Pitágoras de Samos y la Escuela de Crotona

Enigmático y misterioso, Pitágoras de Samos es conocido popularmente por el famoso teorema que lleva su nombre; pero tras el matemático aventajado, el músico y el incansable buscador de la verdad, se encuentra también una importante escuela que se convirtió en modelo de inspiración para la posteridad, pues en Crotona se sentaron las bases de la filosofía, las matemáticas y la música que hoy conocemos. Desde Platón hasta Giordano Bruno, y aún hasta nuestros días, el pitagorismo ha seguido marcando una huella imborrable en el pensamiento de Occidente…

     La historia le vio nacer en un momento histórico, 590 a.C, en que el genio heleno todavía estaba en formación, haciéndole participar activamente en su desarrollo y sentando bases filosóficas que más tarde influirían en filósofos de la talla e importancia de Platón.

   Augurado su nacimiento por el oráculo de Delfos como el de «un hombre que sería útil a la humanidad de todos los tiempos», recibe el nombre de Pitágoras: «el que siempre dice la verdad, como Apolo». Ya desde su infancia y juventud destacó en virtudes morales y capacidades mentales, siendo un joven estudioso, cortés, agradable en el trato, humilde ante la Naturaleza y la Sabiduría y con un entusiasmo por la búsqueda de la verdad que resultaba desbordante. Ese afán de conocer le condujo como una brújula por todos los rincones del mundo conocido y sus huellas quedaron grabadas en Tiro, Mileto, Egipto, Babilonia e incluso algunas tradiciones hablan de La India. Tuvo por maestros a Ferécides de Siro, teólogo y taumaturgo, y a Hermodamante de Creófilo, con el que acudía a los templos a preguntar a los sacerdotes sobre la religión y los dioses. En Mileto aprendió con Anaximandro geometría y astronomía. Su inquietud le llevó al viejo y misterioso país de los faraones, ya entonces famoso por sus sabios. De hecho, todo griego que preciara su instrucción debía dirigir sus pasos a Egipto para una verdadera formación. Pitágoras llegó a vivir en Tebas (Dióspolis Magna) alrededor de 20 años. Allí aprendió, según nos cuentan sus biógrafos, el misterio de los símbolos, ritos e iniciaciones, convirtiéndose en «sacerdote de Amón». Pero el destino quiso que partiera del país de la sabiduría hermética cuando Cambises, rey de los persas, conquistó Egipto y se llevó a un grupo de sacerdotes a Babilonia, entre los que se se encontraba Pitágoras. En Babilonia aprendió la mística zoroastriana, astronomía y aritmología caldea (mística del número). Tras dos o tres años de instrucción se pierde un poco la pista del ya por entonces sabio griego. Según parece, pudo haber visitado La India, pues todavía hoy se recuerda a un gran maestro venido de Occidente al que llaman Yavan-acharya (el maestro jónico). Al ser contemporáneo de Sidharta Gautama el Buda, podríamos imaginar un encuentro entre aquellos hombres excepcionales, aunque esto pertenece a un episodio romántico e imaginativo que tal vez pudo ocurrir, pero del que no existe constancia, a pesar de la influencia oriental en la filosofía pitagórica.

   Se vuelve a encontrar su pista cuando regresa a Samos. Su reputación le precedía en todos los lugares que visitaba, siendo muy bien recibido tanto por sacerdotes como por nobles y gobernantes de todas las regiones. Estuvo en Creta, instruyéndose en los llamados «misterios de Zeus», que tenían lugar en la célebre cueva donde la tradición indica el nacimiento de este Dios. Pasó también una larga temporada en Delfos, instruyendo a los mismos sacerdotes de Apolo sobre el significado de los símbolos y oráculos del dios. Se dice que allí donde estaba siempre había una buena conversación y se reverenciaba a la Verdad. Según la tradición, fue en una de esas ocasiones donde se dio nacimiento al término «filosofía». Un tal Leonte, que se hallaba escuchando la disertación del sabio, le increpó de pronto diciendo: «¡Oh Pitágoras, eres un gran sophos (sabio)», a lo que Pitágoras respondió «No, yo no soy un sophos, soy un philo-sophos, amo la sabiduría, pero todavía no la poseo». De esta anécdota cabe destacar la humildad de un hombre que había dedicado toda su vida al aprendizaje y a la búsqueda de la verdad. Nos recuerda, un poco al «Sólo sé que no sé nada» de Sócrates.

