América Precolombina. Su pensamiento, sus tradiciones y sus costumbres

América es una tierra rica y fecunda, en cuyo seno han florecido algunos de los más grandes pueblos y civilizaciones de la Historia. A primera vista, es cierto que las culturas del «Mundo Precolombino» pueden parecernos un tanto exóticas e incomprensibles, pero no cabe duda que sus monumentales restos arqueológicos atraen poderosamente la atención, despertando en nosotros el deseo de conocer mejor a aquellos pueblos antiguos que fueron capaces de edificar unas colosales ciudades-santuario rebosantes de pirámides, templos y avenidas procesionales, en medio de las frondosas selvas tropicales, en las altas planicies de la Meseta Interandina o en la escarpada cumbre de abruptos picos montañosos.

      Tiahuanaco, Copán, Palenque, Tikal, Machu Picchu, Teotihuacán… perdido y envuelto entre sus legendarias ruinas, todavía flota el eco dormido y latente de una Sabiduría ancestral, escrita en el perenne lenguaje de las piedras, cuya voz nos habla de arcanos símbolos estelares, del Mito de la creación, del divino origen de los hijos del Sol, de legendarias dinastías de reyes sagrados, de sagas heroicas, de guerras floridas.. y de profundos misterios cosmotelúricos… Una voz intemporal que todavía se escucha cuando paseamos en silencio por estos parajes bajo la suave luz del atardecer, pues entonces… sus viejas piedras, tapizadas por un verde manto de exuberante belleza, exhalan un intenso perfume de grandeza y de nostalgia hacia unos Dioses antiguos, cuyos templos fueron levantados por amor a la Vida, a la Luz y al aliento Divino que ellos sentían latir en toda la Naturaleza. En la calma que precede al anochecer estrellado…la suave brisa del ocaso trae hasta nosotros un profundo aroma de eternidad… es la voz de los tiempos pretéritos que hechiza nuestros sentidos haciendo que nos sintamos irremisiblemente enamorados de la vieja Alma de América Precolombina.

      Pero antes de comenzar nuestro fascinante viaje en busca de su Sabiduría, sus tradiciones sagradas y sus costumbres seculares, debemos tener en cuenta que es materialmente imposible poder agrupar en un mismo artículo a todas las culturas que florecieron en América antes de la llegada de Colón -genéricamente denominadas «Precolombinas»- pues no sólo se trata de pueblos bastante distintos entre sí, sino también muy alejados, tanto en su espacio geográfico, como en el tiempo histórico que vivieron. No hay que olvidar que estamos hablando de culturas que se fueron asentando durante siglos a lo largo de todo el continente americano, el cual representa casi la tercera parte de la superficie del planeta, abarcando tierras de los dos hemisferios, con las subsiguientes diferencias geoclimáticas, sociopolíticas, medioambientales y económicas que ello supone.

      No obstante, dentro del variado mosaico pluricultural de América Precolombina, destaca la notable similitud que existe entre muchos de sus mitos, ritos y tradiciones sagradas, así como la gran analogía que podemos observar entre sus principales símbolos y relatos cosmogónicos, lo cual refleja que es una misma estructura ontológica la que fundamenta su pensamiento religioso. Una concordancia metafísica que a través de innumerables ejemplos pone en evidencia que nos hallamos ante las diversas ramas de un mismo tronco esencial… el de una Sabiduría Ancestral -común a todas ellas-, que floreció en el tiempo y en el espacio, expresándose a través de una iconografía y unas formas artísticas que podemos definir sin duda como «propiamente americanas». Es por eso que, tanto si nos hallamos ante la presencia de pueblos  nómadas, cazadores o agricultores; como si se trata de los habitantes de las grandes Ciudades-Estado que hay diseminadas por el centro y el sur del continente americano; encontramos siempre unos mismos rasgos comunes, que resultan idóneos para iniciar nuestra aproximación al estudio del pensamiento y las tradiciones de América Precolombina. Pero antes de ello, sería conveniente que pudiéramos dejar atrás todos aquellos prejuicios que se han ido acumulando durante los últimos siglos, desde que los primeros conquistadores europeos –que curiosamente eran analfabetos en su mayor parte- calificaron a los habitantes  autóctonos de estas tierras de «tribus primitivas», pues, a juzgar por los magníficos restos arqueológicos y paleográficos que todavía seguimos estudiando, hoy sabemos que nos hallamos ante unos pueblos que eran bastante más civilizados de lo que se pensaba… culturas con un alto grado de desarrollo que poseían sofisticados conocimientos técnicos, científicos, artísticos, políticos, literarios, cosmogónicos, metafísicos y también éticos.

