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Francis J. Vilar Herminia Gisbert |
Julio-agosto 2003 - Nº 25 | Historia y Arqueología |
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No cabe duda que, entre todas las grandes civilizaciones de la antigüedad, la cultura de los mayas ocupa una de las más bellas páginas que han sido escritas por el hombre en el gran libro de la Historia universal. Una civilización que floreció hace más de quince siglos en pleno corazón del continente americano, y cuyas viejas ruinas permanecen hoy todavía en pie, envueltas entre las brumas del recuerdo y del olvido, pues, si bien gran parte de su legado ha podido ya ser descubierto y estudiado, muchos de sus monumentos subyacen aún enterrados bajo la maleza, durmiendo apaciblemente el sueño de la Historia. Siendo como fue una de las culturas más antiguas y longevas de toda América Precolombina, la civilización maya empezó a despuntar a comienzos de nuestra era y sus cimientos sirvieron de base fundamental para el desarrollo de otras culturas posteriores. Sin embargo, al hablar del mundo maya no nos estamos refiriendo a un gran imperio territorial, cuyas provincias dependían completamente de un poder centralizado, como pudo ser el egipcio o el romano; sino que, mucho más en consonancia con la diversidad geopolítica del mundo griego, en el caso de los mayas nos hallamos ante una sociedad pluricultural que, si bien compartían una misma cosmovisión religiosa, una misma mentalidad y un esquema de valores, tradiciones y costumbres básicamente homogéneo, a nivel sociopolítico, sin embargo, estaba integrada por una amplia diversidad de «ciudades-estado» que gozaban de plena autonomía, manteniendo cada una de ellas una total independencia política, económica y social, con respecto a las demás. Así pues, desde el punto de vista arqueológico: la «civilización de los mayas» conforma un rico mosaico de ciudades monumentales, algunos de cuyos nombres son bien conocidos, como es el caso de Tikal, Palenque o Chichen-itza. Sin embargo, en esta ocasión vamos a centrar nuestra atención en una urbe muy especial, que supo brillar con luz propia a través de los siglos: la ciudad de Copán, considerada por los arqueólogos como la «Atenas de los mayas».
extraordinaria pureza los tres colores básicos del espectro de luz solar: rojo, azul y amarillo, constituyendo así una bella epifanía de «Aha-Kinich»: el Dios Sol. Dejando atrás a estos simpáticos moradores del umbral, cuya presencia nos recuerda que estamos entrando en un lugar consagrado a los Dioses, seguimos caminando por un sendero bordeado de grandes árboles tropicales, cuyas raíces se expanden por doquier entre una heterogénea multitud de montículos de tierra -aparentemente naturales- cuyo manto de vegetación protege la estructura de muchos edificios que permanecen todavía enterrados, ocultos a las miradas profanas. Finalmente, tras ascender por una escarpada escalinata de piedra que serpentea entre la maleza, contemplamos extasiados toda la verde extensión que ocupa el gran centro ceremonial de la ciudad de Copán, cuya majestuosa arquitectura monumental deja volar muy lejos nuestra imaginación, ayudándonos a percibir un glorioso pasado de esplendor. En todo este amplio complejo arqueológico, destacan varias zonas de gran interés: la Gran Plaza
astronómicos, pues según parece los mayas eran expertos astrónomos que tenían un avanzado conocimiento del movimiento de los cuerpos celestes, lo cual les permitía predecir con bastante exactitud las estaciones, los eclipses, los posibles cambios climáticos y la precesión de los equinoccios.
trajes ceremoniales, se enfrentaban en una cancha, constituida por un foso central a cuyos lados corrían paralelos dos muros inclinados, uno frente al otro. En lo alto de estos simétricos muros, hay tres marcadores de piedra, que en la cancha de Copán están esculpidos con forma de guacamayos, animal que, como ya dijimos, simboliza el Espíritu del Sol. El juego consistía en lograr que la pelota de caucho -impulsada tan sólo por codos, rodillas y caderas- no cayera al foso, manteniéndose todo el tiempo sobre las rampas inclinadas y alcanzando las máximas veces posibles alguno de los marcadores. Junto a la cancha del Juego de Pelota, se eleva imponente la majestuosa Escalinata Jeroglífica, construida por uno de los grandes reyes copanecos en conmemoración de sus antepasados. El texto está compuesto por más de 1.250 bloques de piedra esculpida, constituyendo así el texto jeroglífico más largo de todo el continente americano. En este sentido, hay que destacar que los mayas fueron el único pueblo de América Precolombina que utilizó una lengua jeroglífica, siendo además una de las tres únicas culturas del mundo que la desarrollaron en su totalidad, al igual que China y Egipto. La lengua jeroglífica de los mayas, se empleaba para fines comerciales y políticos, para dejar constancia escrita de su propia historia, y también como vehículo de expresión de sus mitos y su literatura sagrada; sin embargo, todavía hoy los filólogos siguen trabajando en ella, a fin de poder descifrar completamente su significado.
