Rabindranath Tagore, el artísta de la vida

Hoy he querido evocar -humilde, aunque enfervorizadamente- a Rabindranath Tagore, el poeta bengalí de alba y luenga barba, cabellera a modo de apóstol, frente espaciosa, ojos vivos que parecían escrutar el más allá, ademán lento, suave, tierno, impregnado de una grande y sencilla majestad.

   Escribir de Rabidranath Tagore parecía fácil. No lo era. Podía salir del paso dando a conocer simplemente su vida o algunos de sus poemas. Pero… ¿hasta qué punto era honesto hacerlo así? Un artículo con hechura biográfica presentaba el peligro -no pequeño- de incidir en la pesadez. Estaba en una encrucijada. Opté por no separar el hombre de su obra, ya que ésta es la justificación de aquél.

   Permítanme una salvedad. Yo no llamo Poeta así, con mayúscula, sólo al escritor de versos, por buenos que estos sean substancial y formalmente, si no lleva en sí algo más. Al hablar del Poeta, queremos significar un ser predestinado. Un ser hecho de barro, sí, de barro del cielo; un ser a quien el Creador ha besado. Por eso ser Poeta es dolor y gozo. Poeta es, pues, un ser que tiene un mensaje que dar a la humanidad, un mensaje que le ha llegado a través de los tiempos para transmitirlo al corazón de sus contemporáneos. El Poeta no es sólo el cantor de la música que late en la vida y en el alma de las cosas, es algo más; el Poeta es un místico y un filósofo, en lo que la mística tiene de amor y comprensión, de elevación hacia la Divinidad, y la filosofía de armónica senda hacia la posesión de la Verdad, que es la suprema Belleza, o mejor, todo el Amor. Partiendo de la base de que el Poeta no es un fenómeno aislado en el tiempo, es, sí, el resultado en el momento preciso de mil circunstancias históricas, filosóficas, sociales, el punto crucial de una civilización. Convendrá pues conocer, para mejor encuadre de la figura, el momento de Rabindranath Tagore.

   La vieja, extraordinaria y rica cultura de Asia, ha permanecido en un letargo de siglos siguiendo el ciclo natural de esplendor y declive en el orden de los tiempos. Ha sentido en la última centuria la llamada a nueva vida, y van levantándose, despertando a gritos, los anhelos de ese gran continente, hoy sumido en una convulsión de la que esperamos salga triunfante la belleza.

    Así como Europa tuvo y conoció un Renacimiento del que brotaron copiosos y maravillosos frutos literarios, científicos y humanísticos, también en Bengala, bajo la percusión de la cultura occidental, se origina un renacimiento con las mismas características que el europeo. Viene el despertar religioso, el estudio de los clásicos sánscritos y una reforma interna de las viejas creencias. Hay un nuevo florecimiento intelectual, político, artístico, y como figura señera que corona el renacimiento bengalí, está Rabindranath Tagore, el que ha sido llamado «emperador sin corona de La India».

    Rabindranath Tagore, místico y filósofo, es el Poeta por excelencia. Tagore tiene un mensaje que dar a la humanidad, un mensaje de una extraordinaria y pura belleza, porque es llamada de amor. Su voz es clarín de plata para convocar a las gentes de buena fe para comulgar juntos en los ideales de comprensión, unión y amistad entre los hombres de todas las razas, de todas las religiones, de todos los credos, de todos los países. Y se hace maestro y se hace caminante de largos y encontrados caminos.

