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Francis J. Vilar Miembro académico de la Escuela Europea de Arqueología, Antropología y Estudios Clásicos |
Septiembre-Octubre 2002 - Nº 21 | Arte |
la danza, la expresión corporal, etc.; pero no cabe duda que el lenguaje oral es el medio fundamental que tiene el hombre para comunicarse con otros hombres. La estructura de nuestro lenguaje, tanto a nivel conceptual como a nivel formal, tiene sus raíces etimológicas en el mundo clásico greco-latino. Los griegos fueron los primeros en sistematizar los diversos usos del lenguaje en función de sus finalidades específicas, al menos en Occidente, pues ya Egipto y la India tuvieron un alto desarrollo del lenguaje, mucho antes que Grecia; de hecho, la mayor parte de lenguas clásicas como son el griego, el latín, el germánico y aún el sánscrito moderno sistematizado por Panini, tienen todos ellos una misma y única lengua-raíz, que es el sánscrito primitivo o proto-sánscrito, siendo por ello lógico que a nuestra lengua y a nuestra civilización occidental, cuyos antecedentes culturales inmediatos se remontan hasta el mundo clásico greco-latino, se les atribuya un innegable origen indo-europeo. Y es precisamente del mundo griego de donde extraemos las tres formas fundamentales de concebir el lenguaje. Una para el desarrollo de las diversas ciencias y conocimientos, que estaba presidida por el dios Hermes; otra como vía de expresión de las artes, presidida por el dios Apolo, y una tercera, sólo conocida por los sacerdotes y hierofantes, que permitía a los hombres comunicarse con los Dioses y los espíritus invisibles de la Naturaleza, que se hallaba presidida por el omnipotente Zeus, el padre de los Dioses. No cabe duda que para poder obtener una básica comprensión de la naturaleza y finalidad de las diversas formas de la oratoria que nos ha legado el mundo clásico, es necesario detenernos
comercial es el que otorga la elocuencia en el discurso y la victoria en el debate, inspirando a su vez la inventiva creativa, propia del genio científico. Según el mito, fue Hermes precisamente el que inventó la lira de 7 cuerdas con la que Apolo hechiza el alma de los mortales con los divinos acordes de la belleza. Asimismo, en el ámbito de la filosofía, Hermes es el genio inspirador de la Mayéutica, que según Platón es el arte de dar a luz las grandes ideas, y por ello, cual divina comadrona del Espíritu, Hermes es capaz de elevar el pensamiento del filósofo por medio de la Dialéctica, hacia aquellas regiones del mundo inteligible donde moran las más sublimes verdades atemporales. Protector de los heraldos, los mensajeros, los diplomáticos, los oradores, los viajeros y los peregrinos, Hermes es el mediador por excelencia, el inspirador de toda negociación, de todo diálogo y de toda diplomacia, pues su preclara inteligencia es la única capaz de armonizar los opuestos y reconciliar los antagonismos, como muy bien simboliza su Caduceo. Por eso, la principal cualidad del Pensamiento Hermético, entendido como arte mental, es la capacidad que otorga al hombre para resolver las dudas y contradicciones propias de la mente, proponiendo siempre la solución a través del tercer camino, lo cual significa que enseña a trascender los dualismos cerrados y las encrucijadas, cuya lógica es aparentemente irresoluble. Inteligencia, persuasión, argumentación, lógica, poder de convicción, coherencia dialéctica, creatividad y elocuencia oratoria, son las cualidades principales del Verbo Hermético. Bajo la inspiración de Hermes, la oratoria se convierte así en una ciencia, cuyo fin ultérrimo no es otro que el de conducir el Alma del hombre hacia la Verdad, aportándole las herramientas verbales necesarias para poder expresarla y defenderla de forma elegante y convincente, fundamentando sus argumentos con rigor, claridad y coherencia. Por eso, la elocuencia del orador inspirado por Hermes, tiene el don de la persuasión. Pero si la oratoria es con Hermes una Ciencia, se convierte sin embargo con Apolo en un Arte. Divinidad solar de naturaleza amable y bienhechora, Apolo es el sublime inspirador de las Artes, tanto profanas como divinas, en especial de la música, la poesía, la oratoria, el teatro y la danza, así como la astronomía, la medicina y los oráculos. Dios de la luz y de la belleza, Apolo es por excelencia el guardián de la armonía universal, en todos los planos de la existencia. Con su lira de siete cuerdas
