La mentira de Hernán Cortés

Llegada de Hernán Cortés a la corte de Moctezuma.

Llegada de Hernán Cortés a la corte de Moctezuma.

En el siglo XVIII, los aztecas habitaban una de las ciudades más grandes del mundo, México-Tenochtitlan. En 1521 fue destruida por los conquistadores españoles bajo el mando de Hernán Cortés y sus aliados indígenas. Para justificar tal magnitud de violencia introdujeron en la mentalidad cristiana una idea que hirió la sensibilidad de todos: la práctica azteca de los sacrificios humanos. Cronistas españoles, misioneros e incluso indígenas convertidos hablan, en sucesivas ocasiones, sobre ello en sus obras. A pesar de que las cifras relatadas en dichas obras son criticadas por el mundo científico por su evidente exageración, el hecho de los sacrificios humanos, dentro del culto azteca, sigue siendo aceptado como hecho real.

Según la versión más difundida, los aztecas, que se denominaban a sí mismos nahua o mexicas, reclutaban a sus víctimas por medio de un tipo de guerra específico llamado «guerra de las flores», cuya finalidad era tomar la mayor cantidad posible de prisioneros para poder ofrendarlos a los dioses aztecas, en especial al dios de la guerra Huitzilopochtli. La fórmula de la ofrenda era colocar al cautivo sobre un altar votivo para abrirle el pecho con un cuchillo de piedra y sacar el todavía latiente corazón. También esclavos y, en menor medida, mujeres y niños serían sacrificados de esta manera.

Además de esta práctica muy usual del sacrificio del corazón, también son nombrados otros tipos de inmolaciones, como por ejemplo la muerte mediante decapitación, con flechas o lanzas arrojadizas, así como luchando contra otro contrincante en evidente desigualdad de condiciones.  Como una práctica especial dentro del culto se narraba el «despellejo humano»: al sacrificado se le retiraba la piel para que posteriormente el sacerdote se pudiera vestir con ella y, realizando un desfile macabro, ejecutar una danza ritual.

No solo a los aztecas sino también a otros pueblos mesoamericanos (de México y Centroamérica) se les atribuyen rituales de sacrificio humano, como los mixtecas y los mayas, en especial el rito de la extracción del corazón. No faltan las teorías que refuerzan la creencia en este tipo de cultos: algunos investigadores hablan de fines religiosos, otros suponen que se trata de motivos culturales materiales, fines políticos y represivos o para la regulación del crecimiento demográfico. Una hipótesis muy criticada por considerarse absurda la planteó Michael Harner: «los sacrificios humanos y el canibalismo unido a ellos eran una estrategia realizada por la falta de proteína en la alimentación y de esta manera al menos, la nobleza azteca tenía acceso a su ración proteínica».  Sobre sacrificios humanos entre los aztecas se escribieron multitud de pequeños artículos, también en las imágenes pictóricas sobran alusiones a las víctimas de los sacrificios, las cuales se pueden encontrar en diccionarios y libros de historia. Aunque sea una idea ampliamente difundida, apenas encontramos fuentes claras, ni siquiera en las monografías (no muy numerosas), por lo que es importante iluminar dichas fuentes desde un punto de vista crítico. Como fuente «clásica» para citar los sacrificios humanos masivos se utilizan a menudo las narraciones del testigo visual Bernal Díaz del Castillo, un soldado al servicio de Hernán Cortés:

“Miramos hacia la gran pirámide…y vimos como ellos (los aztecas) cogían a nuestros compañeros con violencia y los arrastraban escaleras arriba, empezando a preparar todo para el sacrificio. Después de que  hubieran danzado, los acostaron de espaldas en una piedra estrecha que estaba ahí para la ofrenda, y con cuchillos de piedra les abrieron el pecho, les arrancaron el corazón, todavía palpitante, y se lo ofrecieron a sus ídolos. Después dieron un puntapié al cuerpo sin vida y lo lanzaron escaleras abajo. Abajo les esperaban sacerdotes sanguinarios que les cortaron los brazos y las piernas y les despellejaban los rostros. Estas pieles las curtían como si fuera piel para guantes. Con las mismas conservaban incluso las barbas, para celebrar con ellas sus fiestas, mientras se preparaba un banquete en el que se consumía la carne de los sacrificados con chilmole (una salsa picante).”

