La era romántica

En general, tendemos a pensar en los románticos como hombres solitarios, de ojos grandes y brillantes perdidos en locas ensoñaciones, atormentados por un ideal en total desacuerdo con su tiempo, o por un amor imposible y casi siempre de final trágico… y creo que hay mucho de cierto en ello, aunque el Romanticismo es, y fue, mucho más que eso…

   Esta corriente filosófica, literaria y artística ha tenido mucha influencia en la historia, pues hijas o herederas suyas son la literatura fantástica y de horror de autores como Hoffman, Bram Stoker, Gogol, Poe, Oscar Wilde, Lovecraft, Washington Irving, Mary Shelley… además de nuestros contemporáneos Stephen King, Ray Bradbury, T.Owen, Borges, Cortázar… así como lo que conocemos como «ciencia ficción». Para entender por qué surgió debemos remontarnos un poco atrás en el tiempo y ver qué estaba pasando en el mundo.

   Este pequeño viaje nos lleva a la mitad del siglo XVIII, el llamado «el siglo de las luces». La Ilustración pretendió que sólo aquello que la razón podía comprender tenía validez, y por ello potenció el progreso industrial y los avances científicos, dejando totalmente de lado el amplio universo del sentimiento, de la imaginación y de la intuición. A nivel literario y artístico nació de ella el Neoclasicismo, como movimiento de rechazo al arte del Barroco y del Rococó, totalmente contrarios a lo clásico. El artista neoclásico admira la sencillez y la contención emotiva de la cultura clásica, por lo que imita esos modelos. Crea un concepto racional y científico del ideal estético, derivando de ello unos cánones de gran rigidez formal y dando un poco de lado a la inspiración artística que otorgan la intuición y el sentimiento. Durante el tiempo en que se impuso esta forma de arte, las alas de la creatividad quedaron engarrotadas, pues el peso de la fría razón imposibilita el vuelo de la imaginación creadora. El arte neoclásico, en general, es reconocido como bellas imitaciones, frías e inexpresivas, del gran arte clásico.

   Y dado que en el reino de la razón no hay lugar para el alma del hombre, ésta quedó desnuda ante la helada luz racional, sin nada a lo que aferrarse para resolver aquellos enigmas que, queramos o no, en algún momento han asaltado a todo hombre: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… y el famoso siglo de las luces sumió al hombre en una nueva angustia, llevando oscuridad donde pretendía llevar luz. La Ilustración hizo del hombre el centro del universo: «pienso, luego existo», pero pasada la embriaguez de creerse un ser superior al que nadie puede hacer sombra, el hombre toma de nuevo conciencia de su pequeñez, de su soledad e impotencia ante la enormidad del Universo al que pertenece. Y justo en este punto de la historia (no de la historia de datos y fechas sino de aquella en la que entrevemos la evolución íntima del hombre) es donde nace la revolución del Romanticismo.

   La palabra «Romanticismo» designa a un movimiento literario de la primera mitad del siglo XIX que pretendía la ruptura con los preceptos clásicos. Romanticismo también es el nombre de la época en la que primó dicho movimiento cultural y que significó una nueva visión del individuo. Podríamos situar su origen en torno al 1800, coincidiendo con los ideales revolucionarios napoleónicos, e inspirado por el filósofo Jean-Jacques Rousseau y el escritor alemán Goethe. Un personaje clave fue Immanuel Kant (1724-1804), filósofo alemán que pese a ser el máximo representante de la Ilustración, termina dándose cuenta de la limitación del entendimiento humano, estableciendo que lo sublime es grandioso y de una oscura belleza. Los románticos recogen estas ideas para contradecir la serenidad y el equilibrio de la belleza clásica, representada para ellos por la frialdad y rigidez del neoclasicismo. Estas ideas comienzan a influir en la literatura de fines del siglo XVIII, tanto en Inglaterra como en Alemania. Los primeros románticos alemanes llevaron la idea de individualismo a su extremo, pues el poeta romántico debía vivir en su propia carne el ideal de su arte y escribir sólo debía ser el reflejo de una ardiente vivencia ¿Cuál era realmente este ideal romántico? Más adelante trataremos de apresar tan esquiva presa.

   El evidente conflicto entre ese ideal loco y ensoñador, y la realidad, provocó un desequilibrio, muchas veces trágico, en la vida del artista. Esta visión trágica la captamos con facilidad en las obras de poetas como Novalis, Schiller, Schlegel y Goethe. En la segunda época del romanticismo alemán la visión del mundo se hace más realista y los extremos románticos van derivando en un ardiente nacionalismo, tratando de rescatar del manto del olvido los valores legados por sus antepasados. En Inglaterra, el precursor del Romanticismo fue R. Burns, destacando autores como Coleridge, Southey o Wordsworth, seguidos más tarde por Byron, Keats y Shelley. En Francia tenemos a Chatbeaubriand y Madame de Stäel en sus orígenes, siendo su más importante exponente Víctor Hugo, citando también a personajes como George Sand (conocida por su relación con Chopin y por Un invierno en Mallorca) y Alejandro Dumas padre.

