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Editorial |
Septiembre 2007 - Especial Educación | Educación |
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Hace unos días, cuando elegimos la imagen de la flor de loto con la que ilustramos la portada, había mucha gente que no terminaba de comprender la relación entre esta hermosa flor y la educación, mirándonos entre intrigados y sorprendidos. Sin embargo, también hubo alguno que otro, —entre los que había varios artistas—, que no sólo captaron enseguida la idea, sino que además nos felicitaron por nuestra originalidad a la hora de expresar una idea tan amplia en un símbolo tan sencillo y también tan antiguo. Ciertamente, la flor de loto es una imagen que desde hace milenios, en todo Oriente, se identifica con el discípulo, con aquel que a lo largo de un intenso proceso de transformación va extrayendo de dentro de sí mismo lo mejor que tiene, para finalmente abrirse a la luz del sol y exhalar el perfume de la excelencia espiritual. Como decía el príncipe Sidharta Gautama, más conocido como el Buda: «La fragancia de la virtud es mucho más fina que el sándalo y la rosa, el loto y el jazmín, pues éstas no pueden viajar muy lejos, pero la fragancia de la virtud se eleva a los mismos Dioses». Según el sentido etimológico, la palabra educar viene del latín educire, haciendo referencia una vez más al hecho de «sacar hacia fuera algo que está dentro». Era este el sentido que daban los antiguos sabios a la educación: un proceso por el que el ser interior puede educir lo mejor de sí mismo para conformar un carácter y una actitud ante la vida y ante los demás. El resto de conocimientos teóricos puede desarrollarse más o menos, según las necesidades y la profesión de cada cual, pero el ser que habita más allá de la mirada necesita aprehender el arte de vivir descubriendo la antigua ciencia de conocerse y dominarse así mismo. Evocando a otro maestro oriental, el sabio Confucio, podemos concluir que «Así como una piedra preciosa se transforma en una obra de arte a través del tallado, el hombre se eleva mediante la educación». Por eso, hoy ponemos en tus manos algo que consideramos muy especial, una flor exótica y exquisita cuya fragancia es intemporal. Porque si bien es cierto que las civilizaciones caen y se levantan al rítmico compás de la rueda de la historia, también lo es que hay cosas que no cambian por más que se alteren los parámetros culturales y sociales. Entre ellas, la educación brilla con la intensidad de la estrella del alba, pues todos los seres humanos que hemos poblado la Tierra desde tiempo inmemorial, todos sin excepción, hemos sido niños que, al llegar a este mundo, necesitábamos que alguien nos preparase para esa maravillosa aventura que comenzaba: la Vida… La educación, entendida de forma global y filosófica, está muy por encima de la información intelectual y técnica que puede y debe recibirse. Por educación queremos rescatar el concepto vital de un desarrollo global de la persona: el cuerpo, las emociones y la mente son preciosas herramientas con las que venimos al mundo. Por desgracia, no se trae el manual bajo el brazo y no sabemos cómo utilizar este enigmático regalo de los señores del destino. Sólo una educación fundamentada en la sabiduría espiritual y en las leyes de la naturaleza puede despertar ese otro elemento que es capaz, por sí mismo, de dirigir a todos los demás: la conciencia. Una vez activada y fortalecida la conciencia, y armonizados cuerpo-corazón y mente, el individuo es capaz de marchar por el océano de la existencia asumiendo la responsabilidad de su acción. Por todo lo dicho, la educación nos preocupa hoy como preocupó a todos los sabios del mundo antiguo. Pero mientras hoy ensayamos estrategias pedagógicas e improvisamos modelos educativos al ritmo de las circunstancias, ellos atesoraron la experiencia de siglos en sus textos sapienciales y en sus escuelas filosóficas de milenaria tradición. Estos maestros de sabiduría nos legaron unas claves que aún hoy son de tremenda actualidad, pues si nos despojamos de modernas vestimentas, si silenciamos las máquinas que han invadido nuestras vidas, si adormecemos esa voz orgullosa de creerse en el culmen de la evolución, si nos desnudamos de todo lo temporal… sólo quedan seres humanos. La pregunta es: ¿qué tipo de seres humanos? La respuesta sólo puede darla la educación.
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