Poesía en acción

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Enrique Llopis, cantautor argentino nació en la ciudad de Rosario el 17 de noviembre de 1952. Con su singular estilo estructuró un repertorio tan rico como variado. Compuso junto a poetas gigantescos, grabó 21 discos y su obra ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Aquí, su palabra.

Llueve en Buenos Aires. La Avenida Corrientes se despliega abrillantada por el agua, como una alfombra de espejo. Desde el interior de la cafetería, la vista se pierde en los ventanales buscándoles formas y sentidos a las gotas que se diluyen como la desembocadura de una ría, porque «al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas».

En las sillas de madera del tradicional bar «La Paz», el café humeante es el refugio donde mantenerse al margen del aguacero, visible e invisible, y seguir soñando. El local añejo destila un bullicio acallado por el tiempo, que puede escucharse con el oído entrenado. Intelectuales y artistas han dejado allí una madeja auditiva en apariencia inaudible, que data de antes de los exilios, porque «aunque yo quisiera ser de otro país, de otra parte, quién iba a ahogarme la voz, quién iba a ahogármela, a ahogarme».

Ahora lo visita gente común, que hace una pausa entre tediosos trámites, habla de trabajo o espera para ir al teatro. Son pocos los que inmersos en la soledad tienen en sus manos un libro y preparan ahí el alma antes de asistir al espectáculo de la luna rodando por Callao. El lugar no se reserva el derecho de admisión. En esa esquina nos encontramos con Enrique Llopis.

El cantor ingresa con su tibieza extenuante y de inmediato parece que hiciera menos frío. Trae su guitarra, libros, anteojos, pero lo más visible es su sensibilidad a cara lavada. El cabello lacio enmarca un rostro sereno y hospitalario como he visto pocos y sus ojos son las ventanas tímidas del poeta que lleva dentro. Voz hecha poesía, poesía hecha canción: uno de los milagros más grandes producidos por la especie humana, «gente que con sólo dar la mano rompe la soledad». Y uno se siente feliz, como cuando de niño encontraba con quién jugar sin prisa a lo que más le gustaba, sin «los sueños huyendo por la herida».

La sonrisa franca y la barba entrecana le escoltan las palabras, anticipan los versos que cuando canta se ahuecan en una voz dulce y categórica, quebrada, a punto de caerse de la estrofa, horadando la metáfora en un tobogán de tonos y medios tonos que bajan y vuelven a subir, un encabalgamiento de sentidos que se escalona en el corazón. En la voz de Llopis se ven los mares y los caballos. Se ve la gente necesaria, así como al descuido.

Su libro «Crónica de un semejante», un perfil de Hamlet Lima Quintana, queda sobre la mesa al lado de mi taza. Siento que a veces el contexto suma, porque sí, porque les da la gana a los dioses.

«No sé si era feliz pero qué lejos, no sé si era feliz pero qué lástima»… Cuando le cantas a tu infancia, ¿sientes que ya estaba el canto en ella?

-Cuando tenía ocho años mi tío me regaló mi primera guitarra y a los nueve fui solito a anotarme a un programa de radio que era el más exitoso de Rosario: «El club de los Ruxcolitos». Ese entusiasmo inicial se transformó con el tiempo en vocación. Teníamos vecinos de distintas nacionalidades, que cantaban y tocaban la guitarra, el acordeón, el bandoneón, todos instrumentos traídos de sus países de origen, que para mis ojos y oído de niño eran… raros. Me atraían. Y en mi casa se cantaba…

-Como ya diciéndote «te ganarás la belleza por tu mano y la mirarás un día»

 -¡Sí! (sonríe pensativo)… Lo que me convenció de que podía creer en mí mismo fue viajar a la ex URSS en 1977, para participar en el Festival de la Canción Política Clavel Rojo… y ganarlo. Aquello fue la confirmación…

-Cuéntame un poco más…

-Era un encuentro en el marco de las celebraciones del 60º Aniversario de la Revolución Rusa y participamos jóvenes de todo el mundo acompañados por la Orquesta de la Radio Televisión de Moscú. Fue inolvidable. Además de salir de Argentina en esos años duros, estaba atravesando problemas de todo tipo que me hacían dudar acerca de la posibilidad de dedicarme plenamente a cantar…

-Y en Rusia desaparecieron esas dudas…

-Sí… Sentí que mi vida daba un vuelco, que mi vocación y mi necesidad de expresión empezaban a convertirse en una verdadera carrera artística, con todo lo que esto implica…

-Sin imaginar hasta dónde te llevaría ese camino…

-Ni por asomo…

-No cualquiera intima con el alma de los grandes poetas hasta el punto de musicalizarlas… ¿Cómo llegó a tu vida semejante privilegio, «trabajar» con Rafael Alberti, Hamlet Lima Quintana, Elvio Romero, Armando Tejada Gómez?