   Mientras que en todos estos países el Romanticismo fue una auténtica revolución, en España llegó con retraso y una repercusión sensiblemente más débil. Don Alvaro o la fuerza del sino (1835) del duque de Rivas, es el drama romántico por excelencia. Destacan en el género poético el mismo duque de Rivas, Espronceda y José Zorrilla, entre otros. La denominada novela histórico-romántica hace su aparición en esta época, destacando Walter Scott con novelas como Ivanhoe (1820) o Quentin Durward (1823). El iniciador de este género en España sería Ramón López Soler con El Caballero del Cisne (1830). Y otro de los géneros importantes del Romanticismo fueron los cuentos y leyendas, como las Leyendas del duque de Rivas, de Zorrilla o de Bécquer. 

   Se puede reconocer un texto romántico porque rompe con todas las normas anteriores: en un mismo verso encontramos métricas diferentes, se fusiona prosa y verso, lo trágico y lo cómico van de la mano, etc. Gusta de usar un lenguaje exagerado y de gran exquisitez poética. Trata de captar la naturaleza en todo su misterio, empleando para ello ambientes nocturnos y solitarios como ruinas, cementerios, viejos monasterios y catedrales góticas. Igual que sucede en las famosas Leyendas del ya mencionado Bécquer, el relato sirve para crear mundos oníricos y fantásticos ¿El tema predilecto? El amor vivido con extrema pasión y ardiente idealismo, pues la mujer no es sino un sueño inalcanzable.

   Tratemos ahora de ver cuál fue esa nueva visión del hombre, ese ideal romántico. Hemos visto cómo «el siglo de las luces» crea una separación entre el hombre y la Naturaleza, al considerarse como una criatura superior que no forma parte de ella más que para explotarla: el romántico anhela, sobre todas las cosas, un retorno al sentido mágico y ancestral de la madre Naturaleza. Sueña con el retorno del hombre a una «edad de oro» que una vez nos perteneció y que se perdió en el transcurso de la historia, y es en la Naturaleza donde se encuentra todo el entramado de símbolos que indican el camino de retorno, camino que la edad moderna oculta con su oscuridad. Se trata de una nostalgia desesperada, desmesurada, que nos lleva a esa visión trágica y heroica de la vida propia del romántico. Trágica por la plenitud perdida; heroica por su ardiente deseo de reconquista.

   Esta búsqueda en la Naturaleza, que es más interna que externa, busca respuestas en el propio subconsciente. Las grandes armas del romántico son, sin duda, esa exploración interior y el desarrollo de la imaginación; con ellas puede recrear, ampliar y embellecer el mundo de lo «real». Mientras que en la Ilustración la razón prima sobre todas las cosas, en el Romanticismo prima la sensibilidad y emotividad del artista. El artista romántico se ve libre del mecenazgo tradicional (Iglesia y monarquía) y busca un nuevo público al que dirigir sus obras. Este redescubrimiento lleva a un renacer del sentimiento místico, iniciándose así una cadena que les lleva a soñar con la espiritualidad de Oriente y con lugares exóticos y misteriosos, pues si existió una idea común a todo el movimiento filosófico y cultural del Romanticismo fue el deseo de descubrir el fondo común de todas las cosas, dejando atrás la escisión creada en el siglo anterior. Esta sed de saber, de entresacar los misterios de la Naturaleza y del hombre, su absoluto hastío de las explicaciones que les ha tratado de imponer la edad de la razón, explica el vitalismo y la necesidad de acción del artista romántico, pero también su infelicidad y su frustración. Había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas, y esto le hace sentirse solo ante la enormidad de ese infinito que tanto amaba y temía a un tiempo, pues la Naturaleza está por encima del hombre y de sus obras, y nada escapa a su dominio; todo esto se verá a menudo reflejado en un símbolo muy propio del Romanticismo: las ruinas.

   Quizás logremos entrever en tan breves palabras que el Romanticismo no fue tan sólo una corriente artística o literaria, sino una forma de vida y un concepto del mundo. Le deben mucho la historia, la filología y la psicología. La historia, porque el romántico no se limitó a estudiarla como una fórmula matemática de datos y fechas, sino que recordó que los sentimientos y pasiones humanas han alterado muchas veces su curso. La filología, porque rescataron cuanto pudieron de su pasado, tanto en lo que respecta a su lengua como a sus tradiciones, revitalizando la personalidad colectiva de los pueblos. ¿Y qué sería de la actual psicología sin el redescubrimiento del subconsciente y del inconsciente?

   Para un último retrato del Romanticismo recurriré a un poeta posterior, enmarcado en otro movimiento literario (el Modernismo), pero que sabía bien del ser romántico. Nos dice pues, Rubén Darío: «Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico? Aquél que no sienta ni amor ni dolor, aquél que no sepa de beso y de cántico, que se ahorque de un pino: será lo mejor… Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas confirman mi anhelo, mi ser, mi existir. Yo soy el amante de ensueños y formas que viene de lejos y va al porvenir».

Elena Machado