TERREMOTOS, CUANDO LA TIERRA TIEMBLA

Manuel Marques

Enero-febrero 2003 - Nº 23 Ciencia
 
 

De entre todos los fenómenos naturales destructivos, los terremotos son los más temidos por el hombre, pues ocasionan mayor destrucción y, a pesar de toda la estadística recopilada a lo largo de los siglos, siguen siendo prácticamente imprevisibles. A través de este artículo, repasamos brevemente cómo y por qué se produce un terremoto, así como las distintas técnicas que se han ido inventando para tratar de prevenirlos.

   Al igual que los volcanes, los terremotos son un fenómeno necesario en el ciclo natural de La Tierra. Un terremoto -o seísmo en terminología científica-, es una sacudida brusca de la corteza terrestre, producida por un movimiento en profundidad a causa de una falla, una rotura o un hundimiento. Siguiendo la teoría de la deriva de los continentes -enunciada por Alfred Wegener en 1911, complementada a su vez por la de la tectónica de placas-, vemos que el globo terrestre está compuesto de un núcleo formado por metales sometidos a una gran presión y temperatura, envuelto por un manto de metales sólidos, y finalmente una corteza, compuesta por una mayor variedad de elementos y dividida en una capa más profunda (astenosfera) y otra más superficial (litosfera), que es la que nos interesa, porque es ahí en donde se desarrollan todos los fenómenos sísmicos. Como se mencionaba al principio, en el núcleo de la Tierra se genera calor a una escala increíble; un 1% de este calor se transforma en movimiento, el cual se traduce en un desplazamiento de algunos centímetros de la litosfera con respecto de la astenosfera. Lo interesante del tema es que la litosfera ya no es- aunque sí lo fue hace muchos millones de años- una corteza de una sola pieza, sino que está formada por siete grandes placas: Euroasiática, Africana, Norteamericana, Sudamericana, Pacífica, Oceánica del Índico y Oceanía y Antártica, junto a algunas más de menor tamaño como la Caribeña o la Indonesia. Todas ellas se desplazan unas respecto de las otras, siguiendo el rumbo que marcan las ondas de energía provenientes del núcleo, además de la propia inercia que las arrastra desde que se dividió aquel primer continente único llamado Pangea. Resulta entonces que cada uno de estos siete grandes fragmentos de la litosfera rozan entre ellos o se deslizan unos sobre otros, y en ocasiones también colisionan, modelando de esta manera la corteza terrestre.

   Lo importante de esta cuestión es saber que la mayor parte de los seísmos se dan preferentemente en las zonas de colisión de las placas; estas zonas engloban dos cinturones geográficos; uno de ellos, llamado Circular del Pacífico, va desde la costa oeste del continente americano a Japón, las Filipinas, Samoa, Nueva Guinea, hasta la costa este de Australia, Nueva Zelanda y las islas Molucas, en donde enlaza con el otro cinturón importante; éste comienza en Indonesia, sigue por toda la cordillera del Himalaya y llega hasta el Mediterráneo, toda la zona de Levante y parte de la costa atlántica de Europa ¿Por qué se producen precisamente aquí  el 90% de los terremotos? Porque es aquí donde, al colisionar las placas tectónicas, se acumula la mayor tensión, pues recordemos que una de las características que definen a los terremotos es la brusquedad de sus sacudidas, que es lo que sucede cuando esta tensión, largamente acumulada, se libera en pocos instantes.

   Aquí hemos de hacer un apunte: a la hora de definir una placa tectónica hablamos de una enorme porción de la corteza terrestre de miles de kilómetros de longitud y anchura y un espesor inferior a los 100 kilómetros en el mejor de los casos; evidentemente, no se hace distinción entre parte sumergida y parte emergida, porque todas son una, aunque hay placas con un mayor porcentaje de tierra sumergida que otras. Aclaramos este punto para que no se confunda «placa» simplemente con los continentes tal y como los conocemos, y también para que entendamos que los terremotos son fenómenos de enorme complejidad.

   El foco de origen de un seísmo, el llamado hipocentro, se encuentra siempre en profundidad; ésta puede ser de unos pocos kilómetros hasta varios centenares, y desde allí se transmite al punto final, o sea, al lugar de la superficie en donde se manifiestan los efectos más importantes y evidentes del fenómeno, que se llama epicentro; cuando éste se localiza bajo el agua, estamos hablando de un maremoto, como por ejemplo el que destruyó hasta sus cimientos la ciudad de Lisboa en 1755. La energía del terremoto se transmite a través de tres tipos de ondas: las más rápidas son las llamadas ondas P (Primarias), las cuales se desplazan longitudinalmente a una velocidad de 13 kilómetros por segundo, efectuando una acción de compresión-distensión en la corteza; son, sin embargo, las menos destructivas de todas. A continuación están las ondas S (Secundarias), que se desplazan en secuencias ondulatorias, también a gran profundidad, pero sólo a la mitad de velocidad, aunque ocasionando mayores destrozos. Finalmente se dan las ondas superficiales, que combinan el movimiento de desplazamientos verticales y horizontales de las anteriores, pero a nivel de la superficie; son, con diferencia, las más destructivas.