      Es por eso que, si realmente queremos llegar a descubrir como eran, como pensaban y como vivían estas gentes precolombinas, lo primero que hay que hacer es situarse en el centro mismo de su cosmovisión, ya que para poder conocer y comprender cualquier civilización antigua, además de despojarnos de los valores, tabúes y prejuicios propios de nuestra presente cultura histórica, es fundamental que seamos capaces de llegar hasta el corazón mismo de su mentalidad y de su cultura, para dialogar así con ella en su propio lenguaje, pues sólo de esta forma es posible ver el mundo desde su perspectiva e interpretar la vida «a su manera» y no a la nuestra, pudiendo constatar una vez más que: «Lo desconocido deja de ser extraño y diferente cuando puede ser comprendido».

      En este sentido, los hombres que habitaban estas tierras tenían una cosmovisión orgánica del Universo, al que ellos veían como un inmenso Ser vivo, un Macro-Bios o «Gran Vida», que albergaba en su seno incontables miríadas de seres pertenecientes a  muy distintos estados evolutivos, pero todos ellos armonizados en un perfecto equilibrio ecológico. Según esta mentalidad, el concepto de «Ser Vivo» no se ceñía tan solo a los seres orgánicos, sino que abarcaba a toda la Naturaleza, siendo el hombre un ciudadano más de la creación que se hallaba en permanente diálogo con todos los seres y criaturas que habitan los mundos visibles e invisibles. Este natural vínculo de unión con los demás seres y fuerzas de la Creación, inspiraba en ellos un profundo sentimiento de gratitud, adoración y reverencia hacia el divino Espíritu de la Naturaleza. El hombre se sentía hijo de la Tierra… la «Gran-Madre-de-Vida» a la cual debía amar, cuidar y respetar; pues a diferencia del hombre actual, que se proclama a sí mismo como dueño absoluto de la tierra, a la cual se cree con derecho para explotar, maltratar y contaminar; el hombre de estas sociedades tradicionales sentía que era él, el que pertenecía a la Tierra, pues de ella había surgido, en ella vivía, de ella se alimentaba y a su amoroso seno habría de retornar al final cuando muriese.

      La vida y la muerte no eran considerados pues como estados definitivos del Ser, sino que formaban parte del constante flujo y reflujo de la existencia en el gran ciclo cósmico del devenir. Por otro lado, dado que ellos veían la Tierra como un espejo de la armonía celeste, el hombre podía participar también de esa misma armonía, pues de la misma manera que los astros se hallan en continua revolución cíclica… los días suceden a las noches… el sueño a la vigilia… y que la vegetación se renueva periódicamente en sus estaciones, también el hombre se sentía inmerso en ese eterno ciclo de Vida-Muerte-Renacimiento. Por eso la muerte era vista como un estadío natural de la vida… un tránsito hacia otra forma de existencia más sutil y espiritual, ya que para ellos, la creencia en la inmortalidad de alma formaba parte esencial de su cosmovisión trascendente…

      Desde un punto de vista antropológico, catalogar a estas Culturas Tradicionales de politeístas, panteístas o animistas resultaría un tanto vago e impreciso, ya que estas denominaciones no son en verdad más que términos genéricos que, a modo de etiquetas mentales, nosotros utilizamos como marco de referencia para poder conceptualizar la realidad. Pero no debemos olvidar que la realidad es siempre mucho más amplia, sutil, espontánea, multidimensional y rica en matices de lo que cualquier etiqueta o definición racional nos pueda indicar. Por eso, los sabios antiguos decían siempre que las cosas importantes de la vida hay que saber mirarlas con el corazón y no cabe duda que para todos estos pueblos, sus dioses, sus mitos y sus símbolos sagrados, no sólo eran muy importantes, sino que, como ya se ha dicho, eran «sagrados».