   En todo este periplo se percibe en Pitágoras la necesidad de fundar una escuela filosófico-mística. El lugar elegido para la fundación de su escuela fue Crotona, una pequeña localidad de la Magna Grecia (Italia), que abrió sus puertas al maestro jonio y ayudó a la construcción de la escuela sobre una colina orientada hacia el amanecer. La aceptación de las mujeres, el sistema probatorio para poder acceder a la enseñanza y el secreto exigido a los discípulos, son características de la escuela pitagórica, que la singularizan entre las corrientes filosóficas griegas de la época y la emparentan con los templos de sabiduría egipcios. En ella se enseñaba matemáticas, música, metafísica y simbolismo; además, se daba una formación de la personalidad basada en la armonización del carácter. En esa búsqueda del equilibrio en uno mismo, se trataba de combatir su tendencia personal con la contraria, para que paulatinamente se dieran cuenta de la necesidad de superar los extremos y alcanzar la armonía. Por ejemplo, el que era muy extrovertido y hablador era sometido a pruebas de silencio. El tímido se ponía a enseñar a niños y jóvenes, o a iniciar conversaciones públicas. Así con aprendizaje, reflexión y pruebas prácticas, el carácter se iba fortaleciendo y purificando, como si de una alquimia interior se tratara. Cuentan anécdotas del valor que tenía para un pitagórico la palabra empeñada, o de su porte siempre elegante y armónico, que les hacía ser reconocidos con sólo mirarlos caminar por la calle.

   En otro orden, los estudios científicos de la secta pitagórica llegaron a alcanzar un alto nivel de desarrollo. Pitágoras daba gran importancia a las matemáticas, la música y la astronomía, así como a sus interrelaciones. Hoy en día se ha podido constatar lo acertado de este estudio interdisciplinario, pues se sabe que los planetas y demás astros emiten una determinada frecuencia vibratoria (a la que se refería Pitágoras como la «música de las esferas»), así como el hecho de que el Universo puede ser definido a través de fórmulas matemáticas. Para el maestro jonio, el cosmos, como un orden armónico, tiene una finalidad universal, de la que el hombre participa. Para él, el conocimiento de las leyes de la armonía que rigen a los astros (macro-cosmos), podía utilizarse a su vez para conocer las leyes de lo pequeño, el hombre (micro-cosmos). 

   En el ámbito de la investigación metafísica, Pitágoras participó en la difusión, fundamentada filosóficamente, de la creencia en la inmortalidad del Alma y su transmigración de cuerpo en cuerpo, más conocida hoy como teoría de la reencarnación, según la cual el Espíritu del ser humano es inmortal, y a través de sucesivas vidas va adquiriendo el conocimiento que le permite perfeccionarse y evolucionar.

   En su aspecto organizativo, la escuela pitagórica se hallaba dividida en dos núcleos de discípulos: por una parte estaban los llamados acusmáticos, que más bien se instruían en lo que eran normas de conducta y que podían enseñar a través del ejemplo, pero no de la palabra, pues aún no habían adquirido el nivel suficiente. En segundo lugar estaban aquellos que habían alcanzado un grado notable de maestría en la ciencia filosófica y que estaban preparados para transmitir la enseñanza sin tergiversarla ni llevar a confusiones epistemológicas; eran llamados los mathemata. Estos últimos serían los grandes maestros que fueron desarrollando las matemáticas tal como hoy las conocemos. Pocos libros nos han quedado del pitagorismo; conocemos su obra fundamentalmente a través de los comentarios de filósofos platónicos y neoplatónicos. La reverencia que tenían hacia su maestro hizo que firmaran los textos o enseñanzas bajo el nombre genérico de «Pitágoras», por lo que su labor quedó en un humilde y voluntario anonimato.

   Pitágoras se centró en la dirección de la escuela y en la enseñanza, pero pronto la desgracia se cerniría sobre ella. La envidia y la intolerancia hizo que algunos individuos que no fueron admitidos en la escuela por no alcanzar el nivel exigido, perpetraran un crimen. Entraron saqueando, destruyendo e incendiando lo que encontraban a su paso: edificios, papiros, jardines… incluso mataron a muchos que no habían podido refugiarse. Pitágoras pudo escapar con algunos de sus discípulos, que mantuvieron la escuela en un ámbito más reservado. Refugiado en Metapunte, Pitágoras muere a la edad de 80 años, después de haber dedicado toda su vida a la Sabiduría. Con el correr de los siglos, siguió inspirando a científicos, músicos y filósofos, algunos de la talla de Platón o Giordano Bruno, quienes rindieron siempre homenaje en sus obras y escritos al viejo maestro jonio. La Escuela Pitagórica aportó un gran legado a Occidente, no sólo por todo lo que se ha mencionado, sino también por ser la primera en proponer un estudio ecléctico, comparado e interdisciplinario entre las diversas ramas del conocimiento, sin aislar la ciencia de la mística, la razón de la intuición, postura que hoy vuelve a postularse entre los científicos y filósofos de vanguardia. La vigencia de lo poco que ha podido conservarse de las enseñanzas pitagóricas y de otras escuelas del mundo antiguo, nos hacen presentir todo lo que se perdió tras la caída de la cultura clásica, y teniendo en cuenta los años de esfuerzo e investigación que ha costado redescubrir todo ese saber, no estaría de más volver nuestra mirada hacia atrás y preguntarles a aquellos sabios cuyos nombres aún resuenan en los ecos de la historia, cuáles fueron los secretos que lograron desvelar en su diálogo con la Vida y con la Naturaleza.

Víctor Vilar