Mosaicos, el arte de lo pequeño en lo grande

   Son muchas y grandes las obras que han quedado de la antigüedad, y en todas ellas admiramos la perfección con que trabajaban aquellos hombres y mujeres, que si bien no debían ser muy distintos de nosotros, algo diferían en el planteamiento y ejecución de su trabajo. El tiempo empleado, el esfuerzo invertido, el uso de los mejores materiales y un gusto exquisito, son cosas que les caracterizaba y que en algunas ocasiones han despertado una enorme admiración hacia aquellas manos creadoras y pacientes. En particular, la meticulosidad del trabajo del mosaico hace de él un arte en donde se refleja perfectamente este espíritu. 

   Hablamos de un arte eminentemente decorativo que se realiza mediante la composición de múltiples piezas individuales de piedra, vidrio u otros materiales duros para formar un conjunto armónico con identidad propia. Cada unidad se conoce con el nombre de tesela, que significa «cuatro ángulos» o «pequeño cubo». La palabra mosaico no designaba en sus comienzos más que la decoración mural formada por cubos de esmalte, trabajo de origen oriental que desde el reinado de Constantino adquirió en Roma gran importancia y pasó a designar a toda obra de mosaico en general. Si en un comienzo las escenas figuradas de Sumeria estaban cortadas en piedra y en Grecia los mosaicos de pavimento con guijarros, con los romanos se alcanza el esplendor por el uso de teselas de mármol. Los mosaicos en mármol, cerámica o piedras de colores eran empleados principalmente en los pavimentos, mientras que los de esmaltes son de gran valor y mérito artístico e importantes por su suntuosidad, empleándose para enriquecer bóvedas y paredes de los más nobles edificios.

   Según la Musivaria, o ciencia que estudia los mosaicos, su origen es oriental. Los egipcios  no produjeron grandes composiciones. Hay un buen ejemplo en el templo construido por Ramsés III en el delta del Nilo, cuyas columnas y muros están revestidos de piezas de cerámica de diversos colores incrustadas en una capa de cemento. No podemos olvidar los adornos en sarcófagos con piedras de vidrio, cornalina y lapislázuli. De la región del Éufrates y el Tigris nos ha llegado de época sumeria el Estandarte real de Ur, trabajado por ambas caras; en una de ellas se narran gestas de guerra y en la otra escenas de la vida doméstica de un rey sumerio. También en Ur se encontraron, en el ajuar de la reina Subad, arpas, cofres y tableros de juego con mosaicos de madreperla y lapislázuli.

   En el período helenístico, los mosaicos se hacen con piedras talladas y Eumenes II (197-159 a.C.), rey de Pérgamo, hace decorar salas de su palacio por dos grandes artistas: Hefestión y Soso de Pérgamo. Este último preparó un «emblema» en el que estaban representadas unas palomas bebiendo en una vasija, con una ejecución muy realista. En Olinto (Calcídica) hay pavimentos de guijarros insertados en un mortero de cemento. Con estos cantos rodados hacían figuras y dibujos de color blanco insertados en un fondo negro; el motivo principal de la composición se rodeaba por una cenefa. En Eretria, en la isla de Eubea, hay mosaicos de piedras en los que los temas preferentes son mitológicos, con escenas dionisíacas, grifos y quimeras, entre otros, motivos que se repiten en Olimpia. En la isla de Delos, en el siglo II a.C., se encuentran mosaicos de pavimentos con teselas de gran variedad cromática, producida con piedras de colores y teselas con vidriados rojos y verdes, mientras que los mosaicos de guijarros son poco frecuentes.

   Con los Ptolomeos, parte de Alejandría la nueva moda hacia Oriente, penetrando en Roma, que a su vez la propagó dentro de su Imperio. De aquí surgieron dos escuelas artísticas: la Escuela Oriental Helenística y la Escuela de los Mosaístas Romanos. De la primera no quedan muchos ejemplares ya que se hacían sobre muros, mientras que los pavimentos romanos quedaron protegidos por los escombros de los primeros derrumbamientos. Es precisamente en la época romana donde el arte del mosaico adquiere su mayor expresión. En Roma encontramos mosaicos por doquier, en blanco y negro y también en colores muy variados; se emplean múltiples decoraciones y representan diferentes escenas. El material es troceado por el tesellarius, operario encargado de la preparación de las teselas. La elaboración del mosaico consiste en combinar, sobre una superficie sólida, pequeñas teselas, afianzándose en una capa de cemento, yeso o argamasa. El corte y la colocación de cada una de las teselas, marcan el ritmo y el movimiento del mosaico y la situación de cada pieza determina la posición de la siguiente, constituyendo, poco a poco, un todo armónico. De ello derivan diversas técnicas para colocar las teselas. Dichas técnicas reciben el nombre de Opus y hay diversos tipos:

1) Opus Tessellatum. Formados por cubos de piedras (tessellae) o mármoles de colores; las teselas cuadradas están dispuestas en líneas verticales y horizontales dando lugar a un diseño en forma de reja. Es una técnica muy efectiva para rellenar fondos. Podía ser ejecutada por cualquier obrero.

