El Arte

   Con el devenir del siglo XX, de las nuevas tendencias y movimientos artísticos surgidos de él, más las concepciones tradicionales y clásicas del arte, se podrían contestar las siguientes preguntas de muchas maneras y utilizando un sinfín de enfoques y posturas: ¿Qué es el arte?, ¿qué sentido tiene?, ¿cual es su finalidad?, ¿de dónde surge y por qué?

   Si respondiéramos desde la óptica de un artista underground, haríamos alusión a palabras como «provocación» o «anarquía»; si lo hiciéramos siendo expresionistas, daríamos preponderancia a la necesidad de expresar por encima de cualquier otro aspecto; como neoclasicistas pretenderíamos convencer sobre ideales políticos y socioculturales; y si fuésemos raperos hablaríamos de crítica y rebeldía contra el mundo y los poderes opresores; como artista abstracto, responderíamos a través de nuestra manera particular de entender y reinterpretar la realidad; y si fuésemos impresionistas daríamos una definición utilizando los conceptos de color, luz y movimiento, buscando trasmitir la bella simplicidad de la instantánea.

   Una de las acepciones del arte, desde que la Prehistoria le da nacimiento en el Paleolítico superior, ha sido la de servir como instrumento de expresión y comunicación del espíritu humano. Ya el homo sapiens-sapiens, el primer artista de la historia, utilizó el arte para comunicarse con las fuerzas mágicas y trascendentes de las que creía formar parte. Para este lejano creador, era un lenguaje místico y simbólico, fruto de una necesidad interior de comunicar e interactuar con la Naturaleza y con las mismas potencias que la animaban.

  Una visión metafísica y atemporal del arte nos la encontramos en muchas de las culturas antiguas, como por ejemplo en Egipto. El arte egipcio estaba dedicado a reflejar en la tierra modelos y arquetipos divinos. Era sagrado y estaba interpenetrado de símbolos trascendentales con los que estar en sintonía con realidades espirituales, pues su cometido fundamental era ser un vehículo mágico. De ahí que sobre todo se encontraba en templos y tumbas. Un artista anónimo del Imperio Medio dice: «Yo conozco el misterio de las palabras divinas y el despliegue de los actos litúrgicos. De toda magia me he provisto sin  que nada  se me escape.  Es que  soy un artista cumplido en mi arte, un hombre verdaderamente distinguido por mi ciencia».

   Platón nos explica varias maneras de acceder a nuestra realidad espiritual o a nuestro superconsciente, en palabras de la moderna psicología transpersonal. El sabio griego concebía al ser humano en tres partes: Nous (espíritu), psique (emociones, razón) y soma (cuerpo), y nos dice que una de las maneras de acceder al conocimiento del Nous es a través del arte en sus múltiples facetas.

   En el Renacimiento el arte marchó de la mano del Humanismo filosófico. La escuela neoplatónica de Florencia dirigida por Ficino, lo utilizó como un potente instrumento para la educación de la sociedad en valores y virtudes, y como un lenguaje simbólico dirigido a reflejar enseñanzas y realidades de orden alquímico y simbólico. Tal es el caso de obras como La Venus de Botticelli o Las Tres Gracias de Rafael. Como buen neoplatónico y heredero de una tradición milenaria que rescató para Europa, Ficino creía que el arte estaba destinado a recordarle al alma su origen divino. Sus manifestaciones más sublimes y perfectas no eran otra cosa que un reflejo de esa realidad trascendente.

   Leonardo Da Vinci, en su Tratado de la Pintura, explica la necesidad del artista de ser filósofo y elevarse al plano espiritual para profundizar en la metafísica de los cuerpos visibles y comprender así su virtud interna. Sólo de esta manera sería capaz de conocer el espíritu de las cosas para manifestarlo a través de su obra. Leonardo nos habla del arte como un camino para ascender a la verdad y para conocernos a nosotros mismos, pues si es capaz de mostrarnos la esencia de las cosas sensibles de este mundo, y ésta forma parte a su vez de la esencia de todo cuanto existe, entonces también nos podrá conducir a los ocultos misterios del universo.

    Mircea Eliade, el prestigioso antropólogo y simbolista, nos habla de dos aspectos de la vida: lo profano, que es el plano que carece de trascendencia porque es cambiante y pasajero (es el aspecto cotidiano de nuestras vidas), y lo sagrado, asimilado a aquello que perdura y está relacionado con experiencias de carácter trascendente que nos impactan interiormente.  Así,  Mircea Eliade  distingue  ambas realidades también en relación al arte, un arte profano dirigido a embellecer físicamente nuestros entornos cotidianos, y un arte sagrado dirigido a embellecernos interiormente.

