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Francis J. Vilar |
Julio - Agosto 2002 - Nº 20 | Ciencia |
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En el transcurso de las últimas décadas del siglo XX la ciencia occidental se ha visto obligada a realizar una profunda revisión de sus bases epistemológicas, teniendo que cuestionar muy seriamente no sólo sus métodos de investigación, claramente antiecológicos, sino también sus fines y su ética. Los nuevos paradigmas de la ciencia, surgidos a raíz de los revolucionarios descubrimientos realizados por la Física Cuántica, la Cosmología y la Biología, han echado por tierra la visión de un Universo mecánico compuesto de sólidas partículas materiales, regido por las ciegas leyes del azar, cuyos procesos podían ser predeterminados de forma exacta y rigurosa a través de una objetiva experimentación científica. Pero lo más interesante, desde el punto de vista filosófico, es que la nueva imagen del Universo que emerge de estos recientes descubrimientos coincide plenamente con la visión del mundo sostenida desde hace siglos por la Sabiduría tradicional, tanto de Oriente como de Occidente. En perfecta concordancia con esta Sabiduría, a la que Aldous Huxley denominó «la filosofía perenne», los nuevos paradigmas de la ciencia nos presentan la imagen de un Universo holístico, vivo y orgánico, cuyas partes se hallan íntimamente relacionadas entre sí, de forma que todas ellas son completamente interdependientes las unas de las otras, como si de un gran organismo vivo se tratase. Por otro lado, la división clásica entre materia y espacio vacío ha quedado ampliamente superada,
con el «caos primigenio» del que surgió el Universo, según todas las grandes cosmogonías del mundo antiguo. En cuanto al principio cartesiano de objetividad empírica que trazaba una barrera infranqueable entre el observador y la realidad observada, la «interpretación de Copenhague» enunciada por Niels Bohr y Werner Heisemberg, demuestra que «no existe una línea divisoria que nos separe claramente de la realidad externa que observamos, ya que la realidad es una construcción mental que depende de qué y de cómo se observe». Finalmente, la teoría del boostrap de Geoffrey Chew, afirma que «el Universo es una infinita «red cósmica de sucesos estrechamente vinculados entre sí, en el que ninguna de las propiedades específicas de cualquiera de las partes es fundamental, sino que todas reflejan las propiedades de las demás partes», lo cual significa que «el todo está en la parte y que en cada una de las partes se manifiestan las propiedades del todo». La validez de este principio holístico en el ámbito de la conciencia humana, es precisamente lo que ha redescubierto la Psicología transpersonal cuando afirma que «en cada uno de nosotros está contenida la información sobre el conjunto del Universo y la totalidad de la existencia; por eso a nivel experiencial disponemos potencialmente de acceso a todas sus partes, ya que en cierto sentido somos la totalidad de la estructura cósmica».Validando con ello el viejo aforismo de la filosofía socrática que dice: «¡Oh hombre, conócete a ti mismo y conocerás la naturaleza del Universo y de los Dioses!». Paralelamente, las más recientes investigaciones sobre la Conciencia, han puesto de manifiesto que
escuelas de filosofía perenne puedan ahora sostenerse por datos procedentes de la investigación actual sobre la conciencia ». Las reveladoras conclusiones que se desprenden de esta innovadora visión del mundo, propuesta por los recientes paradigmas de la ciencia, arrojan una nueva luz de esperanza respecto al futuro de la civilización occidental en el siglo XXI, pues no sólo unifican a la ciencia del presente con la sabiduría del pasado, sino que al derribar el muro que durante siglos ha mantenido divorciada a la espiritualidad del conocimiento, ha hecho posible el necesario reencuentro entre aquellas dos vías del verdadero progreso humano que jamás se debieron haber separado: la mística y la ciencia, unidas de nuevo ahora en la Conciencia. Creo sinceramente que si los grandes maestros de la Sabiduría perenne tales como Pitágoras, Platón,
Francis J. Vilar
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