Bernal Díaz del Castillo, «Historia verdadera de la conquista de Nueva España», Capitulo 152, escrito posteriormente en base a recuerdos, entre 1552 y 1557, aparecido de forma póstuma en Madrid 632; Reimpresión: México 1974).

El lugar de los hechos, el templo principal de la ciudad de Tenochtitlan, se encontraba a unos ocho kilómetros de distancia aérea de los supuestos testigos oculares, que se encontraban en el campamento en las orillas del Tlacopan. Es por ello que Bernal Díaz no pudo haber visto ni oído absolutamente nada. Para poder observar los acontecimientos ocurridos al pie de la Pirámide tendría que haber estado situado dentro del recinto de los templos, pero las circunstancias no se lo permitieron. Los aztecas consiguieron mantener a raya a los españoles, que les rodeaban desde todas direcciones, y capturar un bergantín. Fue allí cuando tomaron prisioneros a unos cincuenta españoles, cuyo sacrificio es el que supuestamente describe Bernal Díaz más tarde, con mucha imaginación. Después de esta derrota los españoles y sus ayudantes indios tuvieron que replegarse hacia sus campamentos.

Bernal Díaz, sin embargo, no es el inventor de la mentira del asesinato ritual. Hernán Cortés escribió en 1522 una versión un poco más corta en su «Tercera Carta de Relación» al emperador Carlos V. Estarían seguros de encontrar oídos abiertos en Europa ya que allí, desde el siglo XV-XVI, ya se difundían mentiras sobre asesinatos rituales entre judíos, los cuales acababan de ser expulsados de la península ibérica junto con los moros (en nuestro siglo fueron los nazis quienes se sirvieron, en sus campañas antisemitas, de este tipo de tópicos bárbaros).

La mentira de Hernán Cortés fue un éxito arrollador: perduró casi quinientos años sin contratiempos. Juan Ginés de Sepúlveda, el contrincante del defensor de los indígenas fray Bartolomé de las Casas, utilizó este tipo de informes sobre prácticas de sacrificios humanos y canibalismo como si los hubiera observado personalmente, cuando jamás presenció nada por el estilo, solo para fundamentar los escritos racistas con los que intentaba denegar la humanidad a los pueblos indígenas para justificar su opresión y genocidio.

A las mentiras de los conquistadores se suman algunos pocos informes de segunda mano,«historias del boca a boca», los cuales se fundamentan en los escritos de misioneros españoles y de indígenas conversos, utilizados en un afán proselitista contra la antigua religión. Además, existen una gran cantidad de frases estereotipadas, como por ejemplo «y los sacrificaron», cuando lo cierto es que ningún español o indígena converso ha presenciado jamás ningún sacrificio humano.

Las únicas declaraciones concretas de este tema sobre quién, cuándo y dónde se han realizado sacrificios no provienen del ámbito cultural azteca sino del maya de Yucatán. Estos relatos se encuentran entre las actas de los procesos de la inquisición de 1561/1565, los cuales dirigía el fanático padre Diego de Landa. El padre Diego es considerado el informante principal en cuestiones de la cultura maya, fue el que mandó saquear las bibliotecas mayas y quemar numerosos textos de jeroglíficos mayas. Las confesiones sobre los sacrificios humanos fueron extraídas mediante tortura, en la que se forzaba a confirmar las citadas frases estereotipo. Este proceso se llevaba a cabo durante el tiempo que hiciera falta para obtener la respuesta deseada, o hasta que el torturado falleciera. Resulta imposible que los etnógrafos consideren tales confesiones como evidencias reales.