   No olvidemos que al empezar Rabindranath Tagore su misión, Bengala está bajo la influencia del poderío inglés y acaba de nacer un nuevo nacionalismo. La actitud de Tagore es constructiva, integradora. Oriente y Occidente se necesitan, se complementan. Para llegar a una civilización superior es necesaria la fusión de la libertad de ideas de Europa, con el acervo conservador de La India. La fecunda inquietud intelectual y artística de una, con el también fecundo sosiego de la otra. Es éste uno de los temas fundamentales de su ideología al que permanecerá fiel, valientemente fiel toda su vida. Toda su vida, toda su dilatadísima obra -Tagore es un escritor fecundísimo- es una constante de bondad, de sinceridad, de buena fe. No en vano es el hombre que ha dicho: «Por supuesto que no debemos pensar ni por un momento que matar sea una forma necesaria de la guerra. El hombre está en un plano preeminentemente moral y sus armas deberían ser armas morales».

   Rabindranath, que es un vidente, no es, sin embargo, un utópico. Sabe bien que la semilla que él derrama en el surco puede no prender, puede también tardar en dar fruto, pero sabe que él tiene que sembrar. Sobrecoge pensar en el sacrificio que supone para un hombre que es un pensador, un espíritu de selección, de recogimiento, el continuo desplazamiento y el contacto con tan diversas gentes y costumbres. Consciente muchas veces de que a pesar de todo sus palabras chocarían, levantarían barreras -y eran palabras de paz- acudía donde le llamaban sin regatear nunca su presencia siempre que fuera necesaria, venciendo su tremendo cansancio, su natural modesto, tan contrario a la exhibición, aunque no siempre haya sido así; nos lo cuenta él mismo en su severa a la vez que deliciosa autocrítica al referirse a sus primeros tiempos de vida intelecto-social: «Llevaba el pelo largo, y creo que hasta incidí en un refinamiento ultrapoético de maneras…»

    Rabindranath Tagore, descendiente de una linajuda familia bengalí, ya ilustre entre la nobleza del intelecto. Su padre, de quien tanto ha heredado, es conocido por maharashi (gran sabio). Nace Rabindranath el 6 de mayo de 1861 en Calcuta, en el momento oportuno y en el lugar adecuado para vivir en toda su plenitud el complejo movimiento de renovación espiritual, del cual iba a ser la más brillante culminación. Ningún género literario le es extraño; su musa, de un lirismo extraordinario, va desde esa maravilla de sus Pájaros perdidos hasta sus piezas teatrales, pasando por cuentos de una rara belleza, llegando al periodismo, que cultiva con éxito inigualable; tanto es así, que muchos comentaristas denominan el decenio de 1887 a 1897 -en que la producción tagoriana alcanza una asombrosa, extraordinaria fecundidad y calidad-, el periodo Sadhana, nombre de la revista que por 5 años redactó casi exclusivamente y de la que se ha dicho: «La mejor, con mucho, de todas las que se han editado en Bengala».

    Santiniketan, he aquí un nombre que puede resumir la vida -que es su obra- del profeta. Un hombre de tan alto valor espiritual, de tan elevado vuelo redencionista, tenía que poner toda la veracidad de su obra en la nueva simiente. Y así nació la escuela de Santiniketan, seminario de formación de individualidades bajo un clima común. Es la colmena donde trabajan en su búsqueda de la confraternidad humana, bebiendo en la misma fuente de cultura, profesores y discípulos de Oriente y Occidente. Santiniketan, que es lugar de paz, tierra de promisión para la añoranza del Poeta cuando se halla lejos dando conferencias en Europa, en los Estados Unidos de América, en Japón… Es, a la vez que el ashram, especie de retiro para su espíritu angustiado por el dolor del mundo, el monumento perenne de Rabindranth Tagore.

