![]() |
![]() |
|
Pepa Vélez |
Septiembre 2007 - Nº 36 | Literatura |
|
Hoy quiero traer hasta estas páginas a un poeta, Amado Nervo, un autor que con su obra, rebosante de fuerza literaria y expectación filosófica, supo iluminar el corazón de sus lectores como «un rayo de luna sobre los mares». Su forma de ser, universal y cosmopolita, le hace difícil de etiquetar: modernista en sus comienzos, simbolista, el último romántico, un místico asceta; para mí un filósofo con hábito de poeta. Su aspecto refleja a un hombre de cara angulosa, con la frente surcada de arrugas de tanto escudriñar el enigma de la vida, de labios finos y espigada figura, sus ademanes eran distinguidos, toda la luz de su espíritu se concentraba en unos ojos curiosos que se asomaban al mundo. En conjunto su rostro nos recuerda a los taciturnos caballeros del Greco y al misterio de una máscara azteca. Fue un trabajador incansable: nos ha dejado artículos, cuentos y cientos de poemas, incluso canciones para educar a los niños. Era un hombre afable que frecuentaba los lugares donde se reunían unos cuantos amigos de letras; dejaba en los que hablaban con él la amenidad de su charla sutil. Parecía hecho para hablar y su palabra era abundante, sugestiva; pero había algo en él que le mantenía como ausente y ponía en sus palabras el eco de un grave diálogo interior.
Todo lo anterior no le impidió ser un cabal hombre de mundo, que viajó a muchos países en calidad de diplomático. Sin embargo, en sus libros no tenía que disimular: ahí estaba su fuerza. En sus poemas encontramos toda la autenticidad, toda la delicadeza, todo el fervor de un espíritu elevado que utiliza la poesía como el mejor medio para contagiar su fuego interior. Tenía una sensibilidad única para percibir la belleza y profesaba un misterioso culto al idealismo. De una admirable sinceridad, su forma de escribir es única y genuina; tanto que se le puede reconocer sin firmar. Enamorado del silencio, del discreto refinamiento de la austeridad, algunos de sus poemas destilan un extraño misticismo.
Quiero ser inmortal, con sed intensa, porque es maravilloso el panorama con que nos brinda la creación inmensa; porque cada lucero me reclama, diciéndome al brillar: «¡Aquí se piensa, también, aquí se lucha, aquí se ama!». Vivió en su propia meditación y la persecución del misterio de lo Absoluto jamás colmó con suficiente abundancia su anhelo: «En lo más escondido de tu mente, detrás de una enigmática barrera, vive un ser misterioso, un dios silente, un inmortal y arcano». Era un hombre tranquilo y generoso, con un corazón y un espíritu enteramente sensitivos. Tiene versos que quisiéramos estrechar con nuestro corazón, que forman parte de nuestro equipaje, que acuden a nosotros en los momentos fuertes, en las encrucijadas, fortaleciéndonos y recordándonos al guerrero interior, hablándonos de la fidelidad a nuestros sueños, del ejercicio constante de la voluntad, de la fe, de la lucha ante la adversidad: «No te resignes antes de perder definitiva, irrevocablemente la batalla que libras. Lucha erguido, y sin contar las enemigas huestes. Mientras veas un resquicio de esperanza... ¡No te rindas!» Al final de sus días vivió sumergido entre libros y papeles. Fue un aficionado a la astronomía y con su telescopio pasaba largas horas mirando el firmamento; así se escapaba del mundo y se unía a las estrellas, porque su alma hacía tiempo que pertenecía más al cielo que a la tierra:
Tuvo ocasión de viajar a España, donde entró en contacto con el ambiente literario de Madrid y trabó amistad con Unamuno y con multitud de intelectuales de la época. Sin embargo, su gran amigo fue Rubén Darío, otro insigne poeta modernista, con el que compartió andanzas y versos en la capital parisiense, sede de la bohemia. Ambos sentían un profundo respeto y admiración por el otro. Darío nos cuenta una anécdota de él, que define muy bien la especial disposición de su alma: una noche fue en busca de Amado y no logró dar con él, había desaparecido. Se dirigió a los cafés y plazas que solían frecuentar, pero nadie le había visto aquel día. Tras recorrer la mitad de París, tuvo de pronto un golpe de inspiración y empezó a correr en dirección a Notredame; allí lo encontró, aferrado a uno de sus muros, lleno de fervor místico-artístico, con los ojos inundados en lágrimas: «Busco la plática con Dios, en el misterio de su santuario: tengo sed de idealismo...» Nuestro poeta tuvo un gran amor, Ana, a la que conoció en la Exposición Universal de París de 1900, él mismo relata cómo reconoció en ella a su otro yo, cómo sus dos almas vivieron unidas diez años. Por desgracia, unas fiebres se la arrebataron y Nervo quedó con el corazón maltrecho. A ella le dedica La amada inmóvil, versos llenos de tristeza por su pérdida: «¡Oh, vida mía, vida mía! Agonicé con tu agonía, con tu muerte me morí. De tal manera te quería, que estar sin ti es estar sin mí!» Sin embargo, ese sufrimiento le fortaleció, el gran maestro dolor le hizo recordar de nuevo la senda azul y entonces nos dio lo mejor de sí mismo. Vedlo levantarse, el hombre ha resurgido y el poeta está intacto: Serenidad, Elevación, El estanque de los lotos, Plenitud, En voz baja, son algunos de los títulos de sus últimos libros, que en sí mismos definen la evolución de su alma. Su mística se forma con un panteísmo de raíces teosóficas, con versos llenos de profunda filosofía que nos invitan a reflexionar. Con el tiempo fue prescindiendo de las formas poéticas. En uno de sus prólogos nos lo explica: «Este libro sin técnica, sin artificio, sin literatura: sólo pretende una cosa: elevar tu espíritu». Y así llegó a lo más alto en su poesía, a la planicie de la sencillez, entre picos muy altos y abismos muy profundos.
Hombre y poeta, fue un enamorado de la vida que de tanto amarla aprendió a despedirse de ella. Morir era sólo un paso inevitable para unirse con lo Infinito. Éste fue Amado Nervo, el depositario de unos versos que nos acompañan y se convierten en atemporales. Y la muerte viene a sellarlos, a declarar con sinceridad profunda el grito de un hombre, de un poeta, que hallará su eco en la eternidad. Os dejo con él, saboread sus versos… Si nadie sabe ni por qué reímos Ni por qué lloramos; Si nadie sabe ni por qué vinimos Ni por qué nos vamos; Si en un mar de tinieblas nos movemos, Si todo es noche en rededor y arcano, ¡a lo menos amemos! ¡Quizás no sea en vano!
|
||||||||
| CONTIGO
Espíritu que no hallas tu camino, que hender quieres el cielo cristalino y no sabes qué rumbo has de seguir, y vas de tumbo en tumbo, llevado por la fuerza del destino.
¡Detente! Pliega el ala voladora: ¡Buscas la luz, y en ti llevas la aurora! Recorres un abismo y otro abismo para encontrar al dios que te enamora, ¡Y a ese dios tú lo llevas en ti mismo!
¡Y el agitado corazón latiendo, en cada golpe te lo va diciendo, y un misterioso instinto, de tu alma en el oscuro laberinto, te lo va noche a noche repitiendo!
¡Mas tú sigues buscando lo que tienes! Dios de tus ansias es testigo; y, mientras pesaroso vas y vienes, como el duende del cuento, Él va contigo.
|
||||||||
|
Fundación Sophia permite la reproducción total o parcial de estos artículos por cualquier medio, siempre y cuando se incluya una nota con el origen del texto y el nombre de su autor. Se prohíbe totalmente la modificación del texto original así como su reproducción con fines comerciales. |
|
Enlaces a la Fundación Sophia: |
Fundación-Sophia Noticias Expo-Sophia
|