Alberto Cortez. Poeta de los sentimientos, músico y cantautor

Acomodados en los sillones del Tryp Bellver, con la cantarina fuente de fondo, iniciamos una cordial conversación con uno de los cantautores de música latina que forma parte de una nutrida generación marcada por su entorno histórico. Alberto Cortez, que ha dedicado toda su vida a la música, nos acoge con una sonrisa dispuesto a responder a nuestras preguntas.

 – Empezaste a hacer música sin llamar la atención, pero en 1977 hubo un cambio importante en tu trayectoria. En uno de tus discos pone que empapelaste Madrid con unos carteles que decían algo así como: «No se asusten, voy a cantar».

– Bueno, lo que decían exactamente es: «Voy a cantar a Machado, a Lope, a Góngora y a Neruda». Eso fue en diciembre de 1977. Quizás en aquella época fue un desafío, porque Neruda no se podía mencionar y Machado menos. En el régimen de entonces se pensaba que Machado era comunista, lo cual resultaba muy gracioso. Esto era como una bofetada para la gente y claro, ¿qué provocó ?, que al concierto asistieran los guerrilleros de Cristo Rey, unos revienta-conciertos, que trataron por todos los medios de destruir lo que yo había edificado sobre el escenario. Por fortuna no lo consiguieron, a pesar de que se armó un escándalo muy grande. Así fueron más o menos las cosas en aquella época. Es cierto que el 77 marcó un cambio, pero fue un poco antes de esto: hay un Alberto Cortez antes del 22 de Abril de 1977 y otro después, que no tiene nada que ver con el anterior.

– ¿Por qué se produjo ese cambio?

– A los veinticinco años yo era alto, guapo y con los ojos azules y no cuidaba nada mi carrera artística; llegaba a la casa discográfica y me decían: «Ahora hay que cantar una canción de Elve Vilar», y la cantaba. Era un «versionero» y fue una época pachanguera absoluta. Un día hubo un despertar a raíz de que Televisión Española organizaba giras artísticas por países europeos y me invitaron a ir a una de ellas. Recuerdo que recién aparecía un tal Peret con sus palmeros que viajaban con nosotros, y la esposa de Juanito Valderrama, Dolores Abril, etc., era un espectáculo variado. En ese viaje una persona se sentó a mi lado en el autobús, Luis Tomás Mendar, redactor de la revista Tele Radio, y en un momento del trayecto me dijo: «¿Cómo puede ser que tú malgastes la voz que tienes, el talento que tienes, en cantar estas cosas?». Cuando regresamos, Luis me invitó a actuar en un recital en el Teatro de la Zarzuela, y así fue cómo organizamos ese primer recital. El del desafío fue unos meses después del primer concierto del 22 de Abril. La gente se quedó asombrada ante una cosa completamente diferente a todo lo que habían escuchado hasta entonces (el único que había dado un recital unipersonal había sido Raphael): El abuelo, Cuando un amigo se va, En un rincón del alma… y después canciones de Jaime Dávalos y otros. Fue asombroso, y la gente decía: «Este tipo ya no canta la pachanga de antes, sino que está ofreciendo una cosa distinta», digamos que probablemente «revolucionaria» para la época que estábamos viviendo. Era la primera vez que alguien cantaba aquello en un escenario. Allí no fueron los revienta-conciertos, eso fue después, el 19 de diciembre, cuando cantamos en la Zarzuela a los poetas españoles.

   Y a partir de ahí, quedé atrapado por Jacques Brel, creyendo que se podía hacer en español una canción de similares características, no las bobadas que cantábamos en la época, siempre con una reiterativa fórmula para componer canciones, siempre con la misma temática (que te quiero mucho, que no te quiero, por qué me abandonas, por qué no te voy a abandonar…). Y después de esos conciertos en la Zarzuela comencé a trabajar sobre temas de otra índole.