nística, todas las grandes ciudades sagradas de la antigüedad estaban configuradas como un micro-cosmos a escala del mundo divino, una «maqueta universal» orientada en función de las cuatro direcciones del espacio y fundada a partir de un axis mundi o eje del Universo, centro virtual de la cosmogonía que señala el punto generatriz de la vida sin el cuál sería imposible la comunicación eficaz entre los tres niveles de la Creación: el cielo, la tierra y el inframundo. La ciudad de Copán reproduce, pues, arquitectónicamente, el Mito de la Creación maya a varios niveles. Por eso en la época de lluvias las plazas de la Acrópolis quedaban inundadas por las aguas, formando así un bello lago -símbolo del Océano Primordial de la cosmogonía-, del cual emergían las pirámides -arquetipo de la Montaña Sagrada-, en cuyo interior mora el espíritu de los antepasados. La misma palabra naab, plaza, significa también «océano o aguas primordiales», mientras que las pirámides reciben el nombre de witz, que quiere decir «montaña sagrada». Podemos afirmar entonces que los mayas, en virtud de la imitatio dei, recreaban con su arquitectura unos espacios sagrados que permitían reflejar en la tierra la divina geografía celeste. La plaza oeste de la Acrópolis alberga un importante conjunto de construcciones en cuyo interior, totalmente ocultas a las miradas profanas, subsisten todavía dos de los más impresionantes templos funerarios recientemente descubiertos por los arqueólogos: son los templos Rosalila y Margarita, cuyas singulares estructuras y relieves están ayudando a desvelar importantes enigmas del mundo maya. Una de estas cuestiones gira en torno a la costumbre que tenían los mayas de utilizar los viejos templos como cimiento ritual de otros nuevos, manteniéndolos completamente intactos, lo cual no deja de ser asombroso. Buena muestra de ello es el cuidadoso esmero con el que muchos de estos templos eran
cuando uno penetra en los túneles del subsuelo que conducen al templo original, y se encuentra de pronto en presencia de este extraordinario monumento, un respeto sobrecogedor invade nuestros corazones... las voces enmudecen dando paso a un reverente silencio y una oleada de emoción pugna por aflorar a nuestros ojos... pues de alguna forma, sentimos que nos hallamos ante la presencia de un misterioso «Ser de piedra»... que alguna vez estuvo vivo.
Avanzamos un poco más allá y sobre una plataforma de nivel más elevado, llegamos al Patio Este, donde se reunía el Consejo Real, con la sede de la Asamblea Popular y el Templo de los Oráculos, cuya forma piramidal representa la mítica montaña Mo'Witz, sede de una divinidad protectora de la dinastía copaneca. Esta magnífica pirámide se halla coronada por un templo, cuyo umbral reproduce en piedra las fauces de la mítica Gran Serpiente Solar. Sobrecoge pensar que desde esta elevada plataforma se proclamaban los oráculos, por medio de los cuales los Dioses mayas otorgaban su beneplácito a los nuevos gobernantes y legitimaban sus leyes por derecho divino, pues no conviene olvidar que para los mayas, al igual que para la mayoría de pueblos de la antigüedad, la religión orientaba todos los aspectos de su vida, tanto pública como privada, de tal forma que los eventos políticos eran también una forma de ceremonial o ritual público, que integraba su calendario de fiestas. Finalmente, más allá de este centro ritual, nos encontramos con la zona residencial de Las Sepulturas, llamada así por los enterramientos hallados en el interior de las viviendas, cuyas piedras nos cuentan
eleva verticalmente hacia el cielo de los Dioses, manteniendo así la unión entre los tres mundos. Lo cierto es que todo en Copán respira un intenso aroma de magia y de misterio, pues cuando recorremos sin prisa sus bellos parajes, podemos sentir todavía el aliento vital de la Naturaleza en todo su esplendor: cuando Ahau Kinich, el Dios Sol se oculta, su inseparable compañera Ixchel, la Diosa Luna, comienza a surgir tímidamente en el horizonte copaneco... entonces, el Dios Chac, dispensador de la lluvia fecundadora, irrumpe en la atmósfera con toda su fuerza y plenitud para despertar a la tierra, mientras la rana sagrada Uo se asoma croando ruidosamente, anunciando así el comienzo de un nuevo ciclo de lluvias. La vida reverdece de nuevo y el aroma de Alaghom-Naom, la madre tierra que ha estado dormida durante los largos meses de verano, surge ahora con toda su intensidad y frescura elevándose hacia el cielo, como el aroma del incienso que lleva hasta los dioses los sueños de los hombres... En ese instante, los animales deciden sumarse también a la gran fiesta cosmotelúrica de la Naturaleza danzando y cantando... mientras Hunab-Ku, el supremo Dios innombrado, contempla la escena con sereno regocijo. Lo cierto es que los mayas no han desaparecido para siempre, pues casi cuatro millones de sus descendientes viven hoy allende las viejas ciudades-santuario. Ellos hablan todavía su propio dialecto maya, conservan sus tradiciones ancestrales y practican los ritos de una cultura milenaria que perpetúa en su memoria la grandeza de sus antepasados. Una grandeza que ha sido reconocida a nivel mundial, cuando en 1980 las Ruinas de Copán fueron declaradas por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad. Hoy, la cultura maya constituye una de las civilizaciones más importantes del mundo antiguo. Sus monumentos, tradiciones y costumbres, sus creencias, su ciencia y su arte, han logrado traspasar las fronteras de su espacio y su tiempo, para llegar hasta nosotros como sinónimo de pueblo grande y sabio. Una sabiduría que hoy todavía continúa siendo un misterio para nosotros. Francis J. Vilar & Herminia Gisbert
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