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LOS ORÍGENES DE LA LEYENDA ARTÚRICA |
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Por Toni Martínez Jover · Artículo publicado en el número 31 de la revista El Mundo de Sophia
No, no hablamos de ningún «Arturo Tudor» con derecho a asumir la corona inglesa ni de ningún hermano o pariente de María I: hablamos del Arturo por antonomasia, del legendario rey Arturo Pendragón. Este hecho, que puede quizá parecernos inaudito, sucedió realmente… y tal suerte de anécdota histórica no es única. En el siglo XII la monarquía anglonormanda se esforzó repetidamente por legitimar su derecho al trono británico a través de la figura del mítico soberano; un ejemplo de ello lo tenemos en el manuscrito llamado Draco Normanicus (obra de Étienne de Rouen fechada en 1169), una ficticia misiva del rey Arturo desde Avalon dirigida a Enrique II Plantagenet, quien, a su vez, contestaba a la misma comprometiéndose a conservar Gran Bretaña como feudo artúrico a través de sus propios derechos a la corona. El rey Arturo, como podemos ver, no sólo llegó a gozar de una celebridad tal que en el siglo XII los reyes de Inglaterra legitimaban sus derechos en su nombre, sino que cuatro siglos después aún figuraba en documentos políticos: todo un mérito para un monarca muerto, en el mejor de los casos, pues ni siquiera sabemos si existió realmente alguna vez. La mayor de las victorias de Arturo contra sus enemigos, los invasores anglosajones, no tuvo lugar en ningún campo de batalla, sino en una paradoja histórica de profundo simbolismo: anglos y sajones se convertirían definitivamente en dueños y señores de Gran Bretaña, pero sus descendientes, los ingleses, acabarían abrazando la fe, una fe en sus orígenes exclusiva de galeses y bretones, en la figura del héroe que había luchado tenazmente contra sus antepasados. Así, el rey Arturo de la Britania céltica acabó convertido también en el rey de la Britania inglesa, soberano de leyenda cuyos derechos, como los de Dios, estaban por encima de los reyes mortales... A todo esto... ¿quién fue, a fin de cuentas, Arturo Pendragón? Aún hoy su mito continúa tan vivo como en la Edad Media: ¿quién no ha oído hablar, en nuestro joven siglo XXI, del rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda? Y aquí cabe preguntarse… ¿qué clase de hombre pudo originar una leyenda tan duradera? Tras siglos de discusión, la polémica sigue enconada todavía y dar con el Arturo histórico está suponiendo una tarea tan ardua que aún no ha dado frutos satisfactorios. Ante esta ausencia de resultados concluyentes es tentador resolver que el personaje jamás existió, y en cierta manera así lo parece: podemos decir que no lo hizo, o al menos, que no lo hizo tal y como fue concebido en la tradición novelesca. No es tan sencillo el caso como para darlo por zanjado con un categórico «no existió»: hay un rastro a seguir suficientemente seductor y prometedor, aunque hasta el momento haya resultado infructuoso. Más de ocho siglos, y no es hipérbole, llevamos intentando contestar a esta pregunta: las primeras controversias entre eruditos datan del siglo XII, el mismo en el que el champañés Chrétien de Troyes escribía los primeros romans artúricos en lengua francesa. Hacia 1130 el cronista inglés William de Malmesbury ya se lamentaba de las fábulas juglarescas que se escuchaban por doquier en torno a Arturo, y, a finales del mismo siglo, Gerald de Cambria arremetía contra Geoffrey de Monmouth acusando a los capítulos artúricos de su obra máxima, la Historia Regum Britanniae, de ser una fabulación. Así pues, resumir en un artículo todas las teorías, hipótesis y propuestas sobre el origen del mito artúrico es de entrada una labor casi imposible y complicada de afrontar bajo un punto de vista objetivo. En principio, nos encontramos ante un monarca que planta cara en Britania a los invasores anglosajones a principios del siglo VI; en torno a esta figura, la tradición oral ha ido elaborando todo un cuerpo de hazañas y personajes secundarios que darán forma a la mitología artúrica medieval. ¿Cuándo tenemos la primera noticia de su existencia? Por