Grecia y los Misterios Órficos

«¡Observa cómo se agitan en el inmenso universo, como se arremolinan y se buscan esas almas innumerablesque brotan de la gran Alma del Mundo! Ellas van de planeta en planeta y lloran en el abismo la patria perdida… Son tus lágrimas Dionisos ¡Oh gran Espíritu! ¡Oh divino liberador! Recoge a tus hijas desperdigadas y condúcelas al seno de tu radiante luz».

Misterios Órficos. Fragmento.


      1. ORFEO Y EL ALMA DE LA CIVILIZACIÓN GRIEGA

  La figura de Orfeo tiene una importancia fundamental en el origen y el desarrollo de la cultura griega. Su doctrina metafísica, inspirada en la «ciencia divina» de los antiguos egipcios, junto a ciertos elementos de la tradición chamánica universal, fue la semilla fecunda de la espiritualidad griega. Por eso el culto al amor y la belleza, la institucionalización de los misterios sagrados, el culto a los dioses y los héroes olímpicos, así como el extraordinario auge que alcanzó la filosofía y el arte entre los griegos, fue posible en gran medida gracias al orfismo, la corriente espiritual que iluminó el alma de Grecia desde la época arcaica hasta la caída final del mundo clásico. Esta tradición es sin duda el inagotable manantial de mística espiritualidad en el que bebieron sus enseñanzas grandes poetas, filósofos y artistas del mundo griego. Esa civilización extraordinaria, que ya varios siglos antes de Pitágoras, de Licurgo y de Homero, tuvo en Orfeo su más divino genio inspirador.

   En todos los santuarios de Grecia en los que se mantenía viva la llama de los misterios de la tradición Órfica, se celebraba cada año una fiesta sagrada al llegar la Primavera. Ese momento mágico del calendario en el que Apolo, el «Arquero Divino», retorna a la tierra desde el legendario país de los hiperbóreos, cabalgando sobre el primer rayo del Sol naciente en un carro guiado por blancos cisnes. La Primavera es ese tiempo auroral en el que la naturaleza despierta a la vida llenando el bosque con el alegre trino de los pájaros, mientras el tierno arrullo de las aves invita a los corazones a cultivar las mieles del amor y la poesía. Ese instante único del año en que los narcisos y las amapolas florecen de nuevo junto a la fuente Castalia, las liras del templo vibran por sí mismas al ser acariciadas por la dulce brisa y los trípodes del dios elevan sus blancas nubes de incienso hacia el cielo azul del Mediterráneo, portando en su seno un alegre canto de esperanza a la divina inmortalidad del alma. El día del equinoccio, en el momento exacto señalado por los astros, la gran sacerdotisa de Apolo, transfigurada ahora en Mnemosine, la divina musa de la memoria, salía del sagrado tabernáculo y dejaba ver su pálida faz coronada de laurel. Entonces, alzando sus ojos, narraba con voz vibrante el misterio del nacimiento y la muerte de Orfeo, el hijo bienamado de Apolo. Su mistérico verbo cantaba su amor inmortal por Eurídice, entonando con desconsolados lamentos el heroico descenso de Orfeo a los infiernos para salvar a su amada y su triste fracaso, su muerte a manos de las terribles ménades de Tracia y su apoteosis divina. Desvelaba ante la cofradía presente aquellos secretos tan celosamente guardados por los iniciados como ignorados por la multitud. Llegado el momento propicio, el hierofante convocaba por tres veces al divino espíritu de Orfeo, señor de los oráculos y las purificaciones, divino patrón de los iniciados y guía protector de los difuntos en el Más Allá. Orfeo adquirió la dimensión de salvador melodioso de las almas cuya inspirada lira de siete cuerdas devolvía al hombre la esperanza, iluminando su corazón con la sublime contemplación de la armonía universal.

   Orfeo fue sin duda el genio inspirador de la Grecia heroica y sagrada, el animador de su alma divina. El profundo impulso teúrgico y dionisiaco que supo co-municar a Grecia, fue trasmitido por ella más tarde a toda Europa. Lamentablemente, nuestra época ya no cree en la armonía y la belleza de la vida. Y si a pesar de todo aún conserva una profunda reminiscencia, una sutil e invencible esperanza, se debe sin duda a Orfeo, el hijo de Apolo, el sublime inspirado de las musas. Saludemos en él al gran iniciador de los Misterios Sagrados, al mítico fundador de la música, el canto, la oratoria y la poesía, concebidas por él como «Divinas Artes», reveladoras de la verdad eterna.

  2.- EL ORFISMO Y LOS MISTERIOS SAGRADOS EN GRECIA

   El poeta Horacio calificó a Orfeo de teólogo y filósofo, dándole el título de ministro divino e intérprete de los cielos. Sus diversos viajes le perfeccionaron hasta tal punto en esta ciencia que ha sido considerado el padre de la teología de la Grecia antigua. Él fue también quien a su regreso de Egipto, donde obtuvo la iniciación, llevó a Grecia la expiación de los crímenes (Catharsis), el culto a Dioniso (Osiris) y a Demeter (Isis) (Noel, 1991). Ya desde sus remotos inicios, la doctrina de Orfeo armoniza en sí misma el culto solar del Dios Apolo con los misterios de Osiris-Dionisos. En este sentido, una de las primeras cosas que hizo Orfeo fue reemplazar la orgía dionisíaca, practicada ya desde época arcaica por las sacerdotisas de Tracia, por la catharsis, técnica de purificación espiritual enseñada por Apolo. De esta forma el citaredo pasó a ser el patrón y el símbolo de todo un movimiento a la vez «iniciático» y «popular», conocido por el nombre de «orfismo» (Eliade, 1979). Con el correr del tiempo, en torno al mito de Orfeo y Eurídice se fueron instituyendo los principios esenciales del orfismo. Tradición espiritual de corte chamánico y oriental con fuertes influencias egipcias, que enseñaba una elevada cosmovisión metafísica cuyos teosóficos misterios eran revelados al candidato en el transcurso de la iniciación.

