La alegoría de la Caverna – 1ª Parte

La Alegoría de la Caverna, creada por el filósofo griego Platón, está considerada como una de las más célebres narraciones metafóricas de la historia de la filosofía. La alegoría es una figura literaria que busca representar mediante el lenguaje una idea, dar forma inteligible a algo que por su abstracción puede resultar difícil de entender. En el caso de la Alegoría de la Caverna nos encontramos ante una especie de fábula que aparece  al principio del VII libro de  La  República, uno de los diálogos más importantes de Platón, en la que el filósofo griego escenifica la situación en que se encuentra el ser humano respecto del conocimiento.

En el también llamado Mito de la Caverna, Platón nos habla de dos realidades: un mundo sensible (la caverna) y un mundo inteligible (el mundo de la luz), explicando cómo a cada tipo de realidad le corresponde un tipo de conocimiento. Así, si nuestra mirada está puesta sólo en el mundo sensible, el mundo que captamos  mediante los sentidos, nuestro conocimiento se moverá en el ámbito de la Doxa, de la opinión. Cuando nuestra mirada está puesta en aquello que está más allá del mundo sensible, del mundo de lo efímero, de lo que nace y muere, nuestro conocimiento será Noesis, que significa «intuición, penetración», un conocimiento capaz de captar las esencias, lo eterno, aquella realidad en la que se funda el mundo sensible. En la Alegoría de la Caverna, Platón no sólo nos instruye sobre estos dos tipos de conocimiento, sino que muestra cómo se puede pasar de un tipo de conocimiento a otro.

Para entender esto, haciendo uso de un símil más actual, debemos imaginar que desde niños hemos vivido encadenados a la butaca de una oscura sala de cine, que nuestra única relación con el mundo han sido las películas que los amos de la caverna han proyectado sobre la blanca pantalla a la que estamos obligados a mirar. Imaginemos que todo lo que creemos que es verdad son sólo sombras deformadas de la realidad. Esta desfiguración puede ser el resultado de distintos  prejuicios, del impulso de pasiones diversas, de creencias no reflexionadas, de modas…; distorsiones de toda índole que nos mantienen con la mirada fija en una sola dirección, sin ver nada más. No somos conscientes de nuestra falta de libertad porque no hemos conocido otra cosa.

Los prisioneros encadenados, faltos de libertad, representan a esa gran parte de la humanidad que permanece durante toda su vida en un estado de ignorancia, viendo sólo sombras de la realidad y oyendo únicamente ecos de la verdad. Sus cadenas son sus apegos a las cosas sensibles, a las cosas de este mundo; en lenguaje budista «el Deseo»: deseo de dinero, de placeres, de poder, de prestigio, de reconocimiento… Esos son los eslabones de nuestras cadenas, aquello que nos mantiene en un estado de oscuridad mental y emocional. Podemos llegar a estar tan confundidos y tan ciegos, que nos convencemos de que nuestras cadenas no son tales, que ellas son la única realidad y que nuestro éxito en la vida, nuestra felicidad, deviene de concentrarse exclusivamente en ellas.

Esa es la parte más oscura de la caverna, la de la más absoluta ignorancia, pero dentro de ella pasan más cosas. Tras los hombres encadenados hay unos misteriosos y terribles personajes; «sombras» los llama Platón, que son los que deciden en qué cosas han de creer o dejar de creer los prisioneros, de qué cosas tienen que hablar, etc. ¿Quiénes son? ¿Son hombres también que, conociendo cómo funcionan las cosas, utilizan la situación en su propio provecho? Se ha especulado mucho sobre la naturaleza de los amos de la caverna. Lo cierto es que, de alguna manera, tienen un mayor conocimiento que los encadenados. Ellos no ven sólo el reflejo de la luz del fuego, ni sólo las sombras de los objetos, por lo que creen tener mayor poder, incluso algunos pueden creerse «sabios» con derecho a decidir sobre la vida de los encadenados. Pero no olvidemos que, más allá de su aparente poder, ellos siguen viviendo dentro de la caverna, en el ámbito de la opinión. El verdadero amo de la caverna es, y será siempre, la ignorancia.

Platón nos enseña con este mito que liberarse de las cadenas no es suficiente, que si el prisionero liberado desea dejar atrás el mundo oscuro y opresivo de la ignorancia debe transitar un largo camino, escarpado, difícil, empinado, que le llevará de las tinieblas a la luz. Esto es así porque contemplar la Verdad no es fácil, reconocer la verdadera naturaleza de nuestras cadenas es duro, comprender que somos responsables de nosotros mismos asusta. Durante nuestro trayecto deberemos abandonar muchas creencias que nos permitían echarles las culpas a los políticos, a los ricos, a nuestros padres, a las circunstancias…, y hacer esto requiere de un valor que ha de ser conquistado. De ahí que, en la alegoría, Platón diga que el prisionero creerá haberse vuelto loco y querrá volver a la tranquilidad de la caverna donde todo era conocido.

Finalmente, el prisionero podrá conocer la verdadera naturaleza de la Realidad, plenamente iluminada por una luz que no deja lugar a ninguna sombra. Esta luz de la verdad, la verdad pura, la verdad con mayúsculas, simbolizada por el Sol, Platón la asimila a la idea de Bien. Bien, entendido como la esencia real del mundo, el corazón impulsor de toda la manifestación. Se trata  del conocimiento de quienes somos, de dónde venimos y a donde vamos, de nuestro lugar en el infinito universo. Es justo desde este puro conocimiento de lo Real de donde nace el Bien.

Hay una frase en la narración que siempre me ha parecido especialmente dolorosa y triste, esa en la que Platón dice que Los hombres que viven encadenados en la caverna nunca se han visto a sí mismos, ni los unos a los otros. No existe mayor ignorancia que esa. Si nos viésemos realmente, lo que somos en esencia más allá de todas las sombras de la caverna, si fuésemos capaces de captar al otro como otra forma de mi mismo, el Bien haría acto de presencia de inmediato. Por eso, el duro ascenso de la oscuridad de la caverna a la luz del sol es el camino que todo hombre deberá recorrer si quiere ser verdaderamente libre. Platón lo tiene claro, el conocimiento de las esencias, la mirada profunda capaz de ver el corazón íntimo de todo cuanto existe, eso, y no otra cosa, es lo que otorga la libertad.

Y justo en este punto es cuando Platón habla de la importancia de la educación como forma de enfocar la mirada hacia la Verdad, tema que dejo para la segunda parte de este artículo.

Elena Machado