El Arte de la Palabra

Desde hace mucho más tiempo de lo que la historia puede registrar, el ser humano se ha servido de ese precioso instrumento que es la palabra para comunicarse y para ensalzar las más bellas ideas y sentimientos. El origen del lenguaje sigue siendo un misterio, pero hoy nos acercamos a las formas fundamentales de concebir el lenguaje en  Occidente a partir del mundo clásico, donde griegos y romanos lo llevaron a su máxima expresión

   No cabe duda que el verbo es el legítimo medio de expresión que tiene el hombre para poder transmitir sus ideas, emociones, sentimientos y deseos, es decir, toda la rica diversidad de experiencias y conocimientos adquiridos a través de este apasionante viaje que es la vida consciente.

   Obviamente, existen también otras vías naturales para expresar nuestras percepciones éticas y estéticas, como es la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, junto a las diversas formas de expresión no verbal como son la mímica, la danza, la expresión corporal, etc.; pero no cabe duda que el lenguaje oral es el medio fundamental que tiene el hombre para comunicarse con otros hombres. La estructura de nuestro lenguaje, tanto a nivel conceptual como a nivel formal, tiene sus raíces etimológicas en el mundo clásico greco-latino. Los griegos fueron los primeros en sistematizar los diversos usos del lenguaje en función de sus finalidades específicas, al menos en Occidente, pues ya Egipto y la India tuvieron un alto desarrollo del lenguaje, mucho antes que Grecia; de hecho, la mayor parte de lenguas clásicas como son el griego, el latín, el germánico y aún el sánscrito moderno sistematizado por Panini, tienen todos ellos una misma y única lengua-raíz, que es el sánscrito primitivo o proto-sánscrito, siendo por ello lógico que a nuestra lengua y a nuestra civilización occidental, cuyos antecedentes culturales inmediatos se remontan hasta el mundo clásico greco-latino, se les atribuya un innegable origen indo-europeo.         

   Y es precisamente del mundo griego de donde extraemos las tres formas fundamentales de concebir el lenguaje. Una para el desarrollo de las diversas ciencias y conocimientos, que estaba presidida por el dios Hermes; otra como vía de expresión de las artes, presidida por el dios Apolo, y una tercera, sólo conocida por los sacerdotes y hierofantes, que permitía a los hombres comunicarse con los Dioses y los espíritus invisibles de la Naturaleza, que se hallaba presidida por el omnipotente Zeus, el padre de los Dioses.

 No cabe duda que para poder obtener una básica comprensión de la naturaleza y finalidad de las diversas   formas  de  la   oratoria  que   nos  ha   legado  el  mundo   clásico,  es   necesario  detenernos brevemente a considerar el simbolismo de Hermes y de Apolo, dado que ambas divinidades enmarcan por sí solas, el sentido conceptual y finalístico de cada una de las modalidades del lenguaje para el pensamiento del hombre clásico.

   Guardián de los arcanos misterios de la Naturaleza, reconciliador de los pares de opuestos, señor de las encrucijadas y conocedor de todos los secretos del mundo visible e invisible, Hermes era para los griegos el mensajero de los Dioses, con cuyo báculo, en forma de dos serpientes entrelazadas que se miran cara a cara, ilumina la conciencia de los hombres con la pura luz de la Sabiduría.

   Identificado como Thot por los egipcios y Mercurio por los romanos, Hermes es el promotor de las ciencias y conocimientos y también el dios de la Magia, entendiendo por magia la ciencia de las causas o Sabiduría espiritual. Hermes simboliza la conciencia racional del hombre, y por eso el don que otorga es el de la inteligencia, cuya expresión en la oratoria  es el poder de persuasión  y de convicción.  En el foro político,  jurídico o comercial es el que otorga la elocuencia en el discurso y la victoria en el debate, inspirando a su vez la inventiva creativa, propia del genio científico.

   Según el mito, fue Hermes precisamente el que inventó la lira de 7 cuerdas con la que Apolo hechiza el alma de los mortales con los divinos acordes de la belleza. Asimismo, en el ámbito de la filosofía, Hermes es el genio inspirador de la Mayéutica, que según Platón es el arte de dar a luz las grandes ideas, y por ello, cual divina comadrona del Espíritu, Hermes es capaz de elevar el pensamiento del filósofo por medio de la Dialéctica, hacia aquellas regiones del mundo inteligible donde moran las más sublimes verdades atemporales. Protector de los heraldos, los mensajeros, los diplomáticos, los oradores, los viajeros y los peregrinos, Hermes es el mediador por excelencia, el inspirador de toda negociación, de todo diálogo y de toda diplomacia, pues su preclara inteligencia es la única capaz de armonizar los opuestos y reconciliar los antagonismos, como muy bien simboliza su Caduceo. Por eso, la principal cualidad del Pensamiento Hermético, entendido como arte mental, es la capacidad que otorga al hombre para resolver las dudas y contradicciones propias de la mente, proponiendo siempre la solución a través del tercer camino, lo cual significa que enseña a trascender los dualismos cerrados y las encrucijadas, cuya lógica es aparentemente irresoluble.