2) Opus Regulatum. Técnica creada por los romanos en la que las teselas son todas del mismo tamaño y se alinean horizontalmente, pero no verticalmente, produciendo un efecto parecido al de un muro de ladrillos.

3) Opus Vermiculatum. Vermis significa «gusano», por lo tanto, las teselas perfilan el diseño principal, siguiendo cuidadosamente los contornos de la forma y realizándolos con las teselas dispuestas en forma de gusano. Esta técnica crea un efecto de halo alrededor de la imagen principal. Parece que sirvió de punto de partida a la verdadera decoración del mosaico. La colocación en espiral permitía la interpretación de toda clase de curvas y el empleo de fragmentos de tamaño variable.

4) Opus Musivum. Esta técnica es la continuación del Opus Vermiculatum y presenta las teselas hacia fuera, siguiendo los contornos y ocupando el fondo. Esta composición aporta una gran sensación de movimiento, ritmo y vida al mosaico.

5) Opus Sectile. No se empleaban teselas, sino lastras de piedra, generalmente mármol, de diferentes tamaños y de formas irregulares; con estas crustae, perfectamente cortadas, se formaban pavimentos de una gran perfección y riqueza cromática. Tiene una variedad, opus Alexandricum, por ser el más empleado en Alejandría, de donde aprendieron los romanos.

   El motivo principal del mosaico romano es el «emblema» que está realizado en opus vermiculatum, mientras que el fondo lo está en opus tessellatum. Este emblema está realizado sobre una base o placa de mármol, realizada en el taller del mosaiquista, llamado officina, mientras que el fondo del pavimento se compone en el mismo lugar donde está ubicado. Los colores del tessellatum son blanco y negro, y el tamaño de las teselas es mayor porque los motivos son geométricos; mientras que en el vermiculatum son muy pequeñas -a veces diminutas- para adaptarse con toda precisión al contorno del dibujo.

   En todas las ciudades romanas abundan los edificios con mosaicos, pero es en Pompeya donde se han encontrado obras de gran valor artístico. Los mosaicos romanos -y especialmente los pavimentos- formaban combinaciones geométricas y grecas acompañadas de figuras de animales, paisajes, y, otras veces, formando escenas mitológicas o históricas, sin gran variedad de colores. Destaca el mosaico que representa la Batalla de Iso, que adornaba la exedra (una especie de sala de conversación con asientos) de la casa del Fauno. La belleza de la composición es digna de los mejores cuadros de historia y es la obra más importante de la musivaria romana, como valor artístico.

   La iglesia cristiana se convirtió en un importante mecenas del mosaico, el cual pasa de pavimental a mural; la iconografía cristiana aparece a mediados del siglo IV en Santa María la Mayor, así como en la iglesia de Santa Prudencia en Roma. El mausoleo de Gala Plácida en Rávena es una iglesia con forma de cruz profusamente decorada, y en el centro de la bóveda presenta una cruz con un fondo azul intenso y estrellas brillantes. La basílica de San Apollinare Nuovo, mandada construir por el rey godo Teodorico junto a su palacio, hacia el año 500. Aunque el ábside está derruido, las partes superiores de los muros están completamente cubiertos de mosaicos, que recogen veintiseis escenas de la vida de Cristo.

   Sin embargo, pronto se nota la decadencia artística de la musivaria, debido a los desórdenes de guerras e invasiones. Es un arte que requiere mucho tiempo y trabajo cuidadoso, pero el artesano del mosaico no goza ya de iniciativa y es mal pagado; la pobreza de recursos decorativos hace que se empleen materiales frágiles, con lo que los cubos son grandes y de poco colorido. Se pierde la armonía de la composición y en algunas representaciones parece desconocerse la perspectiva y la anatomía humana.