    En el 68 había saltado una auténtica revolución juvenil en el mundo: mayo del 68 en París, octubre del 68 en México… En España, a partir de ahí, vamos a pasar del cero al infinito y vamos a buscar en los poetas españoles como Antonio Machado. Al principio, escribir canciones con poesías conocidas fue el desafío: voy a cantar a Machado, voy a cantar a Neruda, a Lope, a Góngora, a Quevedo… en el Teatro de la Zarzuela, con la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española dirigida por Waldo de los Ríos. Aquella fue la noche de los revienta-conciertos, con una bronca impresionante; se habían puesto todos los guerrilleros de Cristo Rey en el primer balcón, y abajo estaba la Real Academia diciendo: «¿Vamos a ver cómo destrozan a nuestros poetas?», y se armó una auténtica guerra entre ellos, y yo sufría. Y para colmo, tuve que cantar sin micrófono, con sesenta músicos arriba del escenario, asustadísimo, porque yo no conocía esa experiencia. Recuerdo que hubo muchas críticas, algunas de ellas fantásticas, increíbles; y me acuerdo de un tal Tomás Martín Blanco, un directivo de la Cadena Ser y que vino durante el intervalo al camerino y se abrazó a mí casi llorando, emocionado: «Esto es increíble, lo que está pasando aquí es un momento histórico».

– Y desde ahí, ¿cómo continuaste?

   Hacía actuaciones allí donde me contrataban. Las primeras actuaciones fueron de terror, pues llegaba al lugar y tenía que sintonizarme en muy poco tiempo con la orquesta que tenían, así que pensé en crear un grupo de músicos que viajara conmigo. Por aquel entonces, los cantantes estábamos muy infravalorados. Fíjate que había una sala en Tolosa a la que nadie quería ir porque te pegaban los «chicarrones del norte», ¡te daban una paliza!, al pobre Juan Pardo casi lo matan. Cuando surgió Raphael exigió que primero le pagaran bien; fue el pionero, el que nos puso alfombra roja a todos, el que nos enseñó a aceptar asiento de primera clase; esa es la verdad. Antes no era así: nos contrataban para que entretuviéramos a la gente, nadie iba a ver un espectáculo, nadie iba a sentarse para escuchar a un cantante, y a partir de Raphael, la cosa cambió.

– Y ahora que llevas más de cuarenta años de carrera, ¿te sientes feliz, contento con lo que tú querías hacer?, ¿queda mucho Alberto Cortez por conocer?, ¿o crees que ya has dado lo mejor de ti mismo?

– No lo sé, porque yo no sé lo que queda por descubrir; yo no sé lo que va a suceder mañana, por fortuna. Yo no tengo una meta, voy pasando etapas con la sensación de que todavía me quedan otras muchas etapas por cumplir. Cuando has cumplido una etapa, te pones a mirar hacia atrás y a recordar. Así que estoy feliz de lo que ha pasado, porque evidentemente yo he trabajado mucho, lo he hecho con una gran dignidad, poniendo lo que yo entiendo por digno y lo que entiendo por ética; puede que haya fallado un poco la estética, pero no la ética, en el sentido de que todo lo que yo escribo o he escrito o lo que voy a escribir está basado en eso, en la ética; después, que esté mejor o peor escrito, mejor o peor cantado, son sólo pequeños accidentes.

– ¿Cómo surge ese proceso creativo? ¿Cómo se plasma una canción, un poema?

– Primero debe haber una idea sobre la que quiero escribir y a partir de ahí empieza un proceso que tiene que ver con el oficio que uno tiene. Esto es un oficio, yo tengo como oficio la música y tengo como oficio la palabra. Trato de enriquecerme cada vez más dentro de esas dos opciones; desde el punto de vista musical no conformarme con una frase que me gusta al principio, porque puede que resulte un poco vulgar… ¿Sabes por qué es algo tan importante a tener en cuenta? Porque lo vulgar nos acosa, tenemos un acoso mediático constante a través de la televisión, a través de la radio, y no todos coincidimos estéticamente; a ti puede que te guste mucho un cantante que a mí no me interesa en absoluto, sin embargo, a lo mejor hay otros que tú desconoces y que yo conozco y que me parecen fantásticos y sin embargo no tienen esa promoción y esa proyección mediática. Es el caso, por ejemplo, de Joan Bautista Humet, uno de los grandes de verdad de este país, y sin embargo nadie le conoce y va por ahí con una orquestita y se va ganando la vida. ¿Por qué? Porque no ha sido un hombre al que le haya interesado el dinero.