 (Piensa buscando las palabras justas. «La palabra debe ser pronunciada como una ceremonia, la palabra no debe ser extensa si no está bien pronunciada. Lo mismo que la vida si no está bien vivida»). -En cada uno de los casos las historias son diferentes pero hay algo que las une. Es mi interés o mi obsesión te diría, por el aprendizaje y el estudio. Siempre me acerqué a los árboles frondosos de la creación, como dice mi gran amigo Ramón Ayala. Jamás a los árboles anémicos, porque con cualquier lluvia o viento sufres por falta de abrigo; en cambio a la sombra de los grandes te iluminas…

-¿Podría una frase, un párrafo, describir lo mejor que te dejó cada uno de ellos?

-Es muy difícil… Estos cuatro poetas produjeron las huellas más profundas en mi vida, en mi carrera, y quizás, por el hecho de admirarlos y presentárseme con sus personalidades desde una altura tan singular, me es difícil darles una medida. La primera dificultad es delimitarlos, porque son personajes complejos y múltiples, de gran sabiduría y enorme generosidad, porque han conjugado de manera especial el arte y la vida,  porque hicieron de sus vidas una tarea poética, en definitiva, han hecho de sus vidas… poesía en acción.

-¿Con qué poemas o canciones de tu repertorio has volado más?

 (Su vista se fija en un punto indefinido…  «El  alma de otros paisajes se me ha quedado dormida en los ojos. ¿No oís qué lejanas aguas y qué perdidos caballos pasan lentos por mis ojos?»).

-Son muchos… pero siempre responden a distintos estados de ánimo. Cada día acostumbro a leer un poema que no forma parte de mi repertorio. La poesía es mi gran aliada, siempre encuentro respuestas allí. Cuando tenía dieciocho años, en una casa de estudiantes en Rosario, llegó a mis manos un libro de Rafael Alberti, «Baladas y canciones del Paraná». Me quedé prendado y le puse música a muchos poemas, pero sin ninguna pretensión de obra orgánica. Algunas canciones las cantaba de vez en cuando pero nada más. Quedaron suspendidas en el tiempo, esperando el momento de cobrar vida…y veinte años más tarde, la enorme generosidad de amigos  —  «el destino» diría mi madre— hizo que Alberti escuchara aquellas melodías y le gustaran, y en un momento expresara que deberíamos llevarlas a un disco… Así nació el trabajo que hicimos juntos,  «El viento que viene y va» … Son  misterios…

-Perdido está el andaluz del otro lado del río…

 …río, tú que lo conoces, ¿quién es y por qué se vino?

 – Vería los olivares cerca tal vez de otro río…

 -… río, tú que lo conoces, ¿qué hace siempre junto al río?

-Ese disco tuyo fue el premio a la pureza de los sueños más auténticos, sin especulaciones. Y es el destino, sin duda, y el talento… ¿Recuerdas el momento más feliz de tu carrera?

-El éxito de la cantata «La Forestal», sin duda. Encierra el momento más feliz y también el más doloroso.

«Eres un dolor que hiere todavía en el dulce corazón de la madera»

-Sí… «La Forestal» es el nombre con el que la historia registra una de las mayores entregas de nuestro patrimonio a manos del capital inglés, dos millones de hectáreas en el norte de mi provincia que contenían la mayor reserva de quebracho colorado del planeta. Los ingleses instalaron un Estado dentro del Estado, con su propia moneda, su bandera y su policía, explotando a los obreros y generando huelgas, represión y muertes, además del daño ecológico. Durante años, «La Forestal» generó una convocatoria sin rendir examen en Buenos Aires, hecho inédito que ocasionó el público de manera espontánea. La indiferencia de la política y los medios ha sido un claro signo de que lo que contamos incomoda. El arte tiene la posibilidad de trascender la coyuntura y la estructura, es el gran conjuro contra lo establecido.

