La necesidad de una cartografía interior

Las personas que son felices coincidirán conmigo en que para llegar a la felicidad hace falta conocerse a sí mismo. La felicidad no se compra puesto que es un estado interior que se debe ganar; incluso algunos dirían que la felicidad ya es nuestra, siempre que sepamos desprendernos de miedos, dudas, rencores, odios, vergüenzas, etc. Como decía, esa felicidad puede conquistarse si uno conoce sus anhelos más profundos, las virtudes a trabajar para superarnos y aquello que nos entorpece de cara a conseguir los objetivos deseados.

El silencio es uno de los primeros pasos que nos llevará a este autoconocimiento. Hay que restar en silencio para prestar atención a lo que pasa por dentro: qué es lo que pensamos, qué es lo que sentimos, qué es lo que soñamos… No obstante, también coincidiréis conmigo en que si empezamos a escuchar nuestro mundo interior podemos volvernos locos en el intento, ya que podemos llegar a identificar más de una voz. Por ejemplo, es una tarde de domingo con un cielo que augura una puesta de sol maravillosa, de pronto, una vocecita procedente de nuestro interior dice «¿por qué no vamos a dar un paseo por la playa?» y, de repente, surge otra voz que nos dice «Uff ¡qué pereza, con lo bien que se está aquí tirado en el sofá haciendo zapping!»; es más, si seguimos observando, podemos llegar a pensar que tenemos doble personalidad, porque algunos días nos sentimos los reyes del mundo y otros unos miserables. Ahora bien, ¿quién soy de todos estos personajes?, ¿a qué voz tengo que hacer caso?

La Psicología ha investigado durante años esta problemática. Sigmund Freud, quien dio origen al psicoanálisis, afirmó que el aparato psíquico está constituido por tres instancias: el consciente, el preconsciente y el inconsciente. Esta teoría recibe el nombre de primera tópica, la cual será reformulada en la segunda tópica, que incluirá términos más personales y subjetivos: el yo, el ello y el superyó. El ello es aquella parte de nuestra psique que contiene las emociones más básicas: pulsiones, deseos e instintos. El superyó es considerado por Freud como la conciencia moral, la capacidad de autoobservación y de formación de ideales, es decir, sería un juez o censor del yo. ¿Y qué es el yo? El yo sería aquella parte de nosotros que se encuentra en medio de esas dos fuerzas. Es el mediador, el que tiene que bregar entre lo que quiere el ello y lo que ordena el superyó.

Jung, discípulo de Freud, tendrá conceptos similares, como el de ego, que equivaldría al yo de Freud, pero complementa las instancias de éste añadiendo los conceptos de sombra, de persona o el sí mismo, entre otros. La sombra es aquello que no queremos reconocer, que nos avergüenza, y que debe ser aceptada con el fin de negociar con ella para que no se interponga en nuestros objetivos. También utiliza Jung el término persona, tomado del vocablo latín que designa a la máscara que llevaba el actor en el teatro de la Antigua Grecia. La importancia que tiene para nosotros y para la psicología, es que designa a aquella parte de la personalidad que desarrollamos para integrarnos en la sociedad e interactuar con el medio. Hay diferentes tipos de máscaras: el gracioso, el intelectual, la víctima, el donjuán, etc. Por último, el sí mismo que sería, al mismo tiempo, centro y totalidad de la psique, o elemento espiritual que según diversas tradiciones místicas y religiosas todos tenemos.

Edward Bach, el descubridor del sistema terapéutico «Flores de Bach», intentó clarificar estas tendencias presentes en el hombre de una forma muy sencilla. Afirmó que el hombre está compuesto de una personalidad y un alma, según sus propias palabras. «Mientras nuestra Alma y nuestra personalidad estén en buena armonía, todo es paz, alegría, felicidad y salud. Cuando nuestras personalidades se desvían del camino trazado por nuestra Alma, ya sea por nuestros deseos mundanos o por la persuasión de otros, surge el conflicto. Este conflicto es la raíz, causa de la enfermedad y de la infelicidad.» El Dr. Bach muestra, de manera muy simple, una forma de llegar a la felicidad: que alma y personalidad estén en armonía.

Platón, casi 2000 años antes del nacimiento de la psicología, ya expuso que el hombre se constituye de tres partes fundamentales: soma (cuerpo), psique (alma) y nous (espíritu). Soma sería el cuerpo propiamente dicho y sus necesidades básicas, como comer, reproducirse o dormir; psique, el conjunto de emociones, pensamientos y sentimientos; y nous esa parte divina presente en cada uno de nosotros.

Escena del Bhagavad-Gita

Escena del Bhagavad-Gita

No sólo la psicología y la filosofía, dos de las disciplinas más relacionadas con el ser humano, han hablado y puesto nombre a estas realidades. La mitología, de una forma simbólica, también ha plasmado este universo subjetivo. En el Bhagavad Gita, un capítulo de la gran epopeya hindú Mahabharata, se narra una gran guerra entre dos familias, los Kurús y los Pandavas, para conquistar la región de Hastinapura. En este capítulo podemos encontrar referencias a nuestro mundo interior en forma de símbolos universales como el del guerrero, el de la encrucijada, el sabio, etc. El guerrero, guiado por su maestro o voz interior, debe elegir entre luchar como partidario de los Kurús, forma simbólica de nuestros defectos, o junto a los Pandavas, que representan virtudes como la responsabilidad, la dignidad, la generosidad o el honor.

A modo de resumen final, para que podamos llevarnos una imagen más clara de la estructura de nuestra personalidad, me gustaría hacer alusión a una misma metáfora expresada por dos autores de gran renombre ya mencionados en este artículo: Platón y Freud. Platón cuenta la Alegoría del Carro Alado, que aparece en su obra Fedro, y Freud narra la metáfora del caballo y el jinete en El yo y el ello. El caballo haría referencia a aquella parte más animal presente en nosotros (la lujuria, la ira, la rabia, la envidia, el odio…). El jinete o auriga reflejaría el poder de controlar al animal, para que éste no se deje llevar por dichas emociones instintivas y llevarlo por un camino más luminoso.

Volviendo al inicio de este artículo, donde afirmaba que la felicidad pasa por el conocimiento de uno mismo, toda esta «cartografía interior» que he desarrollado tiene un único objetivo: ser un primer paso en el camino de aprender a reconocer, dentro de nosotros mismos, la voz del caballo y la voz del jinete.

Mª Dolores Cantero