   Y es que esta manera de entender el arte como una vía de conocimiento de nuestro ser interior o para entender una realidad no profana, suena lejano, extraño y quizás arcaico, ¿arte y espíritu? Son dos conceptos diferentes, presuntamente aislados y que no se suelen asociar. Sin embargo, desde el Paleolítico hasta el siglo XIX, no se entendió el arte sin esa trascendencia.

   Ya más cerca de nuestra época, movimientos como los prerafaelitas o el art noveau, el romanticismo e incluso el neoclasicismo victoriano, entre muchos otros, defendieron la necesidad de devolver al ser humano esa magia, esa ética-estética con un aire místico, pues la naciente sociedad industrial estaba ensombreciendo todo exponente de belleza y de profundidad humana en favor del progreso tecnológico.

   Hoy, gran parte del sentir y pensar de nuestra sociedad deviene de esa explosiva época de finales del siglo XIX y principios del XX. Algunas semillas se plantaron en el Renacimiento, otras en la Ilustración y todas acabaron regadas por la Revolución Francesa. De esas semillas ha surgido la sociedad mercantil e industrial que conocemos, generando una ciencia increíble que ha aportado al mundo avances tecnológicos sorprendentes. Nacieron el concepto de capital y de materialismo, la empresa, los derechos humanos y del trabajador, etc. Después de siglos de fanatismo y represión religiosa, esta naciente sociedad que se convertirá en nuestro presente, puso en tela de juicio todo aquello relacionado con lo espiritual y metafísico, por ser conceptos estrechamente vinculados a una religión concreta. A pesar de todo, es posible que más allá de cualquier forma religiosa, el arte puede ser un canal de expresión del espíritu humano, una forma filosófica de buscar respuestas a las preguntas más importantes de nuestra realidad interior.

   Los constructores medievales, los caligrafistas chinos o los escultores mayas; los sorprendentes arquitectos egipcios, los sublimes escultores griegos o los enigmáticos creadores de los megalitos…, de casi todos ellos ignoramos sus nombres, pero al situarnos ante sus obras podemos sentir que fueron concebidas con un afán de eternidad, un espejo de sí mismos y de su sociedad. Confucio, un viejo maestro chino que vivió en el siglo V a.C., nos habla sobre esa misteriosa relación entre el arte y el corazón humano: «La música surge del corazón humano. Cuando son tocadas las emociones, éstas se expresan en sonidos, y cuando los sonidos toman formas definidas, tenemos la música. De esta manera, la música de un país pacífico y próspero es tranquila y alegre, y el gobierno ordenado; la música de un país agitado revela descontento y cólera; y la música de un país en decadencia revela pena y nostalgia del pasado, y el pueblo está angustiado».

   Veíamos al principio distintas concepciones modernas del arte. Ahora, desde esta óptica histórica, se nos presenta con una amplitud de matices que todavía nos enriquecen más: un reflejo de la Naturaleza y sus enigmáticos reinos, un punto de encuentro entre realidades metafísicas, un modelo de superación personal e incluso una escuela para educar nuestro carácter, nuestras emociones y nuestra inteligencia. Y todo esto puede ser posible gracias a que el lenguaje artístico es universal, pues se apoya en dos conceptos fundamentales: el símbolo y la intuición. El arte es en sí un lenguaje simbólico que se expresa a través del sonido, el color, la luz, la forma, el sentimiento, la armonía… El símbolo no entiende de fronteras físicas ni intelectuales sino de trasmitir una realidad perenne. La intuición es desde siempre el vehículo humano a través del cual percibir el arte más allá de la razón o de las emociones. Símbolo e intuición son canales de manifestación y comprensión de realidades metafísicas que se vinculan por simpatía y coherencia al arte y a su lenguaje más profundo.

   ¿Quién no se ha emocionado alguna vez ante una obra de arte y se ha sentido pequeño o grande, feliz o eufórico? ¿Quién ha olvidado la fealdad de su mundo para elevar su conciencia unos instantes a otra realidad más hermosa, al escuchar una sinfonía de Beethoven o al alzar su mirada hacia la Gran Pirámide? ¿Quién no se ha emocionado ante la poesía de Kalil Gibrán, de la divina Safo o de nuestro apasionado Lorca? ¿Quién no ha derramado lágrimas ante el cuerpo envenenado de Julieta o se ha sentido un héroe en el fragor de la batalla frente a las murallas de Troya? ¿Quién no se ha preguntado el sentido de la vida ante una película de Capra?

   El arte posee un misterioso poder para elevar nuestras conciencias, para insuflar un eco de eternidad y dar sentido a nuestras vidas. Uno de sus propósitos podría ser también recordarnos constantemente quienes somos y de lo que somos capaces, como nos dicen tantos sabios y artistas a lo largo de la historia: «Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma» (George Bernard Shaw). Quizás sea esa su esencia más preciosa: hacernos recordar…

Gil Miró