Los Indios Norteamericános

No cabe duda que una de las mejores maneras de conocer el espíritu de un pueblo es a través de sus propias palabras. Con este breve acercamiento, que intercambia reflexiones con procesos históricos, vemos a los indios norteamericanos a través de un breve retrato, que se convierte a su vez en sentido homenaje y muestra de respeto por aquellos valores que les caracterizó como nación.

   Admiración, respeto, fascinación; todo ello y mucho más es lo que nos provoca una cultura del pasado que no ha desaparecido totalmente. Una cultura cuyas raíces, como árboles ancianos y robustos, todavía se asientan en una tierra que ha sido su hogar, su  fuente de inspiración y de vida. Y es que los pieles rojas se sienten parte activa de una Naturaleza, de un Universo en el que ellos, los hombres, forman una nación que convive con el pueblo de los animales o con el pueblo de los árboles. Tal vez es uno de los pueblos más jóvenes en el transcurso del tiempo, pero, no obstante, se saben los más afortunados porque pueden dimensionar a su creador: Wakan-Tanka, el «Gran Espíritu» que ha creado todo lo manifestado, y que, a su vez, vive en todo lo que vemos. Por eso dicen que cualquier objeto es wakan, y posee un poder en función del grado de realidad que refleja. De ahí que carezcan de templos o espacios limitados donde encerrar a su creador. Las praderas, las montañas rocosas, los valles fértiles, los ríos serpenteantes, el cielo tormentoso… son expresiones del Gran Espíritu.

   ¿Cómo, entonces, es posible siquiera concebir, el poder profanar, ensuciar o destruir este espacio que no tiene fronteras ni propietarios? Es por ello, que según esta cosmovisión de la vida, aplicada en lo cotidiano, no se establecen de forma sedentaria en ninguna región en especial, ni cultivan la tierra, ni explotan los recursos indiscriminadamente, porque no quieren pisotear en exceso un trozo de epidermis de la Madre que les nutre; no quieren atacarla en su interior con herramientas dolorosas, ni quieren, de ninguna manera, dominar la tierra; tan sólo convivir con ella y tomar lo que buenamente les ofrece, que es todo lo que necesitan para su estilo de vida. Unos hábitos adaptados a una mentalidad trascendente que reconoce la participación interactiva en el plan del Universo. Forman parte del holograma que permite la evolución de todas las partes, siempre que haya colaboración entre ellas. En una sola mañana, un poblado podía levantarse dejando como únicas señales de su ubicación los leños utilizados para preparar las distintas fogatas.

«Damos gracias a nuestra Madre Tierra que nos alimenta. Damos gracias a los ríos y a los riachuelos que nos dan el agua. Damos gracias a todas las plantas que nos proporcionan cura para nuestras enfermedades. Damos gracias al maíz y a sus hermanas las habas y las calabazas, que nos dan la vida. Damos gracias a los arbustos y los árboles que nos ofrecen sus frutos. Damos gracias al viento que agita el aire y aleja las enfermedades. Damos gracias a la luna y a las estrellas que nos dan su luz cuando el sol se retira. Damos gracias a nuestro abuelo He-no, por proteger a sus nietos de las hechiceras y los reptiles, y por darnos su lluvia. Damos gracias al sol por mirar la tierra con ojos clementes. Por último, damos gracias al Gran Espíritu, en quien se encarna toda la bondad y que dirige todas las cosas por el bien de sus hijos» (Plegaria iroquesa).

   El símbolo por antonomasia de todo lo dicho es el bisonte, el animal sagrado que les proporciona todo lo que necesitan: alimento, pieles para su vestimenta, cueros para sus tiendas, correas y huesos para sus armas; para ello tan sólo cazan lo necesario y siempre realizan un ritual de agradecimiento al alma de aquel bisonte que se ha sacrificado para permitirles vivir. Su vida es una vida sin lujos ni riquezas, porque saben que amar las posesiones es una trampa, una fuente de peligros que crea preocupaciones y, sobre todo, ataduras. Y aquí llegamos a su principal virtud: la generosidad. Desde la más tierna infancia, el niño se acostumbra a compartirlo todo y a regalar siempre lo más preciado. Como señal de duelo ante la muerte de un ser querido o como celebración de un acontecimiento, cualquier oportunidad es buena para regalar absolutamente todo lo que uno posee. Ya tendrá oportunidad de proveerse de nuevo de lo necesario. Gracias a esta virtud sabían que podían sobrevivir mejor ante las fuerzas vivas de la Naturaleza.

   Y aunque pueda parecer contradictorio, tan sólo una profunda cortesía y un tremendo respeto puede posibilitar la convivencia en un espacio tan reducido como son los tipis y el poblado en general. Valoraban tremendamente la educación, la dignidad, la voz grave, serena y profunda, tanto de los hombres como de las mujeres. Y todo unido se aliaba para conquistar la templanza o el perfecto equilibrio del cuerpo, la mente y el espíritu: «Que ni el frío, ni el hambre, ni el dolor ni el miedo a estas cosas, ni los dientes puntiagudos del peligro, ni las propias fauces de la muerte te impidan realizar una buena acción», dice un viejo jefe a un explorador, que se disponía a salir en pleno invierno para ayudar a su pueblo hambriento.