   Siguiendo con el proceso creativo, desde ese momento empiezas a ir diagramando frases, para ir armando un poema, lo escribes en dodecasílabos, en lo que quieras, y ya el poema te va a ir dando la estructura que va a tener la canción. Antes, el poeta escribía un poema, lo editaba y después, generalmente, el libro que tú te comprabas y leías, lo ponías en tu biblioteca y empezaba a coger polvo… Pero lo importante de la poesía es que se transmita y la música es otro vehículo diferente, ya no es el libro que va a juntar polvo, sino algo que se proyecta, algo fácil de tener cerca. Si eres cantautor y te gustan tus canciones, no te tienes que conformar con la primera frase que escribes, hay que buscar, hay que analizar hasta la saciedad, hasta la minuciosidad; cada frase, cada palabra, cada expresión que vas a poner tiene su valor. Yo soy fundamentalmente escritor, y si alguien me quiere llamar poeta, yo se lo agradezco.

– O sea, ¿que no nos equivocamos si te consideramos poeta?

– Pues lo agradezco mucho, porque en la Universidad no existe el título de poeta. Por tanto, ¿quién te hace poeta? La gente.

– ¿En quién pensabas cuando hacías tus poemas y tus canciones?

– Yo canto para la gente sensible. La sensibilidad está en los jóvenes y está en los mayores. Yo no estoy muy de acuerdo con una sociedad que en estos momentos quiere hacer miles de cosas para los jóvenes, todo para facilitarles la vida… eso es muy peligroso. Hay jóvenes inteligentes que no se dejan engañar, pero habrá otros que no lo sean tanto y que se crean un dios porque lo están cuidando como a tal. Al escribir mis canciones he tratado de ser yo mismo. El arte no entiende de comparaciones, el arte es único como lo son las personas, como Alberto Cortez es Alberto Cortez y como Serrat es Serrat, y es maravilloso, y Walt Whitman era Walt Whitman… Hoy todo el mundo quiere imitar a Luis Miguel ¡Ya existe un Luis Miguel! Y no necesitamos otro. Ese es un grave error que está cometiendo el dinero, está convenciendo a los jóvenes de que éste es un camino de pan para hoy y hambre para mañana; y ahí lo tienen, ha pasado con Rosa y con todos estos chicos. Pero bueno, el dinero hace eso, el dinero no tiene ni religión, ni patria, ni conciencia, ni por supuesto decencia en la mayoría de los casos.

– ¿Cómo te gustaría ser recordado? ¿Qué huella te gustaría dejar?

– La huella la tienen que reconocer ustedes, si es que hay alguna. Si yo me pongo a reconocer mi huella voy a empezar a imitarme. Yo no escribo canciones para que cuando yo me muera la gente se reúna y diga «¡Qué bien lo hacía este chico, o que mal», no es por eso. La huella que uno deja… Machado lo dijo clarísimamente «se hace camino al andar». Pero, ¿quién recorre ese camino detrás de ti?; para que alguien recorra el camino detrás de ti hay que ir quitando las piedras para que los otros no tropiecen. Eso es ser un tipo bien nacido. Pero la huella que tú puedas dejar es una huella que son ustedes, los que queden cuando yo me vaya, quienes han de reconocerla, yo no me puedo reconocer, perdería mucho tiempo, tiempo que necesito para seguir escribiendo, tratando de hacerlo un poquito mejor que antes. Nadie dejó surcos florecidos, sino bien sembrados, y luego el surco florece por sí mismo, eso es lo importante. Yo no puedo crear una flor, lo único que puedo pretender es dejar una semillita y que la tierra y la naturaleza le brinde el homenaje de convertirse en flor. Hay semillas que crecieron hermosas y que el tiempo quiso traer hasta mi mano en la madera que da forma a la guitarra.

– ¿Hay algo que no te haya preguntado y que nos quisieras decir antes de acabar?

  Tengo que decirles que les agradezco mucho lo que me han hecho recordar de mí, pero más allá de la gentileza que pueda ser eso, yo creo que esta charla, más bien el monólogo -porque soy un charlatán como han visto-, ha dejado ver que vale la pena toda una vida de canciones, toda una vida de poemas, toda una vida de literatura, de creatividad, para llegar a este momento en que ustedes, gente joven, gente nueva, estén dados a remover todas las atrocidades de la sociedad en la que vivimos porque se interesan por estas cosas; eso tiene mucho que ver con la esperanza. Y esta noche les canto todo lo que ustedes quieran. 

Pepa Vélez