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Cristina Gavilán |
Septiembre 2007 - Nº 36 | Psicología |
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Cuando hoy en día hablamos de danza, relacionamos este término con actuaciones en auditorios, representaciones y fiestas, con el ballet clásico, el flamenco, el claqué, etc. Y es que la danza ha estado presente desde que el hombre existe. El estilo y la forma nunca han sido los mismos, han ido cambiando a lo largo del tiempo según el lugar y la cultura. Sobre la danza de hoy no es necesario hablar demasiado puesto que la conocemos y sabemos lo que significa para nosotros: entretenidos espectáculos, concursos y campeonatos, diversión, etc. Pero veamos qué es lo que hubiera dicho una persona en la antigüedad sobre este arte en su tiempo, en una de sus facetas menos populares. Les invito a recorrer algunas culturas para ver qué nos cuentan aquellos hombres y mujeres sobre la mística de la danza. Al fin y al cabo, es una experiencia ancestral, ya que al principio de la creación del universo, según los mitos cosmogónicos de las distintas religiones y culturas, al sonido primordial le sucedió el movimiento. Este movimiento planetario se refleja en la «danza cósmica», denominada así por los hindúes, según la cual cada partícula del universo danza al compás de la inaudible música de las esferas. Así como surge la creación, está sujeta a los ritmos de la vida: el día y la noche, el sueño y la vigilia, las estaciones, etc. Desde el nacimiento del universo, el sonido vibra con el ritmo, y nosotros, que estamos inmersos en esta danza cósmica, formamos parte de ella.
del macrocosmos (el cielo), recordando a los hombres la importancia de fluir con la cadencia del dharma. Sus danzas eran poesía pura, puesto que jugaban un papel parecido al de los trovadores druidas: narrar los mitos y epopeyas de héroes y dioses de épocas remotas, y al mismo tiempo instruir, ya que el comportamiento de los héroes legendarios proporcionaba modelos de conducta e ideales que aseguraban la continuidad de unos valores que estaban en consonancia con el dharma. Todo esto se llevaba a cabo a través de un complejo lenguaje gestual denominado mudras. Para llevar a cabo esta tarea, las devadassi recibían un adiestramiento que duraba años, en el que aprendían a danzar y a moverse con la mayor perfección y exquisitez. Sin embargo, existía un aspecto aún más esencial que el de la perfecta interpretación de la danza; el maestro, cuya enseñanza conducía a alcanzar el virtuosismo artístico, transmitía además una serie de conocimientos espirituales. No se concebía la separación entre un cuerpo armonizado y la modulación de su propia alma y actitud moral en el arte de ejecutar la «danza de la vida». Sólo esto las convertía en verdaderas sacerdotisas que se entregaban en los templos a la ejecución de la ceremonia y al desarrollo de cualidades inherentes al dharma, como la pureza, la rectitud, la generosidad, la compasión y el valor, virtudes indispensables para que el ser humano «dance» con las armonías del universo. La danza de las devadassi, por lo tanto, sólo podía ser auténtica cuando la ejecución se había fraguado tanto en lo interno como en lo externo.
Para estas antiguas culturas, la danza era una forma de comulgar con lo divino. Por un lado se imitaba la danza de los dioses en el firmamento y, por el otro, era un medio a través del cual el ser humano entraba en conjunción con el aspecto divino que reside en él. Es en ese momento cuando la divinidad puede manifestarse a través del danzante, puesto que el ejecutante se ha vaciado de sí mismo para ponerse a disposición del dios.
Para poder ser «raptado» de esta forma, era necesario un periodo de instrucción y aprendizaje largo y profundo, ya que se trataba de sacerdotes de Baco, o Dionisos, quienes precisaban tener un nivel de perfección interna que era capaz de reflejarse en su expresión corporal. Como hemos visto, los antiguos concebían, entre otros, un aspecto sagrado de la danza, y es aquel que lleva a la comunión con los dioses y, en consecuencia, con uno mismo en su esencia espiritual. Por eso, era un elemento indispensable en muchas ceremonias, símbolo de un orden divino que es inherente al ser humano como parte del cosmos en el que vive. Así, esa sensación de plenitud y felicidad que siente aquel que ejecuta un baile y se encuentra sumergido en la música es universal, y la sintió el ser humano de hace miles de años, al igual que hoy. No obstante, tenían en aquel entonces una visión integradora en lo que se refiere a la perfección exterior e interior. Un arte era aprendido con una finalidad que estaba por encima del dominio técnico, y es la perfección interna, es decir, la capacidad de «danzar» con el dharma celeste, el Shibumi, el Tao, la Maat, el orden cósmico, que después, unido también a un perfeccionamiento técnico, se refleja en el arte aprendido. En un momento histórico en el que hay una fuerte tendencia a separar la materia del espíritu, la filosofía de la práctica, la vida cotidiana de los ciclos de la naturaleza, entre otros muchos ejemplos, es muy sugestiva esa visión integradora que tenían pueblos que hoy yacen bajo las arenas del olvido. Concebían la vida como una totalidad integrada e interdependiente, de cuya armonía y felicidad dependía el acrisolamiento interno de los principios humanos y universales, y que si es correcta, de forma natural, se refleja en una virtuosa ejecución del arte; pero sobre todo, la del arte más sublime de todas: el arte de vivir. Cristina Gavilán
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