      Los pueblos precolombinos veneraban a una Divinidad suprema o Espíritu cósmico, que se hallaba inmanente en la totalidad del Universo y que se revelaba en la naturaleza a través de multitud de aspectos y hierofanías. «Hierofanía» significa la manifestación de «lo sagrado» en la naturaleza, y es que para ellos todo cuanto existe participa de una misma esencia divina: tanto los hombres, los animales, las plantas y las piedras; como las montañas los ríos, el rayo, la lluvia, el fuego o las estrellas…, todo ser está animado de una luminosa energía espiritual que se hallaba ya latente en los primeros hombres que poblaron la faz de la tierra y en los antepasados ilustres de su pueblo.

      Desde esta cosmovisión, los «Dioses» no son más que los rayos o canales a través de los cuales se manifiesta «lo sagrado», es decir, la personificación de esta divina energía en sus múltiples aspectos. Es por eso que la religión, entendida como la unión del hombre con lo sagrado, abarcaba todas las facetas de su vida, tanto a nivel político, laboral o social, como en lo público y en lo particular. De esta forma, en base a un elaborado calendario anual de fiestas y ceremonias sagradas, el hombre antiguo se reintegraba cíclicamente una y otra vez por la «Ley del Eterno Retorno» a sus orígenes míticos, reencontrándose con sus ancestros y sus Dioses tutelares, es decir, con aquellos espíritus y fuerzas que «al principio del tiempo» habían hecho el mundo «tal como es», haciendo posible que ellos hoy pudieran existir. En efecto, para ellos el tiempo era un continuo proceso de renovación interior y de lucha contra las fuerzas de la no-existencia que someten a todo lo viviente a un perpetuo estado de desgaste y descomposición. Y así es como a través de sus ritos mágicos, ellos se esforzaban en mantener la unión y la armonía entre el mundo de los hombres, las fuerzas invisibles de la naturaleza y el mundo de los Dioses y los Espíritus. Por eso, el dominio de las energías ocultas de la naturaleza, los conocimientos proféticos y adivinatorios, la interpretación de los oráculos y los augurios, el poder curativo de las hierbas y demás esencias de la Naturaleza, la magia como medio eficaz de mantener alejada a la fatalidad y el infortunio y, en suma, lo que ellos entendían como la ciencia de la vida y la ciencia de la muerte, eran la brújula espiritual que orientaba permanentemente su quehacer cotidiano.

      Para los hombres y mujeres que participaban de esta mentalidad, a la vez inmanente y trascendente, era tan obvia la realidad del «mundo espiritual» que entre ellos había verdaderos especialistas de «lo Sagrado». Cualificados para actuar en lo invisible y profundos conocedores de la naturaleza del Alma humana, ellos eran los chamanes: «Hombres Espíritu» u hombres sabios, poseedores de una misteriosa ciencia espiritual o «Sabiduría chamánica» que abarcaba desde el conocimiento de las arcanas leyes y fuerzas que rigen los mundos sutiles, hasta el mágico poder de convocar a los espíritus elementales de la Naturaleza o de reintegrar el equilibrio y la salud, cuando esta se veía amenazada por cualquier trastorno, enfermedad o accidente que pudieran afectar tanto a un individuo, como a toda la colectividad; por eso tradicionalmente se les conoce también como los «Hombres-Medicina». Deshacedores del mal, mediadores entre lo visible y lo invisible… y responsables ante su comunidad de mantener la comunicación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, los chamanes poseían una sabiduría intuitiva capaz de interpretar el misterioso mundo de los sueños y las visiones. Ellos usaban determinadas «palabras de poder» para atraer a las potencias benéficas y para exorcizar a las fuerzas tenebrosas y a los malos espíritus. Y así, con el correr de los siglos, los Chamanes fueron desarrollando y perfeccionando un lenguaje tradicional, repleto de metáforas, símbolos y mitos; por medio del cual ellos supieron expresar y transmitir eficazmente de generación en generación, su cosmovisión, su ciencia sagrada y los valores ancestrales de su cultura.