tradición, se suele mencionar la Historia Regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth, de hacia 1136, como el texto donde por vez primera se nos habla de Arturo como de un monarca. No es del todo cierto: la Vita Gildae de Caradoc de Llancarvan -de fecha incierta pero anterior a 1136, pues en ese mismo año está confirmada la muerte de su autor-, relata en uno de sus capítulos el secuestro de Guennuvar, esposa de un rey llamado Arthur, por parte de un tal Melvas. La historia de Caradoc de Llancarvan es perfectamente identificable con el episodio del rapto de Ginebra a manos del caballero Maheloas, de la que se hará eco a finales del mismo siglo Chrétien de Troyes. De ello se podría deducir que a principios del siglo XII ya había una tradición oral en torno a la figura de un rey mítico de nombre Arturo. Hacia esa dirección parece guiarnos también la obra de un religioso de la Picardía francesa, Hermann de Laon, escrita en torno a 1146: De Miraculis Sanctae Mariae Laudunensis. En uno de sus capítulos se relata el viaje de unos canónigos laoneses a Gran Bretaña 31 años antes, en 1113, y se describe cómo a los religiosos normandos les fueron mostrados en Devon el horno y el trono de «Arturius famosus secundum fabulas Britannorum Rex»: literalmente «Arturo, célebre rey de los Britanos según las leyendas». En el mismo año, según el propio Hermann de Laon, tuvo lugar en Cornualles una reyerta entre un bretón y un francés a razón de las burlas de este último contra la fe del primero en el retorno de un legendario rey Arturo, que debía devolver a los britanos a su pasada gloria; tal índole de disputas, según señala el religioso normando, eran comunes. Por lo tanto, sabemos que en 1113 nos encontramos no sólo con un mítico rey llamado Arturo que es protagonista de romances y baladas, sino también con lo que se ha convenido en denominar la «esperanza bretona», la fe de los arrinconados pueblos célticos de Gales, Cornualles y la Bretaña armoricana en el regreso de un monarca salvador. Otra posible evidencia de la difusión por dichas fechas del mito de Arturo como rey son los bajorrelieves de la Catedral de Módena, en la Emilia itálica. Allí se representa a «Artus de Bretania» en una escena típica de rapto y rescate de dama, en este caso de una mujer concreta llamada Winlongee y que es quizá la misma reina Ginebra. En la representación participan también otros personajes fácilmente identificables con los de la literatura artúrica: Carrado, Burmaltus, Marrok, Galvaginus, Galvarium, Che e Isdernus, que pueden ser Caradoc, Durmart, Mardoc, Galván, Galerón, Keu e Yder. Los relieves fueron realizados en algún momento entre 1099 y 1106 -se cree que por un escultor llamado Widifredo de Módena-, y han dado mucho que hablar acerca de la difusión continental de las leyendas británicas, controversia en la que entrar ahora nos llevaría demasiadas líneas y nos apartaría de nuestro objetivo: acercarnos lo más posible a la génesis de la leyenda de Arturo. Capítulo aparte merecen los textos medievales en lengua galesa que lo refieren como tal; no por la dificultad en la datación de sus manuscritos -todos ellos sin duda posteriores al siglo XII-, sino de los poemas y narraciones de transmisión oral que están registrados en ellos. Si controvertida es la polémica entre historiadores en torno a Arturo, más lo es entre lingüistas la antigüedad de las prosas y versos galeses del Medievo que nos hablan de él: las propuestas -ninguna de ellas en mejor posición todavía que las demás-, nos hablan tanto de posibles composiciones originales del siglo VI, como de elaboraciones tardías posteriores a la novelesca artúrica francesa e inglesa de los siglos XII y XIII, e influenciadas por éstas. Así pues, y con el ánimo de no ser tendencioso, me limito a mencionar que según la tradición galesa, a la que no todos ni tan siquiera muchos de los expertos toman en serio, la mayoría de dichas obras se deben al genio de un mítico bardo de finales del siglo VI llamado Llywarch... Y de paso vamos a relacionar los títulos más importantes: Culhwch ac Olwen, cuento o «mabinogi», cuya versión más antigua conservada