C.G.Jung y la psicología moderna

La Psicología como ciencia moderna tiene sus orígenes en las primeras décadas del siglo XX, donde varios médicos e investigadores se plantean redescubrir los misterios de la conducta humana. Para constituirse como método empírico, la Psicología atravesó varias etapas y varios investigadores, pero fue a partir de los estudios de Carl Gustav Jung, fundamentados en la Filosofía perenne y avalados por más de 60 años de práctica, que se abre una nueva puerta en el ámbito de la psique humana, tanto para curarla como para conocerla y educarla. 

  Muchos de los conceptos psicológicos que hoy están popularizados, parten de ese gran filósofo llamado Carl Gustav Jung. Hemos de tener en cuenta que  la psiquiatría, la psicología y la psicoterapia no existían antes de Freud y Jung, y que los enfermos estaban encerrados en lugares horribles para que no molestaran. Si bien Jung comenzó su andadura siguiendo los pasos de Freud, para él la psique del hombre no se limita al yo consciente, sino al conjunto formado por la conciencia, el inconsciente personal y el inconsciente colectivo. Nos encontramos con el concepto de inconsciente, nacido de la imposibilidad de mantener la conciencia continua: hacemos infinidad de cosas de manera automática, sin prestar atención, que se quedan como «contenidos inconscientes asequibles» o «medianamente asequibles», difíciles de recordar y que vuelven a la conciencia por un esfuerzo importante de la memoria. Pero hay otros «inasequibles» que son los que pueden producir enfermedades y que surgen a veces en los sueños, con forma de intuiciones o presentimientos. Tras el análisis de los sueños de muchos de sus pacientes, Jung llegó a la conclusión de que además de este inconsciente individual, existe un inconsciente colectivo de la humanidad: sensaciones, pensamientos y memorias compartidas por todos los seres humanos, a la manera del instinto que guía a los animales. Este inconsciente contiene la herencia espiritual de la evolución del hombre y se va engrandeciendo con cada generación. Todos tenemos acceso a él desde que nacemos, pues se muestra en símbolos e imágenes mitológicas o primordiales, que son la explicación de muchas de las interrelaciones existentes entre las distintas religiones separadas por el espacio-tiempo y que, sin embargo, muestran las mismas cosas.

   Pero antes de introducirnos en el mundo simbólico, deberemos explicar qué es un símbolo. A diferencia de un signo, que no tiene otra lectura más que la que se le ha asignado convencionalmente, como una señal de tráfico o las siglas de una marca comercial, un símbolo expresa connotaciones y significados de carácter abstracto, tiene un aspecto inconsciente más amplio, que a menudo puede ir más allá de la razón. Nuestra mente es limitada, como también lo son nuestros sentidos, y ante una misma experiencia o hecho vivido por distintas personas, cada una de ellas habrá sacado sus propias conclusiones, tintadas por su propia experiencia, por sus conocimientos, por su idioma o por su religión.

   Nuestro inconsciente se muestra en los sueños a través de símbolos. Los arquetipos son las imágenes de ese mundo simbólico del inconsciente: «aparecen en la experiencia práctica como imágenes y emociones… son simultáneos, la imagen cargada de emoción, se hace dinámica». Jung retoma el concepto de Platón, para el que los arquetipos son las Ideas puras de lo que luego se plasmará en lo material. Este mundo arquetípico o mental existe en una realidad a la que no se puede acceder fácilmente, excepto en los sueños y por medio de la intuición. Comprendió que lo físico y lo psíquico son las dos caras de la misma moneda, que «como es arriba es abajo», que el espíritu y la materia se encuentran en la Unidad «… por un lado, el conocimiento de uno mismo, que es al mismo tiempo el conocimiento de Dios, y por otro lado en la unión del cuerpo físico con la denominada Unio mentalis, la cual está formada por alma y espíritu y se produce a través del conocimiento de uno mismo… entonces se produce el Unus Mundus, Unico mundo, un premundo o mundo primigenio platónico, que es a la vez el mundo del futuro, o bien el mundo eterno».

