Walt Whitman

 (Nueva York 1819-1892)

«El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante. Lo que no significa alocadamente, sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental: el Amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida…»

En todos resuenan estas palabras claras, libres, con alas que imprimen motor a nuestro ánimo. Puede ser ésta la fibra que conecta la poesía con su autor, y es que como dijo Whitman, el poeta no debe contentarse con escribir unos versos bien forjados, ha de ser un profeta, un visionario, un bardo, un maestro y un moralista en cuanto que es portavoz del futuro y de la democracia. Es también un jefe espiritual, porque la edad de la religión ya ha pasado y el poeta debe asumir la labor del sacerdote. Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre para escribir sobre el singular carácter de su nación a la que tanto amaba, creando una nueva mitología e ideales para el joven espíritu nacional. Por todo ello se le puede considerar como un escritor humanista que persiguió la unión de todos los hombres tanto bajo la identidad de una nación como bajo el sentido de hermandad humana. Esto es lo que singulariza su obra, que se abre paso después de su valiente ruptura con la poética tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, y que marcó un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su país.

La figura de Walt Whitman es el resultado de los aconteceres de una vida, que fueron forjando la esencia de aquello por lo que hoy mejor lo conocemos: su poesía. Pero en un principio nuestro literato no tenía certeza sobre su vocación. Su proveniencia de una familia de escasos recursos económicos sólo le permitió pasar ocasionalmente por la escuela, hecho que compensó leyendo de niño con avidez los clásicos y todo lo que caía en sus manos, interesándose muy especialmente por Goethe, Hegel y Emerson, quienes se convirtieron luego en su fuente de inspiración. Empezó a trabajar primero como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta. Allí se despertó su afición por el periodismo, que le llevaría luego a colaborar en varios diarios y revistas neoyorquinos. Debido a su disconformidad con la línea abiertamente pro-esclavista defendida por el periódico Brooklyn Eagle, estuvo solo dos años como director del mismo. Le tocó vivir la Guerra de Secesión estadounidense, acontecimiento que le impresionó profundamente por su crueldad. Dedicó sus servicios como enfermero voluntario en los hospitales militares y escribió sobre su experiencia con la enfermedad en un diario neoyorquino y, doce años más tarde, en un libro titulado Memorias de la guerra. También manifestó de forma directa su postura claramente abolicionista, lo que le valió que se le cerraran algunas puertas.

Su poesía surge de las preocupaciones esencialmente humanas, del momento y de la eternidad, de la búsqueda de su Yo, de la introspección, de la meditación, del diálogo consigo mismo, con la naturaleza, con Dios. Su extensa y única obra, Hojas de hierba (Leaves of Grass), es una colección poética que continuó editando y revisando hasta su muerte. Él mismo pagó la publicación de su primera edición que recogía sólo doce poemas sin nombre en 95 páginas. Whitman dijo una vez que el libro era lo suficientemente pequeño para ser llevado en un bolsillo, lo que inducirá a la gente «a que me lleve con ellos y me lean al aire libre». En un largo prefacio, el autor saluda el advenimiento de una nueva literatura democrática —acorde con el pueblo—, sencilla e irreductible, escrita por un nuevo tipo de poeta afectuoso, potente y heroico, que conduciría a los lectores a través de la poesía con la fuerza de su magnética personalidad.

León Felipe, autor de la magistral traducción del «Canto a mí mismo» (The song of myself), el poema central, nos presenta a Whitman como un poeta revolucionario y heroico, que va en contra de las absurdas leyes de los hombres y de esa desigualdad humana de su época que continúa vigente en nuestros días. En su poema «Hasta la vista» (So long), el poeta dice del libro: «Camarada, esto no es un libro, el que lo toca, toca a un hombre», donde vertió todos sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Además contiene «Los dormidos», vuelo visionario en el que queda simbolizada la vida, la muerte y el nuevo nacimiento; «Yo canto al cuerpo eléctrico», el cuerpo que acapara el interés del poeta no se presenta ya como el inevitable soporte físico del alma, sino que es en sí mismo algo sagrado y territorio del espíritu que corresponde a un ideal armónico y equilibrado y donde la salud corporal va de la mano de la salud moral; «La cuna que se mece sin fin», en la que un pájaro, la voz de la naturaleza, revela a un niño (el futuro poeta), el significado de la muerte; «Hijos de Adán» y «Calamus» que afrontan de lleno los temas de la amistad y la sexualidad; «Redobles de tambor», que refleja la preocupación del poeta por la guerra civil estadounidense. En recuerdo al asesinado presidente Abraham Lincoln, escribió «Cuando las lilas florecían en la puerta del patio» y «Oh, Capitán, mi Capitán». Otros poemas son «En el trasbordador de Brooklyn», en el que el autor reúne a todos sus lectores del pasado y el futuro a bordo de un transbordador marítimo, y “Paso hacia la India”, que se basa en una visión mística de la unión de Oriente y Occidente paralela a la del alma con Dios, simbolizadas por los medios de comunicación y de transporte. Póstumamente apareció un nuevo ciclo de poemas titulado «Ecos de la vejez», traducido por Jorge Luis Borges, que entró a formar parte de Hojas de hierba.