   Incluso sus enemigos, los rostros pálidos, admiraban la serenidad y valor que se reflejaba en el rostro de aquellos que combatían con autocontrol absoluto, y no con agresividad gratuita. Desgraciadamente, el contacto durante más de un siglo con los vendedores de pieles y los primeros colonos, fue corrompiendo el alma de este indio, que poco a poco fue modificando sus valores genuinos por los de competitividad, posesión y materialismo: «Cuando era niño sabía dar, desde que me he convertido en civilizado he olvidado este don. Seguía un modo de vida natural, mientras que hoy, es artificial. Cualquier piedra bonita tenía un valor a mis ojos; cada árbol que crecía era digno de respeto. Ahora me inclino junto con el hombre blanco ante la pintura de un paisaje cuyo valor se estima en dólares» (Ohiyesa, escritor indio contemporáneo).

   Dado su modo de vida ordenado y sincronizado con la Naturaleza, podría parecer que se organizan en base a un sistema rígido social que les coarta la libertad, pero es todo lo contrario. Su sistema social se basa en la unidad más pequeña, que es la familia; la unión de varias de ellas formaría un clan y la unión de varios clanes constituye una tribu. El jefe del clan o de la tribu y el hombre espíritu, son considerados los más sabios y valientes, y el pueblo les rinde una obediencia natural, que surge del reconocimiento de su valía y de su capacidad para poder dirigirles de la forma más adecuada posible. Y es que para ellos, el valor de una persona se manifiesta en sus actos, no tanto en sus palabras, pues éstas se las lleva el viento y no producen frutos si no se siembran y trabajan con una forma de comportamiento que pueda beneficiar al pueblo por entero. Por eso, cuando comenzaron a relacionarse con los hombres blancos, no podían entender la falta de coherencia entre lo que les prometían y lo que finalmente cumplían. Desde un punto de vista occidental, la mentalidad india era ingenua, pues eran fáciles de engañar y corromper, dado que por principio confiaban en la palabra como una prolongación de los actos. La influencia del hombre blanco fue tal, que incluso un siglo antes de que terminaran hacinados en las reservas -dispuestas para que pudieran seguir su estilo de vida, pero que en realidad eran unas tierras áridas y sin bisontes, con lo cual estaban condenados a la desaparición-, ya empezaron a corromperse con el alcohol, porque creyeron que les confería valor y que les permitía alcanzar de forma rápida estados de conciencia, que identificaban erróneamente con visiones superiores. Las armas y el materialismo se fueron introduciendo poco a poco deformando su mentalidad y sus costumbres; por ello, la barbarie y la crueldad fue la respuesta que muchos dieron para defenderse de una enfermedad que los estaba consumiendo paulatinamente.

   Jamás debemos olvidar que los colonizadores fueron los rostros pálidos, para ellos, como invitados en una tierra extraña, debían haberse instalado con respeto, sin pretender ocupar el territorio por completo y respetando las costumbres de los nativos. A ninguna sociedad le resulta agradable ver aniquilada y prohibida su cultura por la invasión de unos extraños que no quieren convivir en armonía. Esto puede parecer infantil también, pero es la clave de la dignidad humana, ya que cumplir esta premisa es lo que eleva al hombre por encima de su condición animal y le enriquece realmente como ser humano; todo lo demás son falsos prejuicios en donde los valores han trasmutado la concordia por la competitividad, el respeto por el rechazo a lo desconocido y la mentalidad trascendente por la mentalidad materialista.

   Finalmente, qué mejor que poder imbuirnos de este espíritu de las llanuras que a través de esta plegaria ojibwa, que resume con poesía y autenticidad el verdadero corazón de los pieles rojas:

«¡Oh Gran Espíritu! Cuya voz oigo a través del viento y cuyo soplo da vida a todas las cosas, escúchame. Voy hacia ti como uno más de tus numerosos hijos; soy débil… soy pequeño… necesito tu sabiduría y tu fuerza. Permíteme caminar entre la belleza, y haz que mis ojos perciban siempre las púrpuras y encendidas puestas de sol. Haz que mis manos respeten las cosas que has creado, y da agudeza a mis oídos para que puedan oír tu voz. Hazme sabio, de modo que pueda comprender cuanto has enseñado a mi pueblo y las lecciones que has escondido en cada hoja y en cada roca. Te pido fuerza y sabiduría, no para ser superior a mis hermanos, sino para ser capaz de combatir a mi mayor enemigo, yo mismo. Haz que esté siempre preparado para presentarme ante ti con las manos limpias y la mirada alta. De manera que, cuando mi vida se extinga como se extingue una puesta de sol, mi espíritu pueda acudir a ti sin nada de que avergonzarme».

 Catalina Simonet