El pensamiento jurídico primitivo

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A la luz de las nuevas teorías antropológicas basadas en el reconocimiento del principio de empatía, debemos considerar la actualización y difusión de nuevas ideas que sustituyan las desfasadas concepciones despectivas que se han realizado acerca de los sistemas de organización sociales y jurídicos de la antigüedad. Hasta esta reciente tendencia, se había venido considerando que el hombre antiguo había desarrollado la «mentalidad mágica» como vía para hallar consuelo ante una realidad que no podía comprender debido a su inferioridad intelectual. Sin embargo, acudiendo a la misma fundamentación, se podría cambiar el enfoque diciendo que el hombre moderno ha desarrollado el paradigma materialista para hallar consuelo a través de la negación de todo aquello que no puede comprender con los medios de que dispone.

Igualmente absurdas resultan ambas afirmaciones, pues el estudio de una sociedad que vivió hace milenios no puede realizarse a través de la comparación con las ideas vigentes en la actualidad, ni viceversa. Está ya demostrado que el hombre actual tiene exactamente las mismas capacidades intelectuales y emocionales que tenía ya el hombre de cromagnón. Simplemente, una diferencia en el paradigma, en la forma de concebir el mundo, ocasionaba intereses radicalmente distintos.

Se ha afirmado en  teoría del derecho que en los pueblos primitivos no existía el derecho, sino que se regían por  usos fundamentados en repeticiones irracionales de creencias supersticiosas infantiles y en el uso de la fuerza física. Estas afirmaciones se basan exclusivamente en la inexistencia de «normas civilizadas» tal y como las concebimos a día de hoy. Es decir, preceptos escritos a través de la convención y enfocados a una concreta idea de justicia que anudan a un hecho, una consecuencia jurídica, y se imponen coactivamente a los miembros de un grupo humano bajo la amenaza de una condena. Sin embargo, al huir de la comparación y observar con la mayor objetividad posible las culturas antiguas, podemos ver que fue la falta de necesidad y no la falta de conocimiento el motivo de la inexistencia de preceptos escritos de naturaleza coercitiva.

Si nos adentramos un poco en el paradigma de un hombre «primitivo» podemos observar que concibe el universo como un ente superior al hombre, con una tendencia natural al orden que le lleva a una continua lucha contra los elementos del caos. Su cosmovisión dicta que él no es algo distinto de la naturaleza que le rodea: es un ser más dentro del universo que se enfrenta en pequeña escala a las mismas dualidades. El ser humano, a diferencia de los animales y plantas, tiene capacidad de elegir (autoconciencia). El libre albedrío lleva como consecuencia ineludible la responsabilidad por las decisiones tomadas. Si hay un don es porque necesariamente, hay una misión que hacer a través de la aplicación de esa cualidad. Si el pez tiene branquias es porque su naturaleza es vivir bajo el agua.

Por otro lado, el ser humano está de acuerdo con la gran mayoría de tradiciones y religiones, emparentado con Dios o con los dioses. Lo sagrado no se concibe como algo ajeno, impuesto desde el exterior por un dios que vive en algún lugar lejano del universo. El ser humano puede elegir conscientemente entre elevarse hacia Dios o brutalizarse hasta el extremo de volver a ser una bestia sin conciencia de sus actos.

De ello se deduce que la misión del hombre en la creación no era otra que colaborar conscientemente (por voluntad y no por obligación o instinto) con la obra de Dios. El hombre tenía la misión de elevarse, alcanzar la divinidad y llevar constantemente a la existencia el mundo.

Es una ley física que todo lo que nace, crece, se reproduce, se desgasta, finalmente muera. Por ello existe una ancestral batalla entre el Caos y el Cosmos, el orden y el desorden, la vida y la muerte, el bien y el mal, la luz y la oscuridad. De este modo, y de acuerdo con la concepción que exponemos, Dios crea el mundo y crea al ser humano a su semejanza para que continúe la obra iniciada.

De este paradigma, se sigue, lógicamente, que todos los actos que realizaba el hombre en las sociedades con una cosmovisión sagrada, tenían el sentido de «actualizar la obra de Dios al traer el mundo a la existencia»; los ritos tenían la misión de alejar el caos, de mantener la vida, el orden, el cosmos, en estado de existencia.

Así pues, las leyes no eran algo ajeno a las personas que por ellas se regían. Eran una manifestación externa de la misión inmanente a todo ser humano. No necesitaban ser escritas, pues no era algo inventado por el hombre e impuesto desde el exterior.  Estaban escritas en la misma naturaleza y se manifestaban a través de diferentes procesos (oráculos, símbolos, hierofanías o manifestaciones de lo sagrado). Por la misma razón, no necesitaban ser impuestas a través de sanciones, pues el cumplimiento de ese deber no difería en nada de la moral interna de las personas. Si un individuo dentro de la sociedad se desviaba de ese plan cósmico recaía sobre él el reproche de todos sus conciudadanos al hacer con sus actos que el caos entrara en su recinto sagrado. Consecuencia de ello, esa persona era apartada o marginada y no tenía acceso a los altos cargos dentro de la tribu que, al contrario, estaban reservados para las personas excelentes (individuos que por haber cultivado sus cualidades potenciales, tenían el don de comunicarse con lo sagrado y decidir conforme a ello el futuro de todo el colectivo). Se trataba de una «meritocracia» en el sentido etimológico estricto.

Toda ley era una «imitatio dei», una emulación de la obra de Dios, con la cual se renovaba la energía que este puso en funcionamiento en tiempos míticos; era la «reactualización de una ley primordial revelada in illo tempore por la divinidad». Esas leyes se transmitían de generación en generación, por un lado a través de la imitación por los jóvenes de las conductas excelentes por parte de padres, madres, familiares, maestros de oficios, preceptores, etc., quienes se encargaban de forma natural de su transmisión; por otro lado, se transmitía el conocimiento del contacto con lo Sagrado a las personas más aptas para ello. De este modo se aseguraba la pervivencia del Cosmos por doble vía. Cuando esta cadena se corrompe a causa de la degeneración que es propia de la materia y se pierde el conocimiento para renovarla, se requiere la intervención de un «civilizador» que traiga de nuevo las leyes originales a la humanidad y logre someter de nuevo a las fuerzas del Caos.

El Caos no desaparece, no es eliminado por el héroe civilizador, sino que es sometido; se trata de una parte de la manifestación. No hay luz sin sombra y no existiría el día sin la noche. La existencia del Cosmos no depende de que desaparezca el Caos, sino de que este ocupe el lugar que le corresponde en la creación.  En este sentido el Caos es algo que debe ser controlado, mantenido a raya para que el orden exista. Es en este punto muy gráfico el ejemplo del «temenos» egipcio, la muralla que literalmente separaba su Cosmos, del caos exterior.

Por último, cabe destacar que esta ley tenía una triple manifestación (a nivel cósmico, a nivel colectivo como civilización y a nivel individual). Cada individuo de la sociedad tenía la responsabilidad de combatir sus propias tinieblas, contribuyendo así al bien de toda la comunidad. Es de destacar en este sentido la función de asesoramiento que ejercitaban los hombres sabios, chamanes y hombres medicina, que amén de sus conocimientos del cuerpo físico, contribuían con su sabiduría al orden colectivo del grupo o tribu. En las culturas o civilizaciones antiguas más desarrolladas observamos ya la figura del gobernante como «garante del orden», como es el caso del faraón en Egipto que recibe el título de «Campeón de la Justicia».

Aina Tébar

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