    ¿Dónde ha bebido el Poeta? ¿De qué fuente brota el caudal de agua cristalina, incontaminada, fresca y pura de su inspiración? De la vida que da goce y dolor, y de la Naturaleza que es siempre sorprendente, deslumbrante. Rabindranath, que ha sido un estudiante irregular en las aulas, ha aprendido en el libro diverso y asombroso de la tierra, del agua, del cielo, del búfalo, del loto, del árbol, de la barca al deslizarse suavemente en el agua, de la imagen milagrosamente reflejada en el río, de la nube que se aleja, del aire puro de la montaña, de la gloria del amanecer, del hombre en su medio natural. Su padre, el maharashi que ha sido tan sabiamente indulgente para Rabindranath al permitirle eludir su regular asistencia a los centros de enseñanza -no se puede tratar disciplinariamente a un niño que nada tiene de rutinario y sí de una rara y fina sensibilidad- procura que viaje para que vaya enriqueciendo el acervo de sus impresiones y sensaciones, adquiriendo un conocimiento vivo y tangible de su pueblo, de sus problemas, de sus necesidades, de sus anhelos, de la integridad de la patria. Y ya toda la vida del poeta tendrá un signo viajero, unido a períodos de recogimiento y meditación cuando siente fatigado, lacerado, su espíritu, tan vulnerable aunque tan firme, tan tenaz en la bondad y en la lucha por la confraternidad humana.

   Para substraerlo a una epidemia que se declaró en Calcuta, su padre le lleva a una finca campestre junto al Ganges. Hito importantísimo en su vida. Allí despierta a la emoción de la Naturaleza. Casi conjuntamente descubre con la belleza de las cosas el íntimo goce de su expresión lírica al conocer los poemas venerables de Jayadeva y Kalidasa, reivindicando para sí, años más tarde, ya en su madurez, la responsabilidad de la herencia espiritual de este último. Así fue, contado como sólo él sabe hacerlo, su despertar a la poesía: «Fue una mañana. Yo espiaba la salida del sol desde la Free School Lane. De súbito se rasgó un velo ante mi vista y todo se convirtió en luz. El panorama entero era una música perfecta… un ritmo maravilloso. Las casas en las calles, los hombres moviéndose allá abajo, los niños jugando, todo parecía componer un cuadro lleno de luz… indescriptiblemente esplendoroso. La visión prosiguió durante siete u ocho días. Todos, incluso aquellos que me molestaban, parecían perder el límite externo de su personalidad; y yo estaba lleno de regocijo, henchido de amor por toda persona, por las cosas más menudas. Luego fui al Himalaya y allí lo busqué y allí lo perdí… Aquella mañana de la Free School Lane fue de las primeras cosas que me proporcionaron la visión interna que he tratado de explicar en mis poemas. Desde entonces me he convencido de que mi meta era expresar la plenitud de que se rasgue el velo…»

   Todavía nos ofrece una nueva descripción de este momento maravilloso en que se abría, como una flor, el espíritu de un Poeta:

«Desde el final de la calle Sadar se ven árboles en el jardín de la Free School. Una mañana estaba yo de pie en la galería, mirándolos. El sol se elevaba lentamente por encima de la criba de sus hojas, y cuando yo estaba acechándolo, de repente, en un instante, pareció que un velo se alzaba de mis ojos. Vi el mundo circundado de una gloria indecible, con sus ondas de alegría y de belleza que estallaban y hendían por todas partes. La densa mortaja de amargura depositada en infinitos pliegues sobre mi corazón estaba totalmente acribillada, de extremo a extremo, por la luz del mundo que por todas partes irradiaba. Aquel día brotó, como la misma fuente que describo, el poema The Fountain Awakened from its Dream. Al terminar no había caído todavía la cortina sobre aquella singular visión de belleza y alegría. No existía nada ni nadie en aquel momento que no amase… yo continuaba en la galería observando cómo los collíes correteaban por el camino. Sus movimientos, su figura, me parecían extraordinariamente prodigiosos, como si todos ellos se balancearan semejantes a las olas del gran océano del mundo. Cuando un joven descansó su mano sobre el hombro de otro y pasaron alegremente, fue aquello para mí un acontecimiento notable… En la plenitud de mi visión me pareció presenciar los movimientos del cuerpo de toda la humanidad y percibir los acordes y el ritmo de una danza mística. Durante unos días permanecí en este mismo arrobamiento. Mis hermanos tenían el proyecto de ir a Darjeeling y me fui en su compañía. Me imaginé que tal vez tendría una visión más completa de lo que había presenciado en las partes más animadas de la calle Sadar una vez que me encontrase en las cumbres del Himalaya. Pero al escalarlas, toda la visión se desvaneció. Aquella fue mi equivocación. Creí que conseguiría la verdad desde lo externo. Pero, no obstante, por elevado e imponente que pueda ser el Himalaya, no pudo poner algo real entre mis manos. Mas Dios, el Gran Donante, El, puede abrir todo el Universo a nuestra contemplación en el reducido espacio de una simple vereda» ¿Verdad que turba y conmueve asistir al maravilloso momento de la revelación de la Belleza a un alma?