   En el arte bizantino, los mosaicos justinianeos más importantes son los de las iglesias de Rávena. En San Vital representan al emperador Justiniano y Teodora con sus séquitos. Durante los más de mil años que duró el imperio bizantino (siglo V-XV), los mosaicos se convirtieron en una manifestación artística muy especializada. El arte del mosaico bizantino introduce nuevas técnicas: como estaban hechos para ser contemplados a distancia, son de factura más austera y con figuras más estilizadas que los mosaicos clásicos. Se hicieron también mosaicos portátiles, a modo de cuadros, que eran sobre todo iconos; utilizan teselas de pasta vítrea y la superficie en vez de lisa y pulida, será rugosa e incluso irregular. Otra nueva técnica puesta en vigor son las teselas cubiertas de plata que se entremezclan con las de oro, produciendo efectos de luz espectaculares: los esmaltes de oro servían para representar la luz que salía de las figuras sagradas. Sobre todo se cuida la colocación de las teselas en diferentes ángulos de inclinación, provocando que la luz se refleje hacia el espectador. Todo ello hace que la composición adquiera un aspecto de realismo sorprendente. Las obras más importantes se encuentran en la basílica de Santa Sofía en Estambul (siglo IX y XII), como el mosaico del «Cristo entronizado» que representa al emperador Constantino IX (1042-1055) y a su esposa Zoe. El estilo y las técnicas del mosaico bizantino pasaron de Constantinopla a Venecia en el siglo XI, cuando comenzó la decoración musivaria de la basílica de San Marcos, y en Venecia fue donde se logró por primera vez la conversión directa de un fresco en mosaico.

   El arte islámico. El comercio entre Oriente y Occidente de tejidos se convirtió después en inspiración para los mosaiquistas, además de los libros sagrados y las escenas del Corán que son motivo de decoración arquitectónica. En este período se produce un renacimiento del arte musivario y de nuevo tiene lugar su expansión en dos direcciones: Oriente y Occidente. En Oriente, los mosaicos recubren muros y techos de muchos edificios omeyas, pero estos mosaicos son obra de artistas bizantinos enviados por el emperador de Constantinopla para decorar las mezquitas de La Meca, Medina y Damasco. La Gran Mezquita de Damasco es uno de los monumentos más bellos por la riqueza de la decoración musivaria con teselas de oro. La Mezquita de Córdoba, otrora capital de la España musulmana, está profusamente decorada con mosaicos de vidrio dorado y mármol tallado.

   Desde el siglo XIV el mosaico queda subordinado a la pintura, perdiendo su autonomía artística. En el siglo XV, en la Florencia de los Médicis, el mosaico retoma fuerza y Doménico Ghirlandaio realiza La Anunciación para la catedral florentina. Por otro lado, en Venecia se formará una nueva escuela de mosaicos. En el siglo XVII Roma volverá a tomar la hegemonía como centro productor de mosaicos y en la formación de especialistas, impulso debido principalmente a la necesidad que planteó la decoración en mosaico de la basílica de San Pedro. Un siglo más tarde se plantea la ventaja del mosaico respecto de la pintura, por su durabilidad y la vivacidad de sus colores, que no varían con el paso del tiempo. Se prefieren los mosaicos de gran formato hechos con pasta vítrea y que reproducen grandes obras pictóricas, trabajados de tal manera que sólo acercándose lo suficiente se aprecia que se trata de un mosaico. Como podemos imaginar, la complejidad de estos mosaicos en miniatura era muy elevada; basta con pensar que las teselas eran de 1 mm de lado, así que este tipo de mosaicos también fue utilizado para la decoración de mobiliario.

   A comienzos del siglo XIX, en Francia y en plena época neoclásica, se inauguró una escuela imperial de mosaicos, cuyo trabajo principal era la imitación y restauración de modelos antiguos. En el último cuarto de este siglo, en España, el mosaico recibe un gran impulso con el genial arquitecto Antoni Gaudí, con su particular estilo: mosaicos que se adaptan en forma de escamas a la superficie de los edificios y utilización de trencadís o trozos de cerámica y vidrio. Otros mosaicos, como los que recubren las paredes del Sacre-Coeur, en París (1912-1922), y los de la fachada del palacio Barbarigo, en el gran canal de Venecia, son ejemplos del renacer del mosaico.

   La contemplación de un mosaico no deja indiferente a nadie. En un mundo en el que necesitamos ver pronto los frutos de nuestro trabajo, sólo alguien realmente enamorado del arte se va a comprometer en una tarea lenta y hermosa al mismo tiempo. Hoy todavía podemos contemplar un verdadero taller de mosaiquistas en pleno centro de Roma a la vista de los turistas; aunque se puedan haber introducido máquinas que ayudan en su elaboración, el modo de hacerlo no ha cambiado considerablemente: la implicación por entero del artista para crear algo que perdurará durante mucho tiempo.

Elvira Rey