pertenece al Libro Negro de Carmarthen, manuscrito de finales del siglo XII en el que aparecen como personajes secundarios un rey y una reina llamados Arthur y Gwenvyar. El Preiddeu Annwfn, o poema XXX del Libro de Taliesin, del siglo XIII, en el que un rey Arthur viaja con sus caballeros al Annwfn u «Otro Mundo» en busca de un caldero mágico. Y algunos de los Y Mabinogi del Libro Rojo de Hergest, de la misma centuria y temática diversa, con un monarca de nombre Arthur casi siempre como secundario. Todos ellos nos hablan de un rey Arturo que, por su contexto y los nombres de los personajes que le rodean, podríamos afirmar que es nuestro legendario monarca. Pero dejando de lado la literatura medieval en lengua galesa, lo cierto es que no existe un solo texto anterior al siglo XII en el que Arturo sea mencionado como rey. Las menciones artúricas, además, se hacen cada vez más escasas a medida que nos remontamos hacia el siglo VI, y más difícil resulta precisar que efectivamente hagan referencia al Arturo legendario. Él es sin duda el Arturo mencionado en los anónimos Annales Cambriae del siglo X (el caudillo militar vencedor en trece batallas contra los sajones) y el que en la Historia Brittonum del clérigo galés Nennius, del siglo IX, es mencionado como «dux bellorum» de los britanos. De esas doce o trece batallas de Arturo, la más importante es la de Badón o Monbadón, que es citada por Beda el Venerable en su Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum del siglo VIII, pero sin asociar a ella el nombre de ningún héroe britano. Dicho silencio, sin embargo, ha sido interpretado por algunos historiadores teniendo en cuenta que Beda era mercio, y por lo tanto, manifiestamente prosajón. Y así, siguiendo la pista de la batalla de Monbadón, llegamos al mismo siglo artúrico y a una importante obra en la búsqueda del Arturo original: De Excidio et Conquestu Britanniae, escrita por San Gildas entre los años 540 y 560. Gildas -o Gweltas según su nombre céltico- fue un religioso galés que acabó sus días refugiado en la Armórica. Había sufrido en su infancia la crueldad de las invasiones anglosajonas, lo que le haría contemporáneo del rey Arturo en caso de que éste hubiese existido. Sin embargo, en su obra, en la que sí se hace eco de la batalla de Monbadón, no es mencionado ningún personaje llamado Arturo: el caudillaje de los britanos en dicha victoria contra los sajones se atribuye a un tal Ambrosius Aurelianus, al que se define como un héroe de «modesta condición» y origen romano. Y es aquí donde cabe referir una de las teorías que más han dado de qué hablar en el siglo XX y el naciente XXI: la condición de Arturo como un posible héroe romano. Tal origen le atribuye Gildas a su «sustituto» en la batalla de Monbadón, y Nennius menciona a Arturo como «dux bellorum», título de resonancia imperial romana. A todo ello se ha añadido el hecho de que cierta inscripción de un fragmento de sarcófago hallado en Epetium -antigua población de la Dalmacia romana, en la actual Croacia-, ha resultado ser el epitafio de un personaje del siglo II llamado Lucius Artorius Castus. Éste es mencionado en la inscripción como «praefectus» de la Legión VI Victrix y «dux» de las legiones de Britania que sofocaron una rebelión en la Armórica. La mencionada teoría propone que Lucius Artorius Castus debió ejercer un importante papel en la contención de los pictos en la Muralla de Adriano, en las mismas latitudes donde el Arturo legendario hubo de defender Britania de los sajones siglos después: su nombre y sus victorias pudieron convertirse en leyenda, una leyenda que con el paso de los siglos se iría transmitiendo de forma oral y confundiéndose con la de otros personajes, entre ellos con el Ambrosius Aurelianus de Gildas. Para reforzarse, la propuesta hace hincapié en el parentesco etimológico de los nombres de Artorius y Arturo, y en que éste parece ser más un nombre de origen latino que de origen céltico. Sin embargo, tal premisa no es del todo sólida: el antropónimo Arthur podría derivar, a juicio de muchos lingüistas, del britónico Artgur, suficientemente atestiguado. La raíz céltica «artg-», «arth-», «ardh-», y otras variaciones similares, tiene significación de «oso», y no es muy diferente de la latina «urs-»: está constatada en la antroponimia, teonimia, toponimia y gentilicios de toda la Europa céltica desde antiguo, como el caso en la Galia de la diosa-oso «Arduinna», conocida por inscripciones de época galorromana y que se supone dio nombre a las Ardenas; o el del pueblo galaico de los «ártabros» en nuestra Península Ibérica. Por otro lado, a partir del siglo VI comienzan a aparecer en la epigrafía britónica inscripciones que atestiguan la creciente difusión de antropónimos como Artgur, Arzhur, Arthur y similares: ello parece responder más al deseo de honrar o evocar el nombre de algún héroe o caudillo de leyenda reciente que no el de un demasiado lejano prefecto romano del siglo II, del que además no disponemos de más referencias que una escueta inscripción procedente de Croacia. ¿Podríamos encontrarnos efectivamente ante un personaje llamado Arturo, héroe en la lucha contra los invasores anglosajones que consiguiera contenerlos de forma eventual y sembrar la esperanza en el corazón de los britanos? Perfectamente, y ello sería la solución al misterio de la leyenda artúrica… pero no disponemos de ninguna prueba. Que Gildas obviara su nombre en De Excidio et Conquestu Britanniae podría deberse a que el santo galés fue uno de los primeros en refugiarse en la Armórica. Su Ambrosius Aurelianus podría haber sido descendiente de algún miembro del funcionariado militar britanorromano que no se retirara de la isla con las tropas imperiales en el siglo V, y que en el cristiano nombre de Roma y su legendario Imperio intentara hacer validar los derechos de los suyos a acaudillar la resistencia contra los invasores paganos, en medio del caótico panorama que resultó la Britania del siglo VI, con celtas britónicos, celtas gaélicos, pictos, anglos y sajones, aliándose entre ellos y luchando unos contra otros. Ambrosius Aurelianus no tendría en común con un hipotético Arturo mucho más que una misma causa por la que luchar; cabe mencionar al respecto que -sea por confusión de fuentes o por la posible consulta de manuscritos hoy perdidos- William de Malmesbury menciona en su Gesta Regum Anglorum de hacia 1120, a Arturo como lugarteniente de Ambrosius Aurelianus en la batalla de Monbadón, dando muerte nada más y nada menos que a novecientos enemigos. Por otro lado, y esta vez en referencia a Nennius y su Historia Brittonum, la mención de Arturo como «dux bellorum» tampoco tiene por qué ser por fuerza indicativa de una filiación romana del personaje: su obra fue escrita en el siglo X y no en el II, en latín bajomedieval y no en latín clásico, por lo que puede tratarse simplemente de un eufemismo para significar «señor de la guerra», nombre que precisamente era el que se aplicaba a los distintos caudillos, jefes y reyezuelos de los reinos y principados que pulularon en la Britania del siglo VI. Pero todo en torno al rey Arturo son conjeturas, y salvo que el descubrimiento de algún manuscrito perdido, inscripción lapidaria u otro hallazgo, resulte lo suficientemente milagroso, lo seguirá siendo por mucho tiempo o quizá por siempre. Es emocionante, fascinante incluso, e instructiva, la búsqueda del Arturo histórico… Pero yo me quedo con otro Arturo: me quedo con el rey de una corte bajomedieval anacrónica y no con el «señor de la guerra» que hace honor a su nombre y a su tiempo; con el soberano de una Camelot utópica que quizá nunca existió y no con el de algún caótico principado del siglo VI que sí lo hizo; con el adalid de unos idealistas caballeros de la Tabla Redonda y no con el caudillo de una tropa de pragmáticos guerreros; con el monarca que recoge Excalibur de la mano de Viviana y no con el que empuña una espada mellada y sangrienta, con el hombre que atiende a los sabios consejos de un mago llamado Merlín y no con el que sólo escucha el sonido de su acero al atravesar la carne… Yo me quedo con el Arturo mítico y poético en el corazón: el histórico, si algún día aparece, lo guardaré en la biblioteca.
Toni Martínez |
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