-¿Por qué te inclinaste hacia la literatura? Perfiles de Elvio Romero, Hamlet Lima Quintana, Rafael Alberti…

-En un tiempo cargado de olvidos e ingratitudes como el que vivimos, sentí que rescatar la vida y obra de estos artistas sería la mejor forma de agradecerles por ayudarme a crecer y a ser mejor persona…

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-Cultivaste todos los estilos, desde el tango hasta el folklore, musicalizaste y versionaste a los mejores, a la excelencia musical sin fronteras… El disco tributo a Horacio Guarany o tus trabajos con Teresa Parodi se suman a lo memorable… ¿Crees que por eso se te define como un «cantor nacional»?

 -Que te digan «cantor nacional» en Argentina representa un honor que te pone frente al desafío de honrar ese mote. No es lo mismo ser un «cantante» que ser un «cantor». Tanto Sarmiento como Lugones definen al «cantor» como el bardo, el vate, el trovador de la Edad Media. Pese a haber interpretado y compuesto canciones que recorren una amplia variedad de géneros que me califiquen como un «cantor nacional» me honra, pero también te confieso que siento que me desborda, me sobrepasa…porque han sido tan grandes y tan importantes los «cantores nacionales», que siento que me queda un poco grande el apelativo. Mis amigos del barrio, desde que éramos chicos, siempre me dijeron «cantor» o «el cantor» y ese apodo sí me gusta, porque me acompaña desde la infancia y me sintetiza desde aquel sencillo barrio de inmigrantes.

«Con el canto la muerte se retira como un fantasma gris que muestra las entrañas y va herido de vida» ¿A quiénes te gustaría que llegara tu voz y el legado de tu obra?

-A todo el mundo… (Se ríe). Pero eso es algo pretencioso, utópico, abstracto. Me conformo con que algunas de mis canciones acompañen almas sensibles de personas que se sientan identificadas, que encuentren respuestas en mi obra…

 -La poesía tiene algo de culto o de selecto, como si no llegara al público masivo. ¿Lo vives como algo frustrante o como un desafío motivador?

 -Como un desafío motivador, de ninguna manera frustrante. Nuestra canción popular está ligada a grandes poetas que encontraron en ella una forma de llegar a públicos masivos. Basta con mirar el tango y sus grandes poetas, o nuestro folklore: los poetas han sido los grandes protagonistas aunque muchas veces el público lo desconoce. Las canciones que canta el pueblo son en su mayoría el fruto  de enormes poetas. Y tengo dos claros referentes argentinos que me han marcado en el camino de la musicalización de los grandes: mi maestro Virgilio Espósito y Carlos Guastavino. Y como cantautores, Jacques Brel, Alberto Cortez, Paco Ibañez y Serrat.

 -Recorriendo tu discografía se oye que bebiste de las mejores fuentes… ¿Cuáles son tus sueños ahora?

-Cantar, escribir y componer… ¿Esta nota es para Palma de Mallorca, me dijiste?

 -Sí…

 Sabes que con Palma de Mallorca tengo una relación muy especial y he estado en algunas ocasiones. Allí vivió un gran amigo: el fotógrafo argentino Roberto Otero, a quien estaré eternamente agradecido. Fue quien le acercó a Alberti un casete con la música que yo había compuesto sobre uno de sus poemas y a partir de allí todo lo demás: grabar con el poeta y presentar en Argentina un espectáculo inolvidable: «El Viento que Viene y Va». Alberti fue muy generoso…fíjate que siendo ya mayor cruzó el charco para presentar nuestro trabajo en el país donde vivió la mayor parte de su exilio. Aquí vivió veinticuatro años, aquí nació su hija Aitana y escribió veinte de sus veinticinco libros, aquí editaron la mayoría de su obra, sumado a una gran cantidad de historias suyas desconocidas. Por eso escribí: «Rafael Alberti. La deriva de un marinero en tierra argentina». También se hizo un documental basado en el libro. Ojalá algún día eso se edite en España…

 Entré en el patio que un día /  fuera una fuente con agua. /  Aunque no estaba la fuente, / la fuente siempre sonaba. / Y el agua que no corría / volvió para darme agua»

 -Exactamente…

Nos prometemos más fluidez en la comunicación, intercambiamos contactos, hasta que se va. Verlo en el cordón de la calle Montevideo, dispuesto a cruzar en cuanto corte el semáforo, con la mano en alto a modo de último saludo que no es despedida, me trae a la mente otros versos que canta y cantará. Versos que lo definen, contienen, acompañan, como «que siempre tengas algo de hoy para mañana….» Y entiendo cuál es su clave para no detenerse en el tablero de los sueños: andar debiendo siempre una canción, «acaso una canción que nunca escriba».

Laura Etcheverry