   Que la instrucción de Rabindranath Tagore haya sido anárquica, no significa en modo alguno una remisión en el trabajo y en la formación. De aquellos ocios infantiles en los jardines del palacio pairal, tan propicios a la soledad y a la meditación, han nacido, tal vez, las bellas imágenes que tan luminoso colorido, que tal calidad y variedad de matices dan a sus escritos. Pero su labor es inmensa, trabaja y trabaja, hace oficio, porque sabe bien que en literatura, como en toda manifestación de arte, para hacerse dignamente, para escalar merecidamente un puesto cimero, no basta la inspiración, hay que aunarla a la técnica y ésta solamente se adquiere con una dedicación constante, con un hacer diario sin regateo de horas. Rabindranath Tagore no se regateó nunca ni como hombre ni como escritor ni como patriota. Fue siempre el gran señor dadivoso en su vida y en su obra. Rabindranath empieza a escribir siendo un adolescente y no deja nunca de hacerlo, con una dedicación, con un fervor, con una ferocidad asombrosos, hasta su muerte, octogenario ya. Su obra cada vez más depurada, cada vez más profunda, con una hondura de sentimientos y una elevación de miras casi milagrosa, es ingente. Hay en Tagore multiplicidad de facetas. Puede ser suave, puede ser burlón, puede ser mordaz; encendido apologista, patriota ardiente, filósofo, elevadísimo místico, poeta de una exquisita medida formal, inventor de palabras de un extraordinario sabor, coloquista inigualable, orador de palabra arrebatadoramente convincente, pintor, estilista de afortunados hallazgos expresivos de imágenes únicas, músico, elegíaco, optimista; cuanto pueda caber en la humana mente y en el corazón del hombre puede ser intuido, comprendido, amado y expresado de una manera sencillamente prodigiosa por Ragindranath Tagore.

    Encontraremos en su hacer, obras menos logradas que otras, algunas con menos aciertos, pero sí hallaremos en todas belleza y hondura. Su teatro es, precisamente, una demostración de lo que acabamos de apuntar. El exceso de argumentos secundarios engarzados en la trama del argumento principal, restan vigor al drama y resultan piezas en extremo discursivas, que no producen el impacto debido en el ánimo del espectador que sí paladea el regusto de un lenguaje cargado de poesía, de una emotiva y profunda belleza. Todavía joven, se inicia la madurez del poeta. La muerte de la esposa de su hermano mayor, tan querida para él, marca un hito importantísimo en su vida; determina un cambio profundo en su vivir, en su mentalidad, en su mundo interior y exterior. Es la primera vez que tiene una lúcida, intensa comprensión de la muerte, que a partir de este momento ha de constituir uno de los leit-motive fundamentales de su obra.

