¿Por qué estudio música?

   Toda persona que ha estudiado un instrumento recordará la circunstancia que le condujo a tomar la decisión: “Quiero tocar la flauta…” Si retrocedemos en el tiempo hasta ese instante no será difícil evocar la emoción que suponía llegar a interpretar música, o saborear el reto que suponía iniciarnos al mundo de los sonidos, con la incógnita de no saber muy bien cómo nos iría en esa nueva andadura. A ese impulso inicial siguió el estudio diario en la escuela de música, en el conservatorio, en el colegio o a través de un profesor particular… Poco a poco desvelamos las primeras nociones del lenguaje musical y las primeras partituras; luego llegaron los primeros logros y las primeras obras interpretadas por nosotros… ¡Ya éramos músicos!      

   Sin embargo, aunque muchos estudiantes van progresando y comprendiendo el instrumento de forma cada vez más compleja, hay otro gran sector que se rinde. Se sienten angustiados, incluso pueden llegar al trauma, y las estadísticas hablan claro respecto a esta cuestión: el porcentaje de personas que se desapunta de las clases de música es exagerado, me atrevería a afirmar que alarmante.

   En cuanto a los que llegan a terminar la carrera, hay una cifra considerable que después de recoger el título que les acredita como «pianistas» condenan el piano a un eterno silencio… ¿Tantos años desarrollando la disciplina y la constancia tenían como objetivo un trozo de papel?, ¿no resulta una incongruencia?

   Cuando alguien pregunta: «¿Por qué tocas el cello?», la respuesta suele ser muy artística: «Porque me gusta la música, soy muy sensible, me llena de satisfacción»… Pero la realidad revela otra cosa y el día que se recibe el diploma se clausura esta etapa con una extraña mezcla de sinsabores, sufrimientos y alguna que otra sensación de haber terminado de cumplir una condena… ¿Dónde está el problema?

   En primer lugar descartaría que esté en la propia música; de hecho, el placer de escucharla o interpretarla jamás ha sido cuestionado. Tampoco considero que la totalidad de los alumnos que fracasaron careciesen de aptitudes para tocar un instrumento -por supuesto siempre habrá una pequeña minoría pero es insignificante en cuanto a la proporción de los que sí pueden hacerlo-. Yo centraría la cuestión en la enseñanza musical y en su metodología.

   El modelo que hemos heredado del siglo XIX relaciona la formación con resultados concretos, con un número de piezas aprendidas, con exámenes superados… En fin, con niveles. De este modo se conduce al estudiante por unos carriles estrechos de los que es prácticamente imposible salirse. Esta vía lleva incorporada la disciplina, la voluntad, la sensación de que vamos avanzando con “corrección” por el camino marcado, pero ¿a qué precio? Quiero matizar que hay personas a las que este sistema les va muy bien y eso es genial, aunque restringe la experiencia a una tipología determinada. La alternativa estaría en abrir canales de experimentación para otros caracteres que no pretenden llegar a ser profesionales.

   Cuando se invita a un alumno a que improvise, no pocas veces la respuesta suele ser: «No sé, nunca lo he hecho, sólo sé tocar con partitura y sólo toco las piezas de mi programa».Sin embargo, «hacer música» abarca un mundo muy amplio, con numerosas posibilidades y matices. Por ejemplo, no se trata sólo de leer partituras clásicas, también hay buena música contemporánea. Asimismo, la improvisación tiene su propia importancia, al igual que la capacidad de crear acompañamientos a melodías existentes… Hay que experimentar con la imaginación, sin duda partiendo de una base técnica que nos permita crear algo estético y entendiendo la música como una expresión de nuestras emociones y estados de ánimo. Estos últimos surgen de la melodía de la vida, cuando a los acordes que provocan tensión le suceden los acordes de relajación, generando el movimiento en un eterno diálogo -llamado yin y yang por los orientales-. Como resultado de esa interacción vital, el sonido nos envuelve y afecta a nuestro cuerpo físico, a nuestra energía y a nuestra psique. La ciencia moderna ha demostrado sobradamente la influencia de la música en todos los planos que constituyen el ser humano; de ahí el desarrollo progresivo de la musicoterapia, y en general, el nuevo enfoque de la vivencia musical.

  Por desgracia, la enseñanza suele experimentar cierta inercia respecto a la incorporación de nuevas metodologías y se produce un desfase que cuesta compensar. Quizás ha llegado el momento de unir las dos vías: el estudio oficial clásico y la alternativa de los que han creado su propio sistema de tocar de oído, improvisar y desarrollar la intuición. Estos últimos, por lo general, carecen de una técnica sólida, y por consiguiente, más tarde o más temprano, encontrarán un techo que limite sus facultades. Pese a todo, sus aportes reducirían el éxodo masivo en los estudios musicales dando posibilidades según las necesidades de cada cual y formando músicos más completos que no estén relegados a su instrumento como si fueran burbujas aisladas entre sí.

   Afortunadamente, la sociedad está cada vez más concienciada de la influencia de la música en nuestra vida. Parece que ha quedado demostrado que tal influjo comienza en el vientre materno. Luego, en los primeros años, hay que fomentar la imaginación y la improvisación con canciones y sonidos, pues en verdad se trata de experimentar con un lenguaje. Cuando el niño desarrolle la capacidad de alfabetización ya conocerá el sistema musical; incluso puede que quiera tocar un instrumento, pero esto no es lo prioritario. Y si decide hacerlo no debe sentir que se le cortan las alas de la creatividad; al contrario, necesita percibir la posibilidad de volar alto, pues hasta ahora ni la sensación de ridículo ni la timidez han sido ataduras para él -basta observar a los bebés bailando e inventando canciones cuando aprenden a hablar o tarareando melodías interminables-.

   Sería un gran paso adelante concebir la enseñanza musical como la unión del corazón y la mente, del conocimiento y la práctica, del repertorio de los grandes maestros y el dominio del instrumento que hemos elegido para expresar lo que somos. En la actualidad disponemos de asignaturas y sistemas como para que así sea. No obstante, la formación musical continúa valorando la búsqueda de una meta, como si sólo pudiéramos triunfar como intérpretes si conseguimos finalizar el programa.

   Así, el camino se convierte a menudo en un esfuerzo por conquistar lo que todavía no nos sale y acarrea una sensación de frustración que desmoraliza y desmotiva. Y es que la meta se encuentra en el propio camino, no en superar un examen, que en todo caso sería una valoración de nuestro trabajo, una parada para afianzar el rumbo. En verdad la vida se mide por nuestra actitud en el día a día, no en momentos concretos e intermitentes. Quién no disfrute con el hecho de practicar a menudo, con mejores o peores resultados, tiene los días contados como músico. Pronto renunciará y dirá lo que en cierta ocasión me aseveró un alumno: «Es que estudiar diez horas para aprender una pieza de un minuto a mí no me compensa». Es fácil suponer que al cabo de unas semanas dejó sus estudios. No tuve tiempo suficiente para reeducarle el concepto que le habían inculcado.

   La música es una vía de expresión del ser humano, al igual que el lenguaje. Si todos nos comunicamos hablando y no sólo los grandes oradores, rapsodas o literatos, en la música tiene que haber espacio también para los grandes intérpretes, y para los que no tienen aspiraciones profesionales; estos lo que quieren es tener una vida más plena y sentir la satisfacción de adentrarse en el arte sutil y sugerente del sonido. Creo que el futuro musical está orientándose hacia ello, es cuestión de tiempo y de una mentalidad abierta por parte de todos los docentes. Tal vez no haya que esperar demasiado a la vista de los primeros resultados. Así lo espero.

 

Catalina Simonet