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LA CIUDADELA MEDIEVAL DE CARCASONA

 

Por Alex Loro · Artículo publicado en el número 32 de la revista El Mundo de Sophia

  

      En la región francesa del Aude, a 160 Km. de la frontera española, se halla la gran fortaleza medieval de Carcasona. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997, es la mayor ciudad amurallada que se conserva en Europa. Por eso no es de extrañar que cuando se contemplan sus imponentes murallas, cuando se penetra en la ciudad por la «puerta Narbonesa» o cuando se visita la basílica gótica de San Nazario, se quede uno sobrecogido por su majestuosidad, sintiendo cómo el alma es transportada a un tiempo de leyenda donde brillantes caballeros occitanos se enfrentaban a las malvadas huestes del ejército cruzado para proteger su ciudad, sus creencias y su forma de vida. Pero, ¿cuándo fue erigida una ciudadela tan formidable como la «Cité»?

      Los primeros asentamientos se produjeron hacia el siglo VI a.C., como demuestran las excavaciones arqueológicas que han localizado restos de cabañas construidas por los íberos; pero fueron los romanos, tras conquistar la región de Narbona en el año 122 a.C., quienes construyeron las primeras murallas. La situación estratégica en que se ubica la ciudad la convirtió en un importante objetivo durante las distintas épocas de la historia. Como consecuencia, las fortificaciones sufrieron continuas ampliaciones y mejoras para adaptarse a la evolución de las técnicas de guerra.

      Tras los romanos llegaron los francos y más tarde los visigodos. A esta etapa pertenece una de las leyendas sobre el Grial, se supone que el sagrado objeto pudo formar parte del tesoro de Salomón que los romanos robaron de Jerusalén en el año 70 d.C. Posteriormente, el rey visigodo Alarico lo habría llevado consigo a Carcasona tras el saqueo de Roma en 410 d.C. Hay quien apunta que el tesoro, además de por grandes reliquias religiosas, estuvo formado por miles de monedas de oro y plata de varias épocas, que pudieron ser las que trasladaron los cátaros a lugar seguro un año antes del asedio al castillo de Montsegur. También se ha relacionado este tesoro con lo que pudo haber descubierto Bérenger Sauniére a finales del siglo XIX, pues este párroco de la cercana villa de Rennes-le-Château se hizo muy rico en extrañas circunstancias.

      En el año 725, los sarracenos tomaron Carcasona. De esta época ha llegado hasta nosotros un relato sobre el origen del nombre de la ciudad. Según se cuenta en algunas canciones compuestas por trovadores varios siglos después del acontecimiento, el emperador Carlomagno decidió reconquistar Carcasona para los cristianos asediándola hasta que los defensores capitularan por falta de provisiones. En el momento más crítico, tras cinco largos años de sitio, la mujer del rey sarraceno Balaack, la Dama Carcás, tuvo la brillante idea de arrojar desde una de las torres el último cerdo vivo que les quedaba, engordado además con los también últimos granos de trigo. Esta estratagema surtió el efecto deseado y Carlomagno, desanimado, abandonó el cerco. Mientras se retiraban, la Dama hizo sonar los clarines de la victoria y uno de sus comandantes le hizo al emperador la siguiente observación: «Carcás sona!» (Carcás suena).

      Después de la reconquista de los cristianos se inauguró la época feudal, durante la cual los nobles de Carcasona, la dinastía de los vizcondes de Trencavel, gozaron de una amplia autonomía, sucediéndose durante más de trescientos años hasta Raymond-Roger Trencavel. Fue en este momento histórico, alrededor de los siglos XII-XIII, cuando en la región del Languedoc, de la cual Carcasona fue una de sus capitales más importantes junto con Toulouse, se desarrolló la que conocemos como «herejía albigense». Sus seguidores eran llamados cátaros o «bons homes». Fundamentalmente maniqueístas, pensaban que el mundo se dividía en dos corrientes opuestas: la del bien y la del mal. No creían en la muerte de Jesús a manos de los romanos, por ello nunca usaron el símbolo de la cruz. Los sacerdotes cátaros eran los «perfectos» u «hombres puros». Con sus largos trajes negros recorrían los caminos ayudando a quien lo pidiera. Para ello llevaban siempre una copia del Evangelio de San Juan, el único auténtico en su concepción del cristianismo. Con esta filosofía de vida, su austeridad y el total desapego de las riquezas materiales del que hacían gala, se ganaron las simpatías de caballeros, nobleza y pueblo llano. Algunos de los señores feudales de la zona, como el conde de Foix y el vizconde de Béziers los apoyaron plenamente, y el mismo Raimond-Roger Trencavel fue uno de los personajes más importantes dentro del catarismo. En el mundo de opresión e injusticia de la baja Edad Media, su filosofía liberadora se extendió a casi toda Europa, con miles de adeptos en Francia, Alemania, Italia y España, lo que provocó la reacción de Roma. El Papa Inocencio III los declaró secta herética y en enero de 1208 comenzó la cruzada albigense contra los enclaves cátaros.

      En 1209, tras dos semanas de sitio, Carcasona fue vencida por las huestes de Simón de Montfort, comandante del ejército cruzado. Conquistó la plaza gracias al engaño, pues hizo capturar al vizconde Raimond-Roger cuando éste salió de la fortaleza con el fin de parlamentar; poco más tarde murió de disentería. Con esta «fácil» ocupación y la posterior derrota y muerte de Pedro el Católico, rey de Aragón, que acudió en defensa de sus vasallos occitanos, durante la batalla de Muret en 1213, Montfort convirtió la cruzada en su «negocio» personal, repartiéndose las tierras de los vencidos con el clero y los nobles franceses.

      Terminada la Edad Media, y como casi todos los monumentos de aquella época, la ciudad fue abandonada, sus piedras reutilizadas para otras construcciones y sus torres aprovechadas como garajes, cuadras o talleres. Afortunadamente, el historiador Jean-Pierre Cros-Meyrevieille y en especial el arquitecto Viollet Le Duc promovieron (a mediados del siglo XIX) la conservación y rehabilitación de la ciudad. En 1844 comenzaron las obras de restauración de la Iglesia de San Nazario, a la que siguieron en 1853 las de las fortificaciones.

      Actualmente, la Cité ha sobrevivido como centro turístico de la región del Aude, con sus estrechas callejuelas repletas de restaurantes y comercios. Sin embargo, una parte del antiguo espíritu occitano aún perdura.

 Alex Loro

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