de Mahler o Bruckner- conectando todo su ser con aquella «fuerza creadora» que también inspiró a los compositores, ha experimentado que el sonido en su esencia más pura y trascendental es en realidad Energía.

      Todo aquello que escuchamos a través de frecuencias vibratorias que se conjugan entre sí formando melodías y armonías que deleitan nuestros sentidos, es apenas la materialización de una energía que habita más allá de nuestras fronteras físicas, libre de las divisiones dualísticas y de las limitaciones temporales y espaciales propias de este plano.

      Nosotros sabemos de las propiedades curativas del sonido, incluso conocemos acerca del efecto físico-tangible que tiene éste sobre cada célula de nuestro cuerpo al escuchar una música armoniosa. Sin embargo, olvidamos que, como artistas y oyentes sensibles, es a través de esta potente vibración que podemos elevar nuestros espíritus a las altas regiones de la luz. Las antiguas escrituras hindúes nos hablan de la materia como una ilusión -Maya-, regida por las leyes de la dualidad: felicidad y tristeza, éxito y fracaso, riqueza y pobreza; y hablan del Amor como esa vibración infinita que con su esencia unificadora anula y suprime la influencia de la dualidad en nuestras vidas. Pues bien, del mismo modo, el más sublime reto del oyente consciente es vivenciar a través de la música el carácter divino y unificador del sonido, de aquella energía transformadora que con su corta presencia en este plano nos muestra un mundo más allá de la materia, más allá del espacio y el tiempo.

 Felipe Aguirre