El espíritu del Romanticismo

Hoy quiero traer al presente una época con la que siempre me he sentido identificada: el Romanticismo; un momento histórico fascinante y que tiene grandes similitudes con nuestra época actual. Nació en Alemania a finales del siglo XVIII y su albor iluminó las luces y las sombras del agitado siglo XIX. Surge del movimiento llamado Sturm und Drang, que significa «Tempestad e ímpetu». Si analizamos el pensamiento que imperaba en esta época, veremos que eran las ideas del Siglo de las Luces, bajo el dominio de la razón y con una ciencia positivista que se había erigido como  nueva deidad;  mientras que en el arte, un frío y medido estilo neoclásico reinaba en los salones. Surge entonces el Romanticismo como revulsivo que inclina el péndulo de la historia hacia el otro extremo.

A nivel filosófico, el hombre se encuentra solo, huérfano de Dios, desprovisto de trascendencia, separado de la naturaleza y asistido solo por la fría razón. El impulso dionisíaco del romanticismo opone a ello la fuerza de los sentimientos, de la intuición, del entusiasmo desbordante y de la imaginación creadora.

Es una época convulsa de cambios y revoluciones sociales y políticas que no acaban de concretarse y, en medio de este torbellino de acontecimientos, el Romanticismo nace con un espíritu de universalidad, revolucionando no solo las artes como la pintura, la música y la literatura; sino también la religión, la filosofía y hasta la política.

¿Cuáles fueron las características que identificaron este espíritu? El romántico siente que posee todo un mundo de sentimientos e intuiciones que bullen en su interior, y un alma que necesita expresarse. De ahí surge un sentido de individualidad que les hace buscar la originalidad, huir de lo vulgar y prosaico, y sumergirse en las profundidades de su psique en busca de nuevos caminos.

A la imaginación la consideraban como algo subjetivo que se movía en la esfera del ensueño, siendo  la creatividad ese don que les daba la libertad para escapar del mundo real, de modo que los sueños inspiraron mucho la creación literaria romántica. Los románticos ya no describen el mundo, sino que crean un nuevo mundo que consideran más real y auténtico. Novalis afirmaba: «Se erige en demiurgo de un mundo fantástico, pura creación de la magia poética. El poeta es el vidente que conoce el sentido oculto de las cosas y de los seres, que desposa el misterio, penetra en el absoluto y reinventa la realidad».

Víctor Hugo

Víctor Hugo

Tienen grandes ansias de conocer, lo que les hace buscar comprender el misterio del universo que les rodea. Esa búsqueda de la verdad se traduce en autenticidad, en ser uno mismo, consecuente con sus ideales hasta las últimas consecuencias, llegando a arriesgar sus vidas innecesariamente: retóricamente, batiéndose en duelo o luchando en guerras ajenas que creen justas, como hizo Lord Byron. Víctor Hugo decía «No es la necesidad de innovar lo que atormenta los espíritus, sino la necesidad de verdad, y ésta es inmensa».

Por eso surge aquí el género fantástico. No olvidemos que es en el siglo XIX  cuando comienza el ocultismo, las sesiones de espiritismo, hipnosis y magnetismo. De aquí emergen los cuentos de Poe y Hoffman, o la novela de Mary Shelley, «Frankenstein o el nuevo Prometeo».

Una de sus fuentes de inspiración fue la historia, sobre todo la Edad Media, ya que consideraban que en ella se fraguaron los más altos valores humanos, como el código caballeresco. Rescataron así la tradición del amor cortés y la poesía trovadoresca. De aquí surge también su arquetipo del amor, un amor puro, apasionado, que no conoce límites; el culto a su amada como símbolo de la conquista de su propia alma y del amor como un camino de perfeccionamiento interior y de inspiración artística.

Los románticos suspiraban también por una Edad de Oro que identificaban con la época clásica y el esplendor de Grecia. Un tiempo en que la esfera de lo divino y de lo humano convivía en armonía; veían a la naturaleza como un reflejo de esa divinidad, de la inocencia perdida, por lo que la utilizaban como símbolo en sus escritos.

Su rebeldía, ir contra las normas del sistema establecido, les hizo adquirir un cariz de marginalidad. Pero entre ellos había verdaderos hombres cultos, aristócratas, empresarios, profesores que trabajan en universidades, periodistas que ayudaron a expandir las nuevas ideas e idealistas que pensaban que, a través del arte y de su pluma, podían reescribir las páginas de su propia historia. Víctor Hugo escribió: «Su amor por la libertad les hizo hacerse eco de las ideas innovadoras que se iban asomando tímidamente al balcón de la historia, abanderando las posiciones liberales y utilizando su pluma como arma de combate».

El espíritu de aventura está presente en estos jóvenes románticos. Su sed de heroísmo les lleva a adentrarse en peligrosas doctrinas políticas, a enamorarse siempre de quien no deben, a renunciar a fortunas y privilegios… De ahí la necesidad de viajar a lugares lejanos y de buscar hazañas adentrándose en lo desconocido.

Del desbordante optimismo de los primeros románticos se pasó al desengaño cuando vieron las dificultades para alcanzar sus ideales. De ahí surge el llamado Mal del siglo, del regocijarse en el pesimismo, la melancolía y la desidia. La sobreabundancia de energía y sentimientos que tenían no encontraron un cauce para manifestarse en toda su plenitud, que unido a su excesivo ilusionismo, acabaron por devastar la sensibilidad de los románticos. Hay también una fascinación por la muerte a la que parecen desafiar, temer y desear a la vez. Morir es como dormir y no despertar, o despertar a una revelación y a la respuesta a todas sus preguntas.

Después de adentrarnos en el espíritu del Romanticismo, no puedo evitar pensar sus similitudes con nuestro siglo XXI, lleno también de inconformismos y descontentos, de luchas sin sentido, de movimientos anti sistema, de una necesidad de humanizar el mundo que nos rodea, de restablecer nuestro vínculo con la naturaleza y nuestra propia esencia. Si como decía Rubén Darío, todos somos un poco románticos, ¿no deberíamos recoger lo mejor de ese espíritu para inspirarnos en nuestro propio tiempo?.

Pepa Vélez