  Respecto a su doctrina, a Orfeo se le atribuye una amplia colección de escritos y enseñanzas que forman el extenso corpus literario de la tradición órfica. Textos que van desde versos inscritos en unas láminas de oro halladas en tumbas de Italia meridional y Creta, hasta inspirados poemas, himnos sagrados y un célebre poema épico titulado «argonáuticas órficas». Platón cita una serie de libros atribuidos a Orfeo o a Museo -su hijo o discípulo- referentes a las purificaciones y a la vida mas allá de la muerte. De todo este material destaca una teogonía y una antropología órfica bastante peculiares. Los textos inscritos sobre las láminas de oro forman parte al parecer de un libro canónico, una especie de «guía del Más Allá» similar al libro de los muertos egipcio o tibetano (Eliade, 1979). De hecho, los fantásticos paisajes que se describen en ellas -la fuente, el ciprés blanco, el camino de la derecha, la sed abrasadora del difunto etc.- tienen paralelos con otras mitologías y otras geografías funerarias. Sin embargo, echamos de menos aquellos textos metafísicos que constituyen el eje troncal de la doctrina interna enseñada a los iniciados en sus misterios. No obstante, si cotejamos los testimonios de autores antiguos como Empédocles, Esquilo, Platón, Píndaro o Aristófanes, junto a otros documentos posteriores, es posible reconstruir las grandes líneas maestras de la Cosmovisión Órfica.

  Según la Teología Órfica, siendo de naturaleza divina, el alma humana (psique) es encerrada en el cuerpo (soma) y por ello la vida encarnada se parece más a la muerte, y la muerte al comienzo de la verdadera vida. Pero esta verdadera vida o «vida espiritual» no es un don automático, y el alma tiene que ganarla por propios méritos. Así, tras la muerte, el alma es juzgada conforme a sus méritos y a sus faltas, y pasado un tiempo encarna de nuevo. Por tanto, el destino del alma es trasmigrar de vida en vida y perfeccionarse hasta alcanzar la liberación final. Dentro de este contexto, el orfismo resalta la importancia que tiene la sed del difunto en su viaje por el más allá y el determinante papel que desempeña la memoria y el olvido en la mitología funeraria. De hecho, beber el agua del Leteo, que es el mítico lago que está situado a la salida del Hades, provoca el olvido de la vida celeste en aquella alma que retorna a la tierra. Así, según dicha teología, el alma imprudente que abrasaba por la sed se abalanza a beber en el estanque, se ve obligada no sólo a reencarnar de nuevo en la tierra sino a olvidar su patria celeste y su divino origen. En ese sentido, Pitágoras, Empédocles y otros órficos, afirmaban recordar sus vidas anteriores, lo cuál significa que habían logrado conservar la memoria del Más Allá (Eliade, 1979).

      En cuanto a la forma de vida que propugnaba el orfismo, arraigó profundamente en ciertos sectores de la sociedad griega, especialmente a partir del s. VI a C, que es cuando cobra gran relevancia entre la comunidad – secta de los pitagóricos. Sabemos que la vida órfica implicaba la purificación (Katharmoi),la accesis,la katharsis,la anamnesis, la revelación de determinados textos sagrados (hieroi-logoi) y cierto número de reglas específicas que incluían entre otras el régimen vegetariano. Pero a la salvación se llegaba sobre todo en virtud de una «iniciación», es decir mediante unas revelaciones de orden cosmológico y teosófico (Eliade, 1979). Según esto, el hombre tiene la posibilidad de alcanzar conscientemente la inmortalidad a través de la iniciación a los misterios, pero esta experiencia no es algo que se pueda vivir de forma independiente, sino como la culminación de toda una disciplina espiritual de vida.

      En síntesis, podemos decir entonces que Orfeo, sacerdote del culto solar de Apolo y fundador de iniciaciones por excelencia, fue el gran maestro de Sabiduría que estableció en Grecia la institución de los «Misterios Sagrados»,dando así origen al orfismo. Una tradición espiritual de carácter místicoteosófico cuyo culto se difundió por toda la Hélade hasta el final del período helenístico. Sus Sagrados Misterios se celebraban en todos los grandes santuarios de Grecia, como el de Delfos, Eleusis, Délos, Epidauro, Dodona, Lesbos, Corinto etc. Precisamente, la destrucción del célebre templo de Eleusis próximo a Atenas, señala el fin de los Misterios -llamados paganos-, y la caída del Mundo Antiguo Greco-Latino. De esta forma, es en el orfismo donde encontramos los principios metafísicos esenciales en los que se inspiraron las doctrinas de Pitágoras y Platón, que fueron sin duda los dos sabios más grandes del Mundo Antiguo.

Francis J. Vilar