misterios de Apolo, que se celebraban en los más importantes santuarios y templos de sabiduría del mundo antiguo como Delfos, Eleusis, Epidauro, etc. A este respecto, sabemos que gran parte de los sabios de la Antigüedad, como Pitágoras, Platón, Amonio Saccas, Plutarco, Plotino y Apolonio de Tiana, entre otros, fueron iniciados a los misterios de Apolo, de ahí que Pitágoras aunase en su doctrina los tres aspectos fundamentales de la arquitectura cósmica, como son las matemáticas, la música y la astronomía... Pues la astronomía, como ciencia sagrada que desvela los secretos de la armonía que rige los cuerpos celestes, estaba presidida por la diosa Urania, que era una de las musas de Apolo. Por otra parte Apolo no es sólo el inspirador de las artes profanas, sino también el celoso guardián de las artes sagradas, como la medicina, la adivinación, los oráculos y la magia ritual, ejercidas todas ellas por aquellos sacerdotes y sacerdotisas, cuya vida estaba consagrada al Dios. Señor del Hieros Logos o
el dios. El poder mágico del verbo de Apolo no sólo era accesible a sus sacerdotes, sino también a los oradores, los filósofos, los místicos, los poetas, los músicos y los artistas en general, aunque en menor medida que a sus iniciados y hierofantes. En última instancia, el principal requisito que exigía el dios para conceder su don a los mortales era el de la pureza: pureza de intenciones, nobleza de carácter y rectitud de propósito, que cuando van unidas a un profundo amor a la verdad, la justicia y la belleza; a un ferviente anhelo de perfección espiritual y a un incontenible deseo de hacer el bien, hacen posible que se manifieste el mágico poder de la inspiración, iluminando la conciencia del hombre con el prodigioso verbo de Apolo. Por eso, antes de iniciar una obra, un discurso o una representación, los griegos hacían una ofrenda a Apolo, invocando a la musa de su arte; tradición que vemos reflejada también en otros autores posteriores como Shakespeare, al comienzo de sus obras. En el ámbito del lenguaje, entendido como divino arte de la palabra, conviene señalar que su más alta expresión consistía en alcanzar el éxtasis oratorio, experiencia teofánica de similares características a la accésit mística, que hacía que el alma del orador se dejase arrebatar por los sutiles acordes de la armonía celeste y, rompiendo los férreos grilletes del miedo y de la duda que mantienen su mente racional aprisionada en el oscuro laberinto de las realidades materiales, elevaba su espíritu hacia el mundo de los divinos arquetipos, haciendo que su verbo sonoro hiciera vibrar el espacio invisible, y que de sus labios brotasen haladas palabras que cual certeras flechas de Apolo se clavasen en el corazón de los oyentes, inflamando en ellos los más bellos sentimientos, nobles propósitos y elevados ideales.
Apolo y las nueve musas En síntesis, podemos decir que Apolo simboliza la intuición espiritual, y el don que otorga es el de la inspiración divina. Don que Apolo hace accesible a los hombres a través de sus leales mensajeras, las nueve musas que presiden cada una de las artes. En un principio, la música designaba el conjunto de las artes inspiradas por las musas, pero con el tiempo pasó a designar la armonía del sonido, quedando así Euterpe como musa de la música, Terpsícore de la danza, Urania de la Astronomía, Calíope de la elocuencia oratoria, Erato de la Poesía épica y las elegías heroicas, Polimnia de la poesía lírica (acompañada de la lira), Talía de la comedia, Melpómene de la Tragedia y Clío de la historia. Sutiles intermediarias entre el dios Apolo y los hombres. Las musas son hijas de Zeus y Mnemosine, que simboliza la memoria profunda del alma, que, siendo inmortal, ha contemplado ya en los reinos supracelestes los divinos arquetipos de la belleza, la verdad, el bien y la justicia. Según la tradición
entrar en contacto con la belleza, a través de una hermosa poesía, una danza sutil, un magistral discurso filosófico, una heroica tragedia, una sublime obra musical o la simple contemplación de la armonía celeste que evoca el firmamento estrellado, el Alma se conmueva ante el recuerdo lejano y a la vez tremendamente familiar de una divina belleza que no es de este mundo, despertando en lo más profundo de su ser la dulce nostalgia de su patria celeste. El misterio de la inmortalidad del Alma humana, contenida en la tradición órfica, sienta los principios fundamentales del arte clásico, permitiéndonos comprender por qué en el pensamiento griego Mnemosine es la madre de las musas, pues si entendemos por arte «la expresión de la belleza», es lógico pensar que la raíz metafísica de toda inspiración como experiencia de carácter teofánico, es la memoria innata del Alma; ya que es al entrar en contacto con la verdadera belleza, cuando la conciencia del hombre se ve iluminada por el sublime resplandor de aquellas divinas esencias, cuyo dulce recuerdo subyace dormido en lo más profundo de su ser. Francis J. Vilar |
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