   En el crisol del sufrimiento se depura el oro de las almas. La de Rabindranath Tagore es de muchos quilates y del mejor temple. A Rabindranth Tagore la vida no le ha escatimado dolores. Ya desde muy niño le falta la madre y la soledad se hace su amiga. Apenas tiene cuarenta años cuando pierde a su esposa y escasamente dos años más tarde a su hijo -la esperanza- y no satisfecho aún, el destino le arrebata a su hija mayor. No creáis que llena esta herida que ya nunca ha de cerrarse, sus letras de amargura, no. Rabindranath se acerca más a Dios con la muerte y se llenan sus poemas de una noble serenidad, de una gran ternura y de un generoso optimismo. Su lírica se hace más mística y nacen los poemas de Gitánjali, que ha sido calificado como un verdadero jardín de flores místicas.

   Nunca agradeceré bastante a un buen amigo de mi familia que siendo yo jovencita me hiciera conocer al Poeta hindú. Fue a través de La luna nueva. Nunca ha sido mejor descrita el alma y la fantasía de un niño. El mismo Poeta se hace niño de nuevo para hurtarse al dolor y revivir la prodigiosa aventura de la niñez, del descubrimiento continuado de cosas y seres nuevos a los que los niños doten de una vida propia, como en un proceso de nueva creación ¡Oh, la maravillosa ingenuidad de los niños! Sólo a algunos elegidos es dado seguir siendo niños en su alma. Y, sin embargo, el mismo Rabindranath ha dicho: «Dios espera hasta que el hombre se hace niño de nuevo en su sabiduría». Es precisamente a través de La luna nueva, que conquista definitivamente el mundo occidental.

   Tagore ha sido traducido al chino, al japonés, al persa y, obvio es decirlo, a todos los idiomas cultos de Europa. Algunas de sus traducciones al inglés han sido hechas por él mismo, sin alcanzar -según confesión propia- la riqueza de expresión, firmeza y colorido que en su originario idioma bengalí. En su versión española sí ha tenido traductores de excepción. Zenobia Camprubí de Jiménez y en algunos casos el propio Juan Ramón han puesto su exquisita sensibilidad, su maestría indiscutible, su experiencia poética, amorosamente a contribución de la obra de Rabindranath. A todos los confines del mundo llega el mensaje de belleza, de espiritualidad, de amor de este Poeta que es por encima de todo, el adalid de la buena fe. Largo recorrido han hecho sus letras. De La India cálida y multicolor a la fría y verde Suecia, de donde le llega -como un presente inestimable, al regreso de un triunfal viaje a Inglaterra y Estados Unidos, emprendido tras recibir el 28 de enero de 1912 en el Ayuntamiento de su ciudad natal un homenaje de alcance nacional, en el que toman parte todas las clases sociales-, la noticia de la concesión del Premio Nóbel. Recomienda su elección Verner Von Heidenstam -que tres años después recibiría también ese galardón- diciendo, refiriéndose a Gitánjali: «Los he leído con emoción profunda. No recuerdo nada en la poesía lírica de hace muchos años a esta parte, que se les pueda comparar. Ha sido una extraña sensación que sólo me atrevería a parangonar con la que se experimenta al beber de un manantial fresco y claro. La suave y sincera religiosidad que impregna todos sus pensamientos y emociones, la pureza de su corazón, la espontánea dignidad de su noble estilo, son cualidades que se integran en un todo de rara y honda belleza espiritual. Su poesía no contiene nada impugnable o que desasosiegue, nada que sea trivial, grosero o caprichoso. Si hay algún poeta del que pueda decirse que es acreedor al Premio Nóbel, helo aquí».

   No siempre este mensaje de amor fue comprendido. Pueblos enteros quieren ignorarlo, aún entre los que antes reclamaran sus palabras -y se llena de dolor el alma del Poeta que sigue tenazmente, incansablemente, blandiendo la antorcha luminosa de la confraternidad humana hasta su muerte. En 1941, el día de su cumpleaños, se publican simultáneamente La crisis de la civilización, un último libro de versos, Jamandine y Galpa-Salpa, de cuentos. Son sus últimas obras. El 7 de agosto de 1941 el mundo pierde a un hombre fundamentalmente, sencillamente, bueno. 

 Catalina Valls