   Formando parte de este mundo simbólico, Jung descubrió el círculo mágico, el mandala, utilizado en Oriente como representación del cosmos, del macrocosmos y del microcosmos, es decir, del universo y del hombre. Este es para Jung el símbolo del centro, del sí mismo como totalidad, como ser íntegro, que aúna toda la complejidad del ser humano. El punto central es el dios interior del que surge todo, pero vivimos en los círculos externos y nuestra meta es llegar al interior para, desde allí, dominar todo nuestro mundo, pues «el centro» es el eje de nuestra vida: «… El camino no conduce en línea recta hacia delante, por ejemplo desde la tierra al cielo, o de la materia al espíritu; se trata más bien de una circunvalatio y de un acercamiento al centro. No avanzamos dejando atrás una parte, sino cumpliendo con nuestra tarea como mixta composita, esto es, como seres humanos entre los opuestos. Este camino si lo tuviéramos que representar gráficamente sería una espiral». A parte de en Oriente, se encuentran mandalas en todas las mitologías; en la Edad Media los vemos con Cristo en el centro y los cuatro evangelistas (o sus símbolos) en los cuatro puntos cardinales, ya que el mandala es uno de los arquetipos del ser humano.

   Otro de los elementos psicológicos introducidos por Jung es el complejo. Un complejo es una actitud psíquica fuertemente emocional que escapa a nuestra conciencia, perturba la voluntad y la actuación consciente, produce alteraciones y bloqueos de la memoria, obsesiona… en síntesis, no es que nosotros tengamos complejos, es que los complejos nos tienen a nosotros. El complejo se vuelve mucho más dañino cuando creemos que no lo tenemos, sólo podemos vencerlo cuando lo hacemos presente en el mundo de la conciencia y nos dedicamos a enfrentarlo y eliminarlo de nuestro inconsciente. Casi siempre se forman en la etapa infantil o en la adolescencia. Es en esta etapa cuando el símbolo de la madre y del padre son fundamentales para un desarrollo correcto del ser humano. Aquí aparece un concepto que es corriente en nuestro mundo y que parte desde Jung, y es el de la mujer que todo hombre lleva dentro y del hombre que toda mujer lleva dentro. Son los arquetipos femenino y masculino creados en su mayor parte por el padre y la madre, y que si no se asumen correctamente llegan a crear complejos.

   El anima es el aspecto arquetípico femenino en el hombre: cada mujer que conoce debe representar la vida, la lealtad, el consuelo, el refugio seguro, la compensación por los sacrificios realizados. En lo interno es la vida psíquica del hombre, la sensibilidad. El anima corresponde al Eros materno. Si es demasiado fuerte volverá al hombre quisquilloso, caprichoso, irritable, débil, miedoso… El animus es el arquetipo masculino que hay en la mujer: la creatividad, la racionalidad, la valentía… y se corresponde con el «logos» paterno, por lo que una mujer demasiado influenciada por el animus está en peligro de perder su femineidad.

   El proceso de individualición, la tendencia innata de la psique a encontrar su centro, es un camino progresivo de autoconocimiento, en el que se incluyen los procesos de encontrar al anima y al animus respectivamente, de hallar los arquetipos simbólicos del inconsciente, para armonizar los opuestos. Este proceso Jung lo comparaba con el simbolismo del proceso alquímico en todas sus etapas, hasta llegar a transmutar el plomo en oro, cuando se encuentra el oro de nuestro Ser y se complementa con el Unus mundus, integrado en la vida y la Naturaleza.

   Todo este conocimiento llevado a la práctica es lo que podemos apreciar en ese rostro, el de un hombre que había ido encontrando a lo largo de su vida las respuestas a las preguntas que todo hombre se formula, porque Jung buscó al Hombre y lo encontró en el centro de sí mismo y de la Humanidad, pues al hallar su centro encontró el del Universo, que no es otro que su origen, Dios, según decía él, y en Él se hallan las respuestas a todas las preguntas que se pueden realizar… «¡Oh hombre, conócete a ti mismo!»…

 Amparo García