Troya, de las brumas de la leyenda a las páginas de la historia

La memoria de los hombres se disuelve… Cronos devora a sus hijos… el tiempo se desvanece. Restos inertes de piedras esparcidas nos recuerdan lo que otrora fueron grandes reinos y civilizaciones; estatuas de fríos ojos nos observan, impertérritas, mudas, sin desvelarnos sus más íntimos secretos; viejos papiros y pergaminos guardan celosamente su contenido… y sin embargo, desde el fondo de la historia, nos llega un canto de eternidad que ha atravesado los siglos, pues, ¿quién no ha oído hablar de Troya?

      La historia de la caída de Ilión (Troya), está recogida en lo que se llama el Ciclo Troyano, una serie de poemas épicos que narran la historia y las gestas de los héroes de la guerra de Troya y su regreso a casa. Estos poemas eran: Cipria, Aethiopis, la Ilíada, Iliupersis, Nostoi (poemas que cuentan la vuelta a casa de los héroes, entre los que destaca La Odisea) y La Telegonía. Sin embargo, salvo La Ilíada y La Odisea, los otros tan sólo se conocen por comentaristas y algún pequeño fragmento.

      De ahí la gran importancia de los poemas homéricos y de su autor, pues se constituye como el poema épico más antiguo de Europa. Estos poemas, durante mucho tiempo, no estuvieron escritos, eran cantados por unos personajes denominados  «aedos», que entonaban con voz vibrante y con rebosante memoria todos los versos. En la Antigüedad, el don de la palabra «verdadera» era una virtud propia de augures, bardos, sabios, sacerdotes y reyes. El Aedo -especie de bardo o poeta-rapsoda-, era considerado como maestro de aletheia, «maestro de la verdad». Y no se trata en este caso de la verdad objetiva, calculable, experimentable. La imagen que tenemos de la «verdad», difiere en algunos aspectos de la concepción antigua. Entre los iranios hay una palabra utilizada comúnmente como «verdad»: Rta, pero además significa «plegaria», algo que te vuelve a reintegrar en el todo, en el orden natural. En Egipto se veneraba a una diosa llamada Maat, que era el orden que se asienta en la verdad-justicia, y que en el hombre se manifiesta como rectitud. En la Antigüedad, la «Verdad» tenía que hacer mejor al hombre, recordarle su origen, recordarle la ley natural, su deber y cómo vivir de acuerdo a él. Todo lo que no fuese esto (real-verdadero-trascendente) no era verdad… La aletheia es una verdad filosófico-mística. Es más una invocación para traer al presente una realidad, un acontecimiento, que una poesía tal y como entendemos hoy este concepto. «Y decidme ahora, Musas, que habitáis el Olimpo, pues sois vosotras, por doquier presentes, las que todo lo sabéis, mientras que nosotros no oímos más que ruido y nada sabemos, decidme cuáles eran los caudillos, los jefes de los Dánaos».  El recitador, el aedo, pide que las Musas hablen por su boca y a través de ésta surge el verbo, la palabra de poder, el mantram o el poema. La palabra  de poder es creación, es poner en marcha esa potencia divina que hace que surja el universo y los mundos. Entre las virtudes del aedo debía estar la memoria. La memoria, en palabras de Marcel Detienne «No es solamente un soporte material para la palabra cantada, es también la potencia religiosa que confiere al verbo expresado el estatuto de palabra mágico-religiosa». El que la escucha recuerda, aprende, siente despertar su heroísmo, le impele a seguir su búsqueda, le exhorta a alcanzar el Olimpo y a imitar a los héroes: «En el cielo aprender es ver, en la tierra aprender es recordar».

      En Grecia, la verdad (alheteia), en este caso poética, está encaminada a celebrar a los Dioses inmortales y las hazañas de los hombres intrépidos, los héroes. Sobre Homero se ha discutido largamente. Sobre si presenció o no los hechos, sobre si es muy posterior a los acontecimientos que narra y no hace sino recoger el legado de la tradición, etc. Actualmente, los investigadores admiten de manera generalizada que es aproximadamente en el siglo VIII a.C., cuando se establece la forma definitiva de estos poemas tal y como hemos llegado a conocerlos. En cualquier caso, Homero quedará siempre como símbolo del transmisor de un legado para la posteridad; como voz de una gran obra no sólo poética, sino también histórica, pedagógica y mística, que fue de vital importancia en la educación de todo joven griego y romano de los siglos que le sucedieron (la gran mayoría de ellos aprendía de memoria toda la obra), y también para los que hoy podemos leerla, disfrutarla y descubrir entre sus versos el espíritu de la Grecia antigua.

      En realidad, La Ilíada es una parte de la guerra de Troya, pues empieza cuando llevan nueve años de enfrentamiento y concluye con los funerales de Héctor y Patroclo, mientras la muralla de Ilión sigue inexpugnable para el ejército heleno. En total se calcula que los acontecimientos abarcaron alrededor de doce años.  Toda la obra, desde un punto de vista filósofico, hace referencia a la relación entre las causas y sus efectos, así como a la manera en que, a su vez estos efectos se convierten en causas de otros efectos, creando una tela de araña donde cualquier parte afecta al todo. Un complejo e intrincado sistema de conexiones, donde incluso actúan los dioses. Un ejemplo:

1.- La Iliada comienza con la cólera de Aquiles. Agamenón le pide que le entregue a su prisionera, Briseida, y lo hace molesto.