   Inteligencia, persuasión, argumentación, lógica, poder de convicción, coherencia dialéctica, creatividad y elocuencia oratoria, son las cualidades principales del Verbo Hermético. Bajo la inspiración de Hermes, la oratoria se convierte así en una ciencia, cuyo fin ultérrimo no es otro que el de conducir el Alma del hombre hacia la Verdad, aportándole las herramientas verbales necesarias para poder expresarla y defenderla de forma elegante y convincente, fundamentando sus argumentos con rigor, claridad y coherencia. Por eso, la elocuencia del orador inspirado por Hermes, tiene el don de la persuasión.

      Pero si la oratoria es con Hermes una Ciencia, se convierte sin  embargo con Apolo en un Arte. Divinidad solar de naturaleza amable y bienhechora, Apolo es el sublime inspirador de las Artes, tanto profanas como divinas, en especial de la música, la poesía, la oratoria, el teatro y la danza, así como la astronomía, la medicina y los oráculos. Dios de la luz y de la belleza, Apolo es por excelencia el guardián  de  la  armonía universal,  en todos  los planos  de  la existencia.  Con su lira de siete cuerdas ideada por Hermes, Apolo ilumina el Alma de los mortales con la sublime luz de la belleza. Teniendo en cuenta que las siete cuerdas de su lira simbolizan los siete colores del espectro solar, las siete notas musicales, etc., y que la luz y el sonido no son más que distintos estados vibratorios de una misma esencia ontológica universal, entenderemos más fácilmente por qué Apolo es el inspirador de las artes, tanto si se trata de armonizar los sonidos, a través de la música, el verbo a través de la poesía, la palabra a través de la oratoria y el movimiento de las formas a través de la danza, o bien de integrar todas estas artes en una sola capaz de armonizar simultáneamente la poesía y la danza con la música y la oratoria, como en el caso del teatro, Apolo es siempre el sublime artífice de toda proporción, de todo equilibrio y de toda armonía, que constituyen sin lugar a dudas los principios fundamentales de la belleza. Por eso, según la tradición órfica, Apolo transmitía a todos aquellos que se consagraban a su culto, las claves ocultas de la proporción y la armonía que rigen el cosmos en todas sus formas y manifestaciones o «canon secreto de la belleza», conocido también como el «Número aúrico» por los artistas y filósofos del Renacimiento, cuyos arcanos principios eran transmitidos a los iniciados a  través de los sagrados misterios de Apolo, que se celebraban en los más importantes santuarios y templos de sabiduría del mundo antiguo como Delfos, Eleusis, Epidauro, etc. A este respecto, sabemos que gran parte de los sabios de la Antigüedad, como Pitágoras, Platón, Amonio Saccas, Plutarco, Plotino y Apolonio de Tiana, entre otros, fueron iniciados a los misterios de Apolo, de ahí que Pitágoras aunase en su doctrina los tres aspectos fundamentales de la arquitectura cósmica, como son las matemáticas, la música y la astronomía… Pues la astronomía, como ciencia sagrada que desvela los secretos de la armonía que rige los cuerpos celestes, estaba presidida por la diosa Urania, que era una de las musas de Apolo.

   Por otra parte Apolo no es sólo el inspirador de las artes profanas, sino también el celoso guardián de las artes sagradas, como la medicina, la adivinación, los oráculos y la magia ritual, ejercidas todas ellas por aquellos sacerdotes y sacerdotisas, cuya vida estaba consagrada  al Dios. Señor del Hieros Logos o Verbo Sagrado, sus sacerdotes y hierofantes sabían utilizar sabiamente la palabra de poder para convocar la presencia del dios en los sagrados ritos y ceremonias, para dar a conocer su voluntad, interpretando sus ocultos designios, para desvelar a los mortales una pequeña parte del velo que encubre sus destinos, o en el caso de los médicos-sacerdotes, para restablecer en el organismo la pérdida armonía vital a la que llamamos salud, actuando sobre la causa que había provocado dicho desequilibrio o enfermedad. Por eso, según consta en las crónicas históricas, a los grandes sacerdotes de Apolo, como el mismo Apolonio de Tiana, se les atribuía gran cantidad de curaciones mágicas, respondiendo ellos siempre que simplemente lo único que hacían era utilizar el don que  les había sido  concedido por el dios. El poder mágico del verbo de Apolo no sólo era accesible a sus sacerdotes, sino también a los oradores, los filósofos, los místicos, los poetas, los músicos y los artistas en general, aunque en menor medida que a sus iniciados y hierofantes. En última instancia, el principal requisito que exigía el dios para conceder su don a los mortales era el de la pureza: pureza de intenciones, nobleza de carácter y rectitud de propósito, que cuando van unidas a un profundo amor a la verdad, la justicia y la belleza; a un ferviente anhelo de perfección espiritual y a un incontenible deseo de hacer el bien, hacen posible que se manifieste el mágico poder de la inspiración, iluminando la conciencia del hombre con el prodigioso verbo de Apolo.

