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Francis J. Vilar |
Julio-Agosto 2003 - Nº 20 | Filosofía |
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Omnia transit, omnia reditur, tempus fugit... ¡Carpe diem!... «Todo pasa, todo retorna, el tiempo huye... ¡Aprovecha el momento!». Es curioso observar las distintas maneras que tenemos los hombres de concebir el tiempo, pues si bien todos nos regimos por una misma medida cronológica, que es la que marca el reloj, el tiempo no es ni mucho menos una realidad idéntica para todos, ya que existen otros relojes biológicos, psicológicos y mentales, que son los que determinan la peculiar forma que tiene cada
y efímero del tiempo, que todo lo desgasta y todo lo destruye. Para el hombre moderno, sin embargo, el tiempo es esencialmente lineal y uniforme, de instante en instante el tiempo avanza inexorablemente hacia el futuro, devorando minuto a minuto, segundo a segundo, nuestra breve existencia presente. El pasado va quedando atrás y se aleja cada vez más y más, de tal forma que la vida del hombre moderno es una interminable «huída hacia adelante», en la que el pasado no importa, es algo ya superado, lo único que interesa es lo nuevo, lo que está por venir, lo último y más reciente, sin darse cuenta que lo que hoy es de «rabiosa actualidad», mañana será ya obsoleto. Paradójicamente, el hombre antiguo no daba gran valor a «lo novedoso», pues para él lo verdaderamente importante era lo perdurable, aquello que se mantiene inmutable a través del tiempo, porque es real e imperecedero. Por eso sus templos, tumbas y santuarios estaban hechos de piedra, pues la piedra era para ellos material de eternidad. Es evidente que para el hombre de las sociedades tradicionales, lo verdaderamente real es aquello que permanece inalterado e inalterable en medio de los continuos cambios y transformaciones a los que están sujetas todas las formas materiales. Para ellos, resultaba claro que la Vida tenía una dimensión espiritual y otra material, y dado que el hombre es en esencia un Espíritu inmortal que habita un cuerpo mortal, es lógico que su cosmovisión, su filosofía y su escala de valores, diesen clara primacía al Espíritu sobre la materia, a la esencia sobre la forma y al contenido sobre el continente. Por eso, al estudiar el mundo antiguo nos encontramos siempre con culturas eminentemente espirituales, donde lo que prima es «el Ser», en contraposición a la cultura materialista de la moderna sociedad de consumo, donde lo que predomina por encima de todo es «el tener», y en la que el dicho «Tanto tienes, tanto vales», se ha convertido, por desgracia, en una verdad generalizada. El estudio antropológico de las culturas tradicionales, pone de manifiesto que el hombre antiguo tenía un concepto altamente metafísico de la vida y la muerte, como podemos comprobar a través de sus rituales funerarios; sin embargo, su profunda convicción de que el hombre sigue viviendo después de la muerte no debe inducirnos a error, ya que ellos tenían muy claro que lo que preexiste en el más allá es su Espíritu y no su cuerpo. El hombre de las sociedades tradicionales era plenamente consciente que todo organismo físico o cuerpo material se desgasta, se corrompe y acaba muriendo, por la acción inexorable del tiempo; sin embargo, impulsado por esa innata sed de eternidad, que sólo puede aflorar en un ser de naturaleza inmortal, el hombre buscó con afán una forma de poder vivir el tiempo que le permitiese reencontrarse una y otra vez con su Ser intemporal, y a tal fin concibió ceremonias, ritos y fiestas sagradas, a través de las cuales podía elevar su conciencia por encima de ese tiempo lineal, cronológico y profano, que rige nuestra efímera realidad cotidiana, para poder vivir un tiempo perenne y sagrado, que le ayudase a renovar periódicamente su conciencia de inmortalidad, haciéndole sentir eternamente joven.
