Kalaripayat, artes marciales en la India

La luz del atardecer se consumía por occidente dibujando sutilmente el contorno de las montañas, mientras las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente en el cielo y el silencio se inundaba con el canto de los pájaros nocturnos. En un improvisado escenario, sobre la terraza del restaurante del hotel, los empleados comenzaron a encender antorchas para iluminar el espectáculo de aquella noche: una demostración de Artes Marciales.

       Eran los primeros días de 2004, en una pequeña localidad de la provincia de Kerala, al sudeste de la India, junto a la frontera de Tamil Nadu. La noche era fría y me acerqué al calor de una enorme fogata que ardía en el centro de la terraza. Mientras esperaba con expectación a que aparecieran los miembros de la familia que iba a mostrarnos este misterioso arte marcial desconocido para mí, irrumpió en mi mente una pregunta: «¿No son éstas las tierras donde nació hace quince siglos Bodhidharma, el 28º patriarca del Budismo, que introdujo el Zen (Chan) y las Artes Marciales en China, en el monasterio de Shaolín?»

      Mis ojos se posaron sobre la llama de una de las antorchas, y, un tanto ensimismado, dejé que los recuerdos fluyeran. Bodhidarma (Daruna), en el siglo VI, proveniente de una familia kshatrya hindú, viajó a China para implantar una adaptación del Budismo Mahayana que se conoce como Chan (Zen cuando llegó posteriormente a Japón). Cuenta la historia que Bodhidharma enseñó en Shaolín artes marciales que traía de su tierra natal (¿Kerala?) para que los monjes pudieran soportar la férrea disciplina de la meditación, pues entendía que el desarrollo físico y mental tenían que ir parejos. Aunque parezca contradictoria esta mezcla, las enseñanzas originales del Budismo hacen hincapié en el Sendero del Medio, en el control de los opuestos, en la importancia tanto de la fuerza como del amor en la creación activa de un mundo ideal. La expresión más acabada y reciente de esta armonía de los opuestos la encontramos en el Budo japonés, cuyas prácticas son a la vez una vía trascendente y un código ético de conducta, la unificación de cuerpo y mente y la liberación de los mismos. De hecho, en Extremo Oriente es bien conocida la relación entre las Artes Marciales y las disciplinas mentales y espirituales, formando métodos para el desarrollo integral del individuo. A fin de cuentas, el verdadero combate es interior: consiste en descubrir y eliminar nuestros conflictos, limitaciones, carencias, defectos y contradicciones. La vía de las Artes Marciales, a través de su ritualización, transformó esta lucha interior en una fuerza creativa y constructiva del ser humano y de la vida social.

      Mientras navegaba en estos pensamientos la actuación dio comienzo. Entre las antorchas, que hacían brillar su moreno torso desnudo, apareció uno de los protagonistas para presentar la exhibición. Se trataba, dijo, del arte marcial llamado Kalaripayat (Kalari: práctica, payat: campo de batalla), cuya práctica tenía evidencias históricas confirmadas que se remontaban, como mínimo, al siglo IX. Según él, este arte sufrió una declinación después del siglo XVI, y con la colonización inglesa -al final del siglo XVII- fue prohibido por la ley, por lo que el Kalaripayat se practicó desde entonces clandestinamente a través de la transmisión secreta de algunos maestros en clanes familiares. Añadió que en la actualidad estaba resurgiendo en los Kalari Sanghams (lugares donde se practica). En su caso seguía una tradición familiar: a él, a su hermana y a su cuñada, que le acompañaban en la demostración, les había enseñado su padre, pues ciertas técnicas sólo se enseñan en estos círculos.

      Y por fin comenzó la exhibición. Como en todas las artes, abrieron las prácticas con los rituales de inicio. Con gestos y movimientos, consagraron el espacio y realizaron los saludos rituales entre ellos, a las armas -no me había dando cuenta que en el suelo, en la penumbra había diez o doce tipos de armas- y a los antepasados de la familia. Al acabar, entre los tres realizaron una serie de formas (kata en japonés) en las que desarrollaron las principales técnicas, de las que cabe destacar la enorme elasticidad de los practicantes, ya que el Kalaripayat desarrolla movimientos de contorsión del tronco y de estiramiento de las piernas muy pronunciados. Lo cierto es que, salvo esta peculiaridad, si cambiáramos la indumentaria propia de este arte y la fisonomía de sus practicantes, se hubiera podido confundir con el Kung-Fu o el Taewondo, viniendo a evidenciar sus probables ancestros comunes.

      Al acabar las formas, prosiguieron las explicaciones. Fue entonces cuando tomé conciencia del cambio que se producía en el semblante del comentarista. Cuando realizaba las demostraciones, su rostro desprendía hieratismo y marcialidad, y sin embargo, cuando se dirigía al público, irradiaba serenidad y amabilidad con sus gestos y su contagiosa sonrisa. Dijo que realizan un trabajo muy exhaustivo para flexibilizar los músculos, los tendones y las articulaciones, ya que el Kalaripayat tiene numerosos saltos y patadas muy altos -por ejemplo, una técnica de bloqueo muy particular donde el ataque con puño es desviado por una patada-. Nombró después (es imposible para mí recordarlos) las principales técnicas de  proyección, inmovilización, paradas, golpes y posturas, así como los dos principios fundamentales del Kalaripayat: el espíritu manda al cuerpo y el adversario es vencido haciendo retornar contra él su propia fuerza. El objetivo final de la práctica, continuó, era para ellos el entrenamiento armonioso del cuerpo y de la mente, bajo la dirección del espíritu, e incluso una disciplina de educación social y religiosa.