Además de las fuentes escritas existen también evidencias arqueológicas en esculturas, frescos, policromías y dibujos manuscritos, los cuales han sido relacionados con sacrificios humanos por parte de indígenas conversos, españoles y antropólogos. Sin embargo, las representaciones de corazones o muertes están lejos de poderse considerar evidencias de que realmente se hubiera sacrificado a seres humanos. A estas representaciones se les puede dar interpretaciones relacionadas con sus mitos y leyendas (plasmaciones alegóricas o metafóricas) o quizá, una ejecución profana o un asesinato. Tampoco los huesos fósiles hallados pueden tomarse como evidencia de la existencia de sacrificios humanos, ya que no recuerdan en absoluto a tales costumbres. En el budismo tántrico, por ejemplo, se encuentran cuencos realizados con cráneos humanos y trompetas hechas de huesos humanos.

De momento la investigación se ha apoyado en las historias del boca a boca, en los testimonios arqueológicos y en las representaciones gráficas, así como también en la interpretación de los jeroglíficos mayas. Lo que está claro es que los españoles vieron las esculturas, los frescos, las pinturas y los dibujos que ellos interpretaban como sacrificios humanos y los antropólogos, a su vez, utilizaron los informes de los españoles para interpretar éstas u otras fuentes, sin haber analizado crítica y sistemáticamente su contenido, haciendo caso omiso de las incongruencias y las contradicciones presentes en ellas.

Esporádicamente aparecen interpretaciones menos triviales. Por ejemplo, el austriaco Karl Anton Nowotny ha interpretado correctamente las imágenes de manuscritos referentes a la historia del Conde «8-Venados» Garra de Jaguar como un «asesinato en el baño turco», que hasta ese momento fue interpretado como un sacrificio del corazón en el templo. La investigadora de símbolos Leslie J. Fürst ha analizado las representaciones del «Codex Vindobonensis Mexicanus 1» en las que otros han interpretado inmediatamente sacrificios humanos, mientras que ella los ha revelado como la «decapitación» de una divinidad femenina, una muestra de los rituales de obtención de la bebida pulque de forma simbólica; otras representaciones las describe como el asesinato mágico-ritual de piedras personificadas. El que se haya interpretado como sacrificios humanos imágenes con decapitaciones u otro tipo de dibujos es algo que será un enigma para las generaciones futuras.

Otro trasfondo simbólico para las figuraciones de matanzas que no ha sido puesto en consideración hasta el día de hoy es el de las iniciaciones (una instrucción ceremonial). Existe en la literatura información específica sobre los chamanes precolombinos, pero prácticamente nada sobre los ritos iniciáticos cuando estos son clave, dado que tratan la muerte como una parte mística dentro del ritual. El candidato «muere» y se renueva. Esta muerte simbólica a veces toma la forma de algo dramático, como el ser despedazado o devorado por un monstruo. A este nivel de simbolismo aún no han sido analizadas las representaciones de matanzas o símbolos de muerte de la cultura mesoamericana, cuando muestran múltiples mitos en los que la muerte es representada como el surgimiento de una nueva vida.

Esto es lo que representaría la muerte y resurrección de los héroes Hunahpu y Xbalanque, narrada en el famoso libro sagrado de los indios quiché de Guatemala, el Popol Vuh. Cuenta el mito que después de un acalorado juego de pelota con los señores del inframundo los dos héroes debían morir, pero ellos mismos se lanzaron al horno y surgieron nuevamente de sus propios restos pulverizados. Después vencieron a los señores del inframundo y se convirtieron en el Sol y en la Luna, ¿no sería entonces que la muerte después del juego de la pelota es más bien una representación mítico- simbólica?

El juego de pelota es un elemento característico de las culturas mesoamericanas. Si las matanzas del equipo perdedor fueran reales este juego no podría haberse sostenido, tanto por problemas de descendencia como por razones económicas, ya que resultaría inútil y costoso entrenar a equipos especializados de jugadores para ser aniquilados tras cada partido.