2.- Por esta disputa, Aquiles se niega a luchar en la batalla.

3.- Animados por la ausencia del mejor de los héroes griegos, los troyanos vuelven con más brío y queman naves griegas.

4.- El mejor amigo de Aquiles, Patroclo, viendo el daño que los troyanos hacen a sus aliados, le implora que luche.

5.- Aquiles se niega.

6.- Patroclo le pide su armadura y sus emblemas para dar coraje al ejército griego.

7.-  Patroclo muere en combate por mano del príncipe Héctor.

8.- Aquiles es informado de la muerte de su amigo y sale al encuentro de Héctor.

9.- Héctor muere y su cuerpo es violentado.

10.- Al contemplar la muerte de Héctor, Príamo, su padre, implora que le devuelvan el cadáver.

11.- Funerales en los dos ejércitos, por Héctor y por Patroclo respectivamente.

      Todo en La Ilíada está relacionado. Es la explicación poética de la ley hindú del Karma, la ley de acción y reacción, de causa y efecto. Los dioses actúan favoreciendo en algunas ocasiones y castigando en otras, pero no son comportamientos arbitrarios, sino que responden a consecuencias de otros episodios, conocidos o no. Y entre esas fuerzas se debate el héroe: fuerte, esforzado, inteligente, con firmeza de carácter, aunque pueda sucumbir a las emociones humanas. No es un dios ni un santo. Lo que le define es el sacrificio y la heroicidad. En La Ilíada hallamos algunos de los fragmentos de amor, amistad, lealtad, compasión, astucia y elocuencia más bellos de la épica universal. Y a pesar de que fue escrita hace más de 2.700 años, refleja esos valores perennes, que forman (y no sólo informan) al ser humano. Por eso, amigo lector, desde aquí te invito a conocerla -así como a su hermana La Odisea-, para que disfrutes de un relato fantástico y a la vez real y verdadero.

      Pero cabría preguntarnos aún: ¿fue escrito motivado sólo por un afán pedagógico o, por el contrario, tiene algo de histórico? ¿Todo esto ocurrió en realidad o es una historia mitológica? Esta pregunta la respondió Heinrich Schliemann, que enfrentándose a la «razonable» opinión de los expertos que la calificaban de pura invención, creyó firmemente en su veracidad, incluso aun más: creía firmemente que él descubriría Troya.

      Este hombre controvertido y sin duda excepcional tuvo una vida bastante azarosa. Nacido en un humilde pueblo de Alemania, creció -como los antiguos griegos- escuchando de labios de su padre las hazañas de los legendarios héroes de La Ilíada. Tras una adolescencia bastante azarosa, con intensos momentos de romanticismo, fue reuniendo una inmensa fortuna hasta que un día, cansado del despiadado y mórbido mundo de los negocios, decidió dedicarse a cumplir su sueño: encontrar la ciudad más popular y legendaria de toda la historia de Occidente. Así, tras arreglar sus asuntos personales, entregó su vida por completo a la arqueología, que era aún una ciencia incipiente.

      El 30 de Mayo de 1873, después de arduas discusiones para conseguir los permisos de excavación del gobierno turco, Schliemann inició sus trabajos en una zona elegida en base a las indicaciones que Homero aporta en su obra sobre la localización y emplazamiento de Ilión. Superando no pocos obstáculos, críticas y burlas, combatiendo con la burocracia turca y con el excepticismo europeo, Schliemann halló, por fin, no sólo una ciudad, sino varias, superpuestas en los diversos estratos, en uno de los cuales halló un tesoro de 10.000 objetos de oro, que, preso de la emoción y el entusiasmo de ver renacer un mito, atribuyó a Príamo, el último rey de Troya.

      Schliemann hizo público su descubrimiento, demostrando a los «escépticos y expertos académicos» la existencia de la ciudad homérica. Desde entonces se han organizado innumerables expediciones de investigación a ese punto de encuentro con el pasado, y aún hoy en día sigue siendo objeto de estudio y análisis por los arqueólogos. Actualmente, bajo la dirección del Dr. Manfred Korfmann de la Universidad de Tübingen, con la cooperación del Dr. Brian Rose del Departamento de Obras Clásicas de la Universidad de Cincinnati, un equipo internacional de arqueólogos pasa cada verano entre los restos de la ciudad, revelando (como los antiguos bardos) la verdad sobre Troya. Ahora, Troya es quince veces más grande de lo que se creía al principio de las excavaciones y en la TROYA VII (nivel VII), que corresponde con el año 1180 a.C., han encontrado en los últimos dieciséis años restos de un conflicto bélico, numerosos proyectiles de piedra, esqueletos, etc., que aún pueden revelar que no sólo la ciudad es real, sino que el propio relato homérico sucedió en el tiempo.

      En 1998, la UNESCO declaró estas ruinas como patrimonio de la humanidad, aunque los poemas ya lo eran desde hacía largo tiempo, pues realmente fue Homero -poeta inmortalquien la convirtió en eterna.

 

Víctor Vilar