Con el pretexto del mar…

Hace tiempo descubrí una de esas perlas que recortamos de los periódicos para preservarlas entre las hojas de la agenda: «El mar en todas partes», de Fabio Morabito. El texto era breve pero infinito: «Cuando era niño creí firmemente que el mar dejaba de producir olas al terminarse las vacaciones. Enterarme de que no era así, que seguían rompiendo en la playa cuando nosotros estábamos de vuelta en la escuela, me dejó atónito. No podía entender semejante desperdicio de energía y belleza. (…)

Tal vez, me dije, alguien en la orilla se quedaba vigilándolas mientras nosotros estudiábamos inclinados sobre nuestros cuadernos, alguien se encargaba de no dejar el mar solo. (…) Porque un mar cuyas olas no rompen para nadie es como un mar que no las tiene, al revés de aquel que las guarda tan pronto como el último veraneante le ha dado la espalda, que era como yo lo imaginaba de niño. Tal vez ahí comenzó mi ateísmo y cuando tuvo titubeos, me bastó imaginar el mar en ese trance de ser más mar que nunca cuando nadie lo ve, para saber que nuestra vida es como la suya: sin testigos y abandonada a su suerte. De este primer pasmo metafísico debió de venirme mi propensión a buscar el mar en todas partes, presente en cada cosa y cada objeto, un mar incubado que para permearlo todo ha recogido, en efecto, sus olas.

Así, quizás, mi creencia infantil no era tan errónea. El mar no está abandonado a su suerte porque cuando le damos la espalda lo llevamos con nosotros y las olas, que de niños creíamos mudas durante casi todo el año, no dejan de trabajarnos en secreto hasta nuestro próximo encuentro con él, y al verlas romper de nuevo en la orilla entendemos atónitos, maravillados, que ninguna rompió durante nuestra ausencia sin que lo supiéramos y que el mar nunca está solo».

Morabito aludía a temas que siempre me apasionaron, no sé si a consecuencia de las circunstancias que he vivido y que conforman el collar de mi más íntima garganta, o de los genes que me hicieron nacer con ella. En realidad creo que es esto último, porque desde niña sentí que la nostalgia era un gigante que con sus aspas de molino lastimaría muchas de mis horas, aun cuando no existieran razones poderosas para provocarla. Nostalgia: la conciencia de la fugacidad de la vida en todo su esplendor, repartida en múltiples pretextos cotidianos. El dolor de abandonar lo que amamos, aunque sea temporalmente, inventando fórmulas para que la tristeza no se vuelva crónica ni llene nuestros patios de hojas secas.

Después, el destino me reservó por varios años una vida nómada, en la que comprar un pasaje de regreso era una operación con inmediata terapia intensiva para el alma. Y en la que hubiese dado todo por no partir, por volver a las mismas paredes como si recién llegara, a tomar el café en el mismo pocillo y a ver salir el sol por el mismo ventanal. Sabía que me perdía algo muy valioso dejando aquel lugar solo y a las personas solas en él, aunque el día siguiente amaneciera con la promesa de un retorno fechado.

Y por encima de cada episodio, asomaba la nostalgia por la plenitud de la infancia, cuando vivíamos el aquí y ahora, cuando podíamos descuidarnos de los conflictos y la naturaleza nos enseñaba que la primavera regresa.

La otra gigantesca cuestión es el desperdicio de la energía y de la belleza del mar en plena soledad. No sé si existe desafío mayor para el ser humano que aprender a vestirnos de gala por dentro y por fuera cuando nos sentimos solos (que no es lo mismo que estarlo) y quitarnos la idea primitiva del autor: «un mar cuyas olas no rompen para nadie es como un mar que no las tiene». Pero lo cierto es que las tenemos y somos ricos por eso, responsables de su espuma ante el resto del universo y ante nosotros mismos, aun en plena oscuridad. Ya lo dice Silvio Rodríguez, «debes amar la hora que nunca brilla».

En esos tramos de nuestra existencia, deberíamos recordar que la soledad es un huésped trashumante, que la distancia no nos separa, que seguimos vivos en el otro y sobre todo, vivos en nuestra propia y prioritaria compañía.

Somos continentes de recuerdos, de vivencias que se van desprendiendo de nuestro presente como los témpanos fracturados de un glaciar. Avanzamos por la vida con ese talón de Aquiles. Al instante las perdemos, al instante ya son pasado, recuerdos. Y viajan con nosotros, nos definen, nos contienen, nos proyectan en busca de otros nuevos, en busca de nosotros mismos, y son más reales y poderosos que el tránsito por los rincones de un presente tangible y apático, sin la intensidad para la que fuimos creados.

Si no contamos con el mar ausente, si no sabemos que está en nosotros y nosotros en él, nuestra vida se empobrece con una marea demasiado baja, demasiado reseca y gris. En la dimensión que sea –que todo es misterio para el alma humana- aún sigo caminando cada mañana por el borde del canal que acariciaban los sauces, con la cordillera que tanto amé besándome las pupilas; aún sigo riendo con mi abuela en el banco de su vereda vistiendo a Dulcinea, mi muñeca preferida; aún sigo oyendo el repicar de la lluvia en el techo de chapa de mis tías que me entibiaban la infancia; en este mismo momento escucho a Alberto Cortez por primera vez con mis siete años, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires; aún sigo comprando una trufa al paso frente a la Puerta del Sol; conozco la nieve; siento el abrazo de mi padre cuando presenté mi libro; inauguro la danza de mi corazón con el primer amor adolescente; descubro aquella canción que se me hizo lema con los años. Veo el Sol de mi niñez, tan Sol como ninguno…

Nos robamos los momentos, los seres queridos, son nuestros más allá del tiempo y de la muerte. Nos tatuamos en nuestro ADN la esencia de todo cuanto hemos amado.

Veo a la derecha de mi ordenador mi foto frente al Mediterráneo, yo de espaldas a la cámara y sus olas de frente, con su sublime majestuosidad y misticismo. Ninguna volvió a ser agua sin tenerme en cuenta. Ahí estoy. Para siempre

Laura Etcheverry