El amor que sentía por su país no fue correspondido como quisiera, pues fue considerado por la literatura americana como el profeta sin honor en su propia patria. Mientras tanto, en Europa sí recibió la atención de la crítica que merecía. En Inglaterra, William Michael Rossetti editó una selección de Hojas de hierba y dio a conocer la poesía de nuestro autor a la escritora Anne Gilchrist, que se convertiría pronto en una gran admiradora suya y publicaría «Opinión de una mujer inglesa sobre Walt Whitman». Ella fue arrebatada por la libertad del verso y la franqueza de sus sentimientos, por la generosidad de espíritu y el intelecto del poeta. Se había enamorado del alma de Walt Whitman, estableciéndose entre ambos una profunda amistad.

Charles Chaplin lo consideró su fuente de inspiración para sus películas. En «Tiempos Modernos», utiliza imágenes de una de sus poesías cuando aparece dentro de la máquina. RECUADRO APARTE!!!!!!!!!!!

Whitman abrazaba todas las religiones por igual y negaba que una fuese más importante que otra.  «Adopto cada teoría, cada mito, cada dios y semi-dios. Veo que los viejos mitos, biblias y genealogías son ciertos, sin excepción». Dios, para él, es inmanente y trascendente, y el alma humana es inmortal y se encuentra en un estado de constante y progresivo desarrollo.

En «Canto a mí mismo» dice:

Sé que soy inmortal.

Sé que la órbita que escribo no puede medirse con el compás de un carpintero,

y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la noche con un carbón encendido.

 

Soy sagrado.

Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan.

Las leyes elementales no piden perdón.

(Y, después de todo, no soy más orgulloso que los cimientos desde los cuales se levanta mi casa.)

 

El argumento de ese poema es una gradual universalización de la propia personalidad, del propio «yo» del poeta. Adopta la forma de diálogo con cualquier hombre o mujer en un plano de perfecta igualdad en la vida. Más adelante se introduce al «yo» dialogando consigo mismo, de igual modo que podría imaginarse al alma hablando con el cuerpo. La emoción que se desprende lleva a Whitman a una de sus más hermosas afirmaciones acerca de sus sentimientos de hermandad con la naturaleza.

Dije que el alma no es más que el cuerpo,

Y dije que el cuerpo no es más que el alma,

Y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo,

Y quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral envuelto en su propia mortaja;

Y yo y tú, sin tener un centavo, podemos comprar lo más precioso de la tierra,

Y la mirada de unos ojos o una arveja en su vaina confunden la sabiduría de todos los tiempos,

Y no hay oficio ni profesión en los cuales el joven que los sigue no pueda ser un héroe,

Y no hay cosa tan frágil que no sea el eje de las ruedas del universo,

Y digo a cualquier hombre o mujer: que tu alma esté serena y en paz ante millones de universos.

 

Y digo a la humanidad: No hagas preguntas sobre Dios,

Porque yo que pregunto tantas cosas, no hago preguntas sobre Dios,

(No hay palabras capaces de expresar mi seguridad ante Dios y la muerte)

 

Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no lo comprendo en lo más mínimo,

Ni comprendo cómo pueda existir algo más prodigioso que yo mismo.

¿Por qué desearía yo ver a Dios mejor que en este día?

Algo veo algo de Dios en cada hora de las veinticuatro y en cada momento,

En el rostro de los hombres y de las mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro en el espejo;

Encuentro cartas de Dios tiradas por la calle y con su firma en cada una,

Y las dejo donde están porque sé que dondequiera que vaya,

Otras llegarán puntualmente, por siempre.

 

Sin duda, Whitman convierte los diálogos consigo mismo en evocación que resuena en el pecho del lector, pues, como él sugiere, las palabras del poeta son universales porque conectan y se reconocen, como delante de un espejo. En esto vemos a un Whitman revolucionario y valiente que lleva el mensaje sobre el viento de su espíritu.

Aprovecha el día.

No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz,

sin haber alimentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho de expresarte,

que es casi un deber.

No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y la poesía sí pueden cambiar al mundo.

Pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.

Somos seres humanos llenos de pasión, la vida es desierto y es oasis.

Nos derriba, nos lastima, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

 

Elvira Rey