      Otro tipo de sabios que tuvieron especial relevancia en el mundo precolombino, debido al alto nivel que alcanzaron sus conocimientos, fueron los Sacerdotes Astrónomos. Intermediarios entre el cielo y los hombres, su minuciosa observación de los fenómenos celestes les llevó a perfeccionar una ciencia astral que abarcaba desde el conocimiento de las revoluciones sinódicas de los planetas, hasta el estudio sistemático de las variaciones meteorológicas, la periodicidad de los eclipses, o la precesión de los equinoccios y de los solsticios. Gracias a estos conocimientos, ellos pudieron confeccionar complejas tablas astronómicas y sofisticados calendarios, que eran auténticos mecanismos de precisión matemática, capaces de predecir los cambios y acontecimientos más relevantes de la vida política, social y religiosa de su pueblo. Unos calendarios astronómico-astrológicos verdaderamente difíciles y complicados, que aun hoy siguen asombrando a muchos de los especialistas e investigadores modernos debido a la gran exactitud de sus cálculos.

      Así mismo, no podemos hablar del mundo precolombino sin detenernos a admirar la arquitectura de sus monumentales ciudades-santuario, que cual «imagen especular» del cielo en la tierra, han logrado despertar el interés de muchos investigadores en la nueva ciencia de la Arqueoastronomía. Y es que estos antiguos constructores supieron reflejar en muchos de sus templos y edificios sagrados determinadas constelaciones y fenómenos celestes, tal y como podemos observar en el Castillo de Chichén-Itzá de la cultura Maya del Yucatán,  en la Pirámide del Sol de Teotihuacán, en la fachada de la Pirámide de la Serpiente emplumada de Xochicalco o en la Intihuatana del centro ceremonial Inca de Machu Picchu. Lo cierto es que todavía falta mucho por investigar, pues no olvidemos que la mayor parte de estos yacimientos arqueológicos han sido estudiados a partir del siglo XX, por lo que posiblemente aún queden ciudades enteras por excavar e incluso por descubrir, sin contar con todos aquellos retazos pétreos de la historia precolombina a los que probablemente nunca tendremos acceso, pues, enterrados bajo la espesa vegetación duermen silenciosos el sueño del olvido.

      Finalmente, para poder llegar a entender un poco más a fondo la mentalidad de estos pueblos, conviene que prestemos especial atención a uno de sus símbolos cosmogónicos más importantes, dado que constituye el origen y fundamento de toda su Cosmovisión: se trata del Centro, el «eje universal» o «axis-mundi», pues como bien explica el historiador de las religiones Mircea Eliade: «El Centro es el eje de intersección de los tres niveles cósmicos: Cielo, Tierra e Inframundo… es el espacio creacional por excelencia, el punto en el que dio comienzo la creación». Precisamente es aquí, en el mundo precolombino, donde hallamos algunas de las más admirables representaciones simbólicas del «eje cósmico», bien como el centro generatriz de las cuatro direcciones de la Tierra, a partir del cual sus Dioses o héroes fundadores consagraron el espacio estableciendo los límites de su mundo; bien como el «Árbol Cósmico» o eje dimensional que unifica los tres mundos; bien como la «Isla Mítica» enclavada en el centro de la Tierra donde se inició la Creación; bien como la «Montaña Primordial» a partir de la cual se expandió el Universo; bien como la «Pirámide Solar» y centro mágico-ritual de la ciudad sagrada, o bien como el rey-sacerdote a partir del cual se estructura y jerarquiza toda la comunidad. Sea como fuere, es obvio que el Centro es el punto alfa donde comienza siempre todo proceso de gestación de la vida, la fuente original de poder o vórtice de energía primordial que abre una puerta multidimensional, haciendo posible la comunicación real entre los tres mundos. De ahí que el nombre original de muchas de las grandes ciudades precolombinas exprese esta misma realidad simbólica, como la ciudad de Cuzco, cuyo nombre significa «Ombligo del mundo»; Machu Picchu, que es «la Montaña primordial»; la ciudad Maya de Tikal, que se traduce como «La ciudad de las voces de los espíritus», o la impresionante ciudad de Teotihuacan, en México, cuyo nombre significa «la ciudad donde los hombres se transforman en Dioses», designando así el lugar sagrado donde los hombres podían llegar a alcanzar su condición divina, aquí en la tierra, por medio de la Iniciación.

      En efecto, en el mundo de las tradiciones espirituales antiguas, el acceso al Centro está siempre vinculado al proceso de la Iniciación, ya bien sean iniciaciones de carácter social, como los ritos de pubertad o de instrucción a los oficios; como si se trata de los ritos de Iniciación a la «vía del poder interno», que preparan al guerrero para poder enfrentarse con sereno valor a la vida y a la muerte; o la Iniciación a los ocultos Misterios de la Sabiduría, por medio de la cual la conciencia del candidato se elevaba hacia los mundos espirituales, pudiendo acceder a un nivel superior de la realidad. Precisamente, es por medio de este ritual iniciático como el chamán alcanzaba el «Éxtasis» que despertaba en el la «visión interior», la «palabra de poder» y la capacidad de «entrar en trance a voluntad», lo cual le permitía ascender y descender a voluntad por los tres mundos para poder actuar eficazmente en «lo invisible». El proceso de Iniciación a la Sabiduría supone siempre una ruptura de nivel y una verdadera metamorfosis interior. Es el paso o «tránsito» de un estado de conciencia a otro distinto, la puerta de acceso desde el mundo de «lo profano» al mundo de «lo sagrado», desde lo ilusorio a lo real, de la muerte a la vida, del hombre aprisionado en la materia y esclavizado por sus instintos, al hombre-liberado que se conquista a sí mismo alcanzando la inmortalidad consciente. De ahí que este difícil itinerario Iniciático en busca del Centro esté sembrado siempre de arduos peligros, trampas y dificultades; de multitud de enemigos internos que tiene que vencer y de grandes pruebas que el candidato ha de superar en función del tipo de Iniciación que se haya propuesto alcanzar. 

      Según se desprende de los magníficos estudios realizados en el campo de la Antropología comparada, vemos que todas las civilizaciones y culturas tradicionales que mantuvieron viva la tradición iniciática durante siglos, ponen en evidencia que el proceso de la Iniciación no se basaba tan sólo en aprender de forma intelectual toda una serie de conocimientos, considerados tradicionalmente como enseñanzas secretas, sino en un intenso proceso de transformación individual… una experiencia trascendente que se vivía en la intimidad de la propia conciencia y que estaba siempre supervisada y dirigida por aquellos grandes maestros que, habiendo superado ya esa etapa del sendero iniciático, estaban dispuestos a aceptar al candidato como discípulo.

      Es por eso que la Tradición Iniciática que nos han legado las civilizaciones del mundo antiguo y, en este caso, las culturas de América Precolombina, es para los historiadores y antropólogos un valioso eje de referencia que nos permite orientar con acierto el difícil curso de nuestras investigaciones, dentro de un contexto lógico y coherente, pues a la hora de interpretar la mentalidad, la conducta y las motivaciones del hombre de las sociedades tradicionales, vemos que la Iniciación es el modelo de experiencia que establece el fundamento de sus principales actividades e instituciones, sociales, políticas y religiosas. Por otro lado, la sorprendente homogeneidad del proceso iniciático, sea cual sea la cultura de la que se trate, constituye por sí misma una evidencia incuestionable de la existencia de una misma «Ciencia del Espíritu», cuyos símbolos, ritos, grados y pruebas de acceso, parecen ser tan universales como atemporales, dado que forman parte del patrimonio común de la Sabiduría perenne. Lo cierto es que toda la literatura americana, tanto la de sus libros sagrados como el Popol Vuh o el Chilam Balam, como sus crónicas históricas escritas en Códices sobre cortezas de árbol y piel de venado; al igual que las representaciones pictóricas y los textos grabados en jeroglífico maya sobre las piedras de sus monumentos, están escritos en un arcano lenguaje plagado de símbolos metafísicos, que tiene mucho en común con otras culturas y civilizaciones del mundo… son los restos una Sabiduría ancestral a la que humildemente hoy nos hemos acercado y con la que pensamos proseguir en este fascinante viaje filosófico. En nuestro próximo encuentro nos asomaremos con curiosidad -aunque sólo sea por un instante- a la extraordinaria civilización de los mayas, a las tierras andinas de los incas, a los originarios mexicas o aztecas y a la fascinante cultura de los Pieles Rojas… Hasta muy pronto.

Francis J. Vilar y Hermina Gisbert