      Según nos contó, los antiguos Maestros de la India, que vivían en total armonía con la Naturaleza, estudiaron y observaron los movimientos de numerosos animales y fenómenos naturales, que tomaron como modelo para sus posiciones y movimientos. Como muestra comenzó a realizar una forma (sudavu en hindú y kata en japonés) que imitaba a la perfección los movimientos de la serpiente: parada y acechante, acercándose sinuosamente con majestuosa suavidad, atacando con fulminante rapidez; la serpiente humana recreó el arquetipo de manera asombrosa.

      Le llegó el turno a los combates. Uno contra uno o dos contra uno, tanto en el plano técnico como en el táctico, su preocupación es la máxima eficacia, no  dejando de abordar ningún ámbito: golpes de pies y de manos, proyecciones, luxaciones, etc., que acababan con alguno inmovilizado en el suelo o lanzado a las sombras, más allá de las antorchas… Y la estrella del Kalapayat, el Marma Adi o conjunto de técnicas dirigidas a los Marmas, puntos vitales o centros nerviosos, que unen los vasos sanguíneos, los ligamentos y circuitos nerviosos. Entrábamos ahora en una esfera del arte donde poco era lo que nos podía decir, anunció, ya que eran instrucciones secretas de cada maestro que sólo trasmitía en una etapa muy avanzada a sus mejores discípulos. Era la dimensión interna, con dos vertientes opuestas pero complementarias: una ofensiva y destructora, y otra regeneradora y curativa.

      Después de unas pocas demostraciones de la ubicación de los principales puntos y de diversos ejercicios de trabajo respiratorio y energético, desplegó los amplios conocimientos terapéuticos y de yoga del practicante de Kalaripayat. Nos explicó que los más de cien puntos vitales están localizados en una parte del cuerpo muy precisa y que el golpe marcial, para ser eficaz, debe darse de manera muy particular. Estos golpes pueden producir un violento dolor, una parálisis temporal, una pérdida de conocimiento o incluso la muerte. Para contrarrestarlos, los practicantes son instruidos en ciertas técnicas de respiración para no sentir el dolor, técnicas que en otros ámbitos, en los grados más altos, permiten incluso alcanzar ciertos estados de éxtasis.

      En la vertiente terapéutica -por su tono de voz parecía que le era especialmente querida- nos habló del Kalari Chikilsa, sistema médico basado en el Ayurveda, que está especializado en el tratamiento de desórdenes ortopédicos y problemas neuromusculares mediante la manipulación y utilización  de masajes, y sobre todo, en el tratamiento de los desórdenes de los órganos internos y del sistema nervioso a través de la especializada manipulación de los 107 marmas o puntos vitales, con aplicación en ciertos casos de aceites especiales. Todo ello me recordó enseguida la acupuntura china, el shiatsu japonés, el tai-chi y los chi-kung. Ciertas técnicas de respiración, continuó diciendo, practicadas con constancia, retrasan el envejecimiento, y él mismo dijo conocer maestros del Kalaripayat de más de setenta años con una vitalidad asombrosa, y con una fuerza y una resistencia al combate sorprendente.

      He de reconocer que mis expectativas -puesto que esta exhibición ni siquiera estaba en el programa- estaban superadas. Sin decir una palabra más, comenzó un apabullante despliegue de combates con armas: espada y escudo, palos de madera, lanza contra espada, espadas diversas, sable, dagas, etc. transportándome al recuerdo de otras épocas, con el sonido agudo del entrechocar de los metales. Y precisamente de otras épocas habló al acabar la práctica, haciendo esfuerzos por controlar la respiración por el reciente esfuerzo. Dijo que en la sociedad medieval del Kerala del siglo XII no había ningún pueblo sin Kalari (dojo hindú donde se practica el Kalaripayat) y que eran parte esencial de la educación de los jóvenes, del entrenamiento de los guerreros y del sistema sociopolítico de la Kerala medieval. Finalmente añadió que en la actualidad se conservaban las prácticas con armas como medio para el desarrollo de cualidades físicas y psíquicas: la atención, la velocidad, la armonía, el valor, la destreza, la templanza, etc., pero que no tenían ningún fin bélico.

        Para acabar cogió un arma extrañísima, el urimi -un tipo de espada-látigo hecha de tres cintas metálicas de unos tres centímetros de ancho y tres metros de largo-, con el que comenzó a realizar círculos a su alrededor y en todas direcciones, cambiándolo de mano. La velocidad fue en aumento paulatinamente hasta que fue imposible ver el arma, sólo se escuchaba un zumbido aterrador y saltaban chispas con el contacto de la punta en el suelo. El silencio que quedó al concluir esta última demostración parecía no acabar, los espectadores estábamos aún sobrecogidos en las sillas y un tanto inclinados hacia atrás por temor a que se equivocara en el cálculo de las distancias. Finalmente prorrumpimos en aplausos, mientras los tres practicantes nos saludaban agradecidos y con muecas de satisfacción.

 

Antonio Marí