   Por eso, antes de iniciar una obra, un discurso o una representación, los griegos hacían una ofrenda a Apolo, invocando a la musa de su arte; tradición que vemos reflejada también en otros autores posteriores como Shakespeare, al comienzo de sus obras. En el ámbito del lenguaje, entendido como divino arte de la palabra, conviene señalar que su más alta expresión consistía en alcanzar el éxtasis oratorio, experiencia teofánica de similares características a la accésit mística, que hacía que el alma del orador se dejase arrebatar por los sutiles acordes de la armonía celeste y, rompiendo los férreos grilletes del miedo y de la duda que mantienen su mente racional aprisionada en el oscuro laberinto de las realidades materiales, elevaba su espíritu hacia el mundo de los divinos arquetipos, haciendo que su verbo sonoro hiciera vibrar el espacio invisible, y que de sus labios brotasen haladas palabras que cual certeras flechas de Apolo se clavasen en el corazón de los oyentes, inflamando en ellos los más bellos sentimientos, nobles propósitos y elevados ideales.

   En síntesis, podemos decir que Apolo simboliza la intuición espiritual, y el don que otorga es el de la inspiración divina. Don que Apolo hace accesible a los hombres a través de sus leales mensajeras, las nueve musas que presiden cada una de las artes. En un principio, la música designaba el conjunto de las artes inspiradas por las musas, pero con el tiempo pasó a designar la armonía del sonido, quedando así Euterpe como musa de la música, Terpsícore de la danza, Urania de la Astronomía, Calíope de la elocuencia oratoria, Erato de la Poesía épica y las elegías heroicas, Polimnia de la poesía lírica (acompañada de la lira), Talía de la comedia, Melpómene de la Tragedia y Clío de la historia.

   Sutiles intermediarias entre el dios Apolo y los hombres. Las musas son hijas de Zeus y Mnemosine, que simboliza la memoria profunda del alma, que, siendo inmortal, ha contemplado ya en los reinos supracelestes  los divinos arquetipos  de  la belleza,  la verdad,  el bien y la justicia.  Según la tradición órfica, en la que se inspiraron tanto Pitágoras como Platón, mientras las almas habitan en el mundo celeste, se hallan en un estado de felicidad, plenitud y pureza completas, pero cuando descienden a la tierra para revestirse de Materia, encarnando en un cuerpo mortal, van olvidando poco a poco las divinas esencias que habían contemplado con anterioridad en su existencia celeste o pre-terrena, y así, al irse identificando cada vez más con su actual forma material, las almas humanas se sienten mortales, efímeras y desdichadas, pues en verdad llegan a convencerse de que van a morir, extinguiéndose en la nada.  Sin  embargo  puede  ocurrir  que  al entrar en contacto con la belleza, a través de una hermosa poesía, una danza sutil, un magistral discurso filosófico, una heroica tragedia, una sublime obra musical o la simple contemplación de la armonía celeste que evoca el firmamento estrellado, el Alma se conmueva ante el recuerdo lejano y a la vez tremendamente familiar de una divina belleza que no es de este mundo, despertando en lo más profundo de su ser la dulce nostalgia de su patria celeste.

   El misterio de la inmortalidad del Alma humana, contenida en la tradición órfica, sienta los principios fundamentales del arte clásico, permitiéndonos comprender por qué en el pensamiento griego Mnemosine es la madre de las musas, pues si entendemos por arte «la expresión de la belleza», es lógico pensar que la raíz metafísica de toda inspiración como experiencia de carácter teofánico, es la memoria innata del Alma; ya que es al entrar en contacto con la verdadera belleza, cuando la conciencia del hombre se ve iluminada por el sublime resplandor de aquellas divinas esencias, cuyo dulce recuerdo subyace dormido en lo más profundo de su ser.

Francis J. Vilar