Y así es cómo los sabios del mundo antiguo, complementariamente a su calendario civil o profano, establecían un calendario sagrado salpicado de fiestas, ceremonias y ritos de regeneración, haciendo posible que los hombres pudieran «religar» su existencia una y otra vez con el divino principio de la Creación, lo cual, por otro lado, es precisamente lo que constituye el fundamento ontológico de todo sentimiento religioso (de re-ligare = volver a unir) y de toda accesis mística. De esta forma, podemos decir que el hombre antiguo diferenciaba claramente dos calidades de tiempo: un tiempo lineal, al que ellos llamaron profano (de pro-fanus = fuera del templo), cuyo transcurso, cronológicamente uniforme, rige el mundo de las realidades materiales. Y otro tiempo cíclico y perenne, al que ellos llamaron sagrado, cuya esencia ontológica configura el mundo de las realidades espirituales, y cuya percepción permite al hombre participar conscientemente de la dimensión atemporal de la
Sin embargo, para el pensamiento del hombre moderno, lo pasado, pasado está, y convertido convertido en una carrera desesperada que no concede tregua ni descanso; una alocada persecución en pos de un misterioso fugitivo llamado Cronos, cuya inexorable zancada nos deja siempre atrás, y por más que aceleramos nuestro sprint a fin de poder obtener todo aquello que nos hemos propuesto, él siempre corre más que nosotros, y cuanto más intentamos atraparlo... más se nos escapa entre los dedos... tempus fugit. Es el sino fatal de los tiempos que corren, regidos con mano férrea por el todopoderoso ideal de la sociedad de consumo, cuyos parlanchines profetas vociferan desde sus chiringuitos publicitarios
se atreve de pronto a preguntarse: «Pero ¿Más? ¿y más qué? ¿más y más para qué? Pero ¿por qué hay que correr tanto? ¿hacia dónde corremos?...» Entonces el inexorable mito del progreso interminable le grita: «¡Corre y calla, no preguntes! ¡Avanza y progresa, no mires atrás, sé moderno, sé competitivo, no hay tiempo para perder el tiempo... tienes que estar a la última, ser el mejor, ser el único... corre!». Y así es cómo el hombre moderno llega a la paradoja de correr tanto detrás del tiempo, que nunca tiene tiempo de tener tiempo para vivir, pues, preso en el insaciable juego del «tener» que impone la sociedad de consumo, el hombre se ha olvidado de «Ser». Sin embargo, más allá del mundo antiguo y del mundo moderno ¿puede haber, tal vez, una forma de vivir el tiempo que no sea patrimonio exclusivo del hombre del ayer, del hombre de hoy o del hombre del mañana, sino del hombre atemporal?... ¿De ese Ser que fue, que es y que será, y que en esencia somos cada uno de nosotros? ¿Acaso puede existir un misterioso Arte de Vivir, capaz de convertir el pasado, el presente y el futuro en un instante eterno? ¿Era esa, tal vez, la ansiada meta que buscaba todo Alquimista cuando con infinita paciencia iba destilando en su propia Alma el preciado elixir de la eterna juventud? Yo creo que sí, pues tenemos suficientes pistas, dejadas por aquellos que lograron desvelar tan oculto misterio antes que nosotros. La primera pista nos indica que «el secreto de la eterna juventud se halla escondido en lo más profundo de nosotros mismos». Cosa que no es de extrañar, ya que si tal como enseña la tradición hermética «el Universo es mental», es lógico pensar que en nuestra mente se encuentran todas las llaves capaces de abrirnos las puertas del entendimiento a la comprensión de los más recónditos misterios de la Naturaleza. Por eso, la segunda pista que nos legaron aquellos sabios, es que «la Vida es un estado de conciencia»; no hay una idéntica realidad para todos por igual, tan sólo un mismo paisaje perenne que nos permite, durante algún tiempo, caminar entre la tierra y el cielo; pero lo que hagamos y cómo lo hagamos, lo que deseemos y lo que obtengamos, lo que despreciemos y lo que pospongamos en el transcurso de nuestro atribulado viaje, depende exclusivamente de nosotros y de nuestra actitud mental, pues, ultérrimamente, se recoge lo que se siembra, siempre, más tarde o más temprano. Para el pesimista, todo vaso medio lleno está para él vacío a causa de la fatalidad; para el optimista, todo vaso medio vacío está prácticamente lleno gracias a la providencia; para el ansioso, el aburrido y el desesperado, el tiempo pasa a cámara lenta y los minutos parecen haberse confabulado para aumentar su angustia; para el enamorado, el soñador y el entusiasta, el tiempo vuela más rápido que el viento, y su alado corazón vuela con él hacia su destino; para el cobarde, cada día es una buena ocasión para huir de su propia responsabilidad. Para el valiente, cada día es una nueva oportunidad para probar su valía ante la adversidad; para el desconfiado, el susceptible y el pusilánime, todo el mundo miente, todo el mundo oculta sus verdaderas intenciones, todos buscan aprovecharse de él; cada amigo es un posible enemigo, cada trato una segura traición y cada día de su vida una maldición, ya que todo conspira contra él. Por eso, al doblar cada esquina, se sobresalta, pues sospecha hasta de su propia sombra. Sin embargo, para el hombre cabal, sereno y bondadoso, toda persona es digna de confianza, salvo que se demuestre lo contrario; toda creencia es merecedora de respeto, aunque no coincida con sus creencias, y toda verdad es digna de crédito, siempre que vaya avalada por el ejemplo. Para él, cada día es una bendición, cada tarea un nuevo peldaño que le conduce hacia su destino; cada amigo que te tiende la mano en el camino, un valioso tesoro que merece la pena cuidar, y cada logro conquistado es una magnífica oportunidad para dar gracias a la Vida, que tanto le ha dado. Por ello, al terminar la jornada, el generoso se alegra de lo que ha podido dar a los demás, mientras que el egocéntrico se indigna de no haber recibido más. No, es evidente que la vida no es igual para todos, ni el tiempo transcurre de una única forma, ya que ultérrimamente el tiempo es una realidad psicológica... un estado de conciencia. Por eso, la tercera pista es sin duda alguna crucial, pues nos desvela que somos los hombres los que modelamos el tiempo, y no el tiempo el que nos moldea a nosotros; de tal forma que la vida será para nosotros, lo que nosotros queramos que sea. El gran secreto para poder vivir un tiempo atemporal, está en descubrir que «Todo en el Universo tiene un destino que cumplir, todo ser ha venido a la existencia con un propósito»; lo
...Omnia transit... Uni-Versus... Carpe Diem... «Todo pasa... todo camina hacia un solo y único destino... aprovecha el instante y haz de tu vida un presente eterno». Francis J. Vilar |
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