La muerte no solo es un tema del juego de pelota mítico, sino también está presente en el calendario sagrado de los aztecas. En las festividades anuales se representaban contenidos similares sin que fuesen necesarias las muertes en seres humanos vivos, ya que la muerte escenificada no es un invento exclusivo de la época moderna.  Justamente las muertes descritas en las fuentes son tan impracticables que se evidencia que se trata de muertes teatrales. Por ejemplo, es descrita la manera en la que se abre el pecho «desde un pezón hasta el otro, un poco más abajo», tal como lo describe fray Bernardino de Sahagun, mediante un cuchillo de piedra; o cómo alguien es decapitado únicamente con un cuchillo de piedra; o que el propio pecho es abierto a través del mismo medio. Algunos muy valientes incluso consiguen el prodigio de decapitarse a sí mismos con un cuchillo de piedra. Es muy probable que el ritual del «despelleje humano» pertenezca a esta categoría: a uno de los actores se le extrae la piel de todo el cuerpo de forma rápida, en una sola pieza –en todo caso solo la de la cabeza por separado-, para que el sacerdote pueda meterse en el «vestido» de piel y, a partir de ahí, poder realizar una danza ritual de veinte días de duración.

Hay que tener en cuenta el proceso tan trabajoso que supone el curtido de la piel de un animal para que esta se vuelva dócil y suave. Además, un corte practicado a lo largo de toda la columna vertebral, tal como se puede observar en las esculturas, es difícilmente  practicable. Por lo tanto, el ritual del tlacaxipeualiztli, como es denominado el despellejamiento por los aztecas, difícilmente podría referirse a una práctica real en lugar de simbólico-metafórica, teniendo en cuenta además que la lengua azteca es conocida por su riqueza en imágenes alegóricas. Así, detrás de yollotli eztli (corazón y sangre) no se esconde nada sanguinario, sino una metáfora para una bebida muy valorada que es nada más y  nada menos que el cacao.

El corazón es un símbolo no solo en el mundo cultural europeo, también en idiomas indígenas se relaciona el corazón con ánima o alma. Sin embargo, para el tantas veces mencionado en la literatura, sacrificio del corazón no existe en lenguas indígenas ninguna palabra específica. Ni siquiera en azteca, a pesar de que en esta lengua son diferenciados de forma muy minuciosa los distintos rituales. Así, para expresar el sacrificio del corazón uno se va topando únicamente con el término matar/asesinar (tlacamictliliztli). Ningún traductor del azteca ha conseguido justificar aún porqué mictia (matar) es traducido como «sacrificado» cuando los indígenas matan a españoles, mientras que en el caso contrario esta palabra sólo es traducida como «matar». «Sacar el alma del cuerpo» no es un acto quirúrgico. Así se explica quizá por qué «sacrificios del corazón» nunca fueron observados en Mesoamérica y por qué nunca se encontraron enterramientos masivos de los supuestos holocaustos.

Es también un hecho que el mito de Huitzilopochtli, el cual ha sido utilizado como base para los supuestos sacrificios humanos, no tiene nada que ver con un sacrificio. La diosa Coatlicue se quedó embarazada de una pluma de ganso. Los hijos varones de la diosa, los Centzonhuitznaua, y su hermana mayor Coyolxauqui no la creyeron y querían matar a la supuesta madre deshonrada. Sin embargo, antes de que pudieran llevarlo a cabo, nació Huitzilopochtli vestido con su armadura completa. Este destruyó a sus hermanos mayores y despedazó a la malvada hermana Coyolxauqui. Esta lucha entre dioses no puede interpretarse como un ritual con asesinato en el sentido de una trama relacionada con un sacrificio. Si bien Eduard Seier (1849-1922), un pionero de la mexicanología, ya reconoció esto a principios de siglo, ni él ni ningún investigador han sacado consecuencias del asunto. Y hay otra cosa que se les pasó por alto: que el dios principal de los aztecas, quien es representado en la literatura y en la belletrística como sanguinario, es apaciguado con flores durante la fiesta de Tlaxochimaco. Durante la fiesta de Panquetzaliztli, celebrada en su honor, los festejantes «apresan» su imagen en una figura hecha con harina y la comen según un tipo de ritual de la eucaristía.

En resumen: tras un concienzudo y sistemático estudio de las fuentes no es posible constatar sacrificios humanos masivos. El fenómeno se debe, por lo tanto, no a las supuestas víctimas sino, más bien -y esto a pesar de todas las fuentes-, a la todavía muy arraigada creencia en ello.

Peter Hassler

Traducción del alemán: Cristina Gavilán Weber