   Para hacernos una idea de la potencia destructiva de un seísmo, podemos afirmar que a través de él se libera una cantidad de energía que puede equivaler al de 100.000 bombas atómicas, y que además no es extraño que en zonas de costa se combinen terremotos con maremotos (Lisboa 1755 o Japón 1933), o que un seísmo tenga como efecto secundario una erupción volcánica; hay que tener en cuenta que el cinturón de fuego (el de mayor actividad volcánica del globo) coincide en gran medida con el cinturón sísmico del Pacífico.

   Recordemos que cuando definíamos el seísmo, hablábamos de que se producía a causa de un movimiento en profundidad en la corteza terrestre; ese movimiento puede tomar la forma de rotura, cuando una porción más o menos grande de una placa se desgaja o separa de ésta; también se manifiesta como hundimiento cuando una placa se hunde presionada por otra, fenómeno que se conoce como subducción, o también como una falla, que es cuando una placa colisiona frontal o lateralmente con otra. En estos tres casos se acumula una enorme cantidad de energía, en ocasiones durante períodos de varios siglos, que se liberan en un lapso de tiempo de pocos segundos o minutos. Esta liberación de energía puede causar efectos directos en un radio de varios cientos o incluso miles de kilómetros, lo que lo convierte en el fenómeno natural más devastador que se puede dar en este planeta.

   Desde que tuvo medios a su alcance, el hombre estudió la manera de poder prevenir en la medida de lo posible los efectos de los terremotos; si bien es imposible impedir que se produzcan, sí que es factible intentar averiguar con la máxima exactitud cuándo y dónde van a producirse. Fueron los antiguos chinos quienes inventaron el sismógrafo, pero aquel artefacto no salió jamás de China y no fue hasta el siglo XVIII cuando el físico italiano Luigi Palmieri aportó a la ciencia contemporánea el primer aparato para detectar terremotos. Ya por aquella época se especulaba con la idea de que en un futuro no demasiado lejano, el hombre pudiera tener algún control sobre ellos. Pero no fue hasta 1931 que el físico italiano Mercalli desarrolló una escala de daños aplicable a los terremotos, para de esta manera poder estudiar sus efectos; la escala de Mercalli, o MKS, se basa en el testimonio de testigos presenciales y en el estudio directo de los efectos en el lugar en donde se ha producido el seísmo. Esta escala está dividida en 12 niveles; como ejemplos, valgan los siguientes: personas dormidas que se despiertan por el temblor (nivel 5), grietas en las paredes y cristales rotos (nivel 7), raíles de ferrocarril levantados y torcidos (nivel 10). Esta escala, que sólo se aplica en zonas habitadas, mide la intensidad, utilizando números romanos. En 1935 Charles Francis Richter desarrolló la escala que lleva su nombre, capaz de medir la intensidad de forma logarítmica, utilizando 10 niveles, desde el 0 hasta el 9, siendo cada nivel diez veces superior al anterior. Según las mediciones efectuadas por los sismógrafos, fue el seísmo del Japón, en marzo de 1933, el de mayor intensidad registrado hasta ahora, con un grado de 8,9; pero al de Lisboa de 1755 se le atribuye -en teoría- una intensidad de 9. Fue, sin embargo el seísmo de China de enero de 1556, que ocasionó  830.000 muertos, el más terrible del que se tenga constancia en cuanto a sus consecuencias.

   Algo muy curioso es que los animales disponen de ciertos sistemas para detectar cuándo se va a producir un terremoto, pues los movimientos que se producen durante los días previos en el subsuelo, liberan gases que los animales huelen en seguida. Fue basándose en el comportamiento de los animales (que se ponen muy nerviosos), en estadísticas y en la ayuda de los sismógrafos, que los chinos pudieron prever un terremoto el 4 de febrero de 1975, evitando una gran tragedia al evacuar a toda la población de la zona afectada con anterioridad; sin embargo, años después, sufrieron el azote de otro terrible seísmo del que no se pudieron prevenir.

   Imprevisibles pero inexorables, los terremotos han azotado desde siempre este planeta, y así seguirá siendo mientras el planeta esté vivo. Se puede afirmar con bastante certeza al respecto, que donde ha habido un gran terremoto habrá un siguiente, aunque hayan de pasar años o siglos. Por desgracia, muchas de estas zonas de alto riesgo sísmico son lugares prósperos y con una alta densidad de población, además de una importancia económica de primer orden. El caso más conocido es el área de California, afectada de lleno por la famosa falla de San Andrés, de unos 1.300 kms de longitud; está situada en el punto de unión de las placas Norteamericana y Pacífica; la primera se desplaza hacia el Sureste, la segunda hacia el Noreste, siendo por tanto un foco de continuas tensiones geológicas; nadie sabe cuando será el gran terremoto, pero todos saben que, sin ningún género de dudas, será, y de gran intensidad. Este es el panorama que se presenta ante nosotros, y aunque con constancia -y humildad- logremos prevenirnos en cierta medida ante este tipo de fenómenos, cada cierto tiempo, de forma inevitable, los terremotos se encargarán de que no olvidemos el lado salvaje e indomable de nuestra querida madre Tierra.

Manuel Marques

 

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