El Señor de la Mancha

  La verdad es que no sabemos qué pensó Cervantes cuando comenzó a escribir su obra magna. ¿Qué le impulsó a ello?, ¿qué musa inspiró su pluma para dejar una huella tan profunda en la historia de la literatura universal? Algunos dicen que fue el último libro de caballería, escrito para desacreditar la anacrónica institución de las armas en una España que había olvidado las grandes gestas, y que incluso «pasaba» un poco de ellas. La sombra de la Armada Invencible, hundida en el Canal de la Mancha en 1588, y las banderas hechas jirones de  los tercios españoles sobrevolaban cual buitres sobre los restos de una España que había sido en otros tiempos grande.

  Otros ven en Don Quijote, precisamente, todo lo contrario: un intento de hacer renacer de sus propias cenizas el espíritu de la institución de la caballería, que no las formas. ¿Y cómo ensalzar lo que está en desuso o lo que ya no está de moda (porque modas hubo en todos los tiempos)? ¿Cómo otorgar, a algo que ya no reluce como el oro, su aurífero valor? Una forma es ridiculizarlo, llevarlo hasta el límite de lo razonable, hasta que raye la locura, como nuestro querido personaje.  Una vez allí, los actos de tal loco cobran de nuevo sentido y reflejan en nuestra conciencia, cual espejo, lo vulgar y mediocre que resulta una vida propia de Sancho Panza; allí, la realidad cotidiana y cruda nos revela su sinrazón, su absorbente y anodina razón de ser, de sobrevivir sin ningún sentido, como esa misma España que había perdido su lustre, su brillo y su grandeza. Y no solamente resalta la simpleza del labriego que le acompañará en sus peripecias, sino de aquellos que se encuentran (o topan) con la singular pareja. A través de Don Quijote, Cervantes hería el corazón de los mediocres, a los villanos vestidos de buenas intenciones, a la corrompida baja nobleza que mostraba palmitos y laureles sin cobijar en su alma ninguna virtud; hería a los nuevos eruditos de las letras, que querían comprenderlo todo encerrándolo en un libro sin adentrarse en la vida y en sus riesgos. En las andanzas de Don Quijote sale, del cofre de Pandora, la esperanza. El humilde labriego se transforma en un fiel escudero, gobernador y aprendiz de héroe, capaz de soportar las penas y sufrimientos de la epopeya de vivir, compartidas con su señor. La campesina ruda se transmuta, con la alquimia del corazón, en una virtuosa dama de alta cuna, modelo inaccesible de belleza y perfección: Dulcinea. Con ella, el santo grial de la caballería encarna en un cuerpo de mujer: laurel en las conquistas, inspiración en la aventura y plegaria en las derrotas, la dama es la estrella polar que guía al caballero. Representa sus sueños, su anhelo, lo más perfecto de uno. Su alma.

  ¿Qué pretendió Cervantes con su obra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha? Es algo que continúa siendo un misterio por resolver y seguramente seguirá siéndolo hasta el final de los días. Sólo podemos conjeturar, leer y observar los frutos que esta universal obra, cual frondoso árbol, ofrece. ¿Y qué nos ha brindado Don Quijote? Tal vez ésta sea la pregunta acertada. Pretender bucear en la mente de Cervantes es trabajo de médium, sin embargo, en sus cuatrocientos años de vida, Don Quijote nos ha hablado. Y nos ha dicho: «Sancho, amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en ésta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse». Nos dice con sus palabras que el mundo se puede mejorar. Un ideal, una meta, una hazaña de todo tiempo y lugar. Pues todos los hombres de todos los tiempos sintieron el acicate de luchar por un mundo mejor. Nuestro insigne caballero despierta en los lectores el anhelo de aventuras, de retos y conquistas. Poetas, escritores, filósofos, músicos… extractan su espíritu del texto, de la letra que muere con el tiempo, y nos muestran un Quijote renacido, invicto, que triunfa ante el espacio y el tiempo. Así lo atestiguan sus múltiples ediciones en la práctica totalidad de las lenguas del mundo y sus cuatrocientos años de vida.

  Don Quijote es universal porque su esencia es universal, es el espíritu mismo del idealismo, de la juvenil rebeldía contra lo establecido. Y Cervantes nos vuelve a dar una enseñanza con el «Caballero de la Triste Figura». Don Quijote no es un joven aventurero. Su frente está surcada de arrugas y casi no le quedan fuerzas para empuñar la lanza. Sin embargo, se embarca en una aventura sin igual. Unamuno dice, en su Vida de Don Quijote y Sancho, que nada sabemos de su mocedad, ni nada nos dijo de su infancia Cervantes; que no podemos saber si ya de niño sentía esos arrebatos de idealista. Pero yo me pregunto: ¿alguien ha visto florecer espontáneamente esa rara planta? Con su idealismo maduro, Cervantes nos dice que se puede llegar a esa edad con pájaros en la cabeza, con sueños, ideales y Clavileños voladores. No obstante, y eso es evidente, desde la tierna infancia hay que haber guardado en un cofre bien protegido el tesoro de la pureza de corazón. Por eso Don Quijote era conocido como Alonso Quijano «el Bueno». Yo creo que todos, en algún que otro momento de nuestra vida, nos sentimos Quijotes, aun reconociéndonos como Sancho. Conviven en nosotros estos dos personajes desde que nos preguntamos «¿por qué?, ¿para qué?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿cuál es mi destino?» Podemos sepultar a Don Quijote en la áspera realidad de la vida, o hacer que Sancho se una a él, y en muchas ocasiones incluso lo salve de sí mismo… «La mirada puesta en las estrellas, pero con los pies en la tierra.»

  Don Quijote fue, es y será un símbolo del caballero andante, un símbolo del idealista: defender al que no tiene defensor, proteger al débil y al inocente, luchar por la justicia, por el bien y por la pureza de intenciones. Generosa y desinteresadamente, sin pedir nada a cambio, como diría él: «Es de bien nacidos ser agradecidos». Y ¿cómo agradecer a la vida… la vida misma? No hay moneda para pagar tal don.

  Don Quijote es el capitán del escuadrón de los idealistas incomprendidos. Marchan juntos o en solitario, pero sus pasos resuenan a través de la historia, pues en todos los tiempos lucharon para hacer de este mundo un lugar más digno, más justo, más noble y más bueno.

  «Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso y persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ‘¿Qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira?’ Unas veces creen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!»

Víctor Vilar