Claves para el desarrollo interior

Nuestra moderna sociedad, durante los últimos siglos, ha emprendido una carrera vertiginosa hacia el desarrollo exterior. Y desde cierto punto de vista nos ha ido bien: hemos potenciado una gran tecnología aplicada a la construcción, la industria, la energía, las comunicaciones, la investigación… en aras del ideal de confort. Nuestros ingenios son capaces de volar por el espacio, viajar bajo tierra y navegar por el mar. Nos comunican más allá de la distancia, nos permiten ver las lejanas estrellas y las partículas subatómicas y nos ayudan a realizar trabajos profesionales y tareas domésticas… La tecnología nos ha capacitado para hacer más y más rápido. Sin embargo, a veces, viendo este mundo y la forma de vida que hemos adoptado, siento que viajamos en un tren que va a toda marcha, y que alguien mantiene el acelerador pisado a fondo para que vaya cada vez más rápido, mientras las personas que nos encontramos en su interior nos preguntamos: ¿a dónde va? ¿Por qué va tan rápido?

            Como civilización, hemos dirigido la inteligencia, el esfuerzo y los recursos hacia la vida exterior, hacia los objetos, y hemos descuidado la vida interior, el ser humano. Cuando le dedicamos mucha energía y tiempo a un solo aspecto, es inevitable que descuidemos otros. A todos nos pasa: si nos excedemos en horas de trabajo, descuidamos a los seres queridos y el descanso; si nos excedemos en responsabilidad y seriedad, descuidamos el aspecto lúdico, la alegría, la ternura, el cariño, etc.

            Que esto nos pase a nivel individual, en cierta manera es normal. Lo increíble es que le ha pasado a una civilización entera, la occidental, que como colectividad se embarcó en una carrera vertiginosa hacia la conquista de su entorno, desarrollando y valorando la cantidad, el resultado, la forma, la imagen y los objetos, en detrimento de la profundidad, la esencia, el contenido y la calidad humana. El resultado lo podríamos resumir, diciendo que nos interesa más aparentar que ser.

            Continuamente somos bombardeados desde el cine, la radio, la televisión, Internet, con la idea de que para ser alguien distinguido tienes que llevar determinado reloj, ese perfume, esa ropa, ese bolso, ese lápiz de labios, ese coche, ese móvil, ese tatuaje, etc. Una larga lista de cosas que nos prometen ser diferentes, felices y especiales. Buscamos parecernos a los modernos héroes televisivos de los nuevos mitos del famoseo; héroes que brillan por unos días, para admiración de las masas, en el Olimpo de las portadas de las revistas de moda y los programas de cotilleo, y al siguiente día son hundidos en los infiernos de las secciones de sucesos y en los titulares de los noticieros, al descubrirse que en realidad son corruptos, maltratadotes, borrachos, estafadores o drogadictos.

            Como decía el Principito: “lo esencial es invisible a los ojos”, y resulta inevitable preguntarse: ¿qué ha pasado con nuestro mundo interior, ese mundo invisible y esencial? ¿Cómo hemos podido olvidarlo por el camino? Sin lugar a dudas la civilización occidental ha logrado un mayor esplendor en el desarrollo exterior. Los hombres y mujeres más inteligentes de nuestro planeta, se han dedicado durante décadas a diseñar aviones, electrodomésticos, armas, herramientas, cohetes, ordenadores, móviles, sistemas financieros, sistemas de producción, etc., pero ¿dónde encontrar ahora la parte que no hemos cultivado?

            Hubo otras civilizaciones como India, Tíbet, Egipto, Grecia, China, Japón, etc. Cuyos sabios dedicaron su tiempo y energía, durante milenios, a conocer bien las leyes y principios que rigen nuestro mundo psicológico y espiritual, para descubrir métodos, claves y herramientas con las que desarrollar la voluntad, la concentración, la meditación, la serenidad, el discernimiento, la templanza, la intuición, la empatía, la contemplación, etc. Fueron desarrollando efectivos sistemas y doctrinas que se enseñaban en templo y escuelas de Sabiduría, y eran capaces de provocar en sus estudiantes una verdadera transmutación, una profunda alquimia mental, emocional y espiritual. Una vez acabada la rigurosa y selecta formación interior en estos centros superiores de enseñanza, sus frutos eran revertidos sobre todos los aspectos de la sociedad: en el arte, la política, la educación, los valores, la mística, etc.

            Estas milenarias tradiciones consideraron que debe existir un equilibrio entre lo interno y lo externo, por su natural interdependencia. Para ellos el universo es dual, la polaridad existe por doquier (luz-oscuridad, día-noche, vida-muerte, interior-exterior). Bajo un enfoque excesivamente racionalista (como el actual) sólo los percibimos divididos y enfrentados; esto nos impide verlos, desde un enfoque holístico, en mutua colaboración y complementación. Los taoístas supieron expresar muy bien esta idea en un solo símbolo: el yin y el yang, que representa los dos polos, estados o expresiones de la energía una. A veces la energía permanece en estado latente (semilla) y a veces se expresa (árbol); a veces se oculta, se vuelve invisible, como ocurre con la naturaleza en otoño y en invierno, cuando se aletarga; y a veces se manifiesta, como en la primavera y el verano, cuando despierta, sale a la luz, crece y florece.

            El universo es un todo orgánico donde cada una de sus partes, de manera solidaria, ocupa un lugar en beneficio de la totalidad. Por este motivo, para la sabiduría antigua estaba claro que desarrollando la fuerza, la concentración y el equilibrio interior, automáticamente se creaba un poderosísimo efecto sobre la capacidad de perfeccionar la acción externa. Y viceversa, en el transcurso de la correcta acción en lo externo, adquirimos un valioso conocimiento sobre nosotros mismos que revertirá de manera positiva en nuestro interior.

 Antonio Marí