Dr.Andrés Ciudad Ruiz, presidente de la Sociedad Española de Estudios Mayas

Andrés Ciudad Ruiz, doctor cum laude por la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, es un reconocido especialista de proyección internacional en el campo de la cultura Maya y Mesoamericana, comisario, asesor científico y documentalista de varias exposiciones internacionales. Ha realizado y dirigido diversos proyectos de investigación en todos los campos de la arqueología Maya, en especial aquellos relacionados con el patrón de asentamiento, la estructura socio-política y la ideología. Asimismo, ha sido pionero en la aplicación de técnicas de ADN mitocondrial en la prehistoria de las Tierras Bajas Mayas. Resultado de sus continuas investigaciones es la revista «Mayab», que dirige en su condición de Presidente de la Asociación Española de Estudios Mayas

 

– ¿Podrías hablarnos un poco acerca de tu actividad en América?

– Empecé trabajando en Ecuador, a través de un programa interdisciplinario de antropología, o sea, arqueología, etnología y también etnohistoria. Posteriormente, en 1977, pasamos a Guatemala; a partir de ahí mi orientación ha sido siempre trabajar sobre los Mayas. Soy mesoamericanista, es decir, el área maya no es un área desgajada culturalmente, sino que está inserta dentro de una gran civilización que es Mesoamérica en su conjunto. Similar a la cultura clásica del Mediterráneo, Mesoamérica alberga una serie de culturas que comparten ciertos aspectos de ideología, de modus vivendi y de cosmovisión. Además de que se diferencian desde un punto de vista lingüístico, tienen políticas separadas, o sea: no forman un solo estado ni nada que se le parezca. Ni siquiera en tiempos de los aztecas pudieron llegar a conseguirlo, aunque fue el intento más cercano a una unificación desde el punto de vista político.

   Nuestro primer trabajo se centró en Tierra Alta. Allí nuestros directores decidieron desarrollar el programa que estaba destinado a observar el proceso de cambio y la continuidad cultural de la civilización en esa zona concreta. Si bien no podríamos pensar que las formas de vida se mantienen igual que antes, encontramos que hay bastantes pervivencias. No obstante, se trata de una cultura muy dinámica, donde los ritmos de vida van cambiando con las generaciones, por lo que ahora encontramos allí también una sociedad más globalizada. Como ejemplo de esta pervivencia, veíamos en los mercados del altiplano de Guatemala, en la zona quiché, ventas de cerámicas y vasijas domésticas que tenían el mismo diseño que las que nosotros estábamos sacando de las excavaciones y que databan del año 700–600 a.C. aproximadamente. Eso nos da una idea de cómo se ha mantenido la cultura hasta cierto punto, ya que la decoración en la cerámica, como en muchos otros objetos, no es una decoración caprichosa, más aún, tiene detrás un sustrato mental: se decora de cierta manera o se hace un tipo de diseño por algo, porque hay una mentalidad y una cosmovisión. Esos procesos son los que estudiamos. Hay continuidades que son muy fáciles de observar en cuanto a objetos, pero luego hay otras que son más complicadas en cuanto a mentalidad. Una vez terminado ese programa pasamos a Tierra Baja, donde hemos realizado varios programas de investigación, uno de ellos en el campo de estudio del ADN mitocondrial aplicado a huesos largos. Los hemos utilizado, por un lado, para analizar la secuencia dinástica de los reyes de Tikal, y por otro, para observar si la sociedad aristocrática de los mayas, por el hecho de estar emparentados con nobles, eran a la vez campesinos. Estos estudios iniciales han dado frutos bastante interesantes pero limitados todavía.

   Otro proyecto en el que estoy involucrado ahora trata sobre la estructura política en Machaquila, ubicada al sur de Petén. La ciudad, que tiene unas estelas maravillosas, no es muy grande y consta de ocho plazas rodeadas de palacios y templos. Allí pretendíamos observar la vinculación entre el territorio y la ciudad desde una perspectiva política, el control político de un territorio. Las estelas documentan acontecimientos históricos, luchas con unas ciudades y alianzas con otras; con esta información intentamos delimitar el territorio de Machaquila para ver qué tipo de nobleza la había gobernado. Por ejemplo, encontramos una explicación a los colapsos políticos cuando vemos que los reyes pierden su carácter divino; esto implica que una parte muy importante de su cosmovisión y concepción socio-política se perdió en ese momento. A partir de ese momento no tuvieron que hacer grandes templos a los ancestros divinos, por lo que son más pequeños y se encuentran en menor cantidad; los imponentes palacios también cambian de estructura y de función, porque aquel ser semi-divino que encargaba esas construcciones, el rey y la familia real, ya no irradiaba el mismo carisma.

– Según las pruebas arqueológicas que se tienen ahora, ¿en qué época se puede situar la antigüedad de los mayas?

– Nosotros situamos a los mayas, desde un punto de vista lingüístico, en el 2500 a.C. Ahora bien, el área maya estuvo poblada antes, es decir, que existieron poblaciones paleolíticas y arcaicas tal como las encontramos en otros sitios de América. Tenemos fechas desde el 11000 a.C. en la tierra del coyote, ubicada en el altiplano occidental de Guatemala; en Poptún desde el 10000 a.C. y también una cueva en Chiapas, que está datada aproximadamente en el 9000 a.C. Sin embargo no podemos decir que esos individuos sean mayas, aunque nosotros estamos definiéndoles como tales, primero, en función de la lengua en esa época, segundo, en función de unas características culturales que nos sugieren el diseño arquitectónico, el cerámico y el escultórico. El establecimiento de los mayas se detecta a partir del hallazgo de manufacturas cada vez más detalladas y complejas, gracias a las cuales podemos diferenciar las sucesivas etapas de desarrollo. Gran parte de la sociedad del Pre-clásico temprano (2500-1800 a.C.), tiene un diseño cerámico todavía muy igualitario y sería muy difícil de distinguir, pero la glotocronología, es decir, las simulaciones cronológicas del origen de las lenguas, nos da unos resultados que sitúan el período proto-maya (el tronco lingüístico común de los mayas) en el 2500 a.C. A partir de ahí, desde la unión de Guatemala con México en Chiapas y Cuchumatanes, empiezan a desgajarse los mayas poco a poco. Aquellos que se dirigen hacia la Huasteca son casi los más antiguos; desde un punto de vista cultural ya no se consideran mayas en arquitectura o enterramientos, pero utilizan la lengua maya, o mejor dicho: tienen raíces lingüísticas del maya. Otros empiezan a poblar poco a poco el altiplano, la costa y después Tierra Baja. En la medida que se van separando esos grupos, las raíces de la lengua se mantienen, pero el resto de las palabras cambian. Por esa razón los lingüistas suponen que la cronología del pueblo maya empieza aproximadamente en el 2500 a.C., que junto con la de Tierra Baja (1200 a.C.) son las fechas más antiguas. Así pues, si bien existe un paleolítico anterior hacia el 11000 a.C., no podemos decir que se trate de pueblos mayas.

– ¿Sigue vigente la teoría que defiende que la población amerindia vino por el Estrecho de Bering?

– Sigue vigente, aunque siga siendo una teoría, claro. Sin embargo las principales dificultades que tenemos son, por un lado que los arqueólogos rusos en Kamchatka y en toda la zona del este y noroeste de Siberia han encontrado unos datos incontrovertibles de vida humana desde muy temprano, de hecho mucho antes del poblamiento de América. Es decir, que el ser humano había colonizado esas tierras -que hoy en día nos parecen totalmente inhóspitas- probablemente hacia el 10000 a.C., e incluso antes. Por otra parte, los geólogos han precisado con bastante rigor las posibilidades de unión de la tierra en el periodo de las glaciaciones. Asimismo, los climatólogos han precisado que los periodos del pleistoceno (que dura unos dos millones y medio de años), no han sido todos de un rigor extremo en el frío, sino que ha habido épocas de calor. En consecuencia, si un esquimal, en un momento determinado, ha estado pasando desde el 5000 a.C. hasta ahora en pequeñas embarcaciones (kayaks), entre Alaska y Siberia, ¿por qué no habrían podido hacerlo desde antes si poseían la misma tecnología que han determinado esos arqueólogos rusos? Otro factor es la dentición humana, que es la misma a ambos lados. Los antropólogos físicos afirman que esta raza es amerindia y, en consecuencia, proviene de diferentes oleadas y también de diferentes sitios de Asia, pero todos enlazados con la parte centro-norte del continente asiático, es decir, Siberia. Todos esos testimonios nos hacen ver que el poblamiento americano pudo haberse efectuado en tres oleadas, una de carácter amerindio que llegó hasta Chile y que según las nuevas teorías no tiene más de dieciseis mil años; otra correspondiente al pueblo de lengua nadene, que fundamentalmente se quedó en el centro-norte de EE.UU. y Canadá; y una tercera oleada, que son los pueblos de habla eskimo-aleut, entre los que se encuentran los esquimales y que a lo sumo tienen una historia en América de seis mil años aproximadamente. Hay alguna cueva en Brasil donde se ha encontrado un cráneo muy raro, de aquellos que no se pueden clasificar, y no es asiático, pero tampoco polinesio. Es uno de esos objetos que se encontraron en las primeras décadas del siglo XX que no tienen un contexto claramente definido desde un punto de vista científico, y pertenece a ese tipo de cosas que son difíciles de explicar por la ciencia.

– ¿De qué forma se ha conservado la religiosidad maya y cómo se encuentra este tema en la actualidad?

– Para empezar tenemos que ver un poco la historia de la colonización española, que supuso, por un lado, la refundación de algunas ciudades o núcleos con una fuerte presencia española y por otro, el abandono de un área muy amplia. El área maya, sobre todo Tierra Baja, no interesó casi nunca a los españoles; prueba de ello es que el último recinto importante, los Lagos del Petén, fue conquistado en 1697. Al principio, Tierra Baja tenía muy poca población y no contaba con recursos que interesasen a los colonizadores. Posteriormente se descubrió la caoba, pero ya muy tarde, cerca de la época republicana. Allí donde los españoles fundan sus ciudades, convierten al cristianismo a los indígenas. Sin embargo, en el siglo XVIII -época en la que incluso ya se construían iglesias- el obispo Fuentes y Guzmán recorrió el país e hizo una visita pastoral por el altiplano de Guatemala; encontró que toda la gente era pagana y seguía haciendo sus ritos tradicionales. Esto lo explica el hecho de que, cuando se retiraron las órdenes misioneras, los sacerdotes no querían ir a los pueblos porque preferían vivir en las ciudades. La evangelización en esas zonas correspondió así a los «maestros cantores», que era gente adoctrinada por las órdenes religiosas españolas para llevar a cabo la conversión de la sociedad indígena. Sin embargo, lo que hicieron en realidad fue reconstruir de nuevo una buena parte de la religión pre-hispánica. Esa mezcla es la que se ha mantenido, ese tipo de religión mixta, entre sus creencias originales y aquel catolicismo que, si bien logró consolidarse en la antigua Guatemala, no se pudo difundir en las zonas del Quiché. Esas complejas transformaciones explican por qué hoy en día encontramos allí una religiosidad diferente; por ejemplo, en Chichicastenango se puede encontrar a alguien que dice en su oración: «Señor mío Jesucristo, dios del viento…» y otros que mezclan lo referente al culto del Sol con las fuerzas sobrenaturales, pero también el santo patrón Santo Tomás. Tú le dices a un chamula que te dibuje su visión del mundo, y te hace los trece niveles del cielo y los nueve del inframundo prehispánico y te va colocando ahí al dios del Sol, a Jesucristo, el santo patrón… En fin, una mezcolanza